domingo, 23 de abril de 2017

A vueltas con la maternidad. Carta a una madre: que no te engañen

Hace un par de años escribí en otro blog una carta, a instancia de un grupo de mujeres estupendas, Imperfectas ellas. Se trataba de una revisión de expectativas de las mujeres que afrontan la maternidad por primera vez; lo que esperan y lo que les espera.

Fue curioso, no sólo sentir la cantidad de personas que compartieron la entrada y me regalaron los oídos, sino justo lo contrario. No hubo críticas constructivas, sino quejas absurdas que sobre todo dejaban ver quién no había leído la entrada más que a salto de párrafo, y quién la había ido filtrando con su propia vivencia sin pararse a entender lo que de verdad se escondía.

No os apuréis, que voy a volver a compartir aquí la entrada. Pero quiero hacer algo, darle una vuelta, que para eso estamos, que no suele hacerse. Voy a compartir antes de la entrada, los comentarios que suscitó.

Un hombre preocupado por su paternidad, que se hacía llamar con el viril nombre de Spidermanzan, escribió muy digno:
“Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más.”
Los padres imagino que son sólo unos tipos que pasan por ahí.
Lo leeréis en la carta, porque la cita lleva a su vez otra cita. Me encanta, porque en los dos años que han pasado desde que la escribí, he ido profundizando en mi feminismo, y he aparcado el miedo que me daba decir cosas contra algunos hombres por temor a que me tacharan de feminazi. Pero vamos, que ya de entrada, si la carta es a una madre, no me voy a dedicar al padre; aparte del hecho, claro, que la criatura puede tener dos madres o una madre sola, así, sin padre. Pero en contra de lo que tanto le dolió al señor, la frase inmediatamente anterior a la ofensora estaba referida a la pareja de esa madre.

Gema, mucho más dulce y comedida, me escribía:
Hombre, yo lo veo un poco exagerado, casi asusta leerlo… Vale que se acabaron las noches en las que dormías del tiron, q al principio las tetadas duran horas, etc… Pero en un par d meses todo empieza a estabilizarse, las noches se alargan, las tetadas pasan a ser de minutos, las cacas tb disminuyen, etc…
Además, no creo que sea la única mujer a la q le cambio el chip nada más dar a luz. Yo era la mujer más dormilona del mundo, pero sin embargo no me cuesta nada levantarme a atender a mi hijo ya sea hambre, caca o ganas d estar cn mami…
Para mi ha sido MARAVILLOSO. Adoro a mi Bebe. Y no considero q haya tenido q hacer ningún tipo d sacrificio. Cuesta trabajo, eso no lo niego, pero para mi es el mejor trabajo del mundo, y la mejor recompensa llega cuando tu hijo te mira y te sonríe…
 
Me encanta, porque ella cree que estoy desanimando a la peña, o que no se debe adorar a los bebés, o que ella no lo ve como un sacrificio (yo tampoco, por cierto, pero sobre todo porque mis expectativas eran realistas, así que no sacrifiqué nada, simplemente me adapté). Pero perpetúa algo: es sólo unas semanas, luego mejora. Bueno, pues esto que sirva como edición posterior a la entrada que voy a compartir: no mejora, empeora, hijas. A medida que los bebés crecen y se van convirtiendo primero en niños, luego en adolescentes y luego en adultos, el nivel de preocupaciones va aumentando. Y el sueño te lo quitan otras cosas.

Voy a rematar, con el mejor de todos, porque este me encanta:
Bueno con todo el respeto,quiero decir que no entendí nada de lo que dice o quiere decir “sobre q no te engañen,”es poible q sea por 2 razones: una no tengo tetas,y otra que soy padre de 4 hijos 3 abortos y de momento 9 nietos,y profesional,relacionado con el asunto,””tetas”” que jamás ha conocido ” tipo” único de madre a la q se esta refiriendo,por cierto creo un poco exagerado todo,la maternídad es otra cosa,siempre puede ser distinta según,Nivel. Cultura ,Raza, Etc,pero sobre too es más amable, más de amor ,menos revindicativa !mucho más plena y en ,porque sienindo mu importante la madre,es tan importante o más el “proucto” o sea la llamada por vds criatura. 
He mantenido las faltas de ortografía y puntuación, porque bueno, así se escribió. Me encanta el machirulo "profesional" del asunto "tetas", que dice que la maternidad no es reivindicativa y que si lo es no es plena. Que habla de producto (dice que es lo que yo llamo "criatura") para referirse al bebé, y que llama a sus hijos no nacidos "abortos". OK

Hubo muchas más reacciones en redes, pero esas desaparecen.

