viernes, 3 de febrero de 2017

A vueltas con la eficacia y la eficiencia. Redondeando entradas.

 Mola escribir una entrada con la que estás segura de que te van a linchar y que de repente se convierta en una de las que más apoyos suscita. Es el caso del último post que publiqué sobre la responsabilidad que tenemos los padres sobre la excelencia y la calidad de quienes enseñan a nuestros hijos.
El caso es que a mi personalmente, llámame masoca, lo que más me motiva a la hora de escribir, o de pensar, no son los mensajes complacientes de "cuánta razón tienes", sino los otros, los de "hombre, mira yo creo que". Los de linchamiento no me gustan nada, y paso de ellos, porque no construyen nada.
Bueno, pues uno de esos mensajes ha venido de la madre de una amiga de mi hija pequeña; una niña a la que quiero, porque es de esas niñas que sacan lo mejor de sus amigas, y así ha hecho con mi hija. Es una cría muy especial, una pequeña cebrita que tiene que salir aún de su caparazón, pero que se va a convertir en una jovencita con un señor cerebro. El caso es que su madre escribe esto en el muro de facebook:


"Mi humilde opinión es q los niños necesitan "trabajar" un poco para conseguir algo en la vida, tarde o temprano se les exigirá x una vía o x otra, pero claro lo difícil es el termino medio, no pasarse x supuesto pero tampoco quedarse en el camino y mas cuando el sistema nos viene achuchando x detrás, tengo la gran suerte de q a mi hija le gusta mucho estudiar trabajar, desde pequeñita ya en infantil...entonces a veces no la requiere un esfuerzo especial. Y por supuesto q con o sin deberes ( si son pocos mejor q mejor)los niños tienen q tener su tiempo libre eso esta claro."


Y he pensado que esto merece una entrada.




Veréis. Los sistemas educativos forjan a los trabajadores del futuro. Es así; en esto no hay discusión. Esta premisa es la que hace que los gobiernos de este país, en lugar de hacer un pacto de estado por la educación (uno de verdad se entiende, no uno de chichinabo como el que pretenden hacer) se pugne por ideologizarla. Durante la Revolución Industrial aparecen las primeras escuelas para los hijos de los obreros, y en ellas se utilizaba exactamente el mismo sistema de enseñanza-aprendizaje que tenemos ahora, unos cuantos añitos más tarde. De esta forma se perpetuaba el sistema productivo y se preparaba a los obreros de la siguiente generación.
¿Qué pasa en España?
Hace unos años, unos señores europeos decidieron hacer un estudio sobre los trabajadores de este invento que es la UE. Los españoles ya sabéis que tenemos fama de vagos, así que imaginaos la cara de sorpresa de esta gente cuando se encuentran con que los obreros de esta nuestra piel de toro somos los que más horas pasamos trabajando. Y que trabajamos, no dormimos la siesta ni nos tocamos las narices. ¿Qué pasa entonces? Porque en cuanto a productividad estamos en la cola. Pues que hace generaciones que nos enseñan a ser eficaces, pero no tenemos ni puta idea de ser eficientes.


Imaginaos hace 100 (espera que estamos en España) 60 años en el campo, un agricultor. Se levanta al amanecer, engancha su mula a un arado, se ata la soga, hinca los brazos, y se pone a trabajar. Suda como un burro, y no te digo nada la pobre mula. Después de 18 horas en las que sólo ha parado para rezar el ángelus, ha conseguido arar, más o menos superficialmente, el par de hectáreas que quiere sembrar ese año con regadío. Al día siguiente, cogerá la azada y removerá la tierra, cuestión que le llevará otras 18 horas. Es encomiable. Un trabajador como dios manda. Totalmente eficaz.
Ahora mismo, ese mismo agricultor se levanta cuando ya han puesto las calles, coge su tractor, le engancha el arado, y en un par de horas habrá arado completamente (hecho los surcos y removido) las dos hectáreas de terreno. Ha sudado, eso seguro, porque los tractores acumulan un calor del carajo. También diré que ahora con un par de hectáreas te comes los mocos, así que probablemente tenga que arar unas cuantas más, pero el ejemplo tiene que ser la misma cantidad. Este agricultor no hace una labor menos encomiable, ni es un vago, ni es que no sepa trabajar. De hecho sí sabe, muy bien. Se ha convertido en un trabajador eficiente.
Si nos vamos al sector servicios, que es como mucho más cercano a casi todos nosotros, vamos a quedarnos con que en la mayor parte de los países desarrollados (y me vais a permitir, pero no voy a meter a España en el mismo saco, por razones obvias) es de muy mal tono trabajar como un gilipollas. El primero que se va de la oficina es el jefe, para dar ejemplo, y se considera que el trabajador que hace demasiadas horas extras es un trabajador poco eficiente, así que se juega el puesto. Sin embargo, en España, el jefe se queda hasta que se va el último de sus trabajadores, entre otras cosas, para ver quién ha estado allí más tiempo, y pagando horas como un imbécil, por cierto. Y luego quieren bajar los salarios, porque hay que ser competitivos. ¡Qué coño sabrán de lo que es la competitividad! Pero es que somos exactamente lo que estudiamos, para lo que nos preparamos, el resultado de nuestro sistema educativo, que nos enseña que el trabajo es importantísimo, pero no en calidad, sino en cantidad.


