miércoles, 20 de septiembre de 2017

La última etapa de la madurez

El otro día me puse a escribir.
Hay muchas formas de escribir, no sé si lo sabéis. Fundamentalmente, se puede escribir para uno o para otros. Se puede escribir con un propósito o con la única meta de dejar correr ideas.
Las personas pensamos en palabras, y con esas palabras, nuestro cerebro construye imágenes. Así que no es de extrañar que mucha gente utilice la escritura para poner en orden ideas; los psicólogos les piden a sus pacientes que escriban su historia no sólo para ordenarla, sino porque muchas veces en el transcurso de la narración surgen hechos inconscientes, sentimientos que estaban ahí y no reconocemos o incluso, hechos y recuerdos reprimidos.
Yo el otro día me puse a escribir para mi, sin un propósito claro, partiendo de un curriculum redactado. Era mi historia y me apetecía saber cómo iba, en qué capítulo me hallo en este momento.
Quizás debí escribir esta entrada entonces y no ahora, porque hoy me resulta más difícil poner mis ideas negro sobre blanco.


Ayer fue un día duro. Mi padre estuvo muy mal. A pesar de contar con ayuda y apoyo tanto familiar como en esta red virtual que tantas alegrías me da, no pude evitar llamar a emergencias. Al mismo tiempo, el padre de una amiga era ingresado en la UCI con un pronóstico grave. Es jodido el tema.

Vamos cumpliendo años. Tenemos hijos (o no), formamos nuestras propias familias o entornos y pensamos que somos los únicos que lo hacemos. En nuestra mente permanece una imagen de nuestra propia historia personal en la que nosotros somos más jóvenes y nuestros padres también. Nosotros tenemos los espejos, y vamos siendo más o menos conscientes de que nos hacemos mayores. Pero sólo tomamos consciencia de ese mismo hecho en nuestros padres en momentos así; cuando enferman. Y nos damos la hostia.

Es curioso, pero sabemos cómo reaccionar cuando nuestros hijos enferman, y cuando no lo sabemos solemos buscar, utilizar las redes, buscar en internet. Pero nuestros padres... Eso es mucho más duro. Hasta hace nada, eran ellos quienes cuidaban de nosotros.

La imagen que yo tengo de mi padre es de un señor grande, de espaldas anchas, que nos llevaba al campo en verano; recuerdo un día, en San Feliz, después de comer una tortilla, que nos pusimos a jugar con él y se "puso" para que saltáramos al potro; el potro era él, claro. Tenía unas espaldas tan anchas, que yo nunca fui capaz de saltarlo, me quedaba a la mitad, y de potro pasaba a caballo. Ahora pesa 50 kilos (si los pesa), y ayer yo lo senté en la cama a plomo, y le coloqué de lado sin ayuda.

Es difícil colocar esa nueva imagen de los padres. Frustrante. Es reconocer que ya no hay nadie ahí para cuidarnos, sino que somos nosotros los que debemos coger el testigo. Es la última etapa de la madurez.

Y eso es lo más duro. Duro de cojones.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Las uvas en septiembre, por favor

Hace unos años, en otro blog que todavía sigue activo, aunque será por poco tiempo, escribía lo siguiente:
"Creo firmemente que deberíamos comernos las uvas el 31 de agosto, y no el 31 de diciembre.
Y es que, la mayoría de las personas (¿os habéis dado cuenta?) contamos los años a partir del 1 de septiembre, y no del 1 de enero. Quienes tenemos hijos, miramos esa fecha para empezar a encargar las cosas y organizarlo todo para la vuelta al cole, otra rutina más de 9 meses. Y quienes no los tienen, ven en el final del verano, la vuelta al “horario de invierno”, el cierre de las piscinas, y el final de la temporada de terracitas. Y todos, TODOS, hacemos promesas para el regreso. "

Y es que es así: terminamos el 30 de junio y colocamos durante un par de meses, con cambios de actividad, cambios de rutina... En muchos trabajos hay horarios diferentes en esos meses, y aun en aquellos donde se trabaja al mismo ritmo, al salir a la calle no hacemos las mismas cosas. Vivimos más hacia fuera, buscamos el aire libre, nos oxigenamos, respiramos diferente...
En mi casa eso se nota aún más.
Mis hermanos, con quienes comparto el cuidado de mi padre, son profesores, así que mi rutina de cuidados varía. Con las niñas en casa, la hora de levantarnos es diferente, más pausado. Laura cuando está en casa hace muchas cosas que me descargar, y Javi, cuya actividad principal está también relacionada con el horario escolar, también está más presente y al final puedo compartir mis cargas con mucha más gente.

Cuando disponemos de tiempo y un poco de tranquilidad, es cuando nos podemos permitir el lujo de reflexionar sobre todo lo que ha ocurrido el resto del año y sobre cómo queremos plantearnos el siguiente. Mucho mejor que el 31 de diciembre, embriagados de champán, y sabiendo que el día 2 tenemos que estar de nuevo al pie del cañón.

Por eso deberíamos tomarnos las uvas en septiembre. O el 31 de agosto, en todo caso. Justo antes de que se cierren las piscinas, la temperatura de la terraza ya no sea tan agradable a la puesta del sol; justo antes de que los niños vuelvan al colegio y de que los trabajos den por finalizado su horario de verano. En ese momento en que hemos tenido casi 2 meses para soltar, relajar, respirar. Cuando hemos tomado perspectiva de lo que hemos hecho durante el año y podemos analizar lo bueno y lo malo, diferenciando lo que depende de nosotros y lo que no.

Y ahí estamos todos ahora. Retomando. Bienvenidos al nuevo año.

lunes, 3 de julio de 2017

A vueltas con las vacaciones: ¿somos los juglares de nuestros hijos?

Me veo aquí, iniciando las vacaciones, teniendo una conversación maravillosa con uno de mis primos, al que amo profundamente. Tiene dos hijos, gemelos, y "tiene suerte" porque su mujer es profesora y por lo tanto, tiene casi las mismas vacaciones que los peques. Hablamos de sus hijos, igual que hablamos de las mías, y toca aquello de "es que sobre todo X es muy, muy inquieto y muy dependiente. No sabe jugar solo". Y ¡zas! espoleta para darle vueltas.

Porque no sólo es mi primo. Desde que han dado las vacaciones, y sólo hace unos días, no dejo de ver hilos en distintos grupos de Facebook, de madres desesperadas pidiendo consejo, juegos, manualidades, cosas para entretener a sus hijos. Conozco a madres del cole (oye, sí, que me hablo con algunas) que se ponen de los nervios de pensar en la cantidad de horas que van a pasar los niños en casa, agobiadas porque no saben qué inventarse con ellos.

Y yo aquí, tan pichi.

Para mi, las vacaciones escolares significan levantarme más tarde, porque la mayor no va al instituto, la posibilidad de que ellas me acompañen algún día, y despedirme de ellas más tarde. Todo relax. Por supuesto, no siempre ha sido así.

Voy a obviar el tema bebés, porque el recurrente "es que el mío es súper dependiente, porque sólo quiere brazos y cuando lo voy a poner en la cuna se pone a llorar", es cansino; y es que hijas mías, es así y punto. Hablo de cuando el nene tiene ya una edad; concretamente, la escolar. Y pronto empiezan, porque casi todos a los 3 añitos ya están  dando el callo en el cole.

Laura con 3 años era Chicho terremoto. Y no me jodáis aquí los padres de niños con que los nenes son más inquietos que las nenas, porque cojo la máquina del tiempo y os embrisco a mi niña con 3 años. Tú la dejabas en su habitación medio segundo para atender el portero automático, y de repente ya había sacado todos los cacharros que estaban a su altura en la cocina. Empezó a andar con 6 meses (sí, no es una errata) así que a los 3 años tenía el tema dominado, y no paraba bajo ninguna circunstancia. Justo el verano antes de cumplir los 3, se abrió una brecha en la boca en un parque y se rompió el brazo en otro parque. Yo no sabía qué hacer con ella, así que cuando se acercaban las vacaciones escolares, me ponía a temblar.
Cuando llegó Diana yo ya estaba curtida en esto de los juegos y tal, y todo me lo empecé a tomar de otra manera. Bueno, no sé si se trata de que estaba curtida, o fue simplemente la vida.

Por supuesto, la lactancia y el porteo, me facilitaron mucho las cosas al principio, pero cuando la cosa se empezó a poner intensa, fue cuando abrí la tienda. Llegaba a casa tan cansada la mayoría de los días que simplemente no jugaba con ellas. A veces es que simplemente estaba ahí mirando y nada más. Y oye, no pasó nada.

Ahora mismo, reconozco que soy un monstruo. Llego a casa y después de recoger la cocina no las hago ni caso en un par de horas. Pero ni puñetero caso. Me tumbo en el sofá y ellas están a su bola. Por supuesto, durante la comida charlamos, nos contamos cómo nos ha ido el día, las cosas buenas, las malas, las regulares... Y por la tarde, cuando vuelvo al mundo de los vivos, Diana me cuenta todas sus aventuras (de las que os confieso que me entero poco) y me pregunta si vamos al parque, o no hace falta porque sale a jugar con algún vecino.

Y es que por alguna extraña razón, creemos que debemos ser los responsables de entretener a nuestros hijos. Que no tengan un momento libre, que no se aburran. Y hacemos manualidades, inventamos juegos, les apuntamos a más actividades. Pero sobre todo dos cosas: que no vean la tele que me han dicho que es malo malísimo (y mucho peor el ordenador o similar) y QUE NO SE ABURRAN, POR DIOS, QUE NO SE ABURRAN.

Y yo pienso en esos maravillosos Phineas y Ferb, con esos padres casi ausentes que
maravillosamente no se enteran de nada, que los abandonan todos los días por la mañana después del desayuno en el jardín de su casa hasta la cena. Pienso en que nadie les ha comprado juegos, ni libros, ni manualidades; que nadie se pone resignadamente a entretenerles; que no ven las caras de fastidio o de impaciencia de sus padres al no saber qué hacer con ellos en esos casi 3 meses de vacaciones. Y entonces Phineas simplemente dice "¡Ya sé lo que vamos a hacer hoy, Ferb!" Y ahí se lía la cuestión.

Y el caso es que no sé por qué narices nos tenemos que ir a personajes de ficción, por mucho que me molen.
Por favor, que levante la mano alguien de mi generación o anteriores, cuyos padres se dedicaran a ser nuestros juglares, los entretenedores de la infancia en vacaciones. Yo me pasaba el verano en la calle, jugando. Y cuando iba a pasar unos días al pueblo de mi padre, la cosa iba así:
- Me levanto a una hora, la que sea, me aseo, me visto, desayuno, ayudo a hacer mi cama
- Me largo a la calle con alguien hasta que me dé el hambre
- Me hacen un bocata de chocolate
- Me largo a la calle hasta que me vuelta a entrar el hambre
- Voy a comer. Ahí ya me jodo, porque "hay que hacer la siesta" y "ahora hace demasiado calor"
- Leo todos los cómics chulos de Asterix y Obelix y de Tintín
- Me hacen un bocata de chorizo
-Me voy a la calle hasta la hora de la cena
- Ceno
- Me voy a la calle hasta que mi abuela dice "Hale, padentro".

Una infancia guay en la que ningún adulto, NINGÚN ADULTO, se dedicó a entretenerme. Ni a mi ni a mis amigos. Igual que la infancia de mis padres, sólo que la mía fue más larga, afortunadamente.