Vale, ahora voy a dejar de dar la brasa, y os comparto la Carta a un madre.

Querida mujer que estás pensando en tener una criatura o que vas a tener en breve una criatura, antes de que suceda me gustaría contarte…– Que cuando oigas que los bebés maman plácidamente en unos 10 minutos para después hacer unas cacas que huelen a rosas y dormir quietos y felices en su cuna durante 3 horas, te están mintiendo. Que cuando llegues a casa, tendrás un bebé en la teta vete tú a saber las horas, que cagará cada vez que se le ponga en las narices (y mejor así, porque si no, te preocuparás y te preocuparán) y  olerá exactamente a lo que es, y que ni de coña dormirá 3 horas; ni mucho menos quieto y feliz en su cuna.
– Que tengas claro que los bebés vienen al mundo con una alarma de “falta de proximidad”, y que no importa lo dormidísimo que tú creas que está: en cuanto su cuerpo toque la cuna llorará como un desesperado.
– Que no tendrás fuerzas ni ganas para tener la casa limpia y recogida ni para ser la anfitriona perfecta. Que te joderá horrores que venga alguien a tocarte las narices justo en ese momento en que el nene ha cogido el sueño y puedes ir al baño, o dormir un rato con él. Que te joderá aún más que la visita se empeñe en arrumacar al nene consiguiendo irremediablemente que se despierte, con lo que tendrás que volver a ponerlo en la teta, otra cagada y de nuevo a empezar el ciclo. Y que, eso seguro, cuando la visita vea el ritual tendrá palabras de desánimo y desaliento, que no solucionarán nada pero que te llenarán la cabeza de dudas y desconcierto.
– Que si hasta ahora eras una gran profesional con un montón de responsabilidades a las que nadie dudaba que eras perfectamente capaz de atender, a partir de ahora eres una niña cabezota que no escucha a nadie, que pone en peligro constante la vida de su hijo y que actúa como una perfecta idiota.
– Que los niños no distinguen el día de la noche, y que dormir más de 2 horas seguidas por la noche es cosa definitivamente del pasado.
– Que te digan lo que te digan, no se enseña a un niño a dormir, se le adiestra para que no moleste sienta lo que sienta. Y el mal rollo que esta certeza te dé, es cosa tuya. El que escribió el libro que dice lo contrario y todos lo que están empeñados en que lo pongas en práctica, estarán en su casita cuando tengas que oir llorar desesperado a tu bebé desde el pasillo.
– Que, aunque dar la teta es lo mejor para ambos (eso es indiscutible) puede haber problemas, y que tendrás a una legión de cotillas apostados contra las rocas deseando que eso suceda para poder decirte lo mal que funcionas y lo necesario que era que tuvieras biberones “por si acaso”.
– Que, si finalmente optas por dar el biberón, habrá otra legión de libre-pensantes apostados contra las rocas de enfrente, para decirte que si le das ese veneno eres la peor madre del mundo.
– Que los pediatras están apostados a ambos lados del rocaje.
– Que adelgazarás, se te pondrá cara de no salir, te apetecerá una mierda depilarte y calzarte los tacones, … y luego leerás un reportaje de la reciente maternidad de alguna famosa que está estupenda después de su parto y describe la maternidad como una experiencia religiosa que te eleva directamente al cielo. Pero pagan a una nurse desde el principio.
– Que no importa lo que decidas, siempre habrá alguien dispuesto a decirte cómo debes criar a tu hijo. Pero nadie se querrá poner en tus pantalones a la hora de dormir.
– Que no debes decir “leí esto en internet”, porque te recordarán que sabes leer y eso es malo. O que tienes internet, y eso también. O las dos cosas.
– Que ser madre es cansado, y a veces duele.
– Que es normal que haya momentos en que te den ganas de mandarlo todo a la mierda, pero no se lo podrás decir a nadie porque “ser madre es maravilloso”.
Y no me entiendas mal, mujer. Ser madre es maravilloso. Te lo dice una que lo es, y que repitió después de saber lo que entrañaba.
Pero no es bueno pensar que parir es soltar un muñeco que nos va a seguir el juego y va a quedar estupendo en las felicitaciones de navidad o super cool en el selfie de twitter. Porque no. Y no es justo pensar que es él quien tiene que adaptarse a nuestra vida, porque hemos sido nosotras quienes hemos decidido traerle (de momento, en unos meses a lo mejor la decisión es de Gallardón, y entonces sugiero que le llevéis al rorro todas las noches a dormir-cagar-mamar a su casa, y así descansais un ratito).
No, mujer. Es nuestra responsabilidad. Y probablemente lo más duro de la maternidad sea esa certeza: que es nuestra responsabilidad. Somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja, las responsables de la crianza, de la salud y de la felicidad de las criaturas que decidimos traer al mundo. Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más. Y nadie más tiene derecho a decirnos que lo que estamos haciendo está mal, al menos desde el juicio y la prepotencia de quien lo único que parece querer es que le den la razón.
Los hijos no son de una tribu, son nuestros. Y tenerlos y ejercer la maternidad con responsabilidad es un buen ejemplo para que luego cuando crezcan sean capaces de defender también sus propias opiniones y que nadie les coma la merienda.
Pero todo esto no es fácil, mujer. Es difícil. Lleva trabajo y mucho. Y no voy a decir que conlleve sacrificios, porque creo que cuando tienes claro lo que tienes que esperar, cuando sabes a lo que te vas a enfrentar con la llegada del inquilino, entonces no haces sacrificios ni concesiones; es simplemente que reorganizas tus prioridades. O las dejas como están, pero tienes que ser tú.
Y no te dejes engañar por las entrevistas a las famosas. Eres una tía lista, seguro. Y de la misma manera que jamás te crees que su figura escultural y la perfección de sus poros no es más que un engaño del fotoshop, igual que sabes que las nubes huelen a humedad, debes tener claro que su maternidad, esa casi virginal y tan perfecta como sus piernas, es falsa.
 

