martes, 31 de enero de 2017

A vueltas con las maternidades y las expectativas

Pues está la blogosfera maternal alterada por el último "21 días" (en realidad, 12 meses) de Samantha Villar: el de su propia maternidad. Así que aun a riesgo de ser pesada ya con el temita, me vais a permitir que me explaye un poquitín, porque se han dicho muchas cosas sobre esas declaraciones suyas de la pérdida de calidad de vida cuando llega un ro ro a casa. Ni que hubiera sido la primera en decir o sentir algo así.




En primer lugar, voy a decir algo que he repetido siempre hasta la saciedad. ¡Cómo me joden los juicios! A ver, que no digo que la mujer no haya estado desafortunada. Que es cierto que si va a escribir un libro sobre lo malo que es ser madre y luego ese libro cae en manos de sus hijos dentro de unos años, estos críos van a necesitar un buen psicoterapeuta. Pero tampoco hay que llevar a la chica a la hoguera porque, por favor, ahora que no os ve nadie, que estáis solas frente al ordenador, que levante la mano quien no haya sentido eso en el puerperio de su primera maternidad. O de la segunda. O cuando el tercero llega a la adolescencia.


La cuestión no es que lo diga Samantha Villar. La cuestión es que es un sentimiento recurrente que tenemos muchas y que las que lo superamos lo hacemos con mucho trabajo interior y con el ajuste de algo muy importante para la vida: nuestras expectativas.
Tener una idea clara de lo que va a ocurrir ante una determinada circunstancia disminuye la ansiedad y contribuye a que encajemos mejor ese hecho en nuestra vida. Con todo. Cuando yo me mataba con los médicos pidiendo explicaciones sobre qué podíamos esperar después del coma de mi padre, nadie entendía que eso es necesario para poder afrontar lo que viene. Y no obtuve respuesta, porque para la mayoría de la gente es mejor no enterarse de nada, sin darse cuenta de que después viene el zurriagazo.


Bueno, pues este tema de las expectativas, cuando se trata de la maternidad es la pera. Porque no es ya que nos hayan vendido una idea de la maternidad idealizada. Es que la idea es de una maternidad para disfrute del adulto, sin tener en cuenta que a quien has llamado (que no ha venido solo, querida, que lo has llamado tú) es un ser vivo con unas necesidades muy concretas, no un muñeco. Así las cosas, la peña, desde que empieza a leer el "Ser padres", hasta que se lo dicen en los "cursos de preparación al parto", se cree que cuando tengan a su hijo en un parto orgásmico (pero con la epidural), va a vivir embelesada de amor por una criatura que no llorará jamás, que comerá cuando el adulto diga y dormirá cuando sea más conveniente para nosotros. Y ahí llega el tema. Y te das de bruces con la realidad de un ser vivo que TE NECESITA PARA SOBREVIVIR EN TODOS LOS ASPECTOS QUE TE PUEDAS IMAGINAR. Te necesita como alimento, como cuna, como nido, como todo. Por primera vez eres absolutamente responsable de la felicidad y el bienestar de otro ser humano. Y eso es muy complicado. Porque para que tu hijo esté bien, o cambias tus prioridades y las ajustas a la realidad, o la sensación que vas a tener es de permanente sacrificio, de tener que renunciar a tu persona, a lo que tú hacías y eras. Es decir: pierdes calidad de vida.


A mi me pasó en mi primera maternidad. Y no me importa que mi hija lea esto, porque va acompañado de una reflexión sobre el sentimiento y el proceso. Y porque si ella alguna vez decide ser madre, espero que en estas palabras encuentre el principio de ese proceso antes de encontrarse con su hijo en brazos.
Yo delegué mi parto, y las cuestiones primeras sobre salud y crianza en los "profesionales de la salud". Mi parto fue una pesadilla de separación y dolor, y la crianza derivó en una no-lactancia y en una depresión pos parto que empecé a colocar cuando Laura tenía casi 2 años. Y encima la coloqué mal. Me convertí en una persona huraña que sólo sabía reñir y decir "No".
Hasta que no decidimos tener a nuestra hija pequeña, cuando yo inicié otro camino, no me di cuenta de dónde estaba el fallo.
Cuando llegó Diana yo tenía claro lo que venía, y lo que yo quería. Es curioso, porque para la mayor parte de mi entorno, yo me sacrifiqué mucho por ella, mucho más que por Laura. Y lo cierto es que yo no lo viví así. Para mi la maternidad con Laura la he empezado a disfrutar hace relativamente poco (y conste que estoy aprovechándome todo lo que puedo ahora); y sin embargo,  tener la teta disponible, dormir con ella y adecuar mis horarios a los suyos, no fue un sacrificio, sino una liberación. Y no perdí calidad de vida, porque mi vida cambió, para buscar calidad.