"Es que ahora no se puede jugar en la calle, pasan muchas más cosas que antes".
Mira, esta afirmación es mitad verdad. No pasan más cosas que antes. Hay ahora la misma proporción de enfermos hijos de puta que antes. La diferencia entre "antes" y "ahora" es que ahora nos enteramos, y antes se convertían en cuentos asusta niños (a ver si no, de dónde sale el Hombre del Saco, o más castizo, "El Sacamantecas").
Sí es cierto que cada vez hay menos espacios donde los niños puedan dedicarse a ser niños. Es espeluznante lo que molesta un niño jugando a quienes, cuando fueron niños, jugaron en la calle.
Prometo que este va a ser motivo de otro post.
Pero es que cuando encontramos un parque, también hay que ver al personal. Que en cuanto tiene más de un hijo en edades distintas, ya se agobia, y si va a un parque un poco grande, y pierde de vista al mayor hiperventila. Y los nenes ahí, en mini parques para niños pequeños, o en parques para pasear y donde les están diciendo que molestan, para que la madre o la abuela no puedan perder de vista al niño.
Yo al parque voy a leer. Ahora. Cuando Diana era muy pequeña, obviamente tenía que estar más pendiente de ella; pero Laura corría libre. Y ahora que Laura ya no va, yo voy a leer. Y Diana corre libre.
Hay unas pocas normas de seguridad: no se puede salir del entorno del parque, si va de un juego a otro (vamos a un parque muy grande) tiene que avisar, y cuando digo "nos vamos" no hay ninguna discusión. Y si alguien pretende llevársela tiene que gritar y dar patadas.
Así que yo estoy en un banco con mi móvil o mi libro, a mi bola. Diana no tiene la necesidad de "mami mira".

Pero en general, reivindico, y ya lo he hecho muchas veces en este blog, el derecho y LA NECESIDAD de mis hijas de aburrirse soberanamente, y el mío a no ser su juglar.
Y por supuesto que hacemos cosas juntos los 4. Hoy hemos echado una partida al Mah Jong. Y otras veces paseamos juntas, o leemos juntas, o vemos tele juntas. Pero porque a ambas nos apetece, no porque yo tenga la obligación de entretenerla.

Así que, cuando alguien, atacado de los nervios, me dice que yo no les entiendo, porque tengo la suerte de que mis hijas se entretienen muy bien solas, me planteo si es que en mi casa han podido aprender a hacerlo.
O quizás no.

miércoles, 28 de junio de 2017

A vueltas con los regalos y esas gratificaciones extraordinarias

Termina el curso, y muchos niños de infantil y primaria finalizan, además, su ciclo. En teoría todo normal. Cuando yo era pequeña, terminaba un ciclo y empezaba el siguiente y en principio, la que recibía las gratificaciones era yo; bueno, en realidad yo no recibía nada, porque mis padres eran de los que pensaban que ir pasando de curso era mi obligación, igual que la de mis profesores era darme clase, o la de ellos ir cada día a su trabajo. Pero como yo era de esos alumnos que van sacando las cosas a trancas y barrancas, cuando pasaba de curso, y más aún de ciclo, mis padres me mostraban su satisfacción y alegría.

Cuando mi hija mayor empezó el colegio, mi expectativa era la misma: alegrarme mucho y felicitar mucho y con muchos besos a mi hija al subir de curso y/o de ciclo. Pero hete aquí que cuando la nena terminó infantil me vi inmersa en un ritual con el que yo no contaba para nada. Voy a aclarar que la maestra de infantil de mi hija mayor me caía como el culo. Siempre me pareció una clasista que trataba a los niños no sólo con condescendencia y exigencias de más (supongo que estaba traumatizada por no ser catedrática de universidad) que se dedicaba a dividir a los niños en "la mesa de los listos", "la mesa de los vagos", "la mesa de los torpes"; cuestión que, por cierto y como ya he relatado alguna vez, facilitó el camino para que todas las clases en las que esta mujer sentó las bases de la relación entre compañeros, tuvieran problemas graves de bullying.
El caso es que cuando llegó junio, un grupo de madres empezaron la "Campaña regalo de la profe"; ¿la razón? Que terminaban el ciclo, y había que despedirse de la profesora, que había hecho mucho por nuestros niños. ¿Perdona? ¿Por quién? 
Pero me callé. Yo en aquel entonces no era tan "la rara", y se suponía que tenía casi "amigas" entre las otras madres del cole, así que sí, cedí a la presión del grupo. Porque presión hay. No lo neguéis.
En aquel momento se decidió regalar a la susodicha cabr....maestra un álbum hecho a mano por un artesano de imprenta de León, con tapas de cuero y un papel chachi y tal. Casi 200€ de vellón más el trabajito de ir recopilando fotos y haciendo montajes chulos para el librito. ¡Y ojo! Que el que no participaba, no ponía foto. Vamos que la profe supo inmediatamente quién había apoquinado y quién no. Y yo apoquiné.

Justo el último año en que mis hijas estuvieron en aquel colegio coincidió con el final del ciclo de infantil de mi hija pequeña. Había estado 3 años con una profe amorosísima que quedó tan hasta los cojones de lidiar con todo el mundo (incluida la del párrafo anterior) que después de eso pidió quedarse como profe de apoyo y que se escalabrasen otros. Llegado el mes de junio, una vez más, llegaron las hordas de madres en pos del regalo al profesor. Yo adoraba a aquella maestra. Pero ya tenía el culo pelao con las tonterías, y dije "No, lo siento, pero no". Aquella maravillosa maestra no sólo había cumplido con su obligación para con mi hija, sino que me ayudó en un momento muy duro, que fue la muerte de mi madrina, que tenía una relación cercanísima con mis hijas y que además murió en casa de mis padres, y ellas fueron testigos. Conchi, que así se llama la maestra, estuvo pendiente de Diana, contestó a todas sus preguntas, le dio espacio y me mantuvo informada. Y por eso, a título personal, le di un detalle. Un detalle de mierda, he de admitir. Un pin de La Teta y Más, algo que no costaba más de unos céntimos. Pero quería que tuviera algo que le recordase a mi, a nosotras. Y le dije que no participaba en el regalo de padres porque no estoy de acuerdo. Y ya os digo, que cuando toque dar el regalo de fin de ciclo a la tutora de Diana mucha gente se sorprenderá mucho porque yo diré NO.

A ver. ¿Qué coño es eso de regalar nada a los profesores? ¡Pero si ya hay packs de Mr. Patataful para ello! Esto es como en tiempos pretéritamente rancios, cuando se le ofrecía el jamón (a lo que un profesor de mi madre, por cierto, decía con sorna "señores, que los cerdos no son cojos, denme dos.") NO. Los profesores de nuestros hijos hacen su trabajo. Una labor encomiable que desarrollan, la mayor parte de las veces, e independientemente de nuestra opinión, de la mejor manera que pueden y saben. Y por eso precisamente, se les paga un sueldo; más bajo de lo que debería a pesar de que los mismos que juntan dinero para los regalitos digan que es un chollo porque cobran una pasta y se pasan 3 meses de vacaciones. A mi si me pasan una hoja de firmas para que se les suba el sueldo para que los 3 meses de vacaciones sean reales y no a costa de una parte de sus emolumentos,  firmo pero ya. Pero no voy a participar en la tontería de los regalitos.

Porque, ¿por qué se regala nada a un profesor? ¿Cuál es el motivo? ¿Que se ha portado bien con los alumnos? Pues faltaría más que se portase mal; vamos eso no es que vaya en el sueldo es que va en la categoría de la persona.
¿Porque es un buen profesor?  ¿Para quién? ¿Lo ha sido para todos, o sólo para los hijos de los padres que promueven el regalo? ¿Quién determina qué profesor es bueno y cuál es una mierda? ¿Dónde está el baremo? ¿Sólo es para Infantil y Primaria? ¿Los profesores de Secundaria ganan más y por eso no merecen el regalo?

Que no. Que yo no he recibido nunca un regalo de mis jefes por hacer bien mi trabajo; sí una felicitación (poquitas, por cierto) y por supuesto, mi sueldo.
Y que hay muchas maneras mejores de mostrar gratitud, como por ejemplo, ir a hablar, estrechar su mano y dar las gracias.

lunes, 26 de junio de 2017

A vueltas con reacciones, cargas emocionales y otras limitaciones

Estoy en el parque. La bruja tiene 3 añitos. Estoy sentada sola, leyendo, mientras la bruja juega con otros niños a veces, y sola otras veces. Hay una señora mayor a mi lado. Diana, después de echar una carrera, viene pitando, tira de mi camiseta hacia abajo, me saco la teta y mama. La señora que hasta entonces no había dicho ni palabra, se queda mirando y le dice a la nena
- Uy, eso ya no, ¿eh? Que eres mayor. Teta caca.
- Oiga, no sé la suya, señora, pero la mía de caca, nada.

Unos meses más tarde, en la iglesia mientras estamos con una sesión conjunta de padres y niños en catequesis. Yo no sé ni dónde ponerme, porque para empezar, estoy ahí por Laura, porque se ha empeñado, pero ya de entrada yo no estoy cómoda. Me llevo a Diana, porque tampoco tengo en ese momento con quién dejarla. Como se aburre como una ostra, me pide teta. Una señora, poco más o menos, como yo, la increpa:
- Pero eso ya es un vicio, ¿no? De ahí no saldrá nada
- (La bruja, chorreando leche por la comisura del labio) Sí sale.
La otra madre me mira raro, y se cambia de banco.

De nuevo en el parque (y luego me preguntarán por qué voy poco). Diana ya tiene unos 4 años. Otra madre con un niño de una edad similar está a mi lado. Estamos hablando sobre lo bien que juegan solos ya a esa edad (solos, se refiere a sin adultos, pero jugando entre ellos). Parece que hemos establecido una conversación agradable entre madres, para variar. Diana tiene calor, y viene corriendo a pedir teta. Sigo hablando con la madre mientras le doy dos chupadas.
- Pero, ¿todavía le das?
- Bueno, ella sigue queriendo y a mi no me importa seguir dándole cuando me pide. Llevo dos años sin ofrecerle, pero no se da por aludida, jeje.
- Pero, ¿come?
- Si te refieres a si come sólidos, sí. Bocadillos de chorizo, jeje.
Ya no hay más conversación. Al cabo de un ratito, así, como quien no quiere la cosa, se levanta para atender a su nene y luego se sienta en otro banco.

Pasan los meses. En una situación de varios padres, en un cumple con la mayor, Diana me pide teta mientras sujeta con la otra mano un trozo de jamón.
- Yo no tuve leche. Como a los 3 meses, tuve que empezar a darle el biberón, y como es de mucho comer, ya no quiso más el pecho.
- Bueno, muchas mujeres destetan sin querer en torno a los 3 meses. Suele ser falta de información veraz, que hace que crean que tienen menos leche porque demandan más, y al empezar con los biberones, pues se va perdiendo producción.
- Ya. Lo que tú digas. Os pensáis a veces que sabéis más que nadie.

Por Internet, en MI muro de facebook.
- YO amamanto, y NOSOTROS  hemos decidido colechar hasta que ellas mismas decidan irse a su cama.
- Las que sois como tú os creéis mejores madres, como que las demás valemos menos.
- Lo que tienes que hacer es CUIDAR DE TU MARIDO
- ¿Te crees que eres mejor madre que yo?

En el parque, de nuevo. Hemos cambiado de casa, estamos en un sitio nuevo en el que no conozco a nadie. Mi hija me dice que en lugar de sentarme sola, como hago casi siempre, me siente donde están las madres de sus compañeros del nuevo cole. Me dice, la bruja, con 6 añitos, que tengo que socializar. Una madre se me acerca. Empezamos a charlar, y descubrimos que tenemos una amiga común, con la que yo tengo relación a través de La Liga de la Leche. Con ese vínculo en común, empieza a contarme su experiencia con la lactancia de su hijo, y entonces empiezo a hablarle de la lactancia de la mía, a la que acabo de destetar.
Al cabo de un tiempo, me entero de que otra madre, que escuchó la conversación, pero que no participó en ella, le dijo que yo le caigo mal, porque parece que sólo soy madre yo.

