viernes, 17 de noviembre de 2017

El grosor de la piel

No sé muy bien cómo empezar esta entrada. Me indigna tanto, que las ideas, las palabras, las emociones, se me agolpan en el cerebro y me cuesta ordenar las frases.
Voy a empezar por el principio. Un principio que he repetido muchas veces aquí y en otras ágoras, pero que creo que es necesario para contextualizar y para denunciar. Y hoy voy a poner nombres.

Hace 12 años inició su vida escolar mi hija mayor. La matriculamos en Las Anejas, un colegio público que nos pillaba al ladito de casa, y donde había impartido clase mi suegro y asistido como alumnos mi marido y sus hermanos. La tutora de infantil que le tocó a mi hija era Choni (con los años cambió su nombre a Asun), una profe que era la delicia de algunos padres pero que hizo desgraciados a muchos niños. Esta profesora dividía su clase en mesas de trabajo a las que ponía nombre: la Mesa de los Listos, la Mesa de los Torpes, la Mesa de los Vagos, y así. No sé si os sorprenderá saber que uno de cada 3 cursos de primaria tenía serios problemas de acoso; problemas que, por otra parte, se cuidaban muy bien de que no llegasen ni siquiera a orientación, porque, no os lo he dicho, Las Anejas es un colegio de "fama" en León. El caso es que, al pasar a primaria, fíjate tú, los que habían integrado la Mesa de los Listos solían someter a acoso a uno o varios compañeros de las otras mesas. Y a mi hija le tocó.
 Quienes conocéis a Laura y lo que es, os extrañaréis de que no estuviera en la "Mesa de los Listos", si cuando llegó a Infantil ya sabía leer y escribir, y tenía una idea clara de las cantidades hasta 100. Como se aburría como las ostras, estaba en la "Mesa de los Vagos". Eso, y su carácter, típico de los niños de Altas Capacidades, le hizo objeto de bullying desde 1º de Primaria. Hablamos con todos los tutores que tuvo, pero hasta 5º, no sé muy bien por qué, no hablamos con Jefatura. Bueno, sí sé por qué. Un ataque de asma que acojonó a los profesores. Fue ese curso la primera vez que oí hablar sobre el grosor de la piel de mi hija. "Muy fina", según Mari Cruz, directora del lugar. La culpa, claro, la teníamos nosotros, que no habíamos educado a una niña fuerte, sino pusilánime y demasiado sensible. Que la pegaran, la insultaran, le quitaran el inhalador, o fueran a insultar a su hermana al patio de los de Infantil, no tenía nada que ver en el tema.

Al año siguiente, cuando Laura iba a cursar 6º de Primaria, nos mudamos a un pueblo al lado de León, a Trobajo del Camino. Laura lo vio como una oportunidad, y prefirió hacer el último curso en cole nuevo antes que terminar en Las Anejas. Ella misma comentó que había sufrido acoso en una clase de tutoría, y nos mandaron con la orientadora. El problema era que tenía verdadero pánico a bajar al patio durante el recreo, hasta el punto de tener algún ataque de ansiedad al oír la sirena. Y cuando llegamos a Orientación, Javi y yo alucinamos colorines. Resulta que, de todas las quejas, entrevistas y situaciones peliagudas vividas en las Anejas, no había ninguna constancia en el Servicio de Orientación. Nunca se activó el protocolo de acoso, porque nunca se informó oficialmente de nada.

Antes de meterme en más contenido, porque la entrada de hoy se prevé larga de cojones, quiero apuntar aquí un hecho: Laura tiene Síndrome de Estrés Post Traumático; revive momentos de esas agresiones, sueña con ellas, ve pautas en otras relaciones que nada tienen que ver. Su autoestima quedó tan lesionada que ha desarrollado un Trastorno Alimentario que le cuesta mucha energía controlar. A pesar de la terapia, en la que lleva ya 2 años, hay días en que le cuesta mucho salir de casa por la mañana, y hay momentos en el Instituto en que se rompe y tiene ataques de ansiedad y pánico. Eso hace el acoso, y sobre todo, la indefensión ante ello, el sentir que no puedes fiarte de los adultos que te rodean, que al final siempre es todo culpa tuya.

Hace un año escribí una entrada sobre los dobles raseros. Me motivó sobre todo algo que me dijo Laura, que ella estaba viviendo, y ponía el foco en los profesores. Ya sé que esto es la Biblia, pero por favor, leedla. Por si no os apetece, os voy a citar el último párrafo:
"Pero de todos los dobles raseros, los que más me molan de todos son los de los abusos. Me flipa el tema de las mediaciones. Y ahora no os echéis encima, ¿eh? En el mundo adulto, ese para el que se supone que les preparamos, si a mi alguien me agrede, no hay mediación que valga. No se junta a víctima y agresor en torno a un mediador para "acercar posturas", y por supuesto, no es voluntario. Yo voy por la calle y un tipo me agrede, y después de poner la consabida denuncia, se procede a la investigación de los hechos, la detención del presunto y las actuaciones judiciales que deriven de ello. Y, salvo deshonrosas excepciones, el agresor paga su delito.
Bueno, pues en un  instituto (no voy a coger el colegio de ejemplo, aunque en fin, pero es que en el instituto son ya mayores, se supone) si alguien te agrede o te insulta, se "abre una mediación", a la que el agresor puede negarse SIN CONSECUENCIAS. Y si no se niega, ambos, agresor y agredido, se sientan a la misma mesa para acercar posturas y llegar a compromisos (ambos) y que la situación no vuelva a repetirse. Hale. Buen rollito y tal. Para que haya consecuencias, la cosa tiene que repetirse y ser muy, pero que muy grave; y eso si son agresiones físicas. Si la agresión es verbal, no hay nada que hacer."
 Este curso hemos empezado jodidos. Después de un año medio tranquilo, ha vuelto a coincidir con compañeros de otros años (alguno, incluso, de Las Anejas) y el acoso ha vuelto. Uno de ellos, además, futuro miembro de alguna manada, ya le ha dicho que si sigue yendo sin sujetador, no se va a poder controlar. Hemos vuelto a los ataques de ansiedad y al pánico. Ha pasado de sobresalientes a suspensos, y cuando hemos querido hablar con orientación, nos han dicho que ellos no están para cuidar de la salud mental de los alumnos, sino para conseguir que aprueben.
Y lo mejor de lo mejor de lo mejor. Una jefa de estudios de Juan del Enzina, Eugenia, le ha dicho que tiene que hacerse la "Piel más gruesa". No sé si habéis oído hablar, sobre todo estos días, del término "Victim Blaming", pero por si no os queréis leer la definición, este párrafo resume muy bien el concepto.
El caso es que cuando me he hartado ya mucho y he escrito una nota al servicio de Orientación quejándome de cómo se están llevando las cosas, pidiendo justificante por escrito de todo lo que dicen y dejando claro que ya se está tramitando una queja ante Inspección Educativa contra el centro, Orientadora, PT, jefatura... todos han puesto el grito en el cielo. La orientadora sacó a Laura de clase para hablar y decirle que no debía preocuparme (a mi) y se han puesto todos de los cohetes, como decimos en León.
Y yo me pregunto, ¿quién tiene la piel más fina?

viernes, 27 de octubre de 2017

Que no me quites años

Que no, que no quiero. Que no quiero aparentar 30. Ni 40. Que tengo 44 y los quiero todos. Que son míos.

La prima de mi madre no cumplió los 34. Mi primo no llegó a los 40. Mi mejor amiga se quedó sin sus 44. ¿Y tú quieres que yo aparente menos años?

Mis estrías dicen que tengo una relación con la comida un poquito especial. Y que he tenido dos hermosos embarazos.
Mis tetas dicen que he parido dos veces, y que una de ellas culminó en una gloriosa lactancia de 6 años.
Mis ojos y boca dicen que he llorado, que he reído, que me he enfadado, que he gritado, que he sido mucho, muchas veces.
Mis canas dicen que llevo 44 años en el mundo, ni uno menos.

¿Y qué quieres tú que me quite?

¿Las estrías, y entonces olvido mi preñez?
¿Las tetas caídas, y entonces olvido mis partos?
¿Los pezones rotos, y entonces olvido el frenillo y su solución?
¿Las arrugas, y entonces olvido lo llorado, lo reído, lo enfadado, lo gritado, lo sido?
¿Las canas, y entonces olvido mis años?

Pues mira, mi preñez me hizo más fuerte, más sabia. Mis partos me hicieron más consciente. Mi lactancia me cambió la vida y así ayudé a cambiar otras vidas. Mis risas, enfados, llantos y gritos son mi vida. Sí, esa vida de 44 años que se ve reflejada en mis canas.

No quiero ser otra, quiero ser yo. Y quiero ser yo con mis años y mi vida. Recordar a las personas que amo y no están, y no pudieron vivir lo que yo he vivido. Recordar que soy afortunada por haber vivido todo, incluso lo malo. Admitir que cada año vivido, cada segundo, es un aprendizaje, una fortaleza.
Y mira, aparentar no haber vivido todo eso, no me haría peor. Ni mejor. Sólo me haría menos yo. Y eso sí que no.
No quiero.

viernes, 20 de octubre de 2017

Haciendo excepciones

Hoy la vida me ha dado una pequeña tregua, y me veo con tiempo de echar un vistazo desde el ordenador a mis redes. Esto, que antes hacía de forma rutinaria todas las mañanas, se ha convertido en un imposible diario.
El caso, es que soy administradora del grupo de Facebook que recoge la actividad del grupo de apoyo a la lactancia en el que ejerzo mi voluntariado. Ante el caso reciente de una madre que ha sido expulsada de un lugar público por amamantar, una de mis compañeras en la administración ha compartido en ese grupo un artículo fantástico. Fíjate si será fantástico, que me voy a comer aquí mi regla de no compartir de lugares ajenos, porque este merece la pena. Y de paso voy a dar las gracias a Lorena Moncholi, abogada y lactivista, por esta perla. Se trata de una guía de actuación en el caso de que te recriminen por amamantar en público o te conminen a abandonar un lugar . Imperdible.

Bueno, pues me levanto hoy, voy a mirar mis cositas con el culo aposentado en buen asiento, y no como siempre, y me encuentro con que alguien ha reportado esa publicación a la administración.
Por supuesto, yo he aceptado el enlace y me he pasado por el arco de triunfo el reporte, faltaría más. No sólo no incumple ningún punto de la filosofía del grupo, sino que me parece una guía absolutamente imprescindible dada la cantidad de gilipuertas que andan por el mundo alante.

Y es que no lo entiendo. ¿Qué tiene este artículo de reportable? Absolutamente nada. Leedlo, por favor, porque yo lo he hecho dos veces esta mañana para encontrar el pero.

Sé que mi compañera está intentando averiguar de la persona que lo reportó la razón de que le incomode que, en un grupo de apoyo a la lactancia, se informe sobre cómo poner una queja y denuncia ante los organismos competentes contra personas y gerentes que se creen con derecho de intimidar a una mujer y prohibirle que amamante. Pero es que creo que no hay justificación, salvo que a alguien le moleste que las mujeres tengan herramientas para defenderse y además sepan utilizarlas. O eso, o esta persona se equivocó y quería hacer otra cosa y de repente hizo "ups, se me ha ido el dedo", en cuyo caso, mis disculpas.