Cuando yo en la otra entrada hablo de que parece que el niño no hace nada si no está hasta arriba de deberes, me refiero exactamente a eso.


Yo tengo una teoría. Y esto sí que es totalmente personal, para nada basado en evidencias salvo las mías, de mi vida; y reconozco que bueno, mi experiencia está un pelín mediatizada por la forma que tienen mis hijas de aprender.
Los niños tienen una capacidad innata de aprender, y un gusto por hacerlo. Es alucinante ver a un bebé (y hablo de un bebé de menos de 3 años) cómo usa el método científico para aprender... y ellos creen que están jugando. Se lo pasan pipa. Me refiero al juego libre, no a poner a Fisher Price a dirigir la creatividad de los críos.
Cuando llegan al colegio, a los 3 años, les ponen a ¡hacer fichas! ¡Pero si ellos ya sabían cómo aprender, cómo experimentar, cómo hacer para que cada paso dado no se les olvidase jamás! Y les sientan, les dicen que sólo pueden jugar cuando terminen las tareas, cuando la tarea es el juego.
El año pasado Diana tuvo un problema para aprender a restar con llevadas. Mi niña tendrá Altas Capacidades, pero si no ve de dónde sale y adónde va eso que se lleva, pues se pierde. Así que le compré un ábaco y le enseñé a hacer operaciones con él. El caso es que una vez aprendió, cuando volvió a clase al día siguiente, la pobrecita mía le pidió el ábaco a su profesora de mates (por cierto, un puto ábaco para toda la clase, que ya se podía invertir más en ábacos, con lo útiles que son); y ahí entraron en un círculo vicioso: la profe le decía que si quería jugar con el ábaco primero tendría que terminar las restas, y ella le decía que para terminar las restas necesitaba el ábaco.
Pues en infantil igual. Si los bebés aprenden jugando, ¿qué lógica tiene decirles que pueden jugar cuando hayan terminado de aprender?
Y otra cosa: ¿cuándo se deja de ser un bebé? O mejor: ¿cuándo se deja de aprender jugando?
En la Grecia Antigua, Aristóteles creó una escuela a la que se le llamó Peripatética, que, lejos de lo que pueda parecer, no significa que rodease patéticos, sino que eran "los que caminan"; la cuestión era que en la escuela había unos jardines chulísimos, y al maestro se le ocurrió que los discípulos aprendían mejor caminando; que caminando se "piensa" mejor, el cerebro sigue a las piernas y se llega a razonamientos más elaborados.
Por supuesto, los discípulos de Aristóteles no eran niños, precisamente. Pero sí hay un hecho cierto: los niños necesitan el movimiento casi para sobrevivir. Neurológicamente, están preparados para moverse mucho, porque a través del movimiento se llega al descubrimiento. Quizás era eso lo que quería decir Aristóteles al empeñarse en tener a todo el mundo dando vueltas a aquel jardín. Nadie allí necesitaba cuadernos (y menos mal, porque oxford todavía no había inventado la manera de esperrarnos), pero aprendían, que no veas.
Sin embargo, nos empeñamos en que los niños estén sentados 5 horas al día desde los 3 años, llenando fichas y fichas inservibles. Gastando papel, pinturas, lápices, ... Y aprendiendo poquito. Pero muy poquito. Vamos, lo fundamental: a ser los trabajadores menos eficientes de la Unión Europea. Y los más gilipollas también, porque somos los que más tiempo en familia sacrificamos.
¿De verdad queremos que nuestros hijos sean igual de tristes? ¿Queremos que sigan como ejemplo de cómo no se hacen las cosas?
La gente brillante, preparada y eficiente de nuestro país, se larga. ¿No es mejor que haya una mayoría de gente brillante, preparada y eficiente que se quede, y los tristes y eficaces que se larguen a boicotear las empresas alemanas?


