miércoles, 14 de junio de 2017

A vueltas con las mentiras y el estrés

A lo largo de nuestra vida mentimos en un montón de ocasiones, por otro montón de causas distintas. Los niños más pequeños suelen mentir por necesidad (hay que diferenciar entre mentira y fantasía, porque en los peques, sí hay diferencias, ya que ellos no cuentan fantasías con la intención de engañar a nadie): o bien quieren alejar de sí mismos un castigo, o bien quieren satisfacer al adulto que les pregunta, si ellos sienten que ese adulto no quiere escuchar "la verdad".

A medida que vamos creciendo, mentimos por otras cuestiones: por comodidad, por darnos importancia, por aparentar, por quedar bien, para que no nos metan en la cárcel...

Yo también he mentido, por supuesto. Por todas esas razones. Bueno, no me he visto nunca en la tesitura de tener que mentir para evitar la prisión. De momento. El caso es que hace unos años decidí que ya. Que me había hecho "mayor del todo".

Aclaro que para mi "hacerme mayor del todo" ha supuesto huir de todas aquellas circunstancias que dificulten mi vida (que ya es suficientemente difícil) o que me hagan vivir un estrés innecesario (por lo mismo). Vamos, que quiero vivir tranquila en mi sofá con mis series de Star Trek.

¿Y qué tiene que ver eso con no mentir?

Cuando era pequeña, con 8 años, conté la primera mentira. Yo quería hacer la primera comunión en mi parroquia, y mis padres querían que la hiciera en el colegio, donde además, me daban catequesis en la clase de religión. Por supuesto, yo no quería decepcionar a mis padres; quería que saliera de ellos eso de hacer la comunión en otro sitio. Así que les dije que las monjas nos habían dicho que había que hacer la comunión con un "uniforme". Todas las niñas iguales. Mi madre ya había comprado mi vestido, así que yo estaba segura de que aquel argumento iba a ser concluyente. Al día siguiente de contarle la trola a mis padres, mi tutora, Isabel Barrientos (mi gran Isabel, mi profe del alma, pero no aquel día) me cogió aparte y me echó la bronca del siglo. Recuerdo que empezó con una frase, que cada vez que la repito, me evoca la cara de Isabel mientras me la decía a mi: "Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo". Hice la primera comunión en el colegio.

Dicho de otro modo: "la mentira tiene las patitas muy cortas".
A mi me han pillado en todas y cada una de las mentiras que he contado. Y no veas la vergüenza y el malestar.

Y es que si tienes presente que te van a pillar SIEMPRE (aún cuando tú no te enteres de que te han pillado, fijo que por ahí hay alguien comentando con otro alguien lo gilipollas que eres por haber mentido) se van a la mierda todas las razones para mentir:

Si mientes por comodidad, no hay cosa más incómoda que dar explicaciones cuando te pillan.
Si mientes por darte importancia con algo, terminas haciendo el ridículo cuando te pillan.
Si mientes por aparentar, aparentas ser imbécil cuando te pillan.
Si mientes por quedar bien, quedas como el culo cuando te pillan.
Si mientes por evitar la cárcel... Bueno, a veces te libras si tienes amigos en un banco. En su consejo de administración, me refiero.

Mantener una mentira es difícil y causa estrés. Echad un vistazo a este estudio del año 2012. En él, Anita Kelly, profesora de Psicología de la Universidad de Notre Dame (Indiana), concluye que las mentiras están relacionadas con la segregación de las hormonas causantes del estrés, el aumento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Estos procesos, reducen los anticuerpos para combatir las infecciones en sangre y, si se prolongan en el tiempo, acaban causando desde dolores de espalda y cabeza, hasta problemas menstruales e incluso infertilidad.

Y es que mentir es un trabajo, de verdad. Tienes que construir la mentira, recordar a quién se la has dicho, qué amigos comunes tienes con la persona a la que has mentido, si esos amigos son partícipes de la mentira o los hay que tienen otra versión... La verdad sale de manera automática, no tienes que pensar y puedes relajar el cerebro.

Os acabo de contar mi secreto: yo no soy honesta, soy práctica y muy, muy comodona. Se trata de egoísmo puro y duro. No miento ni para quedar bien. Sí he aprendido a ser diplomática, a no hablar si sé que puedo causar un enfrentamiento (si el enfrentamiento no merece la pena, claro) a capear las cuestiones de otras maneras. ¿Pero mentir? Es una pérdida de tiempo, una manera de marear la perdiz, y al final, de quedar como el culo con todo el mundo.

Y ojo, que no estoy diciendo que ser siempre brutalmente sincero sea bueno, ¿eh?
Pero al exceso de sinceridad le daremos vueltas otro día.
De momento, no mientas, my friend.