Pero esto no sólo pasa con algo tan nimio como lo que describo.
 Desde que me quedé embarazada la primera vez (y de eso hace casi 16 años) he oído muchas veces cómo quienes deberían facilitarnos toda la información nos dicen que dejemos de buscar y nos dejemos hacer. Cuando somos madres perdemos el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, sobre nuestras cosas, y ya lo hacen otros por nosotras; y el primer punto para ello es privatizar la información, decir quién debe darla y a través de qué medios, demonizar a quienes publican a través de otros medios y canales esa información. Y si estamos hablando de redes sociales, pues darle a un botón, que es mucho más higiénico y no hay que mojarse.

Porque esa es otra: Facebook se ha convertido en un festival de denuncias y reportes ante informaciones que implican sólo al cuerpo femenino. Aclaro que implican al cuerpo femenino que no pertenece a un hombre, al que pertenece al niño y a ella misma. Si pones una foto de una mujer pariendo o amamantando hordas salvajes de puritanos de mierda denunciarán la foto o el reportaje a facebook como "contenido inapropiado", mientras tíos babosos de mierda siguen compartiendo en páginas del caralibro fotos de mujeres desnudas como objetos de sexo para otros tíos babosos de mierda, que nunca parecen ser "contenido inapropiado". Y se hace desde la impunidad que da el anonimato de quien denuncia.

Pero igual que yo he hecho dos excepciones contando lo que pasa en mi grupo de apoyo a la lactancia y compartiendo un enlace ajeno, Facebook también hace una excepción al anonimato: cuando reportas una publicación al administrador de un grupo, lo haces con nombre, apellidos y perfil.

Y aquí tenéis: una foto de una teta, que es la mía, siendo claramente propiedad de un bebé. Ahora vas, y la denuncias.

jueves, 12 de octubre de 2017

La viga en el ojo propio

Leo con estupor una nota publicada en el blog del sindicato de matronas españolas, en la que se asegura que dicho sindicato ha denunciado, ante el Colegio de Enfermería de Salamanca, a una doula por decir, públicamente, que en general, las matronas, de lactancia, saben lo básico. Escandalizadas se hallan de que una bruja que donde debería estar es en el patíbulo esperando que alguien prenda la hoguera, diga semejantes cosas de un colectivo que, de todos es sabido, controlan de lactancia mogollón de los mogollones y no ha dado nunca un consejo de mierda.



Antes de empezar a dar cera, que la hay para dar y para regalar, voy a aclarar una cuestión, porque, que mi amiga doula me perdone, pero no quiero que me quemen... otra vez

Entre las matronas, igual que entre cualquier otro colectivo de personas (incluidas las doulas), hay de todo. Hay peña genial y verdaderos cocos. Yo conozco alguna matrona que se ha interesado muy mucho por completar su formación en lo que a lactancia se refiere, y ha llegado a un nivel de experticia mucho más que reseñable. Conozco alguna, incluso, que se ha atrevido con el examen de certificación internacional IBCLC. Y esas mismas matronas reconocen que lo que ven en su formación como matronas respecto a la lactancia materna es poco. Vamos, que de la carreran salen sabiendo "lo justo".

Yo tenía una tía matrona. No os creáis que era una tía de esas que tienes en Graná, que ni tía ni ná. Era una tía muy, muy querida y muy, muy cercana. Pero cada vez que me veía amamantar a mi hija pequeña me soltaba una letanía de mitos y leyendas que hace décadas que quedaron desmontadas por la evidencia científica.
A ver, que mi tía era mayor, me diréis. Vale. Pero es que estos oiditos míos que se van a comer los gusanos, han escuchado los mismos mitos y leyendas en boca de matronas que aún están ejerciendo. Es más. Lo he escuchado en bajito durante una formación dada por otra matrona IBCLC, que desmontaba esos mitos, mientras ellas cuchicheaban "que sí, que sí, pero eso no es así".

Porque, señoras del sindicato, la inmensa mayoría de los miembros activos de su profesión no va a formación continua sobre lactancia materna. Porque a estas alturas de la película, señoras mías, quienes están en disposición de ofrecer formación sobre lactancia materna son asesoras que, las más de las veces, no tienen un título sanitario. Y eso, pues jode.

Y es que esta semana ando yo calentita con este tema, porque no sé si lo sabéis, mis sindicalistas queridas, pero estos días se conmemoraba en este país nuestro la Semana Mundial de la Lactancia Materna y yo no he visto a ninguna de sus representantes en León, ciudad en la que resido, A NINGUNA, asistir a algún acto o charla. Porque la asociación en la que yo ejerzo mi voluntariado programó una reunión para profesionales y no acudió NADIE, salvo el director de área en la delegación de la Junta, que cuando le hicimos ver que de entre los asistentes no había NINGUNA MATRONA, NI PEDIATRA, NI ENFERMERA DE PEDIATRÍA, se le caía el alma a los pies, y la cara de vergüenza.

Porque todas tenemos anécdotas, muy poco anecdóticas por el número de ellas, con mierdiconsejos dados por matronas, que saben LO JUSTO de lactancia materna, y cubren sus enormes lagunas de conocimientos con experiencias propias y ajenas y decenas de mitos que se saben falsos desde hace ya ni se sabe.
He oído a una matrona diagnosticar una cándida de pezón ante la visión de 3 perlas de leche. Aconsejar a una madre que se vende las tetas y beba poca agua para destetar a un niño de 2 años. Decir que el estómago de un niño "tiene que descansar" y que no ofrezca cada menos de 2 horas. Asegurar que con 10 minutos vale, que el resto es agua. Decir que una postura es perfecta e ir tú a mirar, y que no haya por dónde cogerla. Reñir a una madre embarazada porque todavía amamanta al mayor y así "va a abortar". Ver una teta congestionada y decir que hay un pezón plano y que mejor pezoneras. Vamos, que entre mis experiencias en primera persona y las que conozco de primera mano, puedo llenar un libro.

Así que, señoras matronas del sindicato que se ofende, en lugar del cabreo, formaos. Sed humildes y acudid a esa doula a la que queréis quemar y pedidla que os dé información. Acudid a formaciones de asociaciones de promoción de la lactancia. Escuchad a esas madres que ejercen su voluntariado después de muchos años de estudio. Haced formaciones on line de la mano de asesoras que, aunque no sean sanitarias, saben mucho de lactancia y de cómo acercarse y hablar a las madres ante un problema. Aprovechad las formaciones a las que vais por los puntos.

Dejad de inventaros pajas en ojos ajenos y asumid que tenéis una puta viga en el propio.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Triste

Estoy tan triste que no puedo escribir.
Leo y observo lo que ocurre y lo que se siente estos días a mi alrededor, y no puedo por menos que entristecerme.

Me entristece  ver a la gente enfrentada.
Me entristece ver las cargas policiales.
Me entristece que algunos aprovechen esas cargas para cargar más odio agrediendo mujeres.
Me entristece que la gente que me rodea, gente a la que quiero, justifique esa violencia.
Me entristece que no se entienda que es más que ilegal, inmoral, enviar policía a reprimir algo.
Me entristece ver cómo los políticos, todos, los de uno y otro lado, usan esa violencia para apartarnos de una realidad vergonzosa.
Me entristece que esta semana no se haya hablado de las mujeres y niños (sí, y niños) que han muerto, también en Cataluña, víctimas de la violencia de género. Esa misma violencia que se ha visto patente en la agresiones sexuales perpetradas por la policía de las cargas contra mujeres en el suelo, que sólo querían votar.
Me entristece la culpabilización de la víctima. El "pues que no hubiera salido a votar" igual que el "se visten como putas", en boca de un juez.
Me entristece sentirme lejos de gente a la que quiero porque enarbolan una bandera que también es la mía.
Me entristece leer los periódicos extranjeros y ver que ya no sólo somos los pringados de Europa, sino también su vergüenza.

Estos días sólo comparto en las redes aquello que quiero gritar, pero no leo nada.
Porque estos días, como le pasó a Unamuno, me duele España. Mucho.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

El racismo nuestro de cada día

Hay veces, no sé si a mis amigas blogueras les pasa, que te pones frente a una pantalla en blanco y no te sale nada. A mi me desespera, sobre todo porque estoy acostumbrada a imponerme una cierta disciplina y escribir en poco tiempo. Salvo las entradas tipo "ladrillo" que obviamente me llevan un tiempo, lo cierto es que desde que abro el editor hasta que hay una entrada terminada no suelen pasar más de 20 minutos. Pero hay momentos en que la falta de tiempo o el estrés de esta vida que me ha tocado, o la combinación de las dos cosas, hace que no encuentre ni el tema. Y entonces escribo en mi estado de Facebook "¿De qué os parece que escriba hoy?

Esta vez me han pedido que escriba sobre el racismo. Sobre ese racismo del que no somos conscientes, que toma forma de paternalismo ignorante y que a mi, personalmente, me desquicia más que el racismo duro de quema de cruces, porque es invisible, y parece que no existe.

Os pongo literalmente, lo que escribe mi amiga:
Escribe de racismo, por favor, porque estoy encontrándome cada actitud que ni te cuento. Me acaban de decir que llamar china en el patio a mi hija, no es racismo, sino llamar a las cosas por su nombre . He preferido no contestar ...



Para daros un contexto, la hija de mi amiga tiene la belleza que sólo puede poseer el mestizaje; con un padre asiáticoamericano y una madre española, tiene unos rasgos asiáticos evidentes. Pero no es china. No sólo no ha nacido en China, sino que no tiene nada que ver con ese país asiático.
Yo esto lo oí a una profesora de infantil hace unos años (no tantos), pero mucho más dulce. Me contaba que tenía una "chinita" en clase, muy bonita. Porque todos sabéis que cuando os referís a una persona de otra etnia así, en diminutivo, es mucho más bonito y nada ofensivo; porque lo ofensivo, parece ser, es pertenecer a una etnia que no sea la caucásica. Así, si dices de alguien que es negro pues es feo, pero si le llamas "negrito" pues ya es otra cosa. Y por eso, queridos amigos, el rey Baltasar no era negro, sino "negrito". Por cierto, la alumna de esa profesora no era china. Era española. Porque la china no es una raza, sino una nacionalidad. ¿Parece fácil? Pues no debe de serlo.

Cuando me propuse escribir esta entrada le pedí ayuda a mi hija mayor. Me gusta hablar con ella de temas como feminismo, diversidad sexual o de género, o racismo. Me gusta porque la visión de su generación es, en estos temas, decididamente mejor que la mía. Me explico: hay un racismo, igual que un machismo y una homofobia, que es cultural; a nuestros padres les criaron con una serie de estereotipos negativos sobre las personas que no entraban en lo "socialmente correcto" y aunque con la apertura del país se giró hacia una corrección política al tratar de estos temas, lo cierto es que el poso cultural está ahí. Por eso desde muchos círculos feministas se dice que todos y todas somos machistas, y el que diga que no es que no ha ahondado en su propia persona lo suficiente como para ver los constructos sociales en los que ha sido criado. Nosotros, esta "generación perdida" que nacimos entre 1970 y 1985, nos creímos que habíamos salido de ahí, primero porque nuestros padres no se atrevían ya, en muchos casos, a hablar de forma despectiva (y entonces se le aplica "ito" a negro, y ya es otra cosa, porque es "negrito", mucho más cariñoso y políticamente correcto) y además fuimos los que empezamos a salir de casa, a tener una formación más abierta. Cuando hemos tenido a nuestros hijos, esos constructos han sido mucho menos evidentes en ellos, y además, la nueva generación vive una realidad diversa y tienen entornos donde hay compañeros homosexuales que no se esconden, y donde muchos compañeros son lo que ahora se ha llamado PoC, es decir: personas de color no-blanco. Apuntillo aquí que cenutrios hay y habrá siempre. Pero vamos, generalizo.

