viernes, 23 de junio de 2017

A vueltas con mis brujas: La Magia de la Noche de San Juan

Esta noche, en el momento en que, unos días después del Solsticio de verano, la noche vuelve a ganar terreno, yo parí a una bruja hace 10 años. Hoy, recupero un post muy especial, en el que compartí su nacimiento, que fue el inicio de mi sanación como madre.


Por eso la llamo “mi bruja”, porque eligió una noche mágica para venir al mundo. Esperó dos semanas para coincidir con el solsticio, y me enseñó a luchar, ya desde ese momento.


El lunes antes tuve monitores; una vez más estaba “muy verde”, y me dijeron que si no me había puesto de parto el miércoles, que debería ingresar para inducción, porque según el protocolo (41+6) no se podía esperar más. Al salir de allí supe que no volvería salvo para dar a luz.
Y eso no sucedió el miércoles, claro. San Juan era sábado, y mi bruja quería nacer esa noche y no otra.
Hoy escribo esta historia porque se lo debo. Porque me costó media vida escribir la de su hermana, y la suya es mucho más feliz. Porque desde hace 4 años (10) no sólo celebro su cumpleaños, sino mi parto, mi descubrimiento: soy mujer, capaz y valiosa. Como todas. Como vosotras.
Ese sábado (nadie de la familia sabía que debía haber parido el miércoles, claro) fuimos a comer a casa de los padres de Javi. ¡Lo que me costó ir, madre! Pero es que era la comida de su aniversario, que es el día 26, y no quedó otra. Sin embargo, a mi me apetecía la soledad y la intimidad de mi casa. Todo estaba muy cerca.