De estas anécdotas tengo muchas, propias y ajenas. Aún no sé por qué la peña juzga de manera brutal, y se siente juzgada aun sin serlo. Bueno, tengo mi teoría sobre por qué, pero creo que me la voy a guardar para mi.
Porque eso sí que lo he aprendido: en el parque estoy sola, no empiezo yo una conversación sobre ningún tema, me guardo para mi mis divergentes opiniones en cuanto veo el percal.
Mucha gente cree que soy simplemente asocial, o que me doy importancia y por eso no me rebajo... Simplemente quiero estar tranquila. Y como no puedo evitar que me juzguen por todo, que me critiquen y me pongan verde, al menos no quiero estar presente para escucharlo.

viernes, 23 de junio de 2017

A vueltas con mis brujas: La Magia de la Noche de San Juan

Esta noche, en el momento en que, unos días después del Solsticio de verano, la noche vuelve a ganar terreno, yo parí a una bruja hace 10 años. Hoy, recupero un post muy especial, en el que compartí su nacimiento, que fue el inicio de mi sanación como madre.


Por eso la llamo “mi bruja”, porque eligió una noche mágica para venir al mundo. Esperó dos semanas para coincidir con el solsticio, y me enseñó a luchar, ya desde ese momento.


El lunes antes tuve monitores; una vez más estaba “muy verde”, y me dijeron que si no me había puesto de parto el miércoles, que debería ingresar para inducción, porque según el protocolo (41+6) no se podía esperar más. Al salir de allí supe que no volvería salvo para dar a luz.
Y eso no sucedió el miércoles, claro. San Juan era sábado, y mi bruja quería nacer esa noche y no otra.
Hoy escribo esta historia porque se lo debo. Porque me costó media vida escribir la de su hermana, y la suya es mucho más feliz. Porque desde hace 4 años (10) no sólo celebro su cumpleaños, sino mi parto, mi descubrimiento: soy mujer, capaz y valiosa. Como todas. Como vosotras.
Ese sábado (nadie de la familia sabía que debía haber parido el miércoles, claro) fuimos a comer a casa de los padres de Javi. ¡Lo que me costó ir, madre! Pero es que era la comida de su aniversario, que es el día 26, y no quedó otra. Sin embargo, a mi me apetecía la soledad y la intimidad de mi casa. Todo estaba muy cerca.

Por la noche, nos empezamos a preparar para ir a ver los fuegos artificiales y la hoguera. En León es fiesta grande, y nunca nos la perdemos. Pero yo no podía, no tenía ganas más que de estar tranquila y sola, así que Javi se fue con Laura, y el encargo de traerme churros.
Yo me quedé en casa, en el sillón reclinable, comiéndome un helado de chocolate y viendo una cutrísima película de ciencia ficción. Estaba muy tranquila y muy a gusto.
Oí el petardeo de los fuegos artificiales, y el resplandor que se colaba por la ventana. De repente, tranquilidad, oscuridad… ¡Ploffff! Aguas fuera. Claritas, calientes y seguidas por contracciones rítmicas que desde el comienzo fueron cada 5 minutos.
Llamé a Javi. Eran las 12 y cuarto de la noche, y sabía que me había quedado sin churros; también sabía que no encontraría taxi.
Por un momento me entristecí, porque sabía que las cosas no iban a ser para Laura como habíamos planeado. En un principio pensamos que mis padres vinieran a dormir a casa y se quedaran con ella esos 2 días. Que su vida no se alterara por el nacimiento de su hermana. Pero mi madre estaba pachucha, así que finalmente se quedaría con mis suegros, y ellos no se iban a quedar en casa. A pesar de todo, mientras llegaba todo el mundo, me puse a cambiar la cama, por si acaso podía convencerles para que se quedaran. Era un poco raro, porque el líquido seguía saliendo en cada contracción.
Es extraño. Estas contracciones no dolían; me llenaban de felicidad. Estaba plena, contenta. Sabía que esta vez todo iba a ser distinto.
Llegó Javi con Laura. Habían llamado a los abuelos por el camino, y yo había llamado a mi padre, porque seguro que no íbamos a encontrar taxi. Este rato, hasta que llegamos al hospital, lo tengo un poco nublado; mezclo cosas y confundo tiempos. Es normal.
Cuando llegamos a urgencias, tuve que poner el “modo on”. Sabía que a partir de ese momento me iba a tocar luchar, y que tenía que estar mentalmente fuerte, porque iba a estar sola.
En urgencias no dejan pasar a nadie con la mujer, y te valora un obstetra. Yo iba con bolsa rota, y no quería antibióticos intraparto, así que me negué al tacto. Al señor le sentó como una patada, porque decía que había que valorar si estaba de parto o no, si sólo eran pródomos. Al final, ante mi lógica aplastante, tuvo que ceder: sean o no pródomos, vengo con bolsa rota, así que quedarme, me quedo, y no quiero un tacto.
Advierto que me dio igual, porque me subieron y me llevaron a monitores, de nuevo sola, con la matrona, y al final, hubo tacto, al parecer era innegociable. Cuando volví a la habitación me tomé dócilmente los antibióticos, que luego facilitaron unas mastitis de repetición, de las que ya hablaré en otro post.
El caso es que volví con sentencia: sólo de 1 cm y cuello duro, para toda la noche. Dio igual que advirtiera que soy de sprint final. Nadie te cree cuando estás de parto. Eran casi las 3 de la mañana.
En la habitación, las contracciones eran muy intensas, pero llevaderas mirando a la cara a Javi. Me sentía muy acompañada y feliz. Me gustaba sentirlas así, como olas, y pensando “me abro, queda una menos”; y era cierto: notaba cómo cada una de esas olas iba abriendo mi cuerpo para que pasara mi bruja.
Una hora más tarde, Javi me dijo que mi cara era distinta, y mi forma de respirar también, que tenía que llamar. Sin saberlo, hizo lo que tantas doulas y matronas experimentadas en la fisiología del parto: observar-me. Sin tactos, sin violencia ni fuerza, él sabía que la cosa se estaba acelerando.
De nuevo a monitores, de nuevo sola. Ahora ya no puedo luchar, mi cabeza no podía fabricar frases, sólo monosílabos.
Con el tiempo me he dado cuenta de que aquella matrona (no sé su nombre, ella no se presentó, y yo tampoco le pregunté) realmente estaba intentando empezar a confiar, pero la pillé al principio de su camino. Desgraciadamente, no sé si ha llegado al final o se quedó antes.
El caso es que me dio la oportunidad de negarme a todo, excepto al suero, pero me juró que no me iba a poner nada, y yo la creo. No quise enema, ni rasurado, nada. No hubo discusión, no intentó convencerme, y se lo agradezco.
Pero no sabía acompañar.
Hubo un momento que recuerdo especialmente malo. Mi cuerpo se revelaba contra la horizontalidad impuesta por los monitores, y se levantaba solo; entonces, obviamente, se perdía el latido de la bruja. En ese momento, entre la matrona y una auxiliar empujaban mis hombros hacia la cama para que no se descolocasen las correas. Es una imagen que se repite muy a menudo en mi mente, y que es de las cosas que empañaron un poco el parto.
Al poco de llegar a monitores, yo sentí que no podía más. La matrona me hizo un tacto y dijo que “sólo” estaba de 4 cm. Grité “ya no puedo más, me parto”. Y ella interpreto “llama al anestesista y ponme la epidural”; cualquiera sabe que lo que se necesita es decir “No te preocupes que eso significa que ya está, que queda poco”, pero claro, “sólo” estaba de 4, así que me faltaba bastante (una media hora, más o menos).
Otra discusión al llegar el anestesista.
Javi dice que desde fuera se me oía gritar, yo no lo recuerdo. Sí me acuerdo de que le dije insistentemente al señor anestesista que se largase de allí. Sentía a mi bruja apoyando su cabeza, el aro de fuego y mi cuerpo haciendo fuerza para abrir camino a la nena.
Pero era imposible, porque “sólo” estaba de 4.
Después de mucho discutir, de gritar que mi hija estaba ya ahí y que mi marido se lo iba a perder, y decir con convencimiento que si no se largaba aquel señor impresentable le iba a denunciar por acoso o lo que se me ocurriera, la matrona se dignó a hacerme otro tacto (yo creo que era para poder decirme “¿ves? Si todavía te queda”), se quedó ojiplática, cuando sintió la cabeza de Diana ya en último plano, a punto de salir.
Corriendo a paritorio, y otra concesión más: al potro, a parir en litotomía. A cambio, la bandeja del instrumental tuvo que volar a la otra punta de la habitación, o yo no me subía.
Ahí llega Javi, abre la puerta y (¡oh, intimidad!) lo primero que ve es mi entrepierna con la cabeza de la bruja asomando. Ya está todo el trabajo hecho. Todo el trabajo discutiendo, pero mío. Nadie lo hizo por mí.
Nadie me cortó ni manipuló mis genitales. Nadie me anestesió ni se llevó a mi hija.
Esta vez pude olerla, y verla. Cató la teta antes de que la limpiaran, y eso lo hicieron delante de mí.
Esta vez, casi 5 años después del nacimiento de mi hija mayor, el parto fue mío.

miércoles, 21 de junio de 2017

A vueltas con las agendas y sus notas (rojas)

Todos los que tenéis hijos en edad escolar, habéis comprado una agenda de esas que se supone que son imprescindibles para que vuestros nenes aprendan a organizarse. De esas que el colegio te recomienda (impone) pero que nadie enseña a usar. De esas que te cuestan un dinero, pero cuyos recursos rara vez se utilizan del todo, y en las que al final, tampoco caben todos los deberes que el niño tiene que apuntar cada día.
Mis hijas, tienen agenda.
La primera en tenerla, claro, fue mi hija mayor. Laura  llega 5 años antes que la pequeña, y nos pilla... pues como nos pilla.
Era una agenda que hacía el propio colegio. Tenía un planning anual, uno mensual, uno semanal y el diario, y al final, había unas notas para comunicaciones con los profesores, justificante de faltas, etc.
El caso es que las notas para las comunicaciones no se usaban, porque esas comunicaciones se hacían en el hueco del día, y los justificantes de faltas, se arrancaban, así que si en cada página se suponia que había 4 (dos en el anverso y dos en el reverso), al final tenías que imprimir los justificantes descargados de la secretaría del centro.
Ya en aquel momento, que yo veía a Laura a veces con pocas ganas de ir al cole, empecé a escribir algunas notas en su agenda. Daba para poco, porque el sitio estaba muy restringido, pero bueno, al menos para un "me acuerdo de ti", o "estoy contigo aun cuando no me ves"... Pero dejé de usarlo, porque aunque había veces que el hueco del día estaba vacío, otras apenas cabía lo que tenía que escribir. Así que ante la duda, pues esas cosas intentaba decírselas de palabra. Que ya os digo yo que no es igual.

Cuando Laura llegó a 1º de Secundaria, entre todo el descontrol emocional de aquel año, cuando descubrió el concepto "Altas Capacidades", y lo que ello suponía, se puso a buscar herramientas que la ayudasen a ordenar la maraña que pensamientos e ideas que la apabullaban en su día a día, y que le impedían llegar "del punto A al punto B sin perderme por todo el puto abecedario en medio". Y encontró varios métodos para construirse una agenda. Entonces me pidió un cuaderno en blanco, mejor con líneas, donde ella pudiera escribir, organizar, dibujar... Probó varias configuraciones, hasta que vio lo que mejor le funcionaba: un calendario pequeño, en el que estuvieran sólo los días lectivos, y en el que poner fechas de entrega de trabajos o exámenes, o excursiones, con un código de color para distinguirlos de un vistazo. Y luego el diario, donde apunta, con un código de signos, deberes, recordatorios, frases que se le ocurren, y si le apetece dibujar, pues dibuja. El diario es flexible, por lo que unos días le ocupa una línea, y otros, dos páginas.
El caso es que este método me moló mucho para que Diana, la pequeña, empezase a aprender, no sólo a organizarse, sino a escribir más pequeño y más cuidado. Y además, me permitía volver a escribir frases.