El caso es que charlando sobre todo esto, y obviando el discurso político de opresores y oprimidos, mi hija me contaba una anécdota con una de sus profesoras del año pasado, al principio de curso.
En su clase del año pasado eran 19, de los cuales 7 alumnos eran PoC; sobre todo negros, pero también había una niña asiática y un par de américa latina. El caso es que la profesora le preguntó primero a la alumna asiática si era "chinita"; "No. Soy hispanojaponesa. Mi madre es japonesa, y mi padre español". A un compañero negro le preguntó de dónde era "De Murcia". "¿Y tus padres?" "Mi madre de Albacete y mi padre de Sevilla". Sin embargo, a otro compañero, italiano él, no le preguntó nada a pesar de que su primer apellido claramente es extranjero, mientras que los apellidos de los otros dos son claramente españoles. Y no voy a hablar del profesor de Valores negando en una clase de esas características, que los blancos occidentales tengamos privilegios. Pero he dicho que de política no voy a hablar.

Quiero que leáis esto de mi amiga Jessica Gómez. Es un relato maravilloso de una serie que escribió este verano, "desde su toalla". Habla de la conversación maravillosa que hay entre un hombre mayor, de campo, y una joven negra en la playa de Gijón. De cómo el hombre va desmontando, con humildad y simpatía, todos sus prejuicios sobre una persona de otra raza que, en lugar de sentirse atacada por todos los lugares comunes de los que el hombre es víctima, le explica que es española, que no se va a poner más morena porque es negra y que tienen más en común de lo que pueda parecer. Porque la ignorancia se combate con datos y con información. Y un hombre mayor que simplemente, no sabe y ha vivido una realidad tan tremendamente diferente, es normal que maneje estereotipos. Y para eso está Jenifer, la prota del relato, que con mucho cariño va dando datos a Víctor sobre esa nueva realidad. Pero, ¿qué pasa cuando eres un alumno y quien tiene que formarte a ti te hace víctima de sus estereotipos? ¿Qué pasa cuando una persona no se acerca humildemente y con curiosidad para aprender de ti y de tu realidad, sino que te prejuzga y te trata con el paternalismo de ese "micro racismo"?

Nuestra sociedad ha cambiado, y hace mucho que lo ha hecho, no es de ahora. Sin embargo, en los anuncios de televisión siguen sin aparecer personas de otras etnias, y en la mayoría de las películas españolas (salvemos "Tapas" y alguna otra joya) un negro o un hispano son ilegales manteros con acento de no ser de aquí, y los asiáticos son siempre chinos que no aprenden español. La comunidad de actores PoC tuvo que plantarse a principios de este año y mandar un comunicado a la prensa, porque la Academia del Cine y la Televisión no había invitado a ningún actor de raza no blanca a la gala, no había representación. Y sin que la cultura más inmediata, esa que se supone que es reflejo de la sociedad, admita la existencia de personas de otras razas diferentes a la blanca, ¿cómo vamos a pedir que una profesora de primaria deje de llamar "chinita" a una niña hispano asiática?

viernes, 22 de septiembre de 2017

En la plaza pública

Os va a sorprender, pero no siempre he sido tan manifiestamente de izquierdas. Durante mi etapa universitaria e inmediatamente posterior, era yo mucho más moderada; moderada escorando a la derecha, para más inri.
No sé. Quizás sea que pertenezco a esa generación educada en la tibieza. La primera en experimentar aquello del "Estado del Bienestar" tan desde el principio, que llegó a la crisis sin saber que podía haber otra cosa... peor.
Quienes nacimos a principios de los 70 nos criamos en el artificial optimismo del crecimiento de una idea nueva, ciegos y sordos a la realidad que suponía una "transición" sin ruptura. No vivimos el franquismo, y además era una época en la que no se hablaba de ello, no existía porque aún dolía.
Tal vez no debió dejar nunca de doler, porque ahora no es que se hable, es que se exalta.

Con estos antecedentes de historia personal, os podéis imaginar que cuando estudié constitucional (por cierto, en una universidad católica) lo hacía con el firme convencimiento de que aquel texto que había costado tanto escribir, era poco menos que un libro sagrado y que la integridad de España estaba por encima de cualquier otra cosa.

Pero en aquella época ocurrió algo que me movió mucho por dentro, me hizo sospechar que la cosa no iba del todo bien.

Para los más jóvenes, los "milenials" creo importante poner de relieve un hecho histórico: en la misma época, había en España una banda terrorista, ETA. Como terroristas que eran, se dedicaban a sembrar el terror y además pues mira, desde el punto de vista más práctico, hay que decir que lo hacían de puta madre. Estos "independentistas vascos" pretendían la creación de un País Vasco, uniendo también los territorios franceses y de Navarra en lo que llamaban Euskal Herria. Y se montaron tan bien el propósito político, e hicieron tan bien el papel de víctimas que no tienen más remedio que asesinar a sangre fría para conseguir que el Estado Español Represor les liberase, que desde el punto de vista policial, era muy difícil acabar con ellos, porque contaban con las simpatías políticas de muchos países del entorno. Muchos de ellos vivían plácidamente en Francia, que empezó a colaborar cuando el gobierno socialista de Felipe González compró (y remarco el COMPRÓ) esa colaboración a golpe de AVE.
El caso es que ETA tenía un brazo político, una forma de estar representada en las instituciones (esas de las que abominaban), que se llamaba Herri Batasuna. Tenían también sus periódicos, sus
asociaciones, de todo.
Bueno, pues el gobierno español, mejor dicho, los sucesivos gobiernos españoles, se empezaron a dedicar a prohibir. Cerraron periódicos, secuestraron publicaciones, y en un gran consenso parlamentario, se promulgó una ley que permitía ilegalizar partidos políticos.

A mi todo aquello me daba miedito. Por supuesto que quería que se acabara con ETA. Por supuesto que estaba segura de que aquellas personas no merecían ningún respeto por sus opiniones (y sus actos). Por supuesto que yo prefería que aquel partido político no existiese. Pero, ¿ilegalizar un partido? ¿Secuestrar una publicación? Porque una vez hecha la ley, la herramienta para ilegalizar un partido, CUALQUIER PARTIDO, ya estaba a mano. Y una vez secuestrada una publicación CUALQUIER PUBLICACIÓN, con el silencio de ciudadanos e instituciones, ya se daba por existente la posibilidad de hacerlo con cualquier publicación.
El caso es que aquello pasó, HB se ilegalizó, y al final no sirvió de nada. Los simpatizantes de ETA se configuraron en nuevos partidos que se esmeraban mucho para cumplir con la nueva ley. Pero siempre me removió algo por dentro el pensar que ahí estaba aquella norma, en nuestro ordenamiento jurídico. Quizás fue el día en que dejé de escorarme a la derecha y empecé a plantearme el viraje hacia el lado contrario.

Vamos a avanzar unos añitos. Yo ya peino canas, tengo mi familia, y el devenir político del país en el que vivo ha hecho que yo entienda que ni escorarse ni nada: o eres de un lado o del otro, y yo soy de izquierdas, roja total. Y os diré algo: me han hecho "radical de izquierdas" todos los "radicales de derechas" que han venido ocupando ese mal considerado "sillón de mando" que es la presidencia del gobierno.

Entonces, con la crisis que aún se negaba, empiezaba a colarse en los informativos "la cuestión catalana". En
un principio, con Zapatero a la cabeza, se comienza a plantear una reforma del Estatut que haga posible no tocar la constitución (que la peña le tiene un miedo a eso, que yo no comprendo) pero que reconozca algunas de las peticiones, vamos a decir "históricas" (aunque tienen una historia corta) de los políticos catalanes. La cosa podría haber cuajado sino fuera porque aquello que se negaban a llamar crisis les estalló a los socialistas en la cara, y en Cataluña el entonces President, Artur Mas, se empezó a enrocar en posturas mucho más cerradas sin duda ante la necesidad de crear distracciones.
Esta recesión le costó a Zapatero el puesto y vino a sustituirle nuestro amigo Mariano Rajoy, que lleva vendiéndonos el tema de la "herencia recibida" unos añitos ya.
Y ahora ya no es la crisis. Ahora es ya la causa.

Si hasta este momento nos han vendido la moto (que muchos han comprado y se resisten a devolver) de que en la crisis nos metimos nosotros, miembros de la clase media (¡JA!) porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pues se va descubriendo que han sido ELLOS quienes han vivido por encima de NUESTRAS posibilidades, robándonos a diestro y siniestros desde hace ya años. Y cuantos más casos de corrupción se conocen, cuantos más imputados hay en ambos bandos, más relevancia cobran Cataluña y Venezuela. Pero como los políticos catalanes han robado mucho también y durante mucho más tiempo, se traen los sentimientos más radicales al primer plano para intentar ocultar lo segundo.
Es decir: un conflicto, en primer lugar político, que viene muy bien a ambos lados para ir ocultando los casos de corrupción que salen  tanto en el PP como en CiU.
Así que podemos decir que esto de encender a las masas, hasta un determinado momento, era tanto responsabilidad de unos como de otros.

Hasta un determinado momento.

Desde la reelección del PP hemos visto cómo sus raíces más profundamente franquistas, dictatoriales y de liberalismo económico salvaje se iban manifestando en la política española. Se ha usado a la policía para investigar a otros partidos e intentar que perdieran votos, se han recortado derechos fundamentales como el de expresión, manifestación, reunión; se ha dado permiso a la policía para recuperar antiguas tradiciones represivas. Pero ahora ya han llegado a un punto que a mi, personalmente, me escandaliza hasta la náusea.

Y a partir de aquí, aviso, es cuando me pongo totalmente del lado del pueblo catalán, en contra de todo lo que está haciendo el gobierno español, tan preocupado en "no romper España". Así que si no queréis, no sigáis leyendo.

Cuando en las últimas elecciones catalanas sale elegida una mayoría de parlamentarios independentistas, ya sabíamos todos en qué clave iban a ser los años siguientes. De hecho, la base del argumentario catalanista es fundamentalmente una mentira. Sí, lo estoy admitiendo. Y si tú eres un ciudadano catalán afín al independentismo, pues lo siento por ti. Los únicos que no mintieron eran los de la CUP, que los pobrecitos, muy lejos del mundo de la política, siempre se creyeron aquello por lo que estaban luchando. La mentira fue la posibilidad de la independencia. Se mintió sobre la representación en el extranjero de la nueva nación catalana (se dijo que sería un estado miembro de todos los pactos cuando ya se sabía que si eso ocurría ninguna nación europea reconocería la soberanía catalana; ojo: entonces, porque ahora, después de lo ocurrido el pasado día 20, no estaría yo tan segura de eso); y se mintió cuando los políticos dijeron que ellos querían eso. No, queridos. Nadie quiere dejar de mamar de una teta eterna, como son los presupuestos de papá Estado Español. Salvo los honrados ciudadanos de la CUP, insisto. Pero vendiendo un referéndum, que ellos mismos sabían que en aquel momento perderían, lo que ganaban eran las elecciones en un momento en el que Artur Mas había perdido hasta el partido. Y ahí está la clave. La celebración del referéndum.