viernes, 21 de abril de 2017

A vueltas con las notas y la cultura del esfuerzo

Se me juntan las cosas a lo largo de la semana. Escribo post que causan reacciones que me inspiran para escribir otros post, pero la vida no me da. Para poner negro sobre blanco todo lo que tengo en la cabeza y me va surgiendo, casi que debería emplear media jornada diaria y eso no me lo puedo permitir.
Hoy junto dos temas que tienen que ver, pero que en mi mente surgen de dos puntos distintos. Las notas, por las notas, ya sabéis. Hace un par de semanas, justo antes de las vacaciones, llegaron las notas y yo me planteo muchas cosas cada vez. Y lo del esfuerzo, bueno, rumio reacciones a otros post.

Concretamente, uno, dando vueltas a los estudios tuvo reacciones muy simpáticas, como que yo no estuviera a favor de inculcar a los niños la necesidad del esfuerzo para conseguir cosas, y la verdad es que no veo la relación.

Cuando yo escribo, dirigiéndome a un adolescente que es probable que no me lea,
Vivid. Atesorad vivencias buenas, malas, regulares. Conoceos a vosotros mismos y sed quienes queréis ser, y luego, ponedlo en práctica.
Porque además, si vuestros planes no salen como esperabais, nadie os va a devolver eso. Nadie os va a devolver una tarde de ocio con los amigos, ni una gamberrada a tiempo, ni unas risas porque no hay nada que hacer. Nadie os va a devolver el pavo, ni los primeros amores, ni los juegos absurdos. 
No estoy diciendo que no se esfuercen y se entreguen a la desidia más absoluta. No va por ahí.
Por supuesto, en esta vida, la mayoría de nosotros debemos esforzarnos, aunque ese esfuerzo en realidad, no sea garantía de nada, porque sin él no hay ni posibilidad. Lo que no quiero es vender motos, por un lado, e intentar que entiendan que nada merece renunciar a vivir.
Me explico:

