lunes, 14 de noviembre de 2016

A vueltas con los dobles raseros

Nos encantan. Bueno, no nos gustan nada, pero los empleamos que no veas. Es aquello de la ley del embudo: lo ancho pa mi, y lo estrecho pa los demás. Reconozco que mola, porque es la manera de tener razón, poder sentar cátedra y no mover tu culo ni un centímetro. Pero no son justos, y dependiendo de quién los use, o de si tú estás en el lado estrecho del embudo, joden.


Pues eso es lo que les pasa a nuestros hijos, sobre todo cuando llegan al instituto.






Recuerdo el primer día de Laura, que iba súper contenta. El colegio había sido una mierda, y ella confiaba en que el instituto estuviera ya "a otro nivel". Aquello de que les empezaran a tratar "como adultos" le molaba, y le hacía confiar en que muchas de las injusticias que había vivido, no se repetirían.
El caso es que en la toma de contacto, y así como para tranquilizar, profesores y alumnos de otros cursos superiores, les dijeron que no había que tener miedo. Primero era casi como 6º de Primaria. Y los padres respiramos. No hay que olvidar que nosotros, a su edad, estábamos en 7º en el colegio, que como que acojona menos.
Ahí quedó el tema. Al día siguiente, la mayoría de los profesores mostraban su peor cara y comenzaba una retahíla diaria: "¡Esto ya no es Primaria! ¡Estáis en 1º de Secundaria!" ¡Es la fama, y la fama cuesta, y aquí vais a aprender a sudar!. Igual pero sin bailes en el pasillo ni salas de música. Vamos, que igual pero peor.


El caso es que a los niños en el colegio o en el instituto se les piden cosas que, en general, no se nos piden a nosotros. Se les pide estar 5 horas sentados (o 6 en el instituto) sin moverse, cuando a nosotros se nos recomienda levantarnos cada cierto tiempo para que no nos dé una trombosis. Se les pide silencio monacal y respeto reverencial al maestro, pero en las oficinas las conversaciones son a voces y los memes se inventaron para poner a parir al jefe.
A mi hija la han llegado a amonestar por llegar 3 minutos tarde, sin importar que el autobús se había retrasado. Pero mi marido, el mismo día, llegó casi 20 minutos tarde y cuando avisó de que había un problema con la ronda de Carrefour todo el mundo se solidarizó con él. Un niño le puede decir a un compañero homosexual que todos los maricones deberían morir y nadie puede darse por ofendido porque "hay que aprender a que cada uno tiene su opinión", pero si alguien me lo dice a mi en mi trabajo le meto un puro que le cuesta sacarse del culo. Un profesor puede llamar imbéciles a sus alumnos, pero si mi jefe me llama imbécil reparto otro puro.

Es decir: se piden más responsabilidades, más compromiso, más respeto que a un adulto, pero se concede menos consideración. Vamos, lo que viene siendo un doble rasero de toda la vida.

Paro aquí para señalar que todas y cada una de las cosas, hasta las más bárbaras, son reales como la vida misma, no son licencias literarias. Quede claro.

Hace un tiempo, leyendo sobre los castigos físicos, caí en una cita de Carlos González, que luego he repetido mucho. Cuando tengas alguna duda sobre si lo que dices es adecuado o no, cámbiale el sujeto. Si dices "se portó mal, y por eso le dí un cachete; para educarle"; entonces inmediatamente piensas en un niño. Pero si le cambias el sujeto, tienes algo así: "mi mujer se portó mal, y por eso le di un cachete; para educarla". Suena que te cagas lorito. Y suena mal, porque pegar, en si mismo, está mal. Es algo objetivo. No se pega, punto. Pues si haces el mismo ejercicio con las cuestiones de arriba, la cosa debería estar clara:

"Me dijo que su autobús se había retrasado y por eso llegó 3 minutos tarde". De entrada si son 3 minutos, piensa: si esto fuera una oficina y yo supervisara, ¿le diría algo a algún empleado por 3 minutos? ¿Consideraría que 3 minutos sobre su horario es una falta de respeto hacia mi o hacia el resto de personal? Entiendo que hay una hora de entrada (y de salida), no se trata de permitir que cada uno llegue a la hora que le dé la gana, pero ¿3 minutos? En el mundo adulto, aquel para el que se supone que les preparamos, ¿son 3 minutos algo que recriminar?


" En una reunión para un proyecto le dije a mi jefe que creía que estaba equivocado y le di mi punto de vista, y me echó". Si estás en un trabajo donde se hacen reuniones de proyecto, imagino que tu jefe no será tan gilipollas como para no mirar al menos, si esa equivocación es cierta o no. Pero si durante una clase un profesor da un dato equivocado (que puede ser, que no son máquinas), ¿por qué al que se amonesta es al niño? ¿Tan poca seguridad hay en uno mismo como para ver peligrar tu hombría si un alumno te dice que igual te has equivocado? ¿No puedes aprovechar la oportunidad para que la clase crezca y aprendáis todos?.


Pero de todos los dobles raseros, los que más me molan de todos son los de los abusos. Me flipa el tema de las mediaciones. Y ahora no os echéis encima, ¿eh?
En el mundo adulto, ese para el que se supone que les preparamos, si a mi alguien me agrede, no hay mediación que valga. No se junta a víctima y agresor en torno a un mediador para "acercar posturas", y por supuesto, no es voluntario. Yo voy por la calle y un tipo me agrede, y después de poner la consabida denuncia, se procede a la investigación de los hechos, la detención del presunto y las actuaciones judiciales que deriven de ello. Y, salvo deshonrosas excepciones, el agresor paga su delito.
Bueno, pues en un  instituto (no voy a coger el colegio de ejemplo, aunque en fin, pero es que en el instituto son ya mayores, se supone) si alguien te agrede o te insulta, se "abre una mediación", a la que el agresor puede negarse SIN CONSECUENCIAS. Y si no se niega, ambos, agresor y agredido, se sientan a la misma mesa para acercar posturas y llegar a compromisos (ambos) y que la situación no vuelva a repetirse. Hale. Buen rollito y tal. Para que haya consecuencias, la cosa tiene que repetirse y ser muy, pero que muy grave; y eso si son agresiones físicas. Si la agresión es verbal, no hay nada que hacer.


Y es que en esto de los dobles raseros, los niños también tienen la peor parte. Porque cuando yo, adulta, empleo la ley del embudo, unas veces estaré en la parte ancha, y otras en la estrecha. Pero no sé muy bien por qué, si todavía no has llegado a adulto, siempre te toca la estrecha.