Yo creo que todo se debe votar. TODO. Me da por culo en las más de las ocasiones, esta pseudo democracia indirecta que tenemos donde se nos da una migaja (la iniciativa legislativa popular) que luego no se usa, se reprime o se echa para atrás. Si los catalanes quieren votar sobre su futuro, su forma de gobierno, su estatut, YO QUIERO QUE VOTEN.  Y quiero que voten porque YO QUIERO PODER VOTAR. Y no estaré de acuerdo con lo que dices, amigo mío, pero lucharé hasta la muerte por tu derecho a expresarlo.
Dicho esto, creo que queda claro que ya de entrada, estoy totalmente en contra con la terca decisión del gobierno de no permitir votar a un conjunto de ciudadanos. Y totalmente furiosa porque describan el deseo de un pueblo de votar para decidir sobre su vida como algo antidemocrático. Porque si es antidemocrático votar, ¿qué es impedir el voto?
Pero va más allá. En los últimos días, cada cosa que se ha hecho me ha puesto roja (más, y no sólo políticamente). No entiendo que estemos aquí, yo escribiendo y vosotros leyendo, tan pichis. Nuestro gobierno se ha convertido en ilegal porque está incumpliendo un mandato de las Cortes soberanas e impidiendo que otro gobierno cumpla con el mandato de su Parlamento. Y lo cojonudo es que llama "golpistas" a los que quieren cumplir.

El pasado día 19 los diputados de Ciudadanos presentan una proposición no de ley para que el parlamento apoye las acciones del gobierno encaminadas a reprimir y prohibir el referéndum. Me mola mucho ver los titulares de los periódicos porque hablan de una supuesta "división" del Congreso de los Diputados. Y no es así. No hay división. Salvo el PP (que es parte interesada) el resto de partidos, incluido el PSOE que lo hace con especial tibieza, rechazan frontalmente esa proposición, y de este modo, se da un mandato tácito al gobierno: no sigas por ahí. Os voy a invitar que leáis esta otra entrada que escribí al principio de abrir este blog; es otra entrada larga, así que igual podéis dejar todo como lectura de fin de semana. O lo imprimís y lo dejáis como lectura de mesilla de noche.

El gobierno NO MANDA, OBEDECE. El depositario de la soberanía nacional es el Congreso de los Diputados, y el gobierno obedece los mandatos del Congreso para ejecutar o vigilar la ejecución de las leyes. Si el Congreso te hace un mandato, me da igual si explícito o implícito y tú dices "tururú", ¿quién es el golpista? ¿Cómo me tengo que tomar yo, ciudadana que ha votado a los miembros de ese Congreso, que tú te arrogues un poder que sólo tiene un gobierno dictatorial y te pases lo que ese congreso piensa por el arco de triunfo? De paso, y ya que hablo de mandatos, os recuerdo que el Gobern de la Generalitat cumple el mandato que le da el Parlament por amplia mayoría de convocar un referéndum. Por dejar un poco claro quién puede considerarse golpista y quién no.

Pero es que va más allá:
Un juez, no catalán y afín al PP, ordena el registro de sedes, la incautación de papeletas y placas de impresión y la DETENCIÓN DE CARGOS POLÍTICOS ELECTOS; y lo hace sin informar ni pedir consejo al Fiscal.
Ordena el registro de sedes haciendo pasar por delito el hecho de que se convoquen unas consultas ciudadanas en las urnas. Ordena la incautación de información política impresa y de las planchas de impresión de papeletas (¿Os acordáis de aquel capítulo de Cuéntame en el que los grises entran en la imprenta donde trabajaba el pater Alcántara? Pues igual pero con uniformes de distinto color.). Y ¡ojo! ORDENA LA DETENCIÓN DE CARGOS POLÍTICOS ELECTOS. Llama a declarar a alcaldes.
El HuffPost ha hecho un vídeo tan bonito que os lo pongo y os nutrís.


Las claves del 20 de septiembre en Cataluña por elhuffpost

Ayer recibía Javi un vídeo de Albert Boadella, el dramaturgo catalán que fue uno de los impulsores de la creación de Ciudadanos, haciendo un monólogo sobre lo absurdo de pedir la independencia y tal. Es un monólogo divertido, y aunque después de este larguísimo post no os lo creáis, estoy de acuerdo con lo que dice. Pero ayer, después de la vergonzosa actuación del gobierno español en Cataluña, no era el momento de hacer ni compartir chistes, porque todo lo que ocurrió es un atentado terrible contra la democracia, y esa la compartimos todos, o eso creía yo.
Y voy a compartir un vídeo más y con él cierro el tema y y me dirijo a la plaza pública esperando las piedras de mi lapidación. Es de otro catalán que tampoco quiere la independencia; de un cómico que no le ve la gracia a lo que ocurrió el 20 de septiembre. Con todos ustedes, Andreu Buenafuente.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La última etapa de la madurez

El otro día me puse a escribir.
Hay muchas formas de escribir, no sé si lo sabéis. Fundamentalmente, se puede escribir para uno o para otros. Se puede escribir con un propósito o con la única meta de dejar correr ideas.
Las personas pensamos en palabras, y con esas palabras, nuestro cerebro construye imágenes. Así que no es de extrañar que mucha gente utilice la escritura para poner en orden ideas; los psicólogos les piden a sus pacientes que escriban su historia no sólo para ordenarla, sino porque muchas veces en el transcurso de la narración surgen hechos inconscientes, sentimientos que estaban ahí y no reconocemos o incluso, hechos y recuerdos reprimidos.
Yo el otro día me puse a escribir para mi, sin un propósito claro, partiendo de un curriculum redactado. Era mi historia y me apetecía saber cómo iba, en qué capítulo me hallo en este momento.
Quizás debí escribir esta entrada entonces y no ahora, porque hoy me resulta más difícil poner mis ideas negro sobre blanco.


Ayer fue un día duro. Mi padre estuvo muy mal. A pesar de contar con ayuda y apoyo tanto familiar como en esta red virtual que tantas alegrías me da, no pude evitar llamar a emergencias. Al mismo tiempo, el padre de una amiga era ingresado en la UCI con un pronóstico grave. Es jodido el tema.

Vamos cumpliendo años. Tenemos hijos (o no), formamos nuestras propias familias o entornos y pensamos que somos los únicos que lo hacemos. En nuestra mente permanece una imagen de nuestra propia historia personal en la que nosotros somos más jóvenes y nuestros padres también. Nosotros tenemos los espejos, y vamos siendo más o menos conscientes de que nos hacemos mayores. Pero sólo tomamos consciencia de ese mismo hecho en nuestros padres en momentos así; cuando enferman. Y nos damos la hostia.

Es curioso, pero sabemos cómo reaccionar cuando nuestros hijos enferman, y cuando no lo sabemos solemos buscar, utilizar las redes, buscar en internet. Pero nuestros padres... Eso es mucho más duro. Hasta hace nada, eran ellos quienes cuidaban de nosotros.

La imagen que yo tengo de mi padre es de un señor grande, de espaldas anchas, que nos llevaba al campo en verano; recuerdo un día, en San Feliz, después de comer una tortilla, que nos pusimos a jugar con él y se "puso" para que saltáramos al potro; el potro era él, claro. Tenía unas espaldas tan anchas, que yo nunca fui capaz de saltarlo, me quedaba a la mitad, y de potro pasaba a caballo. Ahora pesa 50 kilos (si los pesa), y ayer yo lo senté en la cama a plomo, y le coloqué de lado sin ayuda.

Es difícil colocar esa nueva imagen de los padres. Frustrante. Es reconocer que ya no hay nadie ahí para cuidarnos, sino que somos nosotros los que debemos coger el testigo. Es la última etapa de la madurez.

Y eso es lo más duro. Duro de cojones.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Las uvas en septiembre, por favor

Hace unos años, en otro blog que todavía sigue activo, aunque será por poco tiempo, escribía lo siguiente:
"Creo firmemente que deberíamos comernos las uvas el 31 de agosto, y no el 31 de diciembre.
Y es que, la mayoría de las personas (¿os habéis dado cuenta?) contamos los años a partir del 1 de septiembre, y no del 1 de enero. Quienes tenemos hijos, miramos esa fecha para empezar a encargar las cosas y organizarlo todo para la vuelta al cole, otra rutina más de 9 meses. Y quienes no los tienen, ven en el final del verano, la vuelta al “horario de invierno”, el cierre de las piscinas, y el final de la temporada de terracitas. Y todos, TODOS, hacemos promesas para el regreso. "

Y es que es así: terminamos el 30 de junio y colocamos durante un par de meses, con cambios de actividad, cambios de rutina... En muchos trabajos hay horarios diferentes en esos meses, y aun en aquellos donde se trabaja al mismo ritmo, al salir a la calle no hacemos las mismas cosas. Vivimos más hacia fuera, buscamos el aire libre, nos oxigenamos, respiramos diferente...
En mi casa eso se nota aún más.
Mis hermanos, con quienes comparto el cuidado de mi padre, son profesores, así que mi rutina de cuidados varía. Con las niñas en casa, la hora de levantarnos es diferente, más pausado. Laura cuando está en casa hace muchas cosas que me descargar, y Javi, cuya actividad principal está también relacionada con el horario escolar, también está más presente y al final puedo compartir mis cargas con mucha más gente.

Cuando disponemos de tiempo y un poco de tranquilidad, es cuando nos podemos permitir el lujo de reflexionar sobre todo lo que ha ocurrido el resto del año y sobre cómo queremos plantearnos el siguiente. Mucho mejor que el 31 de diciembre, embriagados de champán, y sabiendo que el día 2 tenemos que estar de nuevo al pie del cañón.

Por eso deberíamos tomarnos las uvas en septiembre. O el 31 de agosto, en todo caso. Justo antes de que se cierren las piscinas, la temperatura de la terraza ya no sea tan agradable a la puesta del sol; justo antes de que los niños vuelvan al colegio y de que los trabajos den por finalizado su horario de verano. En ese momento en que hemos tenido casi 2 meses para soltar, relajar, respirar. Cuando hemos tomado perspectiva de lo que hemos hecho durante el año y podemos analizar lo bueno y lo malo, diferenciando lo que depende de nosotros y lo que no.

Y ahí estamos todos ahora. Retomando. Bienvenidos al nuevo año.

lunes, 3 de julio de 2017

A vueltas con las vacaciones: ¿somos los juglares de nuestros hijos?