Si yo me siento en mi sofá y espero que la vida me regale oportunidades, salvo que tenga un buen padrino, no me levantaré del sofá. Las oportunidades hay que buscarlas, y cuando las consigues, hay que trabajar para mantenerlas. Pero que te esfuerces al máximo no garantiza el éxito en aquello que emprendas, sólo garantiza que tú sabrás que has hecho todo lo posible y te pondrá alerta para aprender de tu fracaso, si es que fracasas. Pretender que el sólo esfuerzo es garantía de éxito, es una moto enorme, y causa un montón de frustraciones y juicios de quienes han tenido suerte y han visto el éxito a la primera. Es el rechazo del fracaso, su estigmatización. Y además, me hace especial gracia cuando veo a padres empeñadísimos en inculcar la "cultura del esfuerzo" mientras se sientan delante del televisor a ver "Mierdicinco" donde un grupo de personajes que no han dado un palo al agua en su vida ganan una pasta gansa por seguir sin dar un palo al agua. Y luego nos extrañamos de que muchos chavales abandonen unos estudios aburridos a los que no ven relación alguna con la vida, y que aspiran a no ser nada y que encima les paguen.
Y eso me lleva a otra cosa. ¿Esfuerzo de qué, para qué?
Los adolescentes (y los niños pequeños, que eso sí que es perverso) reciben el mensaje de que deben aprender a estudiar, sin que nadie les enseñe a hacerlo, por cierto, y esforzarse por acumular unos conocimientos, que en la práctica, no tienen sentido alguno, y se les juzga por la cantidad de esos conocimientos que han conseguido memorizar para un examen; juicio que se expresa en forma de número, y que se establece en función del nivel de memorización del resto de una clase. Es un esfuerzo que tiene una recompensa inmediata, pero que no sirve al medio y largo plazo, sobre todo porque cuando salgan al mundo, cuando realmente su esfuerzo tenga algo que ver en su éxito o fracaso, ese número, esa nota, ese conocimiento que ya no está en su cerebro no servirá de nada. Seguimos preparando a los niños para un mundo que no existe; que hace décadas que no existe.
Y podemos seguir empeñados en que sí, que es el mundo que vemos, en el que vivimos. Los durmientes de Mátrix, eso es lo que somos, intentando que la siguiente generación siga dormida para nutrir de energía a un sistema que se muere.

La frase clave del párrafo es la siguiente:
 Conoceos a vosotros mismos y sed quienes queréis ser, y luego, ponedlo en práctica.

El mundo necesita jóvenes creativos, que entiendan que el fracaso es fundamental para el éxito, que hayan sido personas felices y que hayan aprendido algo fundamental: su vida es suya y no se la deben a ninguna empresa, a ningún jefe. Nos hemos convertido en una generación que no trabaja para vivir, sino que vive para trabajar, con sueldos cada vez más bajos, y experiencias cada vez más mediocres, que sienten gratitud hacia sus jefes por el privilegio de un puesto de trabajo. Y no es así. Ellos deben recuperar nuestra vida, y para eso tienen que amar la suya. Y eso también forma parte del esfuerzo. Deben trabajar por lo que aman y si no tienen la suerte de encontrarlo, entonces trabajar sin renunciar a seguir haciendo lo que aman. Basta ya de trabajadores amargados que ni sienten ni padecen.

Y todo esto empieza en las notas. En esforzarse por esas notas, por ser mejores que el que ocupa el pupitre de al lado.  Porque no nos engañemos: las notas no son un baremo para medirnos a nosotros mismos. No vale lo mismo un sobresaliente en una clase que tiene una media de 5 que en una que tiene una media de 9.

Yo creo que de existir las notas, éstas deberían ser como los percentiles en el pediatra, pero se han convertido en lo mismo que los percentiles en el pediatra.
Un percentil pediátrico, de peso o de altura, es una valoración estadística que sólo tiene valor diagnóstico cuando hay una variación muy acusada en un corto período de tiempo. Me explico: si tu hijo está en un percentil 50, y baja al 40, y luego sube al 55, y así, pues no es nada, no significa nada. Ni aunque esté en el 3 y baje al 2, y suba al 4 y vuelva a bajar al 3. No significa nada si se mantiene y el tono del niño es adecuado. Ahora bien, si nuestro bebé nace y se mantiene en los primeros meses, en torno, por ejemplo, al  percentil 75 y de una visita de niño sano a otra, baja al percentil 10, entonces hay que iniciar unas pruebas diagnósticas para ver qué narices está pasando. Si esta información la tuviera sólo el pediatra, si no la compartiera con los padres, y la valorase de esta manera, nadie hablaría de percentiles. Pero en cada visita de niño sano los pediatras le dicen a la mamá el percentil en el que está, y si sube de percentil la felicitan (a la madre) y si baja un pelín (nada preocupante) le dan suplemento al niño para que vuelva a subir. Y entonces los percentiles se convierten en conversación de parque y en a ver quién tiene un niño con un percentil más alto.