A todo esto hay que añadir otra cosa: la presión para ser madre, o la decisión tomada por razones equivocadas. Ya bastante tienes que lidiar si piensas que ser madre es seguir con tu vida igual, pero con un botecito de amor, como para que además tengas que cambiar tu vida sin estar convencida de ello.
Hay mujeres que deciden ser madres porque "es lo que toca", a determinada edad o en determinado momento de su relación de pareja; como si no ser madre fuera un paso atrás o un parón en su relación. Hay mujeres que creen que un hijo será un pegamento para unir una pareja que falla, o la aspirina para arreglar una relación enferma. Y eso sigue siendo un tema de expectativas. Tu vida no puede seguir como antes, porque ya no es la vida que era antes, ni puedes aspirar a seguir siendo la persona que eras, porque esa persona desapareció. Tampoco puedes responsabilizar a un bebé de tu felicidad de pareja. No funciona así. Lo primer que tienes que hacer es SER MADRE PORQUE QUIERES SER MADRE. Punto. Y si no quieres ser madre, pues pásate por el forro los convencionalismos, y simplemente no lo seas. No vas a convertirte en más o mejor mujer o más completa por tener un hijo.




Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Qué hubiera pasado si los maravillosos expertos que ayudaron a Samantha a concebir, si los que ella consultó para todo, la hubieran preparado de verdad? ¿Qué hubiera pasado si Samantha hubiera trabajado sobre todo sus expectativas de cara a la crianza de sus hijos y hubiera tenido tiempo para adaptarse a si misma y toda su vida a su llegada? Pues que probablemente ahora no creería que ha perdido en calidad de vida, sino que hubiera cambiado su vida y lo hubiera hecho con naturalidad. Igual que hice yo con mi hija pequeña. Igual que he conseguido hacer con mi adolescente favorita.

viernes, 27 de enero de 2017

A vueltas con las estadísticas, nuestros hijos y los post antiguos

Me pongo a mirar las estadísticas, y me encuentro con sorpresa con estos datos.
Desde hace dos días, fecha de la publicación del post A vueltas con cabreos y desesperanzas, he recibido 3.700 visitas en el blog, 2.933 de las cuales son lecturas de la citada entrada.
El post más visto hasta antesdeayer era Esquiroleando niños, que desde que lo publiqué, el 24 de octubre ha tenido 1.280 vistas, y era, por cierto, un post que me traje del otro blog. Para redondear datos, la tercera entrada más visitada la escribí el 23 de noviembre y era A vueltas con las diferencias, con un total de 1.185 visitas.


Evidentemente esto sólo son datos. Perdonadme. Es un vicio que tengo, lo de los datos. Normalmente los considero un instrumento para la falacia, pero así vistos, me llama la atención que este blog, que no iba a ser un sitio para la maternidad, la crianza, y todas esas cosas para las que estaba (y sigue estando) La Teta y Más, al final ha terminado siéndolo. No me importa, quede claro. Sobre todo porque es una decisión vuestra y no mía.


Analizo. No puedo evitarlo, me han dibujado así. Y veo la preocupación de una parte importante de las madres y padres por la educación de los hijos. Más que eso. Su preocupación porque sus hijos sean felices en el proceso de su formación académica. La preocupación que compartimos porque a nuestros hijos se les tengan en cuenta y se les atiendan en sus peculiaridades.
Porque estoy convencida de que, a pesar de que las situaciones que han inspirado la escritura de las entradas que analizo han sido las derivadas de las Altas Capacidades de mis hijas, las casi 3.000 personas que han leído la última no son 3.000 madres y padres de superdotados; pero sí son casi 3.000 madres y padres de niños que necesitan algún tipo de atención específica en el aula, que luchan para que se les atienda, pero que no lo consiguen. Son las madres y padres de niños que sufren en el colegio ante la mirada frustrada de sus padres. Y no tienen por qué estar en el lado derecho de la campana. Pueden estar en el izquierdo. O en el centro. Porque desde aquí, desde este pequeñito lugar en el mundo en el que me muevo, igual que desde las asociaciones de apoyo a las Altas Capacidades, no sólo luchamos porque a nuestros hijos se les permita alcanzar su máximo potencial, porque no se frustren y al final fracasen. Luchamos para que TODOS LOS NIÑOS, sean atendidos en su singularidad, para que todos ellos puedan alcanzar su máximo potencial en el colegio, en el instituto y en la vida.