Me veo aquí, iniciando las vacaciones, teniendo una conversación maravillosa con uno de mis primos, al que amo profundamente. Tiene dos hijos, gemelos, y "tiene suerte" porque su mujer es profesora y por lo tanto, tiene casi las mismas vacaciones que los peques. Hablamos de sus hijos, igual que hablamos de las mías, y toca aquello de "es que sobre todo X es muy, muy inquieto y muy dependiente. No sabe jugar solo". Y ¡zas! espoleta para darle vueltas.

Porque no sólo es mi primo. Desde que han dado las vacaciones, y sólo hace unos días, no dejo de ver hilos en distintos grupos de Facebook, de madres desesperadas pidiendo consejo, juegos, manualidades, cosas para entretener a sus hijos. Conozco a madres del cole (oye, sí, que me hablo con algunas) que se ponen de los nervios de pensar en la cantidad de horas que van a pasar los niños en casa, agobiadas porque no saben qué inventarse con ellos.

Y yo aquí, tan pichi.

Para mi, las vacaciones escolares significan levantarme más tarde, porque la mayor no va al instituto, la posibilidad de que ellas me acompañen algún día, y despedirme de ellas más tarde. Todo relax. Por supuesto, no siempre ha sido así.

Voy a obviar el tema bebés, porque el recurrente "es que el mío es súper dependiente, porque sólo quiere brazos y cuando lo voy a poner en la cuna se pone a llorar", es cansino; y es que hijas mías, es así y punto. Hablo de cuando el nene tiene ya una edad; concretamente, la escolar. Y pronto empiezan, porque casi todos a los 3 añitos ya están  dando el callo en el cole.

Laura con 3 años era Chicho terremoto. Y no me jodáis aquí los padres de niños con que los nenes son más inquietos que las nenas, porque cojo la máquina del tiempo y os embrisco a mi niña con 3 años. Tú la dejabas en su habitación medio segundo para atender el portero automático, y de repente ya había sacado todos los cacharros que estaban a su altura en la cocina. Empezó a andar con 6 meses (sí, no es una errata) así que a los 3 años tenía el tema dominado, y no paraba bajo ninguna circunstancia. Justo el verano antes de cumplir los 3, se abrió una brecha en la boca en un parque y se rompió el brazo en otro parque. Yo no sabía qué hacer con ella, así que cuando se acercaban las vacaciones escolares, me ponía a temblar.
Cuando llegó Diana yo ya estaba curtida en esto de los juegos y tal, y todo me lo empecé a tomar de otra manera. Bueno, no sé si se trata de que estaba curtida, o fue simplemente la vida.

Por supuesto, la lactancia y el porteo, me facilitaron mucho las cosas al principio, pero cuando la cosa se empezó a poner intensa, fue cuando abrí la tienda. Llegaba a casa tan cansada la mayoría de los días que simplemente no jugaba con ellas. A veces es que simplemente estaba ahí mirando y nada más. Y oye, no pasó nada.

Ahora mismo, reconozco que soy un monstruo. Llego a casa y después de recoger la cocina no las hago ni caso en un par de horas. Pero ni puñetero caso. Me tumbo en el sofá y ellas están a su bola. Por supuesto, durante la comida charlamos, nos contamos cómo nos ha ido el día, las cosas buenas, las malas, las regulares... Y por la tarde, cuando vuelvo al mundo de los vivos, Diana me cuenta todas sus aventuras (de las que os confieso que me entero poco) y me pregunta si vamos al parque, o no hace falta porque sale a jugar con algún vecino.

Y es que por alguna extraña razón, creemos que debemos ser los responsables de entretener a nuestros hijos. Que no tengan un momento libre, que no se aburran. Y hacemos manualidades, inventamos juegos, les apuntamos a más actividades. Pero sobre todo dos cosas: que no vean la tele que me han dicho que es malo malísimo (y mucho peor el ordenador o similar) y QUE NO SE ABURRAN, POR DIOS, QUE NO SE ABURRAN.

Y yo pienso en esos maravillosos Phineas y Ferb, con esos padres casi ausentes que
maravillosamente no se enteran de nada, que los abandonan todos los días por la mañana después del desayuno en el jardín de su casa hasta la cena. Pienso en que nadie les ha comprado juegos, ni libros, ni manualidades; que nadie se pone resignadamente a entretenerles; que no ven las caras de fastidio o de impaciencia de sus padres al no saber qué hacer con ellos en esos casi 3 meses de vacaciones. Y entonces Phineas simplemente dice "¡Ya sé lo que vamos a hacer hoy, Ferb!" Y ahí se lía la cuestión.

Y el caso es que no sé por qué narices nos tenemos que ir a personajes de ficción, por mucho que me molen.
Por favor, que levante la mano alguien de mi generación o anteriores, cuyos padres se dedicaran a ser nuestros juglares, los entretenedores de la infancia en vacaciones. Yo me pasaba el verano en la calle, jugando. Y cuando iba a pasar unos días al pueblo de mi padre, la cosa iba así:
- Me levanto a una hora, la que sea, me aseo, me visto, desayuno, ayudo a hacer mi cama
- Me largo a la calle con alguien hasta que me dé el hambre
- Me hacen un bocata de chocolate
- Me largo a la calle hasta que me vuelta a entrar el hambre
- Voy a comer. Ahí ya me jodo, porque "hay que hacer la siesta" y "ahora hace demasiado calor"
- Leo todos los cómics chulos de Asterix y Obelix y de Tintín
- Me hacen un bocata de chorizo
-Me voy a la calle hasta la hora de la cena
- Ceno
- Me voy a la calle hasta que mi abuela dice "Hale, padentro".

Una infancia guay en la que ningún adulto, NINGÚN ADULTO, se dedicó a entretenerme. Ni a mi ni a mis amigos. Igual que la infancia de mis padres, sólo que la mía fue más larga, afortunadamente.

"Es que ahora no se puede jugar en la calle, pasan muchas más cosas que antes".
Mira, esta afirmación es mitad verdad. No pasan más cosas que antes. Hay ahora la misma proporción de enfermos hijos de puta que antes. La diferencia entre "antes" y "ahora" es que ahora nos enteramos, y antes se convertían en cuentos asusta niños (a ver si no, de dónde sale el Hombre del Saco, o más castizo, "El Sacamantecas").
Sí es cierto que cada vez hay menos espacios donde los niños puedan dedicarse a ser niños. Es espeluznante lo que molesta un niño jugando a quienes, cuando fueron niños, jugaron en la calle.
Prometo que este va a ser motivo de otro post.
Pero es que cuando encontramos un parque, también hay que ver al personal. Que en cuanto tiene más de un hijo en edades distintas, ya se agobia, y si va a un parque un poco grande, y pierde de vista al mayor hiperventila. Y los nenes ahí, en mini parques para niños pequeños, o en parques para pasear y donde les están diciendo que molestan, para que la madre o la abuela no puedan perder de vista al niño.
Yo al parque voy a leer. Ahora. Cuando Diana era muy pequeña, obviamente tenía que estar más pendiente de ella; pero Laura corría libre. Y ahora que Laura ya no va, yo voy a leer. Y Diana corre libre.
Hay unas pocas normas de seguridad: no se puede salir del entorno del parque, si va de un juego a otro (vamos a un parque muy grande) tiene que avisar, y cuando digo "nos vamos" no hay ninguna discusión. Y si alguien pretende llevársela tiene que gritar y dar patadas.
Así que yo estoy en un banco con mi móvil o mi libro, a mi bola. Diana no tiene la necesidad de "mami mira".

Pero en general, reivindico, y ya lo he hecho muchas veces en este blog, el derecho y LA NECESIDAD de mis hijas de aburrirse soberanamente, y el mío a no ser su juglar.
Y por supuesto que hacemos cosas juntos los 4. Hoy hemos echado una partida al Mah Jong. Y otras veces paseamos juntas, o leemos juntas, o vemos tele juntas. Pero porque a ambas nos apetece, no porque yo tenga la obligación de entretenerla.

Así que, cuando alguien, atacado de los nervios, me dice que yo no les entiendo, porque tengo la suerte de que mis hijas se entretienen muy bien solas, me planteo si es que en mi casa han podido aprender a hacerlo.
O quizás no.

miércoles, 28 de junio de 2017

A vueltas con los regalos y esas gratificaciones extraordinarias

Termina el curso, y muchos niños de infantil y primaria finalizan, además, su ciclo. En teoría todo normal. Cuando yo era pequeña, terminaba un ciclo y empezaba el siguiente y en principio, la que recibía las gratificaciones era yo; bueno, en realidad yo no recibía nada, porque mis padres eran de los que pensaban que ir pasando de curso era mi obligación, igual que la de mis profesores era darme clase, o la de ellos ir cada día a su trabajo. Pero como yo era de esos alumnos que van sacando las cosas a trancas y barrancas, cuando pasaba de curso, y más aún de ciclo, mis padres me mostraban su satisfacción y alegría.

Cuando mi hija mayor empezó el colegio, mi expectativa era la misma: alegrarme mucho y felicitar mucho y con muchos besos a mi hija al subir de curso y/o de ciclo. Pero hete aquí que cuando la nena terminó infantil me vi inmersa en un ritual con el que yo no contaba para nada. Voy a aclarar que la maestra de infantil de mi hija mayor me caía como el culo. Siempre me pareció una clasista que trataba a los niños no sólo con condescendencia y exigencias de más (supongo que estaba traumatizada por no ser catedrática de universidad) que se dedicaba a dividir a los niños en "la mesa de los listos", "la mesa de los vagos", "la mesa de los torpes"; cuestión que, por cierto y como ya he relatado alguna vez, facilitó el camino para que todas las clases en las que esta mujer sentó las bases de la relación entre compañeros, tuvieran problemas graves de bullying.
El caso es que cuando llegó junio, un grupo de madres empezaron la "Campaña regalo de la profe"; ¿la razón? Que terminaban el ciclo, y había que despedirse de la profesora, que había hecho mucho por nuestros niños. ¿Perdona? ¿Por quién? 
Pero me callé. Yo en aquel entonces no era tan "la rara", y se suponía que tenía casi "amigas" entre las otras madres del cole, así que sí, cedí a la presión del grupo. Porque presión hay. No lo neguéis.
En aquel momento se decidió regalar a la susodicha cabr....maestra un álbum hecho a mano por un artesano de imprenta de León, con tapas de cuero y un papel chachi y tal. Casi 200€ de vellón más el trabajito de ir recopilando fotos y haciendo montajes chulos para el librito. ¡Y ojo! Que el que no participaba, no ponía foto. Vamos que la profe supo inmediatamente quién había apoquinado y quién no. Y yo apoquiné.