Por la noche, nos empezamos a preparar para ir a ver los fuegos artificiales y la hoguera. En León es fiesta grande, y nunca nos la perdemos. Pero yo no podía, no tenía ganas más que de estar tranquila y sola, así que Javi se fue con Laura, y el encargo de traerme churros.
Yo me quedé en casa, en el sillón reclinable, comiéndome un helado de chocolate y viendo una cutrísima película de ciencia ficción. Estaba muy tranquila y muy a gusto.
Oí el petardeo de los fuegos artificiales, y el resplandor que se colaba por la ventana. De repente, tranquilidad, oscuridad… ¡Ploffff! Aguas fuera. Claritas, calientes y seguidas por contracciones rítmicas que desde el comienzo fueron cada 5 minutos.
Llamé a Javi. Eran las 12 y cuarto de la noche, y sabía que me había quedado sin churros; también sabía que no encontraría taxi.
Por un momento me entristecí, porque sabía que las cosas no iban a ser para Laura como habíamos planeado. En un principio pensamos que mis padres vinieran a dormir a casa y se quedaran con ella esos 2 días. Que su vida no se alterara por el nacimiento de su hermana. Pero mi madre estaba pachucha, así que finalmente se quedaría con mis suegros, y ellos no se iban a quedar en casa. A pesar de todo, mientras llegaba todo el mundo, me puse a cambiar la cama, por si acaso podía convencerles para que se quedaran. Era un poco raro, porque el líquido seguía saliendo en cada contracción.
Es extraño. Estas contracciones no dolían; me llenaban de felicidad. Estaba plena, contenta. Sabía que esta vez todo iba a ser distinto.
Llegó Javi con Laura. Habían llamado a los abuelos por el camino, y yo había llamado a mi padre, porque seguro que no íbamos a encontrar taxi. Este rato, hasta que llegamos al hospital, lo tengo un poco nublado; mezclo cosas y confundo tiempos. Es normal.
Cuando llegamos a urgencias, tuve que poner el “modo on”. Sabía que a partir de ese momento me iba a tocar luchar, y que tenía que estar mentalmente fuerte, porque iba a estar sola.
En urgencias no dejan pasar a nadie con la mujer, y te valora un obstetra. Yo iba con bolsa rota, y no quería antibióticos intraparto, así que me negué al tacto. Al señor le sentó como una patada, porque decía que había que valorar si estaba de parto o no, si sólo eran pródomos. Al final, ante mi lógica aplastante, tuvo que ceder: sean o no pródomos, vengo con bolsa rota, así que quedarme, me quedo, y no quiero un tacto.
Advierto que me dio igual, porque me subieron y me llevaron a monitores, de nuevo sola, con la matrona, y al final, hubo tacto, al parecer era innegociable. Cuando volví a la habitación me tomé dócilmente los antibióticos, que luego facilitaron unas mastitis de repetición, de las que ya hablaré en otro post.
El caso es que volví con sentencia: sólo de 1 cm y cuello duro, para toda la noche. Dio igual que advirtiera que soy de sprint final. Nadie te cree cuando estás de parto. Eran casi las 3 de la mañana.
En la habitación, las contracciones eran muy intensas, pero llevaderas mirando a la cara a Javi. Me sentía muy acompañada y feliz. Me gustaba sentirlas así, como olas, y pensando “me abro, queda una menos”; y era cierto: notaba cómo cada una de esas olas iba abriendo mi cuerpo para que pasara mi bruja.
Una hora más tarde, Javi me dijo que mi cara era distinta, y mi forma de respirar también, que tenía que llamar. Sin saberlo, hizo lo que tantas doulas y matronas experimentadas en la fisiología del parto: observar-me. Sin tactos, sin violencia ni fuerza, él sabía que la cosa se estaba acelerando.
De nuevo a monitores, de nuevo sola. Ahora ya no puedo luchar, mi cabeza no podía fabricar frases, sólo monosílabos.
Con el tiempo me he dado cuenta de que aquella matrona (no sé su nombre, ella no se presentó, y yo tampoco le pregunté) realmente estaba intentando empezar a confiar, pero la pillé al principio de su camino. Desgraciadamente, no sé si ha llegado al final o se quedó antes.
El caso es que me dio la oportunidad de negarme a todo, excepto al suero, pero me juró que no me iba a poner nada, y yo la creo. No quise enema, ni rasurado, nada. No hubo discusión, no intentó convencerme, y se lo agradezco.
Pero no sabía acompañar.
Hubo un momento que recuerdo especialmente malo. Mi cuerpo se revelaba contra la horizontalidad impuesta por los monitores, y se levantaba solo; entonces, obviamente, se perdía el latido de la bruja. En ese momento, entre la matrona y una auxiliar empujaban mis hombros hacia la cama para que no se descolocasen las correas. Es una imagen que se repite muy a menudo en mi mente, y que es de las cosas que empañaron un poco el parto.
Al poco de llegar a monitores, yo sentí que no podía más. La matrona me hizo un tacto y dijo que “sólo” estaba de 4 cm. Grité “ya no puedo más, me parto”. Y ella interpreto “llama al anestesista y ponme la epidural”; cualquiera sabe que lo que se necesita es decir “No te preocupes que eso significa que ya está, que queda poco”, pero claro, “sólo” estaba de 4, así que me faltaba bastante (una media hora, más o menos).
Otra discusión al llegar el anestesista.
Javi dice que desde fuera se me oía gritar, yo no lo recuerdo. Sí me acuerdo de que le dije insistentemente al señor anestesista que se largase de allí. Sentía a mi bruja apoyando su cabeza, el aro de fuego y mi cuerpo haciendo fuerza para abrir camino a la nena.
Pero era imposible, porque “sólo” estaba de 4.
Después de mucho discutir, de gritar que mi hija estaba ya ahí y que mi marido se lo iba a perder, y decir con convencimiento que si no se largaba aquel señor impresentable le iba a denunciar por acoso o lo que se me ocurriera, la matrona se dignó a hacerme otro tacto (yo creo que era para poder decirme “¿ves? Si todavía te queda”), se quedó ojiplática, cuando sintió la cabeza de Diana ya en último plano, a punto de salir.
Corriendo a paritorio, y otra concesión más: al potro, a parir en litotomía. A cambio, la bandeja del instrumental tuvo que volar a la otra punta de la habitación, o yo no me subía.
Ahí llega Javi, abre la puerta y (¡oh, intimidad!) lo primero que ve es mi entrepierna con la cabeza de la bruja asomando. Ya está todo el trabajo hecho. Todo el trabajo discutiendo, pero mío. Nadie lo hizo por mí.
Nadie me cortó ni manipuló mis genitales. Nadie me anestesió ni se llevó a mi hija.
Esta vez pude olerla, y verla. Cató la teta antes de que la limpiaran, y eso lo hicieron delante de mí.
Esta vez, casi 5 años después del nacimiento de mi hija mayor, el parto fue mío.