Y al hilo de esto, de lo importantes que son nuestros hijos para nosotros, para todas las madres y padres que nos interesamos y leemos, que nos frustramos y lloramos, como Estelita, que luchamos, escribí hace ni se sabe un post que voy a traer a colación, y con el que remato entrada.
NUESTROS HIJOS, LOS MAESTROS
En los últimos años, he desarrollado una teoría.


Por supuesto, la teoría no es mía, no me voy a poner medallas que no me corresponden. Pero lo cierto es que, desde mi primera maternidad, he sufrido una “conversión” hacia ella; mi vida, mis experiencias con mis hijas, me han demostrado su veracidad.
Veréis: los niños vienen a este mundo a enseñarnos algo. Tienen en ellos la sabiduría del todo, y nosotros vamos despojándoles de ella, hasta que la pierden, y ya están listos para “ser mayores”. Y así, generación tras generación.
Hay veces (desgraciadamente las más) en que pasan esa primera niñez sabia sin conseguir enseñarles nada a sus padres ni a su entorno; pero hay otras en las que algo cogemos.
Cuando nació mi hija mayor, yo estaba convencida de que los niños no saben nada, y hay que enseñarles todo. Un cerebro vacío que necesita ser llenado. Y además, tiene fecha de caducidad: lo que un niño no haya aprendido a los 3 años no lo va a aprender nunca.
A ver, hago un inciso, que luego me linchan.
No me estoy refiriendo, obviamente, al aprendizaje de ninguna disciplina, como las matemáticas o la física cuántica; ni de hacer a un bebé políglota. Me refiero a aprender cosas que les ayuden a ser felices, sus pautas de comportamiento.
Quienes defienden la teoría de los 3 años, curiosamente también aseguran que lo que debe aprender un niño antes de los 3 años que le va a hacer más feliz es a obedecer ciegamente, plegarse a normas sociales, aunque nos parezcan absurdas, dormir (qué obsesión con el sueño, oye) etc.
Después de describir esto, os podéis imaginar que yo era una madre estresadísima: había que tener una férrea rutina para ayudar a la nena a entender todo lo que venía a continuación, y observar una disciplina en sus conductas sociales, porque eso hace “felices” a los niños.
Estaba tan obsesionada por las normas, que me perdí todas las cosas que Laura venía a enseñarme, y que ella ya ha olvidado. O quizá fue precisamente eso lo que quería enseñarme. El caso es que todavía ahora  estoy intentando enmendarme con ella.

Cuando realmente me he dado cuenta de la sabiduría de los niños (y ya de paso, de mis meteduras de cazo con Laura) ha sido con la llegada al mundo de Diana, mi bruja buena.
Si todo el mundo se empeñaba en decir que la rutina era buena para los niños, ella me enseñó que cuando pautaba algo sus cosas, no ganaba peso. Si los demás se encargaban de decirme que no se duerme a los niños en la cama de los padres, ella dijo que si no era ahí, no dormía y punto. Y de esas, a docenas. Pero las que han callado la boca, han venido a partir de los 3 años, que son las que más se notan (aparte de que es una niña feliz, cabal y equilibrada, pero eso para algunos es pura coincidencia, así que me voy a lo más físico).
A Laura hubo que quitarle el pañal. Por si no lo sabéis, los niños no son capaces de dejar de mearse y cagarse encima solos: son la única especie animal que necesita adiestramiento, así que a Laura nos la llevamos a un clima cálido, y con 2 años, le enseñamos a no usar pañal. No quiero pensar lo que lloró; semanas llevando una bolsa de bragas a todas partes y poniéndola a hacer pis cada hora para enseñarla.
Diana eso no lo cató. Y mira que hasta yo me empecé a preocupar porque al cumplir 3 años ella seguía usando el puñetero pañal, y en el cole no se admitía a ningún niño con pañal (dí que yo, si no se quitaba el pañal, con no llevarla al cole…). El caso es que un día llegó a casa de mis suegros y dijo que ya era mayor para usar pañal; se lo quitó delante de todo el mundo, y se fue a hacer pis al bidé. Ya está. Ese fue todo el esfuerzo del control de esfínteres.

