miércoles, 30 de noviembre de 2016

A vueltas con los "Maternajes"

Sabéis que estoy recuperando post antiguos. Ya comenté en alguna ocasión que no quiero que se pierdan por estar en otros lugares mucho menos frecuentados y trabajados ahora, sobre todo si siguen teniendo validez. La mayoría de esos post que comparto ahora, los dejo tal cual, o como mucho, borro el encabezado o alguna frase en medio.
El caso es que me encontré con este, Maternajes, se titula, en mi muro de Facebook el otro día, como recuerdo. Lo escribí hace 3 años y lo edité al mes para incorporar una fecha que no quería olvidar nunca. Hoy quiero traerlo, pero este lo voy a rehacer. Quiero decir lo mismo, pero creo que de otra manera. He crecido y he visto otros maternajes, y lo quiero incorporar.

Antes de nada quiero decir que me encanta la palabra “maternar”. Es un verbo que el diccionario de la RAE no recoge, pero afortunadamente, este idioma nuestro que es el español, es una lengua viva que se nutre de los modos de muchos lugares del mundo. Y en lugares de Hispanoamérica el verbo existe, igual que otra palabra que también me gusta mucho: “maternaje”.
Pues maternar es algo así como criar con atención y cariño; se emplea sobre todo para indicar la forma de criar de las comadres, las que no son madres en sí mismas, pero rodean a la madre, “maternan” con ella.

Mi madre para mi es muy importante. Siempre he hablado mucho con ella, hemos discutido de todo lo que se mueve bajo el sol, hemos cedido a los chantajes madre-hija y luego hemos vuelto a nuestro ser. Se mueve mal, así que es raro que ella venga, y ahora cada vez menos. Aunque su cabeza ya no es lo que era, se lo cuento casi todo, y lloramos mucho juntas (también reímos). Nunca me planteé hasta qué punto había otras mujeres que hubieran ejercido una influencia derivada de una cierta crianza, mujeres que me hubieran “maternado”, junto con mi madre. Yo ya pertenezco a la generación en la que las familias nucleares se convirtieron en la seña de nuestra sociedad, las familias en las que ya no estaban las abuelas, sino que vivíamos en un lugar distinto al de origen de mis padres.
Cuando hace 4 años, y tras casi 7 de lucha intensa contra el cáncer, falleció mi madrina, me empecé a plantear esto del maternaje. Porque me sentí un poco huérfana, sin serlo. Era una sensación muy rara, difícil de encajar, porque realmente tengo la suerte de tener una relación maravillosa con mi madre, así que sabía, y sé, que el sentimiento no era porque yo hubiera sustituido ninguna figura materna en ningún momento. De hecho, mi amada madrina era casi como una hermana más que como una madre.
Me di cuenta entonces, y lo he madurado en este tiempo, de que ella estuvo siempre presente. Que sus historias y experiencias han estado a la vera de mi camino, apenas perceptibles, pero siempre señalando la linde. Las cosas que decía, las que hacía. Los regalos que me traía de sus viajes, su forma de ver la vida en su juventud, el hecho de que mi hermano y yo fuéramos siempre antes que ella. Ya estando muy enferma, se fue con mi madre de compras porque las niñas necesitaban ropa. Se mareó en una gran superficie, pero no soltaba las bolsas a pesar de tener que sentarse en la sección de calzado infantil.
Por eso me sentí huérfana.
Hay más mujeres que me han “maternado”, y las iré descubriendo. De hecho, tengo claro quienes son las que lo hacen ahora, mis comadres. Las que tengo físicamente aquí, conmigo, las que comparten maternidad conmigo, son mis ángeles y me enseñan siempre, como mi Raquel, o mi Evita, o mi Mary. Las que se reparten por el territorio nacional, con las que aprendo a las que refiero ante las dudas, Esme, Nohemi, Trini, …
Y en mi familia, de las que me maternaron, forjaron mi camino en mi niñez y adolescencia, sin saberlo… creo que sólo hay una, y de ella también me tuve que despedir hace dos años.
Muchas de quienes habéis estado en el embarazo conmigo, me habéis oído hablar de ella, porque era mi “tía la comadrona”, que a mi padre tanta gracia le hacía que después de tantos años y una carrera que nada tiene que ver, yo terminara lindando “el negocio familiar”.
Siempre fui  “su niña”, porque siempre me lo dijo, sin pudor, delante de quien fuera, porque ella es madre de 3 hombres, y siempre echó de menos una mujer al lado. Y sé, porque me miro en el espejo todos los días, que cada vez me parezco más a ella, sobre todo desde que decidí que yo tampoco quería teñirme, y salieron mis canas a la luz.
Tuvimos largas (larguísimas) conversaciones por teléfono, hasta que el alzheimer, esa condena familiar, hizo muy complicada la comunicación telefónica. Le contaba mis cosas, y jamás me sentí juzgada, quizás porque ella fue pionera en su tiempo, de mujer que buscó y consiguió la libertad para decidir sobre su vida. Siempre se alegraba por mi, incluso en aquellas cosas en las que no estaba de acuerdo.
Hemos discutido amorosamente sobre las formas tan distintas de ver los partos, las lactancias… Una generación de distancia es mucho en esto. Pero al final, ella acompañó y yo he acompañado. Ella desde su papel de comadrona, y yo desde el mío de doula.
Hoy la pienso, la recuerdo y siento. Porque cuando murió, me sentí de nuevo huérfana.

El caso es que estos son mis maternajes. Y como siempre en mi vida, poco me planteé yo sobre hasta qué punto he maternado yo y a quién. Espero que igual que me han maternado mis comadres, ellas sientan que yo las he maternado. Pero hay algo que ha salido de mi alma desde que estoy a este lado de los cuidados. Y es que ahora estoy maternando a mi madre.
Es como una espiral. Un ciclo que no se puede terminar del todo porque tampoco tiene un comienzo claro. Ella me maternó,claro está. Es mi madre. Y ahora la materno yo.

Desde que a mi padre le diagnosticaron el alzheimer, he escrito mucho, sobre todo en mi muro, sobre lo que está siendo la experiencia de cuidados con un enfermo como él. He luchado por aprender sobre esa enfermedad y todas las que él padece, que son unas cuantas, para poder ejercer mejor mi labor. He llorado, he sentido miedo, impotencia, ... Estoy tan metida en ello, que a veces no me doy cuenta de que está ahí mi madre. Que es ella quien está todo el día y la noche con él, que ella no descansa. Que aunque estoy (estamos) para quitar lo gordo, para coger las responsabilidades más cansadas y penosas, lo más cansado y penoso de estar con un enfermo de Alzheimer es estar con un enfermo de Alzheimer.
Su cabeza empieza a fallar, pero no le pasa nada, salvo la convivencia con esta enfermedad. Y por eso ahora yo materno a mi madre. Y sigo siendo huérfana de otras mujeres que me han maternado, pero me toca coger ese camino, ese que me han dejado ellas, y ponerlo a disposición de mi madre.