Al principio, eran frases cortas, en un cuaderno pequeñito de pauta, un experimento. Tipo esta:
 
 
Como vimos que funcionaba, que se organizaba mejor, y que para ella era una buena herramienta, el nuevo año trajo nueva agenda, mucho más chula. Y los mensajes empezaron a ser más concretos, a decir más cosas. Reconozco que a veces me paso, porque dependiendo del día, puedo escribir parrafadas enormes.
 
El caso es que empezó una nueva costumbre.
Cada mañana, justo antes de que Diana se vaya por la puerta, le reviso la agenda, y pongo la nueva fecha... y algo para ella. Y he descubierto que es muy útil en nuestra comunicación y en sus aprendizajes.
Primero, porque siente que su madre está aun cuando no está. Si le pasa algo, si se siente mal, sólo tiene que abrir su agenda y ver mi letra. Soy yo.
Segundo, porque no hay mejor premio que un elogio. Cuando ha conseguido escribir mejor, organizarse mejor; cuando se esfuerza y la ves crecer; cuando recoge sin que se lo diga; cuando nos regala sus sonrisas.
Tercero, porque cuando hay un enfado y nos decimos cosas "feas", doy oportunidad a la noche a colocarlo, y a expresar lo ocurrido de manera más racional y menos visceral al día siguiente; y ella ve que "organizarse" no es sólo organizar el trabajo, u ordenar un cuaderno; organizarse es también restablecer el orden interno.
Cuarto, porque cuando a veces pasa algo malo en el cole, ver escrito al día siguiente, con menos carga emocional, lo que hemos intentado enseñarla "en caliente", hace que entienda mejor lo que ha de aprender.

Y hay una cosa más.

Siempre, cada día, le escriba algo serio o alegre, colocando enfados o enhorabuenas, siempre, termino mi frase con un "Te amo".
Porque siempre, haga lo que haga, pase lo que pase en el colegio, discuta o no, la riñan o la elogien, sea brillante o meta la pata; siempre, puede abrir la agenda sea en el día que sea y ver esas dos palabras escritas. En rojo brillante, destacando del resto de cosas, resaltado por encima de deberes, notas de profes, resultados de exámenes, firmas de padres. Por encima de todo, está un Te amo.

lunes, 19 de junio de 2017

A vueltas con las palabras: de cuando empecé a decirles a mis hijas "Te amo"

Siempre les he dicho que las quiero. Un "Te quiero" en cada rato. Pero un día cambié el "Te quiero" por el ¨"Te amo". Y con esa frase, cambiaron un montón de cosas y mejoró su relación conmigo.

Laura estaba colocando cosas. Su depresión acababa de estallarnos a todos en la cara, y empezaba a hablarnos y a preguntarnos. Y nos sorprendió diciéndonos que ella sabía que "había sido un accidente, una niña no deseada". Nos quedamos como piedras. ¿Cómo nuestra hija, a la que tantas y tantas veces habíamos dicho que la queríamos "de aquí a la luna y vuelta" podía pensar eso?
Le estuvimos explicando que había sido una niña "no esperada", pero que deseada fue desde que tuvimos el positivo en las manos. Que hay accidentes maravillosos, y que ella había sido uno de ellos.
Parecía que se había convencido, pero en su interior, ella seguía dudando.

Y un día, en plena crisis de llanto, me preguntó de nuevo ¿de verdad me quieres?. Y ahí todo cambió.
Me encaramé a su litera, y le dije "No te quiero, mi niña. Te amo"

Es una tontería, pero las palabras cuentan. Cuentan mucho, y dicen más de lo que creemos.

Dices "Te quiero" y quieres, claro. Quieres tener, poseer. Es tuya, soy tuya. Queremos una manzana, dinero, arroz para comer, buenas notas... Y hacemos cosas para tenerlo. Queremos a las personas porque es más fácil querer que amar, porque querer implica poseer y amar implica regalarse. Lo uno significa que esperas que el otro se entregue, y lo otro es entregarte tú. Por eso no les he vuelto a decir "Te quiero" a mis hijas.

Dices "Te amo" y significa que no importa lo que hagas, digas, sientas. Te amo. Mi corazón, mi alma, todo mi yo, son tuyos. Puedo dejar de amarte, por supuesto; pero mientras lo hago no espero nada de ti, ni espero que me pertenezcas, porque la relación de amor no va de posesiones, sino de libertades.

¿Puedo dejar de amarte? No puedo dejar de amar a mis hijas. Forman parte de lo más íntimo de mi persona. Dejar de amarlas es imposible. Las he amado desde el principio de sus tiempos, y lo haré hasta el final de los míos.
Pero no son mías, no me pertenecen. No quiero que me pertenezcan. No las quiero.

Las amo porque quiero que sean libres, porque no importa si lloran, si ríen, si meten la pata, si hacen algo que me duela, si consiguen acabar con mi paciencia. No las exijo nada, porque las amo, no las quiero.

Ese día, el día que le dije a Laura "Te amo", ella se quedó en silencio, y supo de verdad que había sido deseada, que no esperábamos nada y no deseábamos nada sino su felicidad.

Y ese día fue el día que empezó de nuevo a confiar en nosotros.

viernes, 16 de junio de 2017

A vueltas con las mentiras 2. De Papá Noel y las expectativas ajenas.

Me ha encantado. Escribo un post sobre mentiras y se me arma un debate chulísimo en mi Facebook.
No sé si todo aquel que ha comentado ha leído el post, pero si hay que ser honesto, sólo los comentarios y reflexiones me han dado unas ganas irrefrenables de escribir otro.

Antes de empezar, voy a dejar claro clarísimo que lo que yo escribo aquí no es palabra de diosa. Son sólo reflexiones propias. Cuando hablo de la mentira, hablo de lo que yo pienso sobre que yo mienta. No pretendo pontificar, sino explicar cuál es mi opción personal que de entrada sé que no tiene por qué ser la mejor opción ni si quiera, la de la mayoría.

Vale, una vez aclarado el tema, voy a desgranar los temas que surgieron en el apasionado debate feisbuquero:

¿Y mentir para no hacer sufrir a alguien? Lo que viene siendo las mentiras piadosas.

Esto tiene tela, porque claro, son cuestiones muy personales. Os voy a contar una historia.
Hace 4 años, mi tía se moría. Claramente. No era capaz ya de tragar y estaba totalmente postrada en la cama. El equipo de Cuidados Paliativos Domiciliarios (que hacen una labor a-lu-ci-nan-te y que no reciben dinero de ningún rico para hacerla mejor) nos dijeron que había que tomar la decisión de sedar o no sedar en aquel momento a mi tía. Entonces, ella dormía en la cama de mi niñez, igual que yo había dormido (y duermo) en la cama de la suya. Fue un momento durísimo. Yo sabía que su mayor fuente de ansiedad era esperar su propia muerte.
La cuestión era decidir si le decíamos que lo que le iban a poner era la bolsa de morfina que significaba el final de su vida, o engañarla. Y la engañé.
Me acerqué a su cara, le di un beso y le dije que la enfermera iba a ponerle la medicación en una vía, con una bolsa que íbamos a colocar bajo su almohada. Le dije que le estaba costando mucho tragar las pastillas, y que así estaría más cómoda. Me sonrió y me dio las gracias. Fue lo último que hablé con ella. Murió a los dos días.

Mucha gente ahora estará pensando que hice bien. Yo sé que hice bien. Lo sé, porque si yo me viera en la misma situación querría que se actuase así. De hecho, cuando he hablado con Javi de estas cosas, de la posibilidad de que esto me pase a mi, le he dicho que actúe de la misma manera. La diferencia es que mi tía nunca dijo que quería que actuásemos así. Nunca dijo que quería que la mintieran. Y os puedo asegurar que esta mentira me persigue. La recuerdo mucho, y siento desazón por ella. No me arrepiento, pero me siento culpable.

Este es un caso muy, muy extremo. Lamentablemente, no es el primer caso extremo que vivo, ni la primera decisión sobre contar o no la verdad en un caso semejante. Pero la otra historia, en que la decisión fue la verdad, no es sólo mía. Y como no me pertenece me la guardo.

Lógicamente, en esta mentira piadosa, mi tía no pudo sentirse víctima. Ella murió y punto.
El problema de las mentiras piadosas es cuando la persona a la que mientes piadosamente no muere, y tiene que enfrentarse a la verdad (porque lo hará en algún momento, me reafirmo en la idea de que las mentiras siempre se descubren). Entonces no sólo descubre aquello de lo que la estábamos protegiendo, sino que además tiene que lidiar con el sentimiento de inferioridad que le causa esa mentira. Alguien la ha infantilizado, presuponiendo que no iba a poder afrontar una determinada situación, y se ha arrogado el derecho de decidir por ella. Yo me pongo en el lugar y no me mola nada, de nada. Pero luego hablaremos más sobre eso, porque mis hijas opinan lo mismo.

Conclusión: las mentiras piadosas, salvo excepciones muy trágicas, no salen a cuento.

Mentir para evitar conflictos

Supongo que funcionará a veces. Pero no estoy segura de que sea por lo que la peña se piensa. Tú mientes, y evitas el conflicto a corto plazo. Cuando la persona a la que mientes se entere (que se enterará) pueden pasar dos cosas:
  1. Hay conflicto, y además, elevado al cuadrado, porque encima te podrá echar en cara que la has mentido
  2. Deja de confiar en ti, y ya no habrá más conflictos ni más nada.
En resumen: dependiendo de lo que la otra persona te importe, puede ser que te merezca la pena, por si se da la opción dos, porque en el fondo pasas de ella, o puede ser que al final estés más jodida que en un principio.
Mi respuesta en Facebook creo que lo resume muy bien: "Yo puedo tener un conflicto con alguien, discutir y volver a ser amiga de ese alguien. Pero es difícil que vuelva a ser amiga de una persona con la que no he discutido, pero que me ha mentido. Y al final, insisto, quien queda mal es quien ha mentido"

La verdad a veces puede hacer mucho daño

Eso es totalmente cierto. Pero dado que la persona a la que mientes para protegerla, terminará enterándose de la mentira, lo único que estás haciendo es posponer lo inevitable. Así que me remito al punto primero, de las mentiras piadosas.

Hay veces que la gente te pregunta algo directamente que es personal y sobre lo que no quieres hablar y no se dan por vencidos

Yo personalmente creo que me importa un pito lo que sienta un maleducado. Así que un contundente y respetuoso "Váyase usted un poquito a la mierda", viene muy bien en estos casos. No hace falta mentir.
Hay otra variante: la del que te pregunta ¿qué tal? pero le importa una puta mierda. En este caso, el consabido "bien, ya sabes, poquito a poco", no es mentir. Es una fórmula social construida para hacerte más fácil una conversación banal y absurda. Es como el "parece que va a llover" aunque brille un sol de aúpa.

Hay gente que dice que quiere saber la verdad y luego te la monta cuando la dices.

Entonces, esa gente, no quiere saber la verdad. Así que una de dos: o le dices la verdad y que se joda por empezar mintiendo él, o le mientes con su permiso implícito. Yo de estos, he de decir, que me alejo. Me dan pereza y mucho por saco. Pero entiendo que a veces los tienes en la familia y te tienes que joder. Así que en este caso lo pongo como única excepción. Y porque, insisto, lo que quieren, en realidad, es que les mientas.

Mentir para proteger a los niños

Esta la pongo en grande, porque es la estrella.