Otro caballo de batalla ha sido el sueño. Es donde la gente más opina. Eso y la teta, y como en los niños amamantados lo normal es que ambas cosas vayan de la mano, ya tenía la polémica servida.
El caso es que la peque siempre se dormía  en la teta (¿dónde si no?) y luego en mi cama (repito, ¿dónde si no?), así que os podéis imaginar los comentarios. Y los que no comentaban, metían indirectas. Es como si la peña tuviera miedo de que Diana me pidiera teta el día de su boda;bueno, pues ahora mismo, Diana no toma teta, y hay veces que duerme en su cama y veces que duerme en la mía. Y dejará de dormir en la mía, igual de dejó de hacerlo su hermana.
Y después de estos años, ¿sabéis lo que me han enseñado mis hijas? Que los niños no son calderos vacíos, que son seres independientes desde que nacen, siempre que se les procure un hábitat correcto, porque desde que nacen, son capaces de decidir qué es lo mejor para ellos en cada momento. Sólo hace falta escucharlos.
Y a vosotras, ¿qué os han enseñado vuestros hijos?

miércoles, 25 de enero de 2017

A vueltas con cabreos y desesperanzas

Quienes seguís este blog ya sabéis que tengo dos hijas con Altas Capacidades Intelectuales. Quienes además de seguir el blog, me seguís en las redes sociales, me habéis leído muchas veces indignada, enfadada, disgustada, ... por la lucha que esta característica ha supuesto para nosotros como padres y como familia. Pues hoy escribo con el corazón roto.
Os voy a presentar a Estela, a Estelita, como se la conoce en el Caralibro. Ella es quien pone su pluma en la construcción del blog Viviendo Con Superdotados. Por favor, leed el blog porque merece la pena.
Estela, Estelita, es una mujer cañón. Lleva años luchando para que sus hijos, ambos superdotados, sean atendidos en un sistema educativo que está claro que desprecia el talento. Ha sido presidenta de la Asociación Leonesa de Altas Capacidades (ALAC), y desde su lugar en el mundo milita para que estos niños sean conocidos, atendidos y respetados en su singularidad. Como yo, sólo pide eso para sus hijos; ni más ni menos que si hubieran tenido cualquier otra. Y como yo, como casi todos los padres, se encuentra con paredes de ladrillo.
Esta semana Estelita tuvo una cita con un profesor de sus hijos y salió en tal estado de nervios que decidió hacer un directo para que todos vieran hasta dónde puede sufrir una madre la injusticia con los hijos. Perdóname Estela, compañera, pero no voy a compartir el vídeo. Y no lo voy a hacer porque me ha roto el corazón, no quiero verte así. Pero quede claro: yo también he salido de tutorías en el mismo estado, llorando y con ganas de gritar, porque implorar ayuda ya lo hice y tampoco.
¿Cuál es el problema?
El principal es la falta de formación de los profesionales de la enseñanza sobre las características REALES de estos niños. Así tenemos un excedente de profesores que NO VEN las altas capacidades, entre otras cosas, porque lo que buscan es otra cosa.
Como no tienen formación (y aquí un inciso de esos que tanto me gustan: en todas las provincias hay jornadas de formación promovidas por las distintas asociaciones; desde luego, doy fe, en León ha habido jornadas de formación para profesionales organizadas por ALAC, así que quien no está formado en el tema es porque no le sale de la pituitaria hacerlo) se  guían, en sus observaciones, por lo que han visto en los medios o vete tú a saber dónde: estereotipos.
Meto caña aquí con lo de los medios porque me toca por los dos lados. Cada vez que leo un reportaje en algún medio sobre niños superdotados, para empezar meten una foto "ilustrativa" de un niño que más parece un personaje de peli mala de Disney que un niño, con sus gafitas, el pelo revuelto a lo Einstein, y rodeado de fórmulas matemáticas. Por cierto, que a Einstein, señores, le echaron del instituto por burro, porque suspendía mates.
Vamos, que lo que buscan muchos profesores a la hora de "ver" las altas capacidades es al "Sapientín" de Zipi y Zape, no a un niño de verdad. Y claro, se les escapa el tema.
Pues señores: un niño superdotado, a veces (muchas) suspende. Las notas no tienen nada que ver con el diagnóstico (odio el concepto), la detección (mucho mejor) de las Altas Capacidades.
Un niño superdotado no es, necesariamente, un niño estudioso. De hecho, muchas veces necesitan ayuda para comprender este sistema educativo de mierda.
Para que os hagáis una idea: si tú le preguntas a un niño superdotado cuál es la distancia más corta entre un punto A y un punto B, es probable que empiece a encontrar en medio puntos con las letras del abecedario completo, y no llegue nunca al puto punto B. Y lo que ese niño necesita es que le ayudes a encontrar el punto que debe buscar, a separar el grano de la paja. No necesita que le digas que no es capaz de encontrar el grano, que eso ya lo sabe, y por eso, la mayor parte de las veces, se siente un total inútil.
Y sobre todo, no pienses que un  padre o una madre "se empeñan en que su hijo sea superdotado", que no es así. Que si te ha llegado a ti la valoración es porque un orientador o un psicólogo le ha hecho las pruebas de detección pertinentes (que no son tus putos exámenes de mierda) y le ha pasado ese informe a la inspección educativa para que lo selle. Que si la madre o el padre te saca a colación ese informe es para que tú cumplas con tu obligación de atender académicamente esa circunstancia, no para que digas las tonterías que dices siempre.