Absurdo.
Pues las notas igual: si las notas fueran de conocimiento exclusivo de los profesores y se usaran a modo de percentil, como herramienta de alerta diagnóstica, podrían ver si un niño brillante baja en su rendimiento académico, o si un niño que todo el mundo sabe que es brillante pero tiene un rendimiento académico bajo; y visto, se podría iniciar una valoración para ver qué pasa y cómo actuar para que su rendimiento suba. También podría ser una herramienta para valorar la metodología de un profesor, si éste tiene una media mucho más baja en su asignatura que en el resto. Por ejemplo, y esto es real, un alumno con notas brillantes, de 9 asignaturas, 8 sobresalientes o notables altos, y de repente, una asignatura con un 5; probablemente el profesor diga que ese niño tiene que hacer más deberes, o recibir refuerzo, pero si usamos las notas como una herramienta diagnóstica, a lo mejor el problema no es del niño.

Sin embargo, las notas son públicas. Los niños, y vais a alucinar, pero es que esto es real, se preguntan las notas porque los padres quieren saber cuáles son las notas de otros chavales. Porque, como he dicho antes, no es lo mismo un 9 en una clase donde hay mayoría de suficientes, que un 9 en una clase donde hay mayoría de sobresalientes. Y entonces las notas se convierten en un motivo de frustración para los niños y en conversación de parque, en competición para muchos padres.
En ese contexto, hablar de "cultura del esfuerzo" es una milonga. No queremos que nuestros hijos se esfuercen por ellos, sino por nosotros. Igual que les embutimos a puré cuando tienen 6 meses, para decir que "mi niño se come tanques de puré, y por eso está en un percentil 90". Y ya de paso, les inculcamos la competencia con otro, el interés malsano, y que la única motivación es ser más que el de al lado. Muy sano todo.

Lo de las notas, en relación con el tema de que los chavales vivan y después estudien, no al revés, me vino al leer una noticia, esclarecedora del nivel cognitivo de quienes hemos permitido que nos gobiernen, en la que se recoge la nueva normativa de Educación por la que los chavales podrán pasar a Bachillerato con dos suspensas de ESO siempre que no sean simultáneamente Matemáticas y Lengua y Literatura.
Veo en mi muro que algunas de las personas que comparten esta noticia hablan de lo malo que es esto en la sana inculcación de la cultura del esfuerzo en nuestros adolescentes, pero yo voy más allá. Primero, porque estoy segura de que habrá chavales que, esforzándose un montón serán de los que se beneficien, y puedan continuar estudios, en lugar de abandonar frustrados el sistema educativo. Pero sobre todo porque desde que tengo criterio (no hace mucho que tengo de eso, soy consciente, y todavía es algo que me tengo que trabajar) he visto cómo las leyes de educación se han ido sucediendo bajando las expectativas para incluir a más chavales, sin resultado. Ejemplo de un esfuerzo inútil, porque de entrada, el esfuerzo va en una dirección agotada. El problema es todo el paradigma educativo, totalmente alejado de las necesidades reales de unos niños/jóvenes herederos de un mundo para el que ese paradigma educativo no está preparando a nadie. Pero en lugar de cambiar el paradigma, las "autoridades" se agarran a él y van intentando adaptarlo a los nuevos alumnos, causando una hecatombe de fracaso y abandono.
No se trata de bajar las expectativas, sino de cambiarlas. No se trata de no enseñar a esforzarse, sino de enseñar cómo esforzarse y en qué. No se trata de premiar al vago, sino de conseguir que no lo sean. Porque no se trata de hacer abogados, que de esos ya hay muchos, sino de conseguir una generación de gente creativa y feliz que nos saque del pozo de mediocridad donde nos hemos metido solitos.

martes, 18 de abril de 2017

A vueltas con las subrogaciones y otros mercantilismos

Quienes me conocéis ya sabéis que yo soy lenta para esto de formarme una opinión clara de las cosas. Hace unos años era de juicio rápido, y eso unido a mi vehemencia, me metió en no pocos líos; aparte, claro, de las veces que me he visto obligada a recular porque me he precipitado en mis conclusiones.