Justo el último año en que mis hijas estuvieron en aquel colegio coincidió con el final del ciclo de infantil de mi hija pequeña. Había estado 3 años con una profe amorosísima que quedó tan hasta los cojones de lidiar con todo el mundo (incluida la del párrafo anterior) que después de eso pidió quedarse como profe de apoyo y que se escalabrasen otros. Llegado el mes de junio, una vez más, llegaron las hordas de madres en pos del regalo al profesor. Yo adoraba a aquella maestra. Pero ya tenía el culo pelao con las tonterías, y dije "No, lo siento, pero no". Aquella maravillosa maestra no sólo había cumplido con su obligación para con mi hija, sino que me ayudó en un momento muy duro, que fue la muerte de mi madrina, que tenía una relación cercanísima con mis hijas y que además murió en casa de mis padres, y ellas fueron testigos. Conchi, que así se llama la maestra, estuvo pendiente de Diana, contestó a todas sus preguntas, le dio espacio y me mantuvo informada. Y por eso, a título personal, le di un detalle. Un detalle de mierda, he de admitir. Un pin de La Teta y Más, algo que no costaba más de unos céntimos. Pero quería que tuviera algo que le recordase a mi, a nosotras. Y le dije que no participaba en el regalo de padres porque no estoy de acuerdo. Y ya os digo, que cuando toque dar el regalo de fin de ciclo a la tutora de Diana mucha gente se sorprenderá mucho porque yo diré NO.

A ver. ¿Qué coño es eso de regalar nada a los profesores? ¡Pero si ya hay packs de Mr. Patataful para ello! Esto es como en tiempos pretéritamente rancios, cuando se le ofrecía el jamón (a lo que un profesor de mi madre, por cierto, decía con sorna "señores, que los cerdos no son cojos, denme dos.") NO. Los profesores de nuestros hijos hacen su trabajo. Una labor encomiable que desarrollan, la mayor parte de las veces, e independientemente de nuestra opinión, de la mejor manera que pueden y saben. Y por eso precisamente, se les paga un sueldo; más bajo de lo que debería a pesar de que los mismos que juntan dinero para los regalitos digan que es un chollo porque cobran una pasta y se pasan 3 meses de vacaciones. A mi si me pasan una hoja de firmas para que se les suba el sueldo para que los 3 meses de vacaciones sean reales y no a costa de una parte de sus emolumentos,  firmo pero ya. Pero no voy a participar en la tontería de los regalitos.

Porque, ¿por qué se regala nada a un profesor? ¿Cuál es el motivo? ¿Que se ha portado bien con los alumnos? Pues faltaría más que se portase mal; vamos eso no es que vaya en el sueldo es que va en la categoría de la persona.
¿Porque es un buen profesor?  ¿Para quién? ¿Lo ha sido para todos, o sólo para los hijos de los padres que promueven el regalo? ¿Quién determina qué profesor es bueno y cuál es una mierda? ¿Dónde está el baremo? ¿Sólo es para Infantil y Primaria? ¿Los profesores de Secundaria ganan más y por eso no merecen el regalo?

Que no. Que yo no he recibido nunca un regalo de mis jefes por hacer bien mi trabajo; sí una felicitación (poquitas, por cierto) y por supuesto, mi sueldo.
Y que hay muchas maneras mejores de mostrar gratitud, como por ejemplo, ir a hablar, estrechar su mano y dar las gracias.

lunes, 26 de junio de 2017

A vueltas con reacciones, cargas emocionales y otras limitaciones

Estoy en el parque. La bruja tiene 3 añitos. Estoy sentada sola, leyendo, mientras la bruja juega con otros niños a veces, y sola otras veces. Hay una señora mayor a mi lado. Diana, después de echar una carrera, viene pitando, tira de mi camiseta hacia abajo, me saco la teta y mama. La señora que hasta entonces no había dicho ni palabra, se queda mirando y le dice a la nena
- Uy, eso ya no, ¿eh? Que eres mayor. Teta caca.
- Oiga, no sé la suya, señora, pero la mía de caca, nada.

Unos meses más tarde, en la iglesia mientras estamos con una sesión conjunta de padres y niños en catequesis. Yo no sé ni dónde ponerme, porque para empezar, estoy ahí por Laura, porque se ha empeñado, pero ya de entrada yo no estoy cómoda. Me llevo a Diana, porque tampoco tengo en ese momento con quién dejarla. Como se aburre como una ostra, me pide teta. Una señora, poco más o menos, como yo, la increpa:
- Pero eso ya es un vicio, ¿no? De ahí no saldrá nada
- (La bruja, chorreando leche por la comisura del labio) Sí sale.
La otra madre me mira raro, y se cambia de banco.

De nuevo en el parque (y luego me preguntarán por qué voy poco). Diana ya tiene unos 4 años. Otra madre con un niño de una edad similar está a mi lado. Estamos hablando sobre lo bien que juegan solos ya a esa edad (solos, se refiere a sin adultos, pero jugando entre ellos). Parece que hemos establecido una conversación agradable entre madres, para variar. Diana tiene calor, y viene corriendo a pedir teta. Sigo hablando con la madre mientras le doy dos chupadas.
- Pero, ¿todavía le das?
- Bueno, ella sigue queriendo y a mi no me importa seguir dándole cuando me pide. Llevo dos años sin ofrecerle, pero no se da por aludida, jeje.
- Pero, ¿come?
- Si te refieres a si come sólidos, sí. Bocadillos de chorizo, jeje.
Ya no hay más conversación. Al cabo de un ratito, así, como quien no quiere la cosa, se levanta para atender a su nene y luego se sienta en otro banco.

Pasan los meses. En una situación de varios padres, en un cumple con la mayor, Diana me pide teta mientras sujeta con la otra mano un trozo de jamón.
- Yo no tuve leche. Como a los 3 meses, tuve que empezar a darle el biberón, y como es de mucho comer, ya no quiso más el pecho.
- Bueno, muchas mujeres destetan sin querer en torno a los 3 meses. Suele ser falta de información veraz, que hace que crean que tienen menos leche porque demandan más, y al empezar con los biberones, pues se va perdiendo producción.
- Ya. Lo que tú digas. Os pensáis a veces que sabéis más que nadie.

Por Internet, en MI muro de facebook.
- YO amamanto, y NOSOTROS  hemos decidido colechar hasta que ellas mismas decidan irse a su cama.
- Las que sois como tú os creéis mejores madres, como que las demás valemos menos.
- Lo que tienes que hacer es CUIDAR DE TU MARIDO
- ¿Te crees que eres mejor madre que yo?

En el parque, de nuevo. Hemos cambiado de casa, estamos en un sitio nuevo en el que no conozco a nadie. Mi hija me dice que en lugar de sentarme sola, como hago casi siempre, me siente donde están las madres de sus compañeros del nuevo cole. Me dice, la bruja, con 6 añitos, que tengo que socializar. Una madre se me acerca. Empezamos a charlar, y descubrimos que tenemos una amiga común, con la que yo tengo relación a través de La Liga de la Leche. Con ese vínculo en común, empieza a contarme su experiencia con la lactancia de su hijo, y entonces empiezo a hablarle de la lactancia de la mía, a la que acabo de destetar.
Al cabo de un tiempo, me entero de que otra madre, que escuchó la conversación, pero que no participó en ella, le dijo que yo le caigo mal, porque parece que sólo soy madre yo.

De estas anécdotas tengo muchas, propias y ajenas. Aún no sé por qué la peña juzga de manera brutal, y se siente juzgada aun sin serlo. Bueno, tengo mi teoría sobre por qué, pero creo que me la voy a guardar para mi.
Porque eso sí que lo he aprendido: en el parque estoy sola, no empiezo yo una conversación sobre ningún tema, me guardo para mi mis divergentes opiniones en cuanto veo el percal.
Mucha gente cree que soy simplemente asocial, o que me doy importancia y por eso no me rebajo... Simplemente quiero estar tranquila. Y como no puedo evitar que me juzguen por todo, que me critiquen y me pongan verde, al menos no quiero estar presente para escucharlo.

viernes, 23 de junio de 2017

A vueltas con mis brujas: La Magia de la Noche de San Juan

Esta noche, en el momento en que, unos días después del Solsticio de verano, la noche vuelve a ganar terreno, yo parí a una bruja hace 10 años. Hoy, recupero un post muy especial, en el que compartí su nacimiento, que fue el inicio de mi sanación como madre.


Por eso la llamo “mi bruja”, porque eligió una noche mágica para venir al mundo. Esperó dos semanas para coincidir con el solsticio, y me enseñó a luchar, ya desde ese momento.


El lunes antes tuve monitores; una vez más estaba “muy verde”, y me dijeron que si no me había puesto de parto el miércoles, que debería ingresar para inducción, porque según el protocolo (41+6) no se podía esperar más. Al salir de allí supe que no volvería salvo para dar a luz.
Y eso no sucedió el miércoles, claro. San Juan era sábado, y mi bruja quería nacer esa noche y no otra.
Hoy escribo esta historia porque se lo debo. Porque me costó media vida escribir la de su hermana, y la suya es mucho más feliz. Porque desde hace 4 años (10) no sólo celebro su cumpleaños, sino mi parto, mi descubrimiento: soy mujer, capaz y valiosa. Como todas. Como vosotras.
Ese sábado (nadie de la familia sabía que debía haber parido el miércoles, claro) fuimos a comer a casa de los padres de Javi. ¡Lo que me costó ir, madre! Pero es que era la comida de su aniversario, que es el día 26, y no quedó otra. Sin embargo, a mi me apetecía la soledad y la intimidad de mi casa. Todo estaba muy cerca.