lunes, 23 de enero de 2017

A vueltas con las malas madres

Pues me sale hoy recuperar otra entrada antigua. Y lo hago porque el hecho de haber estado estos últimos días compartiendo un concierto de mi hija mayor (que en el momento en que escribo tiene 14 añitos) me ha traído a la mente recuerdos de gente de mi entorno juzgando nuestras formas de ejercer la paternidad. Así, de buen rollo. En plan "es que yo creo que a lo mejor no es buena idea que una niña esté tan expuesta..." "Es que a lo mejor sería mejor que no la grabaseis". Y tal.

Esta entrada que comparto la escribí con el espíritu de quien cree que las madres (y los padres también, pero estaréis de acuerdo conmigo en que la mayor parte de las veces, de las cosas se nos responsabiliza a nosotras, más que a vosotros) deben empezar por quererse, por liberarse de los juicios ajenos y de la culpa propia. Pero hoy la recupero para reivindicar que nosotras conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, y sabemos lo que necesitan para ser felices y cómo gestionarlo. Y luego cuando crezcan, pues eso. Ya harán ellos lo que crean.


Hace un tiempo preparaba charlas sobre diversos temas, pero todos con una base común: la teoría de la Crianza con Apego.
Sólo para contextualizar, diré que la Crianza con Apego (el Atachment Parenting, en inglés) es una filosofía basada en los principios de la teoría del apego en la psicología del desarrollo; según la teoría del apego, un fuerte enlace emocional con los padres durante la infancia, o apego seguro, es un precursor de relaciones seguras y empáticas en la edad adulta.
Toda la filosofía, recogida en 8 puntos, gira alrededor del respeto a los ritmos del niño, tanto en lo que se refiere a la alimentación, como al sueño, la adquisición de determinadas habilidades, o el entendimiento mutuo hacia una disciplina que se denomina positiva (aunque a mi lo de disciplina, me sigue rechinando).
Es curioso, porque quienes no están relacionados con la teoría del Atachment, creen fervientemente que el respeto a los ritmos del niño va en detrimento de la pareja, y que las madres que optan por este tipo de crianza son una especie de esclavas que se someten a sus hijos, que terminan convirtiéndose en tiranos absolutos de la casa.
Quienes así piensan, no sólo no saben que el octavo punto de la filosofía de la Crianza con Apego es la búsqueda de equilibrio entre la vida personal (individual y de pareja) y el apego familiar, y que igual que se debe respetar al niño, los ritmos de todos deben ser respetados, sino que suelen pensar que los niños no son capaces de madurar si no se les indica cómo. Es decir: los niños nacen como botes vacíos, que los adultos llenamos. Es más, y dando una vuelta de tuerca. Los niños son botes vacíos tendentes al mal, y es la disciplina del adulto quien encauza a ese niño por el buen camino. No importa que luego te salga el niño asesino en serie; si esto pasa es que has tenido mala suerte. Es el niño el que te ha salido mal. Vamos que las ovejas negras nunca son los padres, son siempre los hijos. Pero si te sale Obama, entonces tienes que sentirte orgulloso, porque has hecho un buen trabajo como padre.
Lo divertido es que cuando estas personas hablan de quienes han querido educar de otra manera (estamos hablando de la Crianza con Apego, pero vamos, que da igual, elijan ustedes la filosofía que quieran, basada en respetar al niño, quererle y no educar a base de castigos ni físicos ni de los otros), razonan justo de la manera contraria: lo lógico es que educando así (de mal) el niño te salga rana; vamos que puede ser hasta que fume, que es peor que lo del asesino en serie, sin lugar a dudas. Y si te sale Gandhi, es que has tenido mucha suerte, porque a pesar de todos tus esfuerzos, el niño ha salido bien.
Como queda claro lo que opino del tema (soy tendenciosa al escribir, porque puedo, porque el blog es mío), no me voy a entretener en decir que los niños, señores, no son tarros vacíos, y mucho menos tendentes al mal.  