Me dice la madre de la amiga de mi hija que el sistema es el que es. Cambiémoslo. ¿Cómo? Pues desde la pequeña porción de él que depende de nosotros. Exijamos compromiso real por parte de la escuela. Exijamos a los profesores que se empeñan en "lo de siempre" que sean valientes y se atrevan a otras cosas. Y apoyemos a los profesores que lo intentan con ahínco, porque a esos lo peor que les puede pasar es que se encuentren con más palos en las ruedas.
No importan las leyes, de verdad. Por supuesto, debemos luchar porque sean justas. Porque por fin se alcance un pacto de Estado real, que suponga un marco legal que no cambie cada 4 años. Pero eso se hace en otros foros. Eso se hace militando en la calle, manifestándonos para paralizar medidas que deben ser paralizadas. Y votando cuando toque.
Pero en este ágora, en el de la escuela, somos los padres. Nuestro compromiso cuenta si queremos que cuente. Sólo tenemos que dar un paso adelante. Yo te cojo la mano. ¿Te atreves a darlo conmigo?


PD: a mi amiga Bea. ¿Ves? También puedo ser positiva.



jueves, 2 de febrero de 2017

A vueltas con la educación, y nuestra responsabilidad en ella

Escribo un montón sobre esto. Es un tema que me preocupa, y lo hace desde hace mucho, pero especialmente desde que soy madre. En este blog, sin ir más lejos, he escrito muchas veces sobre la necesidad de que el sistema educativo cambie, y me he quejado amargamente de los profesores que están ahí porque se han sacado una oposición y nada más; que no tienen motivación porque ni siquiera les gusta su trabajo, sino las condiciones laborales. Me quejo también del que no se plantea nada, del que se enroca en el "siempre se ha hecho así" y no avanza. A diario comento que para conseguir la excelencia educativa hay que empezar por conseguir unos profesores excelentes.
Pero, ¿qué pasa con los que hay? ¿Qué pasa con esos profesores que hay en todos los centros, que adoran su trabajo, que siempre quisieron estar donde están, que luchan cada día por ser mejores y hacer mejor el sistema? Pues mira, a riesgo de hacer una reducción al absurdo, diré que lo que pasa es que, o se convierten en César Bona, o las pasan más putas que en vendimias. Y algunos (o quizás todos, con el paso del tiempo) acaban por rendirse de puro cansancio.


Hace un tiempo leí que cuando algo no nos gusta, o no nos sale bien, tenemos que buscar nuestra responsabilidad en ello. No se trata del buenismo ese que detesto de "buen rollito, y tu pensamiento atraerá todo lo bueno"; se trata de que en toda circunstancia hay una parte que no depende en absoluto de ti, y por lo tanto no puedes hacer nada por cambiarla, y si lo intentas sólo vas a agotarte, pero hay otra parte, aunque sea muy pequeña, que sí depende de ti, y es en esa en la que debemos concentrarnos.
Bueno, pues aplicado al sistema, hoy voy a reconocer la responsabilidad que tenemos los padres en el sistema educativo de mierda que tenemos. Y os aseguro que tenemos mucha responsabilidad. Sobre todo porque hay muchos que no quieren saber que el sistema educativo en el que están inmersos sus hijos es eso: una puta mierda. Y no lo quieren saber porque es mucho más fácil estar en el "siempre ha sido así", "pues a mi también me lo hicieron", que en el cambio. El cambio supone un esfuerzo, y somos unos putos vagos.


Cuando nos dicen que las familias y el centro deben colaborar por el bien de la educación de los niños, tienen razón. O al menos en parte. Digo en parte, porque la colaboración debería ser bilateral: no sólo los padres debemos colaborar con el centro, sino que el centro, a través de los profesores, deberían colaborar con los padres. Y esto es así cuando un profesor escucha a unos padres sin prejuicios, sin pensar que como el es profesor sabe más que los padres sobre su hijo; porque así llegará a un conocimiento mucho más profundo de las necesidades del niño.
Pero los padres también debemos escuchar al profesor, sobre todo cuando plantea cosas nuevas. Es cierto que la novedad no tiene por qué ser siempre buena, pero al menos debemos dar la oportunidad del cambio. Porque hay una cosa que está demostrada: las cosas, como siempre se han hecho, no funcionan. Con nosotros, queridos, no han funcionado. Que no. Que no os engañéis. Que hemos salido mal.