Por la noche, nos empezamos a preparar para ir a ver los fuegos artificiales y la hoguera. En León es fiesta grande, y nunca nos la perdemos. Pero yo no podía, no tenía ganas más que de estar tranquila y sola, así que Javi se fue con Laura, y el encargo de traerme churros.
Yo me quedé en casa, en el sillón reclinable, comiéndome un helado de chocolate y viendo una cutrísima película de ciencia ficción. Estaba muy tranquila y muy a gusto.
Oí el petardeo de los fuegos artificiales, y el resplandor que se colaba por la ventana. De repente, tranquilidad, oscuridad… ¡Ploffff! Aguas fuera. Claritas, calientes y seguidas por contracciones rítmicas que desde el comienzo fueron cada 5 minutos.
Llamé a Javi. Eran las 12 y cuarto de la noche, y sabía que me había quedado sin churros; también sabía que no encontraría taxi.
Por un momento me entristecí, porque sabía que las cosas no iban a ser para Laura como habíamos planeado. En un principio pensamos que mis padres vinieran a dormir a casa y se quedaran con ella esos 2 días. Que su vida no se alterara por el nacimiento de su hermana. Pero mi madre estaba pachucha, así que finalmente se quedaría con mis suegros, y ellos no se iban a quedar en casa. A pesar de todo, mientras llegaba todo el mundo, me puse a cambiar la cama, por si acaso podía convencerles para que se quedaran. Era un poco raro, porque el líquido seguía saliendo en cada contracción.
Es extraño. Estas contracciones no dolían; me llenaban de felicidad. Estaba plena, contenta. Sabía que esta vez todo iba a ser distinto.
Llegó Javi con Laura. Habían llamado a los abuelos por el camino, y yo había llamado a mi padre, porque seguro que no íbamos a encontrar taxi. Este rato, hasta que llegamos al hospital, lo tengo un poco nublado; mezclo cosas y confundo tiempos. Es normal.
Cuando llegamos a urgencias, tuve que poner el “modo on”. Sabía que a partir de ese momento me iba a tocar luchar, y que tenía que estar mentalmente fuerte, porque iba a estar sola.
En urgencias no dejan pasar a nadie con la mujer, y te valora un obstetra. Yo iba con bolsa rota, y no quería antibióticos intraparto, así que me negué al tacto. Al señor le sentó como una patada, porque decía que había que valorar si estaba de parto o no, si sólo eran pródomos. Al final, ante mi lógica aplastante, tuvo que ceder: sean o no pródomos, vengo con bolsa rota, así que quedarme, me quedo, y no quiero un tacto.
Advierto que me dio igual, porque me subieron y me llevaron a monitores, de nuevo sola, con la matrona, y al final, hubo tacto, al parecer era innegociable. Cuando volví a la habitación me tomé dócilmente los antibióticos, que luego facilitaron unas mastitis de repetición, de las que ya hablaré en otro post.
El caso es que volví con sentencia: sólo de 1 cm y cuello duro, para toda la noche. Dio igual que advirtiera que soy de sprint final. Nadie te cree cuando estás de parto. Eran casi las 3 de la mañana.
En la habitación, las contracciones eran muy intensas, pero llevaderas mirando a la cara a Javi. Me sentía muy acompañada y feliz. Me gustaba sentirlas así, como olas, y pensando “me abro, queda una menos”; y era cierto: notaba cómo cada una de esas olas iba abriendo mi cuerpo para que pasara mi bruja.
Una hora más tarde, Javi me dijo que mi cara era distinta, y mi forma de respirar también, que tenía que llamar. Sin saberlo, hizo lo que tantas doulas y matronas experimentadas en la fisiología del parto: observar-me. Sin tactos, sin violencia ni fuerza, él sabía que la cosa se estaba acelerando.
De nuevo a monitores, de nuevo sola. Ahora ya no puedo luchar, mi cabeza no podía fabricar frases, sólo monosílabos.
Con el tiempo me he dado cuenta de que aquella matrona (no sé su nombre, ella no se presentó, y yo tampoco le pregunté) realmente estaba intentando empezar a confiar, pero la pillé al principio de su camino. Desgraciadamente, no sé si ha llegado al final o se quedó antes.
El caso es que me dio la oportunidad de negarme a todo, excepto al suero, pero me juró que no me iba a poner nada, y yo la creo. No quise enema, ni rasurado, nada. No hubo discusión, no intentó convencerme, y se lo agradezco.
Pero no sabía acompañar.
Hubo un momento que recuerdo especialmente malo. Mi cuerpo se revelaba contra la horizontalidad impuesta por los monitores, y se levantaba solo; entonces, obviamente, se perdía el latido de la bruja. En ese momento, entre la matrona y una auxiliar empujaban mis hombros hacia la cama para que no se descolocasen las correas. Es una imagen que se repite muy a menudo en mi mente, y que es de las cosas que empañaron un poco el parto.
Al poco de llegar a monitores, yo sentí que no podía más. La matrona me hizo un tacto y dijo que “sólo” estaba de 4 cm. Grité “ya no puedo más, me parto”. Y ella interpreto “llama al anestesista y ponme la epidural”; cualquiera sabe que lo que se necesita es decir “No te preocupes que eso significa que ya está, que queda poco”, pero claro, “sólo” estaba de 4, así que me faltaba bastante (una media hora, más o menos).
Otra discusión al llegar el anestesista.
Javi dice que desde fuera se me oía gritar, yo no lo recuerdo. Sí me acuerdo de que le dije insistentemente al señor anestesista que se largase de allí. Sentía a mi bruja apoyando su cabeza, el aro de fuego y mi cuerpo haciendo fuerza para abrir camino a la nena.
Pero era imposible, porque “sólo” estaba de 4.
Después de mucho discutir, de gritar que mi hija estaba ya ahí y que mi marido se lo iba a perder, y decir con convencimiento que si no se largaba aquel señor impresentable le iba a denunciar por acoso o lo que se me ocurriera, la matrona se dignó a hacerme otro tacto (yo creo que era para poder decirme “¿ves? Si todavía te queda”), se quedó ojiplática, cuando sintió la cabeza de Diana ya en último plano, a punto de salir.
Corriendo a paritorio, y otra concesión más: al potro, a parir en litotomía. A cambio, la bandeja del instrumental tuvo que volar a la otra punta de la habitación, o yo no me subía.
Ahí llega Javi, abre la puerta y (¡oh, intimidad!) lo primero que ve es mi entrepierna con la cabeza de la bruja asomando. Ya está todo el trabajo hecho. Todo el trabajo discutiendo, pero mío. Nadie lo hizo por mí.
Nadie me cortó ni manipuló mis genitales. Nadie me anestesió ni se llevó a mi hija.
Esta vez pude olerla, y verla. Cató la teta antes de que la limpiaran, y eso lo hicieron delante de mí.
Esta vez, casi 5 años después del nacimiento de mi hija mayor, el parto fue mío.

miércoles, 21 de junio de 2017

A vueltas con las agendas y sus notas (rojas)

Todos los que tenéis hijos en edad escolar, habéis comprado una agenda de esas que se supone que son imprescindibles para que vuestros nenes aprendan a organizarse. De esas que el colegio te recomienda (impone) pero que nadie enseña a usar. De esas que te cuestan un dinero, pero cuyos recursos rara vez se utilizan del todo, y en las que al final, tampoco caben todos los deberes que el niño tiene que apuntar cada día.
Mis hijas, tienen agenda.
La primera en tenerla, claro, fue mi hija mayor. Laura  llega 5 años antes que la pequeña, y nos pilla... pues como nos pilla.
Era una agenda que hacía el propio colegio. Tenía un planning anual, uno mensual, uno semanal y el diario, y al final, había unas notas para comunicaciones con los profesores, justificante de faltas, etc.
El caso es que las notas para las comunicaciones no se usaban, porque esas comunicaciones se hacían en el hueco del día, y los justificantes de faltas, se arrancaban, así que si en cada página se suponia que había 4 (dos en el anverso y dos en el reverso), al final tenías que imprimir los justificantes descargados de la secretaría del centro.
Ya en aquel momento, que yo veía a Laura a veces con pocas ganas de ir al cole, empecé a escribir algunas notas en su agenda. Daba para poco, porque el sitio estaba muy restringido, pero bueno, al menos para un "me acuerdo de ti", o "estoy contigo aun cuando no me ves"... Pero dejé de usarlo, porque aunque había veces que el hueco del día estaba vacío, otras apenas cabía lo que tenía que escribir. Así que ante la duda, pues esas cosas intentaba decírselas de palabra. Que ya os digo yo que no es igual.

Cuando Laura llegó a 1º de Secundaria, entre todo el descontrol emocional de aquel año, cuando descubrió el concepto "Altas Capacidades", y lo que ello suponía, se puso a buscar herramientas que la ayudasen a ordenar la maraña que pensamientos e ideas que la apabullaban en su día a día, y que le impedían llegar "del punto A al punto B sin perderme por todo el puto abecedario en medio". Y encontró varios métodos para construirse una agenda. Entonces me pidió un cuaderno en blanco, mejor con líneas, donde ella pudiera escribir, organizar, dibujar... Probó varias configuraciones, hasta que vio lo que mejor le funcionaba: un calendario pequeño, en el que estuvieran sólo los días lectivos, y en el que poner fechas de entrega de trabajos o exámenes, o excursiones, con un código de color para distinguirlos de un vistazo. Y luego el diario, donde apunta, con un código de signos, deberes, recordatorios, frases que se le ocurren, y si le apetece dibujar, pues dibuja. El diario es flexible, por lo que unos días le ocupa una línea, y otros, dos páginas.
El caso es que este método me moló mucho para que Diana, la pequeña, empezase a aprender, no sólo a organizarse, sino a escribir más pequeño y más cuidado. Y además, me permitía volver a escribir frases.

Al principio, eran frases cortas, en un cuaderno pequeñito de pauta, un experimento. Tipo esta:
 
 
Como vimos que funcionaba, que se organizaba mejor, y que para ella era una buena herramienta, el nuevo año trajo nueva agenda, mucho más chula. Y los mensajes empezaron a ser más concretos, a decir más cosas. Reconozco que a veces me paso, porque dependiendo del día, puedo escribir parrafadas enormes.
 
El caso es que empezó una nueva costumbre.
Cada mañana, justo antes de que Diana se vaya por la puerta, le reviso la agenda, y pongo la nueva fecha... y algo para ella. Y he descubierto que es muy útil en nuestra comunicación y en sus aprendizajes.
Primero, porque siente que su madre está aun cuando no está. Si le pasa algo, si se siente mal, sólo tiene que abrir su agenda y ver mi letra. Soy yo.
Segundo, porque no hay mejor premio que un elogio. Cuando ha conseguido escribir mejor, organizarse mejor; cuando se esfuerza y la ves crecer; cuando recoge sin que se lo diga; cuando nos regala sus sonrisas.
Tercero, porque cuando hay un enfado y nos decimos cosas "feas", doy oportunidad a la noche a colocarlo, y a expresar lo ocurrido de manera más racional y menos visceral al día siguiente; y ella ve que "organizarse" no es sólo organizar el trabajo, u ordenar un cuaderno; organizarse es también restablecer el orden interno.
Cuarto, porque cuando a veces pasa algo malo en el cole, ver escrito al día siguiente, con menos carga emocional, lo que hemos intentado enseñarla "en caliente", hace que entienda mejor lo que ha de aprender.

Y hay una cosa más.

Siempre, cada día, le escriba algo serio o alegre, colocando enfados o enhorabuenas, siempre, termino mi frase con un "Te amo".
Porque siempre, haga lo que haga, pase lo que pase en el colegio, discuta o no, la riñan o la elogien, sea brillante o meta la pata; siempre, puede abrir la agenda sea en el día que sea y ver esas dos palabras escritas. En rojo brillante, destacando del resto de cosas, resaltado por encima de deberes, notas de profes, resultados de exámenes, firmas de padres. Por encima de todo, está un Te amo.

lunes, 19 de junio de 2017

A vueltas con las palabras: de cuando empecé a decirles a mis hijas "Te amo"

Siempre les he dicho que las quiero. Un "Te quiero" en cada rato. Pero un día cambié el "Te quiero" por el ¨"Te amo". Y con esa frase, cambiaron un montón de cosas y mejoró su relación conmigo.

Laura estaba colocando cosas. Su depresión acababa de estallarnos a todos en la cara, y empezaba a hablarnos y a preguntarnos. Y nos sorprendió diciéndonos que ella sabía que "había sido un accidente, una niña no deseada". Nos quedamos como piedras. ¿Cómo nuestra hija, a la que tantas y tantas veces habíamos dicho que la queríamos "de aquí a la luna y vuelta" podía pensar eso?
Le estuvimos explicando que había sido una niña "no esperada", pero que deseada fue desde que tuvimos el positivo en las manos. Que hay accidentes maravillosos, y que ella había sido uno de ellos.
Parecía que se había convencido, pero en su interior, ella seguía dudando.

Y un día, en plena crisis de llanto, me preguntó de nuevo ¿de verdad me quieres?. Y ahí todo cambió.
Me encaramé a su litera, y le dije "No te quiero, mi niña. Te amo"

Es una tontería, pero las palabras cuentan. Cuentan mucho, y dicen más de lo que creemos.