¿Debemos mentir a los niños?

Os voy a contar muchas cosas, pero como la entrada está siendo larga, voy a poneros un vídeo aquí, y luego sigo escribiendo. Para que conste, y que luego no digáis que os he mentido, es cutre, de mi móvil, con la mano temblorosa de Javi descojonado, y mis hijas con sus cosas.


 

 






Empiezo diciendo que nosotros hemos mentido a nuestras hijas.
La primera, la mentira más común, más inocua y suavecita: los reyes magos existen.
Cuando decidimos que ya era hora de que Laura supiera la verdad, intentamos suavizarle el tema. Le contamos un cuento precioso sobre los reyes magos, que piden a los padres que sean sus pajes, y le piden a los hermanos mayores que ayuden. Y Laura, como veis, de lo único que se acuerda es de la decepción y del trauma. Lloró durante mucho rato, y terminó "vengándose" en su hermana, que como era muy pequeña, no se enteró.
Lo cierto es que cuando Diana decidió terminar con la farsa, nos dimos cuenta todos de que nos hacía más ilusión salir juntos a comprar, separarnos por parejas para comprar los regalos, y esconderlos todos, manteniendo la ilusión de todos. La mentira fue absurda, y si ahora tuviera otro hijo, le diría desde el primer momento que los reyes somos la familia entera.

¿Y otro tipo de mentiras? Las que se refieren a realidades más gruesas.

Voy a hablar de nuevo de mi tía, perdonadme. Pero es que fueron muchos años de enfermedad, y da para mucho.
La primera vez que a Bego le diagnosticaron el cáncer, Laura tenía 4 añitos. Con el tratamiento perdió el pelo. Yo quería contárselo, pero mi madre y mi tía me dijeron que no. Íbamos a mentirla, y a decirle que aquella frondosa melena era toda suya.
El caso es que un día, después de un ciclo, Begoña estaba durmiendo la siesta en casa de mis padres, en la misma cama en la que murió años más tarde. Para dormir, se quitó la peluca y dejó su calva al viento. Y Laura entró en la habitación jugando y para pedirle a Begoña que saliera ya a jugar con ella. Mi tía se asustó, y se incorporó de un salto, y lo que vio mi hija fue a una señora calva saliendo de mi cama. Le dio un susto de muerte. Tanto es así, que tardó mucho tiempo en volver a acercarse tranquila a su tía, y estuvo meses sin querer ir a dormir a casa de sus abuelos.
Cuando, muchos años más tarde, teniendo Diana los mismos que Laura, mi tía recayó con una metástasis, les dije muy seria que a ella no la íbamos a mentir. Que había que decirle que las medicinas iban a hacer que a Bego se le cayese el pelo, y tenía que verlo. La niña, simplemente, se lo tomó como un juego. Le tocaba la cabeza y se reía. No hubo dramas.

Conclusión

Mi opción sigue siendo la misma: mentir es una estupidez que sólo produce estrés en quien miente, y rara vez produce beneficios. Siempre hay una manera diplomática de salir de situaciones difíciles (o nada diplomática, dependiendo de lo difícil de la situación), y de hecho, en la mayor parte de las ocasiones, en mi historia personal, en el medio plazo la mentira ha terminado liándola aún más.

Así que, haced lo que queráis, lo que os dicte el corazón o vuestra historia o la situación. Yo seguiré intentando no mentir.

 

Edito para decir que finalmente, y ante la imposibilidad de subir el vídeo directamente al blog, he decidido compartirlo en youtube

miércoles, 14 de junio de 2017

A vueltas con las mentiras y el estrés

A lo largo de nuestra vida mentimos en un montón de ocasiones, por otro montón de causas distintas. Los niños más pequeños suelen mentir por necesidad (hay que diferenciar entre mentira y fantasía, porque en los peques, sí hay diferencias, ya que ellos no cuentan fantasías con la intención de engañar a nadie): o bien quieren alejar de sí mismos un castigo, o bien quieren satisfacer al adulto que les pregunta, si ellos sienten que ese adulto no quiere escuchar "la verdad".

A medida que vamos creciendo, mentimos por otras cuestiones: por comodidad, por darnos importancia, por aparentar, por quedar bien, para que no nos metan en la cárcel...

Yo también he mentido, por supuesto. Por todas esas razones. Bueno, no me he visto nunca en la tesitura de tener que mentir para evitar la prisión. De momento. El caso es que hace unos años decidí que ya. Que me había hecho "mayor del todo".

Aclaro que para mi "hacerme mayor del todo" ha supuesto huir de todas aquellas circunstancias que dificulten mi vida (que ya es suficientemente difícil) o que me hagan vivir un estrés innecesario (por lo mismo). Vamos, que quiero vivir tranquila en mi sofá con mis series de Star Trek.

¿Y qué tiene que ver eso con no mentir?

Cuando era pequeña, con 8 años, conté la primera mentira. Yo quería hacer la primera comunión en mi parroquia, y mis padres querían que la hiciera en el colegio, donde además, me daban catequesis en la clase de religión. Por supuesto, yo no quería decepcionar a mis padres; quería que saliera de ellos eso de hacer la comunión en otro sitio. Así que les dije que las monjas nos habían dicho que había que hacer la comunión con un "uniforme". Todas las niñas iguales. Mi madre ya había comprado mi vestido, así que yo estaba segura de que aquel argumento iba a ser concluyente. Al día siguiente de contarle la trola a mis padres, mi tutora, Isabel Barrientos (mi gran Isabel, mi profe del alma, pero no aquel día) me cogió aparte y me echó la bronca del siglo. Recuerdo que empezó con una frase, que cada vez que la repito, me evoca la cara de Isabel mientras me la decía a mi: "Se pilla antes a un mentiroso que a un cojo". Hice la primera comunión en el colegio.

Dicho de otro modo: "la mentira tiene las patitas muy cortas".
A mi me han pillado en todas y cada una de las mentiras que he contado. Y no veas la vergüenza y el malestar.

Y es que si tienes presente que te van a pillar SIEMPRE (aún cuando tú no te enteres de que te han pillado, fijo que por ahí hay alguien comentando con otro alguien lo gilipollas que eres por haber mentido) se van a la mierda todas las razones para mentir:

Si mientes por comodidad, no hay cosa más incómoda que dar explicaciones cuando te pillan.
Si mientes por darte importancia con algo, terminas haciendo el ridículo cuando te pillan.
Si mientes por aparentar, aparentas ser imbécil cuando te pillan.
Si mientes por quedar bien, quedas como el culo cuando te pillan.
Si mientes por evitar la cárcel... Bueno, a veces te libras si tienes amigos en un banco. En su consejo de administración, me refiero.

Mantener una mentira es difícil y causa estrés. Echad un vistazo a este estudio del año 2012. En él, Anita Kelly, profesora de Psicología de la Universidad de Notre Dame (Indiana), concluye que las mentiras están relacionadas con la segregación de las hormonas causantes del estrés, el aumento de la frecuencia cardíaca y la presión arterial. Estos procesos, reducen los anticuerpos para combatir las infecciones en sangre y, si se prolongan en el tiempo, acaban causando desde dolores de espalda y cabeza, hasta problemas menstruales e incluso infertilidad.

Y es que mentir es un trabajo, de verdad. Tienes que construir la mentira, recordar a quién se la has dicho, qué amigos comunes tienes con la persona a la que has mentido, si esos amigos son partícipes de la mentira o los hay que tienen otra versión... La verdad sale de manera automática, no tienes que pensar y puedes relajar el cerebro.

Os acabo de contar mi secreto: yo no soy honesta, soy práctica y muy, muy comodona. Se trata de egoísmo puro y duro. No miento ni para quedar bien. Sí he aprendido a ser diplomática, a no hablar si sé que puedo causar un enfrentamiento (si el enfrentamiento no merece la pena, claro) a capear las cuestiones de otras maneras. ¿Pero mentir? Es una pérdida de tiempo, una manera de marear la perdiz, y al final, de quedar como el culo con todo el mundo.

Y ojo, que no estoy diciendo que ser siempre brutalmente sincero sea bueno, ¿eh?
Pero al exceso de sinceridad le daremos vueltas otro día.
De momento, no mientas, my friend.

lunes, 12 de junio de 2017

A vueltas con los errores y los fracasos

Soy una mala madre. Lo admito. Terrible.
Explico por qué.

Cuando tuve a mi hija mayor hice más o menos lo que todas las madres hacemos. ¿Cagarla? Sí, claro, como todas. Me refiero a que la cagué con las mismas cosas que casi todas. Y la más evidente era cuestionar, reñir, castigar, con el fin de evitar que mi hija cometiera errores.
El caso es que nadie en la historia ha aprendido así. Y a mi que no me jodan los que dicen aquello de "en mis tiempos si nos decían una cosa, hacíamos caso", porque no es cierto. Ni de coña.
Hay un par de citas fantásticas en el libro de Rosa Jové Ni Rabietas Ni Conflictos que dejan esto muy patente:

«Esta juventud está malograda hasta el fondo del corazón. Los jóvenes son malhechores y ociosos. Ellos jamás serán como la juventud de antes. La juventud de hoy no será capaz de mantener nuestra cultura» (inscripción babilónica de hace más de 4.000 años).
 «Nuestra juventud gusta del lujo y es maleducada, no hace caso a las autoridades y no tiene el menor respeto por los de mayor edad. Nuestros hijos hoy son unos verdaderos tiranos. Ellos no se ponen de pie cuando una persona anciana entra. Responden a sus padres y son simplemente malos» (Sócrates, 470-399 a.C.). 

¿Qué podemos inferir de estas dos citas? Pues que desde el albor de los tiempos (porque con 4.000 años de antigüedad, la inscripción babilónica es, seguro, de las primeras cosas escritas), la generación que llega a adulta tiene la sensación de que la predecesora educó mejor y la siguiente es peor que ellos. De siempre. Así que ahora, no vamos a ser menos. La diferencia entre Sócrates y Estivill es que el primero no tenía ganas de vender libros, ni tenía un publicista tan bueno como el segundo.

A ver, que me pierdo en mis cosas, como siempre.
El caso es que si tenemos en cuenta que ninguno de nosotros ha aprendido en pellejo ajeno, ¿por qué insistimos tanto en disciplinar a nuestros hijos para que lo hagan? Entiendo que el instinto es el instinto, y que cuando estamos viendo a nuestros hijos llevar un camino que les va a llevar al fracaso, nos sale del alma intervenir. Pero, ¿por qué le tenemos tanto miedo al fracaso?

Cuando Laura era pequeña, mucha gente me decía, al verla con sus rabietas (que ahora sé que eran totalmente normales y parte imprescindible de su maduración y evolución personal) que lo que le pasaba era que tenía una "baja tolerancia a la frustración", y que había que acostumbrarla diciéndole que no, más veces. En realidad, somos muchas generaciones con una casi nula tolerancia a la frustración, que nos han educado con el "no" por delante, pero no podemos con los fracasos; los propios nos traumatizan (más que nos frustran), y los ajenos, los castigamos hasta el dolor. Eso sí, somos obedientes hasta la estupidez.

Bueno, pues yo quiero que mis hijas fracasen. Muchas veces, en muchas cosas. Que vayan haciendo su camino hacia el éxito personal a base de fracasos. Que entiendan que fracasar no es malo, sino parte de la vida, que no le tengan miedo a hacer algo por si acaso fracasan, que no castiguen ni se castiguen ante un fracaso. QUE APRENDAN, COÑO, DE LA ÚNICA MANERA EFECTIVA DE APRENDER, QUE ES FRACASANDO.

Si es que el método científico consiste precisamente en eso: prueba-error. Y tened en cuenta que los mayores avances científicos han venido de la mano de errores. Siempre.