Somos los obreros que nos negamos a reconocernos como tales. Somos los inventores (o los facilitadores de la invención, porque nos la hemos creído) de la "nueva clase media", que ni siente ni padece. Somos los que damos de comer a Belén Esteban y a toda su recua. Somos los padres de los chavales que salen en "Hermano Mayor", los que llamamos a la "Súper Nany" y compramos libros a Estivil. Madre mía, ¡somos los que hemos votado la mayor contra reforma económica, laboral y educativa desde el franquismo! ´
Así que admitámoslo:


HEMOS SALIDO TONTOS DEL CULO. Unos tontos del culo egocéntricos y egoístas, además. Que queremos vengarnos en nuestros hijos de lo mal que lo pasamos nosotros en el colegio. Vamos, la teoría de las novatadas: como a mi me jodió, cuando lleguen los novatos me voy a ensañar con ellos igual que se ensañaron conmigo.
Y como además buscamos la recompensa inmediata, y queremos creernos guays nos encantan los profesores que hacen lo de siempre, porque así lo hicieron con nosotros, pero que también nos pongan a nosotros de protas de la educación de nuestros hijos. Bienvenido Onán.
Pongo un ejemplo de esto último.
El año pasado mi hija pequeña tuvo una tutora chachi piruli. Era lo que todo padre quiere para sus hijos: ponía un montón de deberes, de forma que los críos, al llegar a casa, estaban ocupadísimos y no molestaban (¡ay, no, perdón! Que es que así llegarán todos a presidentes, porque se harán mucho más listos, igual que nosotros), estableció un estándar de comportamiento y de rendimiento y así todos los niños eran iguales (pero los "más iguales" eran mejores) y sobre todo, sobre todo, lo más guay de todo: nos mandaba cada mes unas carpetas mega geniales de trabajos que obviamente los niños de 7 y 8 años hacen de manera natural y les sale de escaparate.
Hicieron un trabajo sobre William Shakespeare (a ver hoy quién de esos niños, o de sus padres, recuerdan algo), sobre El Quijote (vienen juntos, porque se murieron el mismo año, que no es verdad, pero tampoco vamos a llevar la contraria), cuentos sobre perros y gatos y mil cosas más. Eso era a mayores de sus deberes. Con una plantilla que ella daba, para que todas las páginas quedasen mega guays. Y luego ella hacía una portada chulísima, con brillantitos y cosas chulis, y la pasaba por todas las casas para que nosotros viéramos lo mega maja de profesora que era.
Y eso es que nos encanta.
Otro ejemplo práctico.
Cuando mi hija estaba en infantil, recuerdo una función escolar. En nuestra clase, con una tutora amorosa y maravillosa, la obrita era muy visual, con poco texto; la profe iba corriendo de un lado para otro para que no se le desmandase ninguno. Para mi era todo ternura ver a aquellos casi bebés de 5 años atropellándose unos a otros, mirando a un lado del escenario por sus frases. El otro curso, con una profe mega chuli, hizo una representación que ni la Compañía Nacional. Yo veía a aquellos niños recitar frases y más frases, sin equivocarse, yendo y viniendo por el escenario sin perderse ni una sola vez, y me invadió una pena inmensa. Inmediatamente pensé en las horas y las riñas que habían pasado esos niños ensayando la perfección, y supe que no lo habían disfrutado nada. Pero los padres... ¡con qué orgullo miraban! Y los de la clase de mi hija, con envidia. Porque claro, eso sí es sacar lo mejor de un niño. No, señores, eso es tortura.


Pero, ¿qué pasa cuando tenemos delante de nuestras narices un pedazo de profesor? De los de verdad, de esos que algunos tuvimos la suerte de tener pero la mayoría ni los olieron. ¿Qué ocurre cuando damos con un profesor que intenta que nuestros hijos aprendar a estudiar, y no a repetir como loros? ¿Qué pensamos cuando un profesor no quiere que nuestros hijos se pasen la tarde igual que se pasaron la mañana, repitiendo materia como gilipollas para vaciar sus mentes de espíritu crítico? ¿Qué hacemos ante alguien que nos propone una manera nueva de hacer las cosas y nos asegura que funciona? Pues que se jodió la colaboración con el centro. Porque a ver qué va a pasar si las notas de toda la clase suben, y luego mi hijo no es el único con sobresalientes. Y qué coño es esto de que el nene a las 4 haya terminado los deberes; ¿qué se supone que tengo que hacer yo ahora? ¿Y esto de leer con él? A ver, que Rajoy sólo lee el Marca, y ha llegado a presidente. Y lo que es peor: ¿qué hacen mis hijos, que no me traen mariconadas, y los de la clase de al lado ya llevan 3 cuentos para casa, con lo mono que me queda a mi ese trabajo?


No voy a hablar aquí de las trabas que esos profesores encuentran en sus compañeros de trabajo, porque eso es harina de otro costal, y además a mi no me compete. Soy madre, no maestra. Pero que supeditemos el éxito futuro de nuestros hijos, su felicidad como adultos, a nuestro propio onanismo me parece grave.
Porque a fin de cuentas, nosotros ya hemos tomado nuestras decisiones. Decidimos vivir como una generación de incultos amargados y autocomplacientes. Vale. Pero nuestros hijos no tienen la culpa. Así que, igual que escribí hace poco sobre los profesores, apártate y deja a otros trabajar en paz.