Por eso, cuando se ha empezado a hablar "en serio" de estos temas de la Gestación Subrogada (bonito término para endulzar el de "vientre de alquiler") en nuestro país, me he dedicado a rumiar el tema. Porque así, a bote pronto, el tema me rechina. Mucho. Es como si cada vez que alguien habla de subrogación humana me diera denterilla, no sé si me explico. Pero no sé por qué.

He de admitir una cosa: si yo siguiera trabajando como doula, y una pareja viniera a mi para que les ayudase a inducir una lactancia para un bebé subrogado, actuaría igual que mi amiga Patricia, que tan bien lo hizo, y lo mostró en el programa de la Villar, y acompañaría a esa mujer en la inducción de su lactancia, prestándole toda la información posible y por supuesto, el apoyo. Para empezar porque sé que inducir una lactancia es difícil, una fuente enorme de frustración para la mujer, que además tiene que lidiar con la incomprensión del entorno que juzgan la decisión como una tontería enorme, puesto que hay biberones y los niños, como todos sabemos, se crían igual de bien. Y sobre todo porque la labor de una doula, o una asesora de lactancia, o facilitadora o como le queráis llamar, es acompañar sin juzgar. 
Pero, ¿y el tema de fondo? ¿Estaría de acuerdo yo con esa madre?

Estos días he leído de todo, y la práctica totalidad, en contra de la subrogación. Todo el mundo teoriza y en esas, en las teorías, la cosa a mi también me parece del todo reprobable.
Pero para poder posicionarme, he intentado hacer un ejercicio de empatía. Y para empezar, voy a admitir que estos ejercicios conllevan un sesgo importante, porque lo que voy a juzgar es lo que haría yo en lugar del otro, no lo que haría el otro. Pero es a lo que llego. Es a lo que llegamos todos.

Voy a hacer ese ejercicio poniendo como base un argumento de los que están "a favor" de la subrogación, que es el punto de generosidad o solidaridad de la mujer que presta su vientre a la pareja que por lo que sea, no puede tener hijos propios. Y me voy a poner extrema.

No sé si os acordáis de la serie Friends. Molaba mucho. En una serie de capítulos, la dulce Phoebe se presta a gestar a los hijos de su hermano; el caso es que acababa de conocerle, y éste acababa de conocer a su mujer, pero le pidieron el favor, y ella por su hermano, decidió llevar en su vientre a sus hijos, que resultaron ser trillizos. ¿Qué pasaría si mi hermano, al que adoro, por cierto, me pidiera lo mismo? Aclaro que yo no sólo adoro a mi hermano, sino que amo a mi cuñada, como si fuera ella también hermana de sangre.
Bien, me planteo que es para ellos. Un acto de amor y generosidad de una hermana a su hermano. Pero soy madre, he parido dos veces. Conozco la sensación en los brazos cuando recoges a tu bebé recién salido de tu cuerpo; he vivido la necesidad de acercármelo a la cara para olerlo, para reconocer en mi bebé el olor a mi propio cuerpo; he sentido la urgencia de la teta, del calor al pecho. Y nada de esto lo identifico con los cromosomas de la persona a la que he parido, sino con una sensación muy animal, muy primitiva. Si yo le dijera que sí a mi hermano, sé cuál sería el sacrificio; sé el riesgo que corro de sufrir una depresión, de mirar a ese niño para siempre como propio, de llorar el cuerpo que no tengo conmigo.
Pero además de madre, me he formado como doula, y conozco la fisiología del bebé, sus expectativas. Un bebé que no tiene ni idea de lo que son los cromosomas, ni falta que le hace. Un bebé que ha estado meses degustando el sabor de su madre a través del líquido amniótico, que se ha mecido con los ritmos corporales y en concreto cardíacos, del cuerpo que lo alberga, que se ha calmado con el sonido amortiguado de la voz de la mujer que lo gesta. Ese bebé, cuando nazca, sólo lo hará con un propósito: salir a los brazos de la mujer que él sabe su madre, porque es el tacto que reconoce, el ritmo que reconoce, el sabor que reconoce, el olor que reconoce, el sonido que reconoce. Ese es su Continuum lo que espera encontrar para sobrevivir, lo que él sabe que es su hábitat. Así que sé que el estrés que sufrirá al verse arrancado del cuerpo que sabe que es el suyo, será inimaginable, y además permanecerá como huella emocional toda su vida. Y tendrá que adaptarse para no morir, y lo hará, seguro. Aprendiendo que lo que esperaba no es, y que tiene que identificar otro sonido, otro olor, otro sabor, otro ritmo.
Analizando todo esto, yo le diría a mi hermano que no. No, por mi, por mi propia salud emocional. Y no, por la salvaguarda de la salud emocional de su/mi hijo.
Pero yo puedo elegir. Si me atengo a mi supuesto, yo no tengo más presión que mi amor por mi hermano, y puesto en una balanza, frente a mi amor propio y el amor que sentiría por otro ser humano, son dos contra uno. Está claro que en este caso no hay ninguna situación de poder.