Pero sí me preocupa la impronta que tiene esta sociedad en nosotras. Una sociedad en la que las mujeres SIEMPRE tenemos la culpa de todo, y la responsabilidad de educar a los hijos. Me preocupa que cuando algo sale mal, ya no hace falta que alguien nos diga que es por culpa nuestra, porque nos lo decimos nosotras. Nos machacamos con ¿y si lo hubiera hecho de otra forma?. Y lo peor es que los que nos rodean, que llevan años deseando saltar a la yugular, no sólo no nos consuelan, sino que nos clavan un tacón en el cuello para que no nos olvidemos jamás de que ya nos lo habían advertido. Es la cultura del “cachete a tiempo”, deseando poder recordarnos cómo se educa a un niño y lo malos que pueden llegar a ser si no les metemos en cintura.
Bueno, pues esto es para todas las maravillosas mujeres madres a las que quiero y que han optado por criar con apego a sus hijos. Recordad siempre que no educamos con respeto para que los niños nos salgan de una manera o de otra. Educamos con respeto porque creemos que debemos hacerlo así, porque no podríamos hacerlo de otra manera. Y porque sabemos que los niños no son botes vacíos. Porque sabemos que los niños crecen, y cuando lo hagan, tendrán que tomar decisiones, y que esas decisiones serán suyas, no nuestras. Porque si no lo pensamos así, es señal de que en el fondo no los hemos respetado, sino que hemos educado con la idea de un bote vacío que iba a responder de determinada manera ante nuestra forma de educación. Y no es así.
Es como la lactancia materna o la artificial: no es verdad que la lactancia materna proteja contra las enfermedades; si fuera cierto, no habría niños enfermos, bastaría con dar teta. No. La lactancia artificial aumenta el riesgo de padecer determinadas enfermedades. Vamos, que el niño que va a tener asma, la va a tener mame o no mame; el hecho de no hacerlo es sólo un factor que incrementará el riesgo, pero ni la lactancia artificial causa asma, ni la lactancia materna hace que el niño no la padezca. En la educación es igual: no todos los niños maltratados son adultos maltratadores, pero el maltrato es un factor de riesgo, y hay estudios que dicen que hay menos incidencia de maltrato entre los adultos que fueron educados con amor que entre aquellos que fueron educados a golpes; lo que no dicen estos estudios es que no haya ningún caso de adulto educado con amor y sin cachetes que se haya convertido en maltratador. Porque de todo hay. Desgraciadamente.
Quereros a vosotras mismas, porque si no lo hacéis, cuando veáis que algo se tuerce vuestro sentimiento de culpa superará a cualquier otro, anulará vuestra capacidad de respuesta y os dejará exhaustas. Y hay una cosa clara (y lo sé por propia experiencia como hija): cuando un hijo toma la decisión equivocada termina por darse cuenta. Y es ahí cuando más nos necesitan. Y pensad entonces en cómo te sientes cuando alguien te sopla en el cuello un “te lo advertí”.
Y sobre todo: quereros porque os merecéis ese amor. Porque ocurra lo que ocurra sois unas madres maravillosas que, como todas, independientemente de lo que decidan para la educación de sus hijos, sólo queréis lo mejor para ellos. No conozco a ninguna mujer que, eduque como eduque, no desee la mayor felicidad para sus hijos. El camino que tomemos para ello es sólo cosa nuestra. Y el camino que tomen nuestros hijos, cosa suya.
Y ni un niño “sale mal”, ni “se tiene suerte”. Porque los protagonistas de su vida son ellos, no nosotros. Protagonicemos la nuestra como nos de a entender nuestro corazón.
Y a los adolescentes, casi adultos, que leen esto (que creo que yo que serán más bien pocos). Cuando vayáis a hacer alguna gilipollez, que ya os digo yo que las vais a hacer por docenas, pensad en que vuestros padres os quieren. Y haced la gilipollez, pero no les responsabilicéis de ella, que bastante tendrán con abuelos, suegros y cuñadas. Sólo sabed que luego, van a estar ahí. Hasta el padre de Dexter le quería.

miércoles, 18 de enero de 2017

A vueltas con la vida

Os voy a enseñar algo. Una tontería, ya sabéis. De esas que comparto a menudo.