Dices "Te quiero" y quieres, claro. Quieres tener, poseer. Es tuya, soy tuya. Queremos una manzana, dinero, arroz para comer, buenas notas... Y hacemos cosas para tenerlo. Queremos a las personas porque es más fácil querer que amar, porque querer implica poseer y amar implica regalarse. Lo uno significa que esperas que el otro se entregue, y lo otro es entregarte tú. Por eso no les he vuelto a decir "Te quiero" a mis hijas.

Dices "Te amo" y significa que no importa lo que hagas, digas, sientas. Te amo. Mi corazón, mi alma, todo mi yo, son tuyos. Puedo dejar de amarte, por supuesto; pero mientras lo hago no espero nada de ti, ni espero que me pertenezcas, porque la relación de amor no va de posesiones, sino de libertades.

¿Puedo dejar de amarte? No puedo dejar de amar a mis hijas. Forman parte de lo más íntimo de mi persona. Dejar de amarlas es imposible. Las he amado desde el principio de sus tiempos, y lo haré hasta el final de los míos.
Pero no son mías, no me pertenecen. No quiero que me pertenezcan. No las quiero.

Las amo porque quiero que sean libres, porque no importa si lloran, si ríen, si meten la pata, si hacen algo que me duela, si consiguen acabar con mi paciencia. No las exijo nada, porque las amo, no las quiero.

Ese día, el día que le dije a Laura "Te amo", ella se quedó en silencio, y supo de verdad que había sido deseada, que no esperábamos nada y no deseábamos nada sino su felicidad.

Y ese día fue el día que empezó de nuevo a confiar en nosotros.

viernes, 16 de junio de 2017

A vueltas con las mentiras 2. De Papá Noel y las expectativas ajenas.

Me ha encantado. Escribo un post sobre mentiras y se me arma un debate chulísimo en mi Facebook.
No sé si todo aquel que ha comentado ha leído el post, pero si hay que ser honesto, sólo los comentarios y reflexiones me han dado unas ganas irrefrenables de escribir otro.

Antes de empezar, voy a dejar claro clarísimo que lo que yo escribo aquí no es palabra de diosa. Son sólo reflexiones propias. Cuando hablo de la mentira, hablo de lo que yo pienso sobre que yo mienta. No pretendo pontificar, sino explicar cuál es mi opción personal que de entrada sé que no tiene por qué ser la mejor opción ni si quiera, la de la mayoría.

Vale, una vez aclarado el tema, voy a desgranar los temas que surgieron en el apasionado debate feisbuquero:

¿Y mentir para no hacer sufrir a alguien? Lo que viene siendo las mentiras piadosas.

Esto tiene tela, porque claro, son cuestiones muy personales. Os voy a contar una historia.
Hace 4 años, mi tía se moría. Claramente. No era capaz ya de tragar y estaba totalmente postrada en la cama. El equipo de Cuidados Paliativos Domiciliarios (que hacen una labor a-lu-ci-nan-te y que no reciben dinero de ningún rico para hacerla mejor) nos dijeron que había que tomar la decisión de sedar o no sedar en aquel momento a mi tía. Entonces, ella dormía en la cama de mi niñez, igual que yo había dormido (y duermo) en la cama de la suya. Fue un momento durísimo. Yo sabía que su mayor fuente de ansiedad era esperar su propia muerte.
La cuestión era decidir si le decíamos que lo que le iban a poner era la bolsa de morfina que significaba el final de su vida, o engañarla. Y la engañé.
Me acerqué a su cara, le di un beso y le dije que la enfermera iba a ponerle la medicación en una vía, con una bolsa que íbamos a colocar bajo su almohada. Le dije que le estaba costando mucho tragar las pastillas, y que así estaría más cómoda. Me sonrió y me dio las gracias. Fue lo último que hablé con ella. Murió a los dos días.

Mucha gente ahora estará pensando que hice bien. Yo sé que hice bien. Lo sé, porque si yo me viera en la misma situación querría que se actuase así. De hecho, cuando he hablado con Javi de estas cosas, de la posibilidad de que esto me pase a mi, le he dicho que actúe de la misma manera. La diferencia es que mi tía nunca dijo que quería que actuásemos así. Nunca dijo que quería que la mintieran. Y os puedo asegurar que esta mentira me persigue. La recuerdo mucho, y siento desazón por ella. No me arrepiento, pero me siento culpable.

Este es un caso muy, muy extremo. Lamentablemente, no es el primer caso extremo que vivo, ni la primera decisión sobre contar o no la verdad en un caso semejante. Pero la otra historia, en que la decisión fue la verdad, no es sólo mía. Y como no me pertenece me la guardo.

Lógicamente, en esta mentira piadosa, mi tía no pudo sentirse víctima. Ella murió y punto.
El problema de las mentiras piadosas es cuando la persona a la que mientes piadosamente no muere, y tiene que enfrentarse a la verdad (porque lo hará en algún momento, me reafirmo en la idea de que las mentiras siempre se descubren). Entonces no sólo descubre aquello de lo que la estábamos protegiendo, sino que además tiene que lidiar con el sentimiento de inferioridad que le causa esa mentira. Alguien la ha infantilizado, presuponiendo que no iba a poder afrontar una determinada situación, y se ha arrogado el derecho de decidir por ella. Yo me pongo en el lugar y no me mola nada, de nada. Pero luego hablaremos más sobre eso, porque mis hijas opinan lo mismo.

Conclusión: las mentiras piadosas, salvo excepciones muy trágicas, no salen a cuento.

Mentir para evitar conflictos

Supongo que funcionará a veces. Pero no estoy segura de que sea por lo que la peña se piensa. Tú mientes, y evitas el conflicto a corto plazo. Cuando la persona a la que mientes se entere (que se enterará) pueden pasar dos cosas:
  1. Hay conflicto, y además, elevado al cuadrado, porque encima te podrá echar en cara que la has mentido
  2. Deja de confiar en ti, y ya no habrá más conflictos ni más nada.
En resumen: dependiendo de lo que la otra persona te importe, puede ser que te merezca la pena, por si se da la opción dos, porque en el fondo pasas de ella, o puede ser que al final estés más jodida que en un principio.
Mi respuesta en Facebook creo que lo resume muy bien: "Yo puedo tener un conflicto con alguien, discutir y volver a ser amiga de ese alguien. Pero es difícil que vuelva a ser amiga de una persona con la que no he discutido, pero que me ha mentido. Y al final, insisto, quien queda mal es quien ha mentido"

La verdad a veces puede hacer mucho daño

Eso es totalmente cierto. Pero dado que la persona a la que mientes para protegerla, terminará enterándose de la mentira, lo único que estás haciendo es posponer lo inevitable. Así que me remito al punto primero, de las mentiras piadosas.

Hay veces que la gente te pregunta algo directamente que es personal y sobre lo que no quieres hablar y no se dan por vencidos

Yo personalmente creo que me importa un pito lo que sienta un maleducado. Así que un contundente y respetuoso "Váyase usted un poquito a la mierda", viene muy bien en estos casos. No hace falta mentir.
Hay otra variante: la del que te pregunta ¿qué tal? pero le importa una puta mierda. En este caso, el consabido "bien, ya sabes, poquito a poco", no es mentir. Es una fórmula social construida para hacerte más fácil una conversación banal y absurda. Es como el "parece que va a llover" aunque brille un sol de aúpa.

Hay gente que dice que quiere saber la verdad y luego te la monta cuando la dices.

Entonces, esa gente, no quiere saber la verdad. Así que una de dos: o le dices la verdad y que se joda por empezar mintiendo él, o le mientes con su permiso implícito. Yo de estos, he de decir, que me alejo. Me dan pereza y mucho por saco. Pero entiendo que a veces los tienes en la familia y te tienes que joder. Así que en este caso lo pongo como única excepción. Y porque, insisto, lo que quieren, en realidad, es que les mientas.

Mentir para proteger a los niños

Esta la pongo en grande, porque es la estrella.

¿Debemos mentir a los niños?

Os voy a contar muchas cosas, pero como la entrada está siendo larga, voy a poneros un vídeo aquí, y luego sigo escribiendo. Para que conste, y que luego no digáis que os he mentido, es cutre, de mi móvil, con la mano temblorosa de Javi descojonado, y mis hijas con sus cosas.


 

 






Empiezo diciendo que nosotros hemos mentido a nuestras hijas.
La primera, la mentira más común, más inocua y suavecita: los reyes magos existen.
Cuando decidimos que ya era hora de que Laura supiera la verdad, intentamos suavizarle el tema. Le contamos un cuento precioso sobre los reyes magos, que piden a los padres que sean sus pajes, y le piden a los hermanos mayores que ayuden. Y Laura, como veis, de lo único que se acuerda es de la decepción y del trauma. Lloró durante mucho rato, y terminó "vengándose" en su hermana, que como era muy pequeña, no se enteró.
Lo cierto es que cuando Diana decidió terminar con la farsa, nos dimos cuenta todos de que nos hacía más ilusión salir juntos a comprar, separarnos por parejas para comprar los regalos, y esconderlos todos, manteniendo la ilusión de todos. La mentira fue absurda, y si ahora tuviera otro hijo, le diría desde el primer momento que los reyes somos la familia entera.

¿Y otro tipo de mentiras? Las que se refieren a realidades más gruesas.

Voy a hablar de nuevo de mi tía, perdonadme. Pero es que fueron muchos años de enfermedad, y da para mucho.
La primera vez que a Bego le diagnosticaron el cáncer, Laura tenía 4 añitos. Con el tratamiento perdió el pelo. Yo quería contárselo, pero mi madre y mi tía me dijeron que no. Íbamos a mentirla, y a decirle que aquella frondosa melena era toda suya.
El caso es que un día, después de un ciclo, Begoña estaba durmiendo la siesta en casa de mis padres, en la misma cama en la que murió años más tarde. Para dormir, se quitó la peluca y dejó su calva al viento. Y Laura entró en la habitación jugando y para pedirle a Begoña que saliera ya a jugar con ella. Mi tía se asustó, y se incorporó de un salto, y lo que vio mi hija fue a una señora calva saliendo de mi cama. Le dio un susto de muerte. Tanto es así, que tardó mucho tiempo en volver a acercarse tranquila a su tía, y estuvo meses sin querer ir a dormir a casa de sus abuelos.
Cuando, muchos años más tarde, teniendo Diana los mismos que Laura, mi tía recayó con una metástasis, les dije muy seria que a ella no la íbamos a mentir. Que había que decirle que las medicinas iban a hacer que a Bego se le cayese el pelo, y tenía que verlo. La niña, simplemente, se lo tomó como un juego. Le tocaba la cabeza y se reía. No hubo dramas.

Conclusión

Mi opción sigue siendo la misma: mentir es una estupidez que sólo produce estrés en quien miente, y rara vez produce beneficios. Siempre hay una manera diplomática de salir de situaciones difíciles (o nada diplomática, dependiendo de lo difícil de la situación), y de hecho, en la mayor parte de las ocasiones, en mi historia personal, en el medio plazo la mentira ha terminado liándola aún más.

Así que, haced lo que queráis, lo que os dicte el corazón o vuestra historia o la situación. Yo seguiré intentando no mentir.

 

Edito para decir que finalmente, y ante la imposibilidad de subir el vídeo directamente al blog, he decidido compartirlo en youtube