Así que, aunque aún hay veces que no puedo evitar dirigir y decirles "así no", aunque soy totalmente imperfecta y lerda y a veces les casco un "te lo advertí", procuro morderme los labios para mantener la boca cerrada mientras veo cómo se encaminan solitas a sus propias meteduras de pata. Que son suyas, y ellas tienen que salir de ahí sin mi.

Y sí, claro, cuando vengan a contarlo, estaré ahí, a su lado, volviendo a morderme los labios para no decirles que yo ya lo veía venir y que estaba esperando.

Aunque no siempre lo consigo. Ya digo que soy muy mala madre.

viernes, 9 de junio de 2017

A vueltas con las grandezas y las reducciones.

Pues ya empecé. Abrí la caja de pandora en la entrada de ayer, que me puse, no sólo a hablar de mi, que eso lo hago constantemente, sino a frivolizar sobre imagen y tal. Porque no todo van a ser sesudeces; de vez en cuando como que apetece ponerse en plan instagramer a hablar de las cositas que te pones y tal.
Y hoy voy a seguir, mira tú, que me moló a mi el ejercicio.

Porque una vez me vi toda mona con mi pelo corto (con un estilo, por cierto, que se me olvidó decir, que hace mucho más evidentes mis canas, y me encanta) y mis pestañas para arriba y mis labios rojo pasión, decidí que ya era hora de renovar, al menos en parte, mi vestuario. Y es que, señoras y señores, hasta hace una semana aún llevaba camisetas de lactancia de las que vendía yo en la tienda. Aprovecho para poner de relieve la maravillosa calidad de las camisetas y los sujetadores que tenía yo en mi pequeño comercio, que después de 4 años de cerrarlo (algunas camisetas y sujetadores que aún tengo y uso son de bastante antes del cierre) aún están en perfecto estado de revista. Y sí, hablo también de sujetadores; después de casi 4 años desde el destete definitivo de mi hija pequeña, aún gasto sujetadores de lactancia. Y es que no encuentro sujetadores, de ningún tipo, color o marca, que dejen toda la inmensidad de mi ser pechuguil en su sitio, salvo esos sujetadores.

Os cuento mi drama: aunque sí que he podido encontrar ropa chula y a buen precio de mi talla (que, para mi sorpresa, es menor de lo que yo creía) ha sido imposible, al menos en una primera búsqueda, hacerme con un sujetador que me apañe sin lorcearme entera, y que no suponga la ruina de mi casa.

Porque lo de mis tetas es un trauma desde hace años, y aunque tiene que ver con el peso (lógicamente, a más peso, más tetas) lo cierto es que la proporción pecho-resto del cuerpo siempre ha sido la misma: mucha pechuga para poco culo. Y eso, de lo que ahora me río, aunque a veces no me haga puta gracia, con diecimuchos-ventipocos me causó muchos problemas de autoestima. Desde que tengo uso de razón tetil, comprar un suje o un bikini era todo un desafío, y terminaba con mi madre, deprimida, malhumorada y en donde "Paca", que era una corsetera de las de toda la vida que te tomaba medidas y te hacía tu sujetador. Ojo, que te dejaba estupendísima, con todo el esplendor de tus tetas grandes y hermosas en su sitio y sin bamboleos de esos que distraen profesores y tal. Pero claro, muy para enseñar no eran aquellos sujetadores. Y los bikinis, pues mira, con estampado de flor de vieja y tal.
El caso es que ahora que el tema no sólo es más grande, sino que se han transformado, con la lactancia, en dos tetas libertarias que van hacia donde les da la real gana muy por debajo de la línea de flotación, no me importaría ni lo más mínimo un sujetador feo ni un bikini con estampado de flor de vieja. El problema es que Paca, doña Paca, pues ya no está.

¿Y qué hice yo? Pues invocar a San Google, e indagar en el océano de internet a ver si todavía quedan corseteras de bien que te hagan un apaño on line. De morirme.

Mujeres de tetas grandes de esas que no se tienen en su sitio en virtud de 3 kilos de silicona: no existen sujetadores de tallas grandes que no sean reductores. Los hay "reductores" y "super reductores". Pero para sujetar bien y sin bamboleos ni lorzas unas tetas de la copa E que quieren seguir siendo tetas de la copa E no hay sujetadores. Y si los hay no los he encontrado.

Y no sólo: esos en los que mis tetas puede ser que entrasen a la fuerza y desparramadas para intentar ser menos, tienen precios imposibles. Y no te digo nada los trajes de baño. Me da la sensación de que voy a tener que pedir un crédito a cofidis para poder guardar mis mamas y además estar incómoda.

Desde aquí lo pido: si alguien de los que me leen sabe de alguien que haga sujetadores para tetas que quieren ser lo que son, por favor que se ponga en contacto conmigo. Razón, aquí.

jueves, 8 de junio de 2017

A vueltas conmigo

 Me lié la manta a la cabeza y me quité una manta de la cabeza. Así. Y alguna cosa más, también.
Es alucinante que una de las cosas que más me ha ayudado últimamente a mantener mi salud mental (al menos la poca que me debe de estar ya quedando) ha sido volver, sólo en cierta medida, a hacer cosas que juré que no haría por el tiempo que me llevaban.

A ver, por partes.

Hace unos días me corté el pelo. Nada reseñable. En realidad, me corto el pelo una vez al año, cuando empieza el calor. Como buena hija de peluquero, me agobian las peluquerías, así que me mantengo alejada. Y como buena protestona libertaria de la esclavitud de la imagen, lo que quiero cuando me cortan el pelo es no tener que invertir mucho tiempo en peinarme cada mañana.
Pero esta vez era distinto. Yo quería que fuera distinto.

Veréis, tengo un problema con la imagen mental que tengo de mi misma. Cuando no estoy delante de un espejo, me siento en el cuerpo que tenía hace un cuartito de siglo. Hale, ahora reíros. A nadie en sus cabales se le pasa por la cabeza que tiene el mismo cuerpo que 25 años atrás, antes de los hijos, antes de la vida. Bueno, pues yo sí.

Me siento y me pienso a mí misma con aquellos 57 kilos dentro de mi metro 75, y me pinto las tetas un pelín más abajo y alguna que otra estría dibujada en la cadera. Pocas, porque es que además, y en eso sí que soy realista, no tengo casi estrías.

El caso es que cuando me miro al espejo antes de vestirme, o cuando de repente sale en el marco una foto mía en bañador del verano pasado... Me da bajón. Y me jode, ¿eh? Me jode que una parte de mi estado de ánimo dependa de si me veo o no me veo atractiva.
Y últimamente, con todo mi agotamiento, con la carga mental que me tiene emocionalmente tan casada, necesitaba algo, un revulsivo de mí misma.

En primer lugar, un ejercicio de realismo. No voy a estar jamás como hace 25 años. De hecho, en este momento, si pesase 57 kilos, llevaría las carnes arrastrando por el suelo. No me parece práctico. Mi primer trabajo personal, está siendo adaptar esa imagen propia a algo que de verdad sí me haga sentir bien, y estar como el espíritu de la golosina visto de canto, la verdad, no me va a hacer sentir bien. Así que he decidido adaptar mi estándar 20 kilos más arriba de los que tenía hace 5 lustros. He repasado fotos de cuando me quedé embarazada de mi hija pequeña, porque más o menos estaba yo ahí. Y me está molando el ejercicio.

Pero también quiero ser la que soy yo ahora, que no es tampoco la de hace 10 años, igual que no soy, ni mucho menos, la de hace 25.

Llevo décadas cortándome el pelo igual. Es el mismo corte siempre, que va creciendo de la misma manera. Así que siempre estoy igual. Y no me apetecía nada. Quería romper con todo, hacer algo que me pusiera una sonrisa, algo que me diera energía, un primer paso para verme en el espejo y decir: "Mira, coño, ésa sí que soy yo".
Y salió esto:


Además, voy a agradecer a mi estupenda peluquera, un detalle: 
El poder donar toda esta coleta a la AACC. Porque hay algo que sienta todavía mejor, y que me reafirmó aún más en mis ganas de cortarme el pelo, y fue precisamente la posibilidad de hacer esa donación.
Salí de la peluquería contenta como hacía mucho que no estaba, de verdad. Y con ganas de más cosas.

Hace unos años, la grandísima Nohemí Hervada me invitó a hacer su formación "Sácate Partido". Aprendí un montón, como siempre que la escucho, pero no sé, hubo cosas que no calaron.
Yo por aquel entonces estaba planteándome dejar de teñirme y permitir que mis canas salieran a la luz, y empezaba a invertir menos tiempo en mi arreglo. Estaba convencida de que así sería más "Yo" y sobre todo, mucho más libre, porque ese tiempo no lo tenía "secuestrado" delante de un espejo.
Recuerdo que hablábamos de poner un pelín de rimel, un poco de color en los labios. Y yo, pues no sé, no estaba de acuerdo. En el resto, sí. Un montón de cosas. Os lo recomiendo. Pero ya digo que no era mi momento, que estaba en el camino justo contrario.

Pero cuando me pensé a mi misma, en esa construcción mental que estoy haciendo, de repente, no sé por qué, me vi  de nuevo, con los labios pintados. Y me fui pitando a comprar una barra, y un rimel, sí Nohemí. Un rimel transparente.
Y he descubierto algo en esta semana y pico, alucinante:

1º.- Que no pierdo tiempo, lo gano. Y no es tanto. Hoy me he cronometrado, y he tardado exactamente 5 minutos más en arreglarme de lo que tardaba cuando ni me peinaba ni me ponía color en la cara. 5 minutos que son míos, que no estoy con nadie sino conmigo misma. Que me dedico yo a mirarme a los ojos frente al espejo, y a aprender, de paso, a gustarme un poquito más.

2º.- Que el efecto mental de esas dos cosillas son tal cual lo que decía Nohemí, y que yo, en aquel momento, no era capaz de creer: el rimel, aunque sea transparente, te "levanta la persiana"; ya estás lista para recibir el día y lo que tengas que ver en él. Y el rojo de los labios, ¡ay, amiga, no me extraña que se haya convertido en tu logo! Es increíble la energía que da; te pinta la sonrisa y parece que puedes con más cosas.

Así que hoy, ahora mismo, que estoy sólo vestida con unos leggins y una camiseta, que no voy a salir, ni estoy haciendo nada, salvo cuidar a mi padre, estoy tal cual:


Voy a aclarar una cosa antes de terminar: que la Hervada NO me ha pagado publicidad. Que esto lo he escrito porque llevo con ello en la cabeza unos días. Porque ha sido alucinante, la inmediatez con la que a mi cabeza han empezado a llegar ideas para entradas después de una temporada de secano creativo. Y así escrito, me encanta ver, leer yo para mí, dándole vueltas a mí misma, cómo me sigo haciendo, cómo consigo ir creciendo, cómo recojo aprendizajes que estaban dormidos, que incluso puede ser que hubiera desestimado en un principio, y al aplicarlos años más tarde, me hacen ser mejor. 
Porque si afronto mi vida mejor, entonces soy mejor persona. Al menos, para mi misma.

viernes, 12 de mayo de 2017

A vueltas con las opiniones y los respetos

Hace unos años, una mujer a la que quería (y sigo queriendo, aunque haga mil años que no la vea) se sorprendió de que yo, que estoy todo el día con la palabra "respeto" en la boca, publicase cosas que claramente suponían una falta de respeto a otras opiniones. Ese día fue la primera vez que intenté explicar que las opiniones no merecen ningún respeto. Ni las mías ni las de nadie. Pero poca gente me entendió entonces, y menos aún me siguen entendiendo ahora.