Este cartel apareció, o mejor dicho, re-apareció, como todo en la vida. Cuando dejas ir un ciclo, éste te devuelve su principio.


En el año 1969 mi padre hizo pintar ese cartel. En el local al que el cartel nombra, una habitación de apenas 20 metros cuadrados, mi padre pasó horas y horas entre secadores, navajas, tijeras y champúes. El es Nano el Peluquero. O lo era.


A finales de los 70, mi padre acometió la única reforma que hizo al local, y ese maravilloso cartel pintado quedó oculto por un "moderno" neón que decía lo mismo, pero con más luz.


En 1996 su diabetes le pasó la primera factura grave: una isquemia coronaria severa estuvo a un tris de llevárselo a la tumba.
 Esa fue la primera vez que nos despedimos de mi padre.
 En mayo de ese año le trasladaron de urgencia a Madrid para someterle a una operación que, aunque ahora se hace por microcirugía, entonces se practicaba a corazón abierto; consiguieron ponerle 3 de los 5 bypass que tenían previstos en una operación en la que tenía el 50% de posibilidades de sobrevivir; las mismas que de que te salga cara cuando tiras una moneda al aire. Y salió cara.
Recuerdo que unas horas antes de la operación la situación era tan grave que apenas podía moverse, ni hablar, sin quedar extenuado. Y que un par de horas después de la cirugía, en la UCI y todavía con la extra corpórea, gritaba a su compañero de habitación "!!!!Chiquitín, estamos vivos!!!!"
Pero ya no podía volver a hacerse cargo de un negocio. Sobrevivió. En realidad, "renació", pero su estado de salud hacía imposible que su cuerpo aguantase 10 horas de pie, el estrés del "no llego", el cansancio del trimestre... Ya no más. Y le traspasó su querida peluquería, la que le había costado noches enteras sin dormir, al que había sido su aprendiz y luego su ayudante. Y él sustituyó el neón de Nano por su nombre.


El caso es que la sensación no era de que ya no había peluquería. Sólo que no estaba él cortando el pelo; pero en realidad seguía siendo "Nano Peluquero". Incluso cuando Juan Carlos, el "heredero", hizo una nueva reforma al local para adecuarlo un poco más a su modo, y a los nuevos tiempos. Nano seguía estando allí.






Ahora Juan Carlos se ha ido a otro lugar. La propietaria del local, como tantos otros pazguatos propietarios de este país que se empeñan en no darse cuenta de lo que es la crisis y siguen aumentando alquileres, cada vez queriendo más dinero por lo mismo, le dijo que estaba cobrándole poco. Y simplemente se fue a un local mejor situado y más grande por el mismo dinero; un local que ahora ya, es sólo suyo.


Desapareció aquel neón, y volvió a verse lo que fue. Nano Peluquero. Así, pintado a mano, como se hacía antes.
Volvió a ser lo que fue durante tantos años, igual que mi padre está volviendo a lo que fue, perdiendo poco a poco lo que es.


Hoy me ha preguntado por qué su hermano hace tanto que no le llama. Ese hermano que murió hace 5 años.

lunes, 16 de enero de 2017

A vueltas con las libertades y las adolescencias

Antes de empezar voy a hacer una confesión: estalqueo* a mi hija. (Estalquear, según el urban diccionary, es "Anglicismo sinónimo de acechar. Se utiliza para referirse a actividades de acecho en redes sociales"). Soy así. Una acosadora cibernética de hijas.
En realidad es un poco con permiso. Yo la tengo en favoritos en twitter y agregada a mi facebook, y viceversa.
El caso es que me parece un ejercicio chulísimo, siempre y cuando se haga con el ánimo de conocer mejor, y no de acosar en sentido estricto, intentando controlar y juzgar sus actividades.
Este "estalqueo permitido" me ha descubierto muchas cosas, no sólo de mi hija mayor, sino de su mundo adolescente. Y la más alucinante es la cantidad de gente joven, de entre 15 y 20 años implicada políticamente (y hablo de política en sentido estricto, no de la cantidad de jumentos que se dedican profesionalmente a ello) en luchas sociales increíbles. Feministas, luchadores por la igualdad de todas las personas independientemente de su género y condición sexual, por la libertad ideológica y religiosa, defensores de la identidad cultural de los pueblos.
A ver, que es cierto que tengo una visión un tanto sesgada, porque sólo puedo ver a aquellos jóvenes a los que mi hija sigue, o que la siguen, y si tengo una hija con conciencia social, los perfiles que veré serán precisamente esos. Pero aún así son muchos jóvenes. Muchos, de verdad. Y de muchos lugares, procedencias, culturas y religiones.
Con ella estoy descubriendo cosas que ni sabía que existían. Planteándome mis propias ignorancias, cuántas veces he juzgado creyendo que sabía algo y no tenía ni idea de nada.