¿Y si no fuera mi hermano? ¿Y si yo no fuera una mujer privilegiada que no necesita más de lo que tiene para vivir y para mantener a su familia? ¿Qué pasa si vivo en una situación de pobreza y marginalidad, y viene una pareja y me ofrecen buena comida, buen techo y atención médica constante durante 9 meses, y un buen dinero después? ¿Soy libre de elegir entonces? Quizás tenga hijos a los que podría sacar adelante con ese dinero. ¿Me plantearía todo lo que me he planteado desde mi privilegiado punto de vista anterior?

Esa es la diferencia. Ahí está el abuso.

Hace unas semanas escuché un vídeo directo de la gran Nohemí Hervada sobre el tema, y me pareció súper acertado. El abuso está cuando alguien confunde el derecho a desear algo con el derecho a tenerlo, sobre todo si ese algo necesita de la connivencia de un tercero (curiosamente, "tercera"). Nadie tiene derecho a tener hijos. Tenemos derecho a desearlos, pero si me arrogo el derecho a tenerlos a cualquier precio (y ese es el caballo de batalla, el precio), entonces puede ser que pisotee los de otro (otra); y lo peor es que alguien diga que forma parte de la libertad de la mujer hacerlo. Porque eso no es cierto. Yo, en el primer supuesto, sí soy libre. En el segundo, no. Y la mayoría de las subrogaciones se dan en el segundo. Punto.

Leo un reportaje de Miguel Bosé, en el que explica que cuando se planteó ser padre tenía ya 50 años y la adopción era imposible, y entonces su amigo Ricky Martin le dio la idea. Dos cosas: el señor Martin no tenía 50 años cuando alquiló el útero de una mujer pobre para tener a sus hijos. Y el señor Bosé no dice toda la verdad cuando asegura que con 50 años la adopción no es posible. Porque hay niños mayores, o con problemas de salud o limitaciones que están esperando que una persona soltera y de más de 40 se haga cargo. Porque hay otras figuras que aunque no son la adopción sí la suponen en la práctica. Pero no se trata de un bebé perfecto, sano y recién nacido. Y cuando compramos algo, ya de paso, nos aseguramos de que venga sin taras.

miércoles, 5 de abril de 2017

Carta abierta a un profe cualquiera

Querido profesor. Ese que está muy preocupado porque a mis hijas no se les olvide nada de lo que aprendido en este eterno trimestre. Ese que precisamente por esa preocupación, mandará a mis hijas un millón de deberes. Ese que puede que ponga un examen justo el día que lleguen de vacaciones, porque "tenéis 10 días para estudiar".

Querido tú.
Estas vacaciones, tenemos previsto:

  • Dormir mucho.
  • Permanecer en la cama despiertos, un poquito más, todos juntos.
  • Leer libros que no están en la escuela.
  • Inventar historias
  • Contar cuentos imaginados
  • Tirarnos en el sofá
  • Ver pelis (muchas, a ser posible)
  • Jugar en el ordenador
  • Sacar a pasear a Linda, sin prisas
  • Hacernos reír hasta que nos dé la tos
  • Hacer una tarta de queso y chocolate blanco.
  • Hacer magdalenas
  • Trasplantar las matas de habas, que el contenedor que les hicimos se les ha quedado pequeño.
  • Trasplantar el ficus, que está que ya no cabe el pobrecito y quiere seguir creciendo
  • Mirar fijamente cómo crece un clavel
  • Ir de excursión al campo y comer tortilla
  • Aburrirnos un par de veces al día, lo justo para que alguien diga "Mamá, me aburro", y yo pueda contestar "pues te desaburres"
  • Jugar en la calle
  • Puede que ir al parque
Como puede ver, entre tanta vida no hay ni un segundo para hacer deberes ni para preparar el examen. Le pediría disculpas por la falta de empatía con usted, pero casi que no; casi que le pido la empatía, pero para sus alumnos.
Las vacaciones son eso, vacaciones. Cuando nosotros estamos de vacaciones, no nos llevamos un poco de trabajo para no olvidarlo. Son días de estar más tiempo haciendo lo que nos dé la gana y disfrutando tiempo en familia. En 10 días no se van a olvidar las cosas, si éstas se han enseñado bien, y ese es su trabajo en los meses en que no hay vacaciones. En las vacaciones se aprenden cosas que jamás encontraremos en los libros, y hacemos cosas que no podemos hacer de otra manera.
Así que, ponga lo que ponga hoy el cuaderno de mis hijas, estos días, no harán deberes. Si eso, ya viene usted y me castiga a mi en mi casa sin salir.