Cada vez que digo que la religión (la que sea), las ideas políticas, las opiniones varias y demás cosas que salen de las bocas y las teclas del personal no son respetables, hay alguien que explota en algún sitio. Pero es que a mi me cae de cajón. Lo que debería ser respetable son las personas. Y eso siempre con excepciones. Quiero decir: aunque no respete la religión católica (ni, como he dicho antes, ninguna otra), en principio quienes las practican me merecen todo el respeto del mundo; pero que un señor se ampare en el alzacuellos para abusar de un niño, eso no es que no me parezca respetable como conducta, que por supuesto, es que el señor no me merece respeto, y quienes lo ocultan y permiten, pues tampoco. Ni el torero que encima se chulea y se hace llamar héroe. No es que no respete el toreo, es que tampoco respeto a los toreros. Pero bueno, esto sí son excepciones.

Dentro de las personas que conozco, las que tengo más cerca, todas ellas son totalmente respetables. Las que tienen estudios superiores y las que no, las que trabajan y las que no, las que creen en las tareas escolares y las que están conmigo en que son un horror, las que dan teta y las que dan biberón, las que quieren parir en su casa y las que piden una cesárea con anestesia general. Todas ellas tienen siempre todo mi respeto.

Cuando yo me manifiesto totalmente en contra, por ejemplo, por poner un tema del que soy recurrente, de poner los deberes, y puedo decir abiertamente que no respeto en absoluto la idea de que las tareas escolares sean necesarias, y boicoteo siempre que me es posible a quienes imponen deberes a mi hija pequeña, no estoy faltando al respeto a las personas que quieren que sus hijos tengan más deberes ni a los profesores que se empeñan en ponerlos. Una cosa no quita la otra. Porque las opiniones, sean las que sean, no merecen ningún respeto. Ni las mías.

Cuando yo digo que no existen los beneficios de la lactancia materna, y que lo correcto es hablar de los perjuicios del biberón, no sólo no estoy dando una opinión, sino aportando un hecho cierto avalado por cientos de estudios científicos, sino que no lo estoy faltando al respeto a las madres que dan o han dado biberón, por elección o por necesidad. Para empezar, yo también di el biberón.

Cuando digo que mis hijas han dormido (la peque todavía lo hace) conmigo, y que me gusta tenerlas cerquita, no estoy diciendo que soy mejor madre que aquellas que han sacado a sus hijos de su dormitorio, y por lo tanto, no les estoy faltando al respeto a ellas. Sí que me niego a respetar la "teoría" (o conjunto de teorías) en las que se basan para ello. Pero eso no supone que no respete a esas madres.

Y así, hasta el infinito.

Y hay una cosa que me preocupa sobre manera: que en los colegios y, sobre todo, en los institutos, se está educando a los niños en la falsa idea de que todas las opiniones son respetables, y luego tenemos que escuchar cosas alucinantes amparados en un supuesto respeto.
Pongo un ejemplo: mi hija mayor tiene una camiseta chulísima que se compró hace tiempo en una tienda de Chueca, que tiene a Blanca Nieves y Cenicienta dándose el lote. Bueno, pues a principio de curso, un día que llevaba esa camiseta, tuvo que oír a un compañero decirle que las personas no heterosexuales merecen morir. Así, a bocajarro. Ella se quejó a su tutor, a la PT y a la orientadora; y todos le dijeron lo mismo: que era una opinión, y que las opiniones hay que respetarlas, que cuando fuera mayor tendría que aprender a respetar todas las opiniones. Y no.
Pensar que una persona por el hecho de sentir diferente a ti, merece morir, no es una opinión respetable. Es una opinión despreciable. No sólo no merece ningún respeto, sino que se merece que alguien le recrimine. Tal vez así, aunque siguiese pensando lo mismo, no se atrevería a decirlo en público. Y a lo mejor lo de ese niño no lo solucionábamos, pero los demás vivirían más felices sin tener que escucharle.

De esas hay mil, y lo peor es que, claro, crecen con la idea de que piensen lo que piensen todo el mundo lo tiene que respetar, porque "es su opinión", y llegan a adultos y no reciben más hostias pues porque hay más gente educada, como yo, que en lugar de arrear las bofetadas que muchos se merecen, escriben en un blog.
Y sí, he dicho que bofetadas y que se merecen. Como dice mi hija: la hostia a tiempo no es la que se le da a un niño que aún está aprendiendo y que no tiene culpa de nada; la hostia a tiempo es la que hay que darle a algún adulto para que no vuelva a soltar estupideces por la boca. Porque las estupideces las seguirá pensando, pero si aprende a no decirlas, al menos los demás no tenemos que oírlas.
Y si no, que se lo digan al "Caranchoa"

miércoles, 10 de mayo de 2017

A vueltas con los dimes y diretes

En los dos últimos años de la carrera de periodismo, en Salamanca, mi santo (que entonces no era mi santo, todavía) y yo dirigimos un periódico universitario. Fue el primer contacto con los medios, y os puedo asegurar que nunca me he visto tan en la salsa como entonces, ni trabajando para medios que se supone que son "serios" y "consolidados".
Pero hoy os voy a contar una cuestión interna.
Resulta que una de nuestras colaboradoras, alguien en quien confiábamos y en la que, de hecho, habíamos delegado la coordinación de una de las áreas, nos dijo algo de otra colaboradora. No voy a decir qué fue, porque para empezar, ni me acuerdo; hace dos décadas, así que del hecho recuerdo sólo las sensaciones.
Una persona en la que confiaba puso verde a otra compañera.
Yo entonces estaba en 5º de carrera, así que el principio fundamental de contrastar informaciones, se supone que lo tenía bastante claro. Pero algo que ocurre con mucha frecuencia y que no tenemos tan claro, es el hecho de la veracidad que le otorgamos a determinadas fuentes, y que es una veracidad totalmente subjetiva, no probada. Es la gente en la que creemos, con la que tenemos algún tipo de vínculo. Si es amigo, tendemos inmediatamente a creer lo que nos dice; y si además no vemos una segunda intención así, a ojo, entonces no lo ponemos en duda.

El caso es que recibimos en la reunión a la colaboradora contra la que la primera nos había prevenido, con recelo y resquemor, pidiendo explicaciones por algo, porque en ningún momento pusimos en duda lo que nuestra amiga nos estaba diciendo.
Afortunadamente Javi me apaciguó, escuchamos a la interesada, escuchamos a otros cercanos, y nos dimos cuenta de que en realidad, la primera no era nuestra amiga, sino una mala puta. Así, sin paliativos.

No sé si al final la tipa mintió por algo en especial o es que se me ha olvidado, porque lo que siempre he recordado es mi reacción y lo cerca que estuve de echar del proyecto a alguien que luego se convirtió en imprescindible en mi vida; de hecho, mi hija mayor se llama Laura por ella. Pero, si tengo que adivinar, recordando el carácter de la susodicha que dejó de ser mi amiga, probablemente fue su intento por alejar el talento para que no se notase en ella su ausencia.

Es curioso, que cada vez que oigo a alguien con un dime, esperando los diretes posteriores, siempre se trata más o menos de lo mismo: yo quiero destacar por encima de aquel a quien intento desprestigiar, o esa persona impide que yo o alguien de mi entorno destaque por encima de otros. Puritita envidia malsana. Lo cual no hace que me joda menos.

Desde entonces, desde aquellas reuniones en el Alcaraván, ha llovido mucho y yo he aprendido mucho. Soy mucho más pausada, y mucho más reflexiva. Escucho, muchas veces desde la distancia, y trato de entrever en las palabras, el tono, qué tipo de persona está hablando. Y he aprendido a dar credibilidad a quien la tiene, y ante la duda, preguntar a todo aquel que tenga relación con el tema, antes de emitir un juicio. Y si el juicio es sobre una persona a callarme la boca en público.
Oír, ver y callar, que decía mi padre.

Porque cuando el juicio es sobre una cuestión, una idea, un proyecto, un trabajo, una situación, nuestro juicio, a fin de cuentas sólo puede molestar u ofender, y allá cada quien si se ofende con algo que otro opine.
Y voy a abrir aquí un inciso sobre las opiniones, aunque será motivo de unas vueltas en otro momento, pero creo que con las opiniones tengo que ser clara: no, no son todas válidas ni respetables. No tengo que respetar la opinión de nadie, y menos si esa opinión va contra los más imprescindibles puntos de educación, decencia y derechos humanos.
Pero cuando los dimes y los diretes tienen a una persona de protagonista la cuestión puede ir más allá.

A fin de cuentas, el bullying empieza así. Son "dimes y diretes". Que me dijo que era tonta, que te digo que es boba. Que me dijo que no le hace caso, que te digo que hace mal su trabajo. Que me dijo que suspendía, que te digo que a por ella.
Cuando mi hija mayor sufría acoso, lo que peor llevaba eran los dimes y los diretes. Era siempre lo mismo, y era pequeñito todo por separado. Y como las cosas, así, una por una (dime por dime y direte por direte) eran tonterías, nadie tomaba cartas en el asunto. Y cuando alguien pudo hacerlo, los dimes y los diretes ya se habían marcado en su piel, y la cosa no era tan fácil de arreglar. Y el niño que empezó llamándola "tonta" cuando llegó a secundaria la llamó "puta"; y el que se negaba a hablarla, un día la empujó por la escalera.

Pero de adultos, una persona que nos molesta porque simplemente no comulgamos con sus opiniones (que digo yo, que siempre y cuando sus opiniones no constituyan un delito, ¿por qué cojones nos molesta la gente que no opina como nosotros? Porque, y remitiéndome a un par de párrafos más arriba, aunque la opinión no sea respetable, la persona, salvo excepciones, sí lo es) puede terminar incluso perdiendo su trabajo por los dimes y los diretes. O peor: que quienes realmente trabajan con esa persona estén contentos y felices y deseando seguir trabajando con ella, pero abandona su trabajo porque los dimes y los diretes de los jefes o los supervisores llegan a un punto de estrés que no compensa.

Ya digo que yo ahora, cuando veo por dónde van los tiros, simplemente me separo y me voy. Las personas que comienzan los dimes me cargan, me parecen tóxicas en primer grado, y las que continúan con los diretes, me cargan aún más, porque creo que son tóxicas en segundo grado, y necesarias para repartir toxicidad. Y llegada una edad, una no está ya para tóxicos.

Es como cuando llego al parque y empiezo a oír gritos y comentarios absurdos sobre el capón que le van a dar al niño cuando lleguen a casa. Que a mi el parque me estresa. Pero eso es otra historia. Algún día le daremos la vuelta al parque.

jueves, 4 de mayo de 2017

A vueltas con la felicidad

Pues estoy aquí, fregando en la cocina. Hoy Javi llega tarde y me toca.

Oigo de fondo a Diana viviendo una aventura alucinante en mi habitación, luchando a muerte contra malvados monstruos, encima de mi cama. Se me va la sonrisa, porque lo hace... en japonés "inventado". Le ha dado por ver animes en Netflix, y lo hace en versión original con subtítulos, así que se lleva a sus aventuras el sonsonete japonés. Es la caña.
Paro un momento y busco otro sonido. Ahí está. Laura está entrenando la voz, buscando técnicas nuevas para aportar nuevos modos. Ahora ha chirriado un poco. Se ha dado cuenta, la oigo parar. Vuelve a empezar. Ahora sí, ahora lo borda.

Llevamos una temporada muy mala. Cuando cuidas de alguien con múltiples patologías, todas ellas degenerativas, hay momentos de bajón que son muy duros. Estamos todos muy cansados de una carrera de fondo que dura ya más de dos años y que no sabemos cuántos más va a durar. Como hija, es duro ver a tus padres atravesando esa situación.
Y no sólo.
Como hermana veo también las preocupaciones de mis queridos hermanos (hermano y cuñada), y encima ahora Nacho se ha roto un brazo, para mejorar la cuestión.
Y el negocio, que este año ha dado un bajón, y estamos precarios de cojones.
Y la lucha con las hijas. Con Laura estamos en ese punto en el que tienes que dejar que luche ella; como madre ya lo he hecho todo, y tengo que apartarme. Y eso genera mucha ansiedad.