De todas las historias que leo y sigo, sobre todo de perfiles claramente feministas que son los más afines a mi también, la mayor de las sorpresas, lo que más me ha hecho plantearme mi propia realidad, es el perfil de una joven musulmana. No es que viva en España, es que es española, nacida aquí, y lucha por su derecho a llevar libremente su hiyab.
Veréis. Pertenezco a una generación feminista que, aunque milita de otras formas a aquel primer feminismo, aún juzga desde su perspectiva occidentocentrista. Veo a una mujer con un hiyab, y pienso en la represión que supone verse obligada a llevarlo. La tremenda injusticia de las mujeres que viven bajo un burka. Y creo que la única manera de salvarlas es quitárselo, obligarlas a todo lo contrario.
Para aquellas mujeres que vienen a nuestro occidente buscando una vida mejor a veces, y otras arrastradas por sus maridos, que buscan una vida mejor para ellos, probablemente salir de casa bajo un burka sea la única manera de salir de casa. Si se obliga a esas mujeres a no llevarlo, probablemente no vuelvan a salir de casa; y lo más sorprendente es que probablemente no saldrán de casa porque ellas no querrán salir de casa.




Pero estoy hablando de militancias y de adolescentes.


Para la joven mujer de la que hablo, su hiyab (que no es un burka, sino más bien un pañuelo como el de la foto) se ha convertido en su militancia. La prohiben ir al instituto con su pañuelo, que para ella forma parte de su identidad, y ahora de su rebeldía. Siente que vulneran su libertad, porque no se trata de llevar una gorra para cubrirse la cabeza porque sí, sino que es algo más, algo que para ella es señal de su cultura y por lo tanto, forma parte de su personalidad. Y no tenéis ni idea de la cantidad de jóvenes no musulmanes que la apoyan.


No voy a decir si ella tiene razón o no. No me voy a meter en significados intrínsecos del hiyab. No hace tanto las mujeres españolas también llevaban la cabeza cubierta y fue nuestra historia quien nos quitó el pañuelo, y no los representantes de otras culturas a golpe de decreto. Pero creo que hay que plantearse que si lo que para nosotros es un símbolo de represión y para otros lo es de libertad, es que igual no lo sabemos todo.

viernes, 13 de enero de 2017

Mirando al cielo de nuevo

Esto es una tontería. Pero como es mi blog, es mi tontería.
El caso es que desde que vivo en Trobajo del Camino miro al cielo. No sé si hay más cielo, más tiempo, más ganas, ...
Ayer estaba con mi hija mayor e hice estas fotos:



Volvíamos de hacer unas compras y nos fliparon los colores. Parecía que alguien había puesto un filtro al cielo. Os juro que no fui yo.
Igual ahora los veis y decís "qué tontería en lo que se fija. Yo sólo veo el China City. Una cutrez". Bueno, yo veo la gradación de magentas y azules y flipo. Una tara de mi época de fotógrafa, supongo.


El caso es que me planteo que hasta que no vine a vivir a un pueblo, no había visto el cielo. Es alucinante, porque he vivido en una ciudad pequeña y me he venido a vivir a un pueblo grande. De hecho, entre León y Trobajo no hay límites claros en algunos puntos.
Pero aquí, en el pueblo, hay más colores en el cielo, o más cielo para ver colores. Es el mismo cielo, supongo, pero hay más cacho.


Y eso me hace plantearme el poquito cielo que ven en otros lugares, en las grandes ciudades. Quienes vivís en Madrid, o Barcelona, por ejemplo, ¿cuánto cielo veis? ¿Cuántos colores hay en vuestro cielo?
Hacedme un favor y mirad. Observad a ver si os basta con mirar hacia delante, como yo cuando hice estas fotos, o tenéis que mirar hacia arriba y buscar un trocito entre edificios. Fijaos si se ven colores o sólo un color.
Y si veis menos colores y menos cacho, no os quejéis cuando os digan que os cortéis con el coche.
Igual os falta cielo.