Muchas gracias por su atención.
Atentamente
Raquel



lunes, 3 de abril de 2017

A vueltas con los deseos

Ya digo que a mí mis pérdidas me llevan siempre a un momento de profunda reflexión; a veces, esa reflexión me lleva a cambiar mi vida, otras, mis expectativas, otras mis formas de mostrarme. O todas en diversas proporciones.
Me cuesta colocar mis duelos, vivirlos, porque mi cabeza y mi alma se llenan de cosas que ni sabía que existían. Es como si mi mochila se vaciase sola, y me viera obligada a recolocarla, quitando cosas, cambiando de sitio otras y añadiendo otras nuevas.
El caso es que ahora todo lo vivido me ha llevado a volver a plantearme el respeto. Los límites del respeto.
Quiero decir:
Me habéis leído muchas veces que las cosas y las ideas no merecen respeto, pero las personas sí. Hay quien está de acuerdo con esta afirmación, y hay quien dice que todo merece un respeto. Nadie se atreve a dejar por escrito que las personas no merezcan respeto (aunque esto yo también lo puntualizaría, pero eso es harina de otro costal). Yo estos días lo que me cuestiono es si existe una caducidad en esto del respeto. ¿Cuánto tiempo pasa desde que la persona desaparece hasta que podemos dejar de respetar sus deseos?
Una suposición:
Mi marido es ateo. Ha dejado dicho en muchas ocasiones que él no quiere que se le hagan ceremonias religiosas (de ninguna religión, vamos, ni la católica ni ninguna otra); en casa sabemos que cuando fallezca, haremos una ceremonia laica en la que no tendrá cabida la religión. Eso nos asegura que tanto en el día de la muerte como en los dos o tres días siguientes, nadie le "ofrecerá" una misa, ni un funeral religioso ni nada. Sin embargo, tiene amigos y familiares con unas profundas ideas católicas. ¿Tienen derecho esas personas a decidir "ofrecer" una misa por su alma a la semana, o al mes o al año? O lo que es lo mismo, ¿cuándo deja de ser importante el deseo de una persona?
Habrá quien lea esto y piense que es una indirecta. No, no lo es. Vamos, yo no he usado las indirectas en mi vida, ese es uno de mis grandes problemas. Es una reflexión real. Porque esta pregunta me ha tenido muy enfadada por muchas cuestiones, y ahora cribando enfados, me doy cuenta de que algún razonamiento quizás ha sido injusto, aunque otros tengo claro que no lo son.
Veréis. Para mi, cuando se ama a una persona (otro día explicaré por qué yo no quiero a la gente, amo a las personas, como el Principito) sigues teniendo presente tu esencia. No creo en dios (en ninguno) ni voy a creer en ninguno en ningún momento, y por lo tanto, no creo que resucitemos en ningún sitio, pero sí creo que nuestra esencia está en las mentes de las personas que nos han amado, porque no se puede dejar de amar a alguien sólo porque haya muerto.
Digo, que cuando amas a alguien, y por lo tanto, sigues tendiendo presente su esencia, ese respeto se extiende hasta que tú mismo mueras. Así, la caducidad del respeto viene determinada por tu propia existencia. Le tienes en cuenta, le piensas, y sabes que esos deseos también forman parte de lo que de él o ella habita en tu mente. Por eso te guardas tus propias creencias para poder respetar a la persona que ya no puede contradecirte.
Pero claro, es sólo una opinión. La mía.