Diana ya no hace ruido. ¡Ay, madre! Voy a ver sin que me vean. Ahí está, acostada en mi cama (¡cómo no!) leyendo un libro. Se lo han prestado en el cole; es una adaptación infantil de Los Viajes de Gulliver. Mira que no suelen gustarme las adaptaciones, pero reconozco que con este libro, el cole ha acertado de pleno.
Vuelvo a la cocina y oigo a Laura que sale de su habitación. Va a buscar la guitarra. Terminó la hora de canto y se pone con la guitarra. Está estudiando, mejorando sus bajos cuando hace punteos. Le cuesta, pero ha descubierto que hay canciones que quedan mucho mejor marcando los bajos. Empieza a tocar. Me encanta.

Estoy muy cansada. Mucho. Más de lo que mucha gente se cree. Procuro ir con una sonrisa por la vida, pero hay veces que es complicado mantenerla. Pero hay momentos. Minutos. No tienen nada importante. Son rutina en mi día.

Esos minutos, son la felicidad.

domingo, 23 de abril de 2017

A vueltas con la maternidad. Carta a una madre: que no te engañen

Hace un par de años escribí en otro blog una carta, a instancia de un grupo de mujeres estupendas, Imperfectas ellas. Se trataba de una revisión de expectativas de las mujeres que afrontan la maternidad por primera vez; lo que esperan y lo que les espera.

Fue curioso, no sólo sentir la cantidad de personas que compartieron la entrada y me regalaron los oídos, sino justo lo contrario. No hubo críticas constructivas, sino quejas absurdas que sobre todo dejaban ver quién no había leído la entrada más que a salto de párrafo, y quién la había ido filtrando con su propia vivencia sin pararse a entender lo que de verdad se escondía.

No os apuréis, que voy a volver a compartir aquí la entrada. Pero quiero hacer algo, darle una vuelta, que para eso estamos, que no suele hacerse. Voy a compartir antes de la entrada, los comentarios que suscitó.

Un hombre preocupado por su paternidad, que se hacía llamar con el viril nombre de Spidermanzan, escribió muy digno:
“Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más.”
Los padres imagino que son sólo unos tipos que pasan por ahí.
Lo leeréis en la carta, porque la cita lleva a su vez otra cita. Me encanta, porque en los dos años que han pasado desde que la escribí, he ido profundizando en mi feminismo, y he aparcado el miedo que me daba decir cosas contra algunos hombres por temor a que me tacharan de feminazi. Pero vamos, que ya de entrada, si la carta es a una madre, no me voy a dedicar al padre; aparte del hecho, claro, que la criatura puede tener dos madres o una madre sola, así, sin padre. Pero en contra de lo que tanto le dolió al señor, la frase inmediatamente anterior a la ofensora estaba referida a la pareja de esa madre.

Gema, mucho más dulce y comedida, me escribía:
Hombre, yo lo veo un poco exagerado, casi asusta leerlo… Vale que se acabaron las noches en las que dormías del tiron, q al principio las tetadas duran horas, etc… Pero en un par d meses todo empieza a estabilizarse, las noches se alargan, las tetadas pasan a ser de minutos, las cacas tb disminuyen, etc…
Además, no creo que sea la única mujer a la q le cambio el chip nada más dar a luz. Yo era la mujer más dormilona del mundo, pero sin embargo no me cuesta nada levantarme a atender a mi hijo ya sea hambre, caca o ganas d estar cn mami…
Para mi ha sido MARAVILLOSO. Adoro a mi Bebe. Y no considero q haya tenido q hacer ningún tipo d sacrificio. Cuesta trabajo, eso no lo niego, pero para mi es el mejor trabajo del mundo, y la mejor recompensa llega cuando tu hijo te mira y te sonríe…
 
Me encanta, porque ella cree que estoy desanimando a la peña, o que no se debe adorar a los bebés, o que ella no lo ve como un sacrificio (yo tampoco, por cierto, pero sobre todo porque mis expectativas eran realistas, así que no sacrifiqué nada, simplemente me adapté). Pero perpetúa algo: es sólo unas semanas, luego mejora. Bueno, pues esto que sirva como edición posterior a la entrada que voy a compartir: no mejora, empeora, hijas. A medida que los bebés crecen y se van convirtiendo primero en niños, luego en adolescentes y luego en adultos, el nivel de preocupaciones va aumentando. Y el sueño te lo quitan otras cosas.

Voy a rematar, con el mejor de todos, porque este me encanta:
Bueno con todo el respeto,quiero decir que no entendí nada de lo que dice o quiere decir “sobre q no te engañen,”es poible q sea por 2 razones: una no tengo tetas,y otra que soy padre de 4 hijos 3 abortos y de momento 9 nietos,y profesional,relacionado con el asunto,””tetas”” que jamás ha conocido ” tipo” único de madre a la q se esta refiriendo,por cierto creo un poco exagerado todo,la maternídad es otra cosa,siempre puede ser distinta según,Nivel. Cultura ,Raza, Etc,pero sobre too es más amable, más de amor ,menos revindicativa !mucho más plena y en ,porque sienindo mu importante la madre,es tan importante o más el “proucto” o sea la llamada por vds criatura. 
He mantenido las faltas de ortografía y puntuación, porque bueno, así se escribió. Me encanta el machirulo "profesional" del asunto "tetas", que dice que la maternidad no es reivindicativa y que si lo es no es plena. Que habla de producto (dice que es lo que yo llamo "criatura") para referirse al bebé, y que llama a sus hijos no nacidos "abortos". OK

Hubo muchas más reacciones en redes, pero esas desaparecen.

Vale, ahora voy a dejar de dar la brasa, y os comparto la Carta a un madre.

Querida mujer que estás pensando en tener una criatura o que vas a tener en breve una criatura, antes de que suceda me gustaría contarte…– Que cuando oigas que los bebés maman plácidamente en unos 10 minutos para después hacer unas cacas que huelen a rosas y dormir quietos y felices en su cuna durante 3 horas, te están mintiendo. Que cuando llegues a casa, tendrás un bebé en la teta vete tú a saber las horas, que cagará cada vez que se le ponga en las narices (y mejor así, porque si no, te preocuparás y te preocuparán) y  olerá exactamente a lo que es, y que ni de coña dormirá 3 horas; ni mucho menos quieto y feliz en su cuna.
– Que tengas claro que los bebés vienen al mundo con una alarma de “falta de proximidad”, y que no importa lo dormidísimo que tú creas que está: en cuanto su cuerpo toque la cuna llorará como un desesperado.
– Que no tendrás fuerzas ni ganas para tener la casa limpia y recogida ni para ser la anfitriona perfecta. Que te joderá horrores que venga alguien a tocarte las narices justo en ese momento en que el nene ha cogido el sueño y puedes ir al baño, o dormir un rato con él. Que te joderá aún más que la visita se empeñe en arrumacar al nene consiguiendo irremediablemente que se despierte, con lo que tendrás que volver a ponerlo en la teta, otra cagada y de nuevo a empezar el ciclo. Y que, eso seguro, cuando la visita vea el ritual tendrá palabras de desánimo y desaliento, que no solucionarán nada pero que te llenarán la cabeza de dudas y desconcierto.
– Que si hasta ahora eras una gran profesional con un montón de responsabilidades a las que nadie dudaba que eras perfectamente capaz de atender, a partir de ahora eres una niña cabezota que no escucha a nadie, que pone en peligro constante la vida de su hijo y que actúa como una perfecta idiota.
– Que los niños no distinguen el día de la noche, y que dormir más de 2 horas seguidas por la noche es cosa definitivamente del pasado.
– Que te digan lo que te digan, no se enseña a un niño a dormir, se le adiestra para que no moleste sienta lo que sienta. Y el mal rollo que esta certeza te dé, es cosa tuya. El que escribió el libro que dice lo contrario y todos lo que están empeñados en que lo pongas en práctica, estarán en su casita cuando tengas que oir llorar desesperado a tu bebé desde el pasillo.
– Que, aunque dar la teta es lo mejor para ambos (eso es indiscutible) puede haber problemas, y que tendrás a una legión de cotillas apostados contra las rocas deseando que eso suceda para poder decirte lo mal que funcionas y lo necesario que era que tuvieras biberones “por si acaso”.
– Que, si finalmente optas por dar el biberón, habrá otra legión de libre-pensantes apostados contra las rocas de enfrente, para decirte que si le das ese veneno eres la peor madre del mundo.
– Que los pediatras están apostados a ambos lados del rocaje.
– Que adelgazarás, se te pondrá cara de no salir, te apetecerá una mierda depilarte y calzarte los tacones, … y luego leerás un reportaje de la reciente maternidad de alguna famosa que está estupenda después de su parto y describe la maternidad como una experiencia religiosa que te eleva directamente al cielo. Pero pagan a una nurse desde el principio.
– Que no importa lo que decidas, siempre habrá alguien dispuesto a decirte cómo debes criar a tu hijo. Pero nadie se querrá poner en tus pantalones a la hora de dormir.
– Que no debes decir “leí esto en internet”, porque te recordarán que sabes leer y eso es malo. O que tienes internet, y eso también. O las dos cosas.
– Que ser madre es cansado, y a veces duele.
– Que es normal que haya momentos en que te den ganas de mandarlo todo a la mierda, pero no se lo podrás decir a nadie porque “ser madre es maravilloso”.
Y no me entiendas mal, mujer. Ser madre es maravilloso. Te lo dice una que lo es, y que repitió después de saber lo que entrañaba.
Pero no es bueno pensar que parir es soltar un muñeco que nos va a seguir el juego y va a quedar estupendo en las felicitaciones de navidad o super cool en el selfie de twitter. Porque no. Y no es justo pensar que es él quien tiene que adaptarse a nuestra vida, porque hemos sido nosotras quienes hemos decidido traerle (de momento, en unos meses a lo mejor la decisión es de Gallardón, y entonces sugiero que le llevéis al rorro todas las noches a dormir-cagar-mamar a su casa, y así descansais un ratito).
No, mujer. Es nuestra responsabilidad. Y probablemente lo más duro de la maternidad sea esa certeza: que es nuestra responsabilidad. Somos, junto con nuestras parejas, quienes tenemos pareja, las responsables de la crianza, de la salud y de la felicidad de las criaturas que decidimos traer al mundo. Pero nosotras. Nosotras somos quienes debemos decidir si teta o biberón, si colecho o habitación de al lado, si brazos o carrito; nadie más. Y nadie más tiene derecho a decirnos que lo que estamos haciendo está mal, al menos desde el juicio y la prepotencia de quien lo único que parece querer es que le den la razón.
Los hijos no son de una tribu, son nuestros. Y tenerlos y ejercer la maternidad con responsabilidad es un buen ejemplo para que luego cuando crezcan sean capaces de defender también sus propias opiniones y que nadie les coma la merienda.
Pero todo esto no es fácil, mujer. Es difícil. Lleva trabajo y mucho. Y no voy a decir que conlleve sacrificios, porque creo que cuando tienes claro lo que tienes que esperar, cuando sabes a lo que te vas a enfrentar con la llegada del inquilino, entonces no haces sacrificios ni concesiones; es simplemente que reorganizas tus prioridades. O las dejas como están, pero tienes que ser tú.
Y no te dejes engañar por las entrevistas a las famosas. Eres una tía lista, seguro. Y de la misma manera que jamás te crees que su figura escultural y la perfección de sus poros no es más que un engaño del fotoshop, igual que sabes que las nubes huelen a humedad, debes tener claro que su maternidad, esa casi virginal y tan perfecta como sus piernas, es falsa.