miércoles, 23 de noviembre de 2016

A vueltas con las diferencias

Hace un año, la psicóloga de salud mental infanto juvenil envió una solicitud formal al instituto donde mi hija mayor cursaba 2º de la ESO para que le hicieran unas pruebas para ver si podía tener Altas Capacidades Intelectuales.
Hasta ese momento, yo había oído campanas, pero no me había parado mucho a informarme, porque esto de tener una niña inteligente da como un pelin de vergüenza. Así, tal cual. Además de la preocupación porque ves que la nena es "rara", la peña te hace sentir mal porque la ves inteligente. Por otra parte, es que no entendía que aquella inteligencia pudiera causar la terrible devastación emocional que veíamos en ella.


Recuerdo el primer año de infantil. Su profesora se quejaba porque Laura no la hacía caso y se iba de clase, porque la conserje del colegio era mucho más interesante que su profesora. La puso en la mesa de los tontos, no porque no llegase a los objetivos, que los pasaba con mucho, sino por indisciplinada. Dos cosas: la división entre "mesa de los listos" y "mesa de los tontos" fue el germen de una clase con un intenso problema de bulying (adivinad quién acosaba a quién), y se pedía a bebés de 3 años que fueran "disciplinados". Cuando le dijimos que a lo mejor la niña se aburría porque leía desde los 2 años, y contaba hasta muuucho más de 10 e incluso era capaz de visualizar sumas sencillas, nos riñó por "estimularla demasiado"; cuando le pregunté si no había alguna manera de intentar que la niña estuviera más cómoda su respuesta fue de traca: "superdotada es la que tiene un CI de 130 o más. ¿Qué pasa si le digo a los orientadores que le hagan las pruebas y luego la niña tiene 129? ¿Te imaginas el trauma?". Que sí. Que soy gilipollas. Que el argumento es como para hacerle una evaluación a ella pero por si está en el otro extremo. Pero qué queréis que os diga. Mi desconfianza hacia los profesores llegó más tarde; en ese momento, me fiaba ciegamente.
Cuando pasó a primaria, empezó el horror. El acoso, la violencia. Cuando iba a quejarme me decían que yo exageraba, y que la niña también lo hacía. Que decía que la pegaban y  la insultaban, pero luego jugaba con los supuestos agresores, y que eso no es así. Que eran ganas de llamar la atención.
En 2º de primaria una profesora la tomó con ella. No soportaba a aquella niña que siempre tenía una puntilla para todo. La castigaba de pie, y la ridiculizaba. Cuando hablamos con ella desacreditó todo lo que Laura decía.
En 3º y 4º la cosa fue peor: tuvo una profesora guay que decía que todos los niños y las niñas tienen que ser amigos. Así que cuando vio que había problemas con un niño (problemas es "te insulto, te pego, voy a buscar a tu hermana para decirle lo imbécil que eres") entonces les sentó juntos para que se llevaran bien. Y como decidió que era vaga porque era muy lista y se lo sacaba todo con la gorra, nos mandaba para casa (y digo bien, "NOS", a todos) listas interminables de cuentas.
En 5º fue el primer estallido: el asma no daba tregua, era ingreso tras ingreso, respirador tras respirador. Por fin una profesora parecía hacernos caso, pero era un espejismo: nadie puso el caso en manos de la orientadora del centro, en ninguno de los años. El profesor de inglés la cogió tirria, porque sabía más inglés que él, y como niña de sólo 10 años, no sabía cómo hacer para que no se notase.
En 6º cambiamos de colegio. Tutora nueva, a ver si aquí... Nop. Me llegó a decir que no la suspendía porque no podía, pero que al menor resquicio, lo haría. Así, tal cual. ¿Por qué? Pues porque es muy inteligente, así que se toca las narices. No importaba que no fuera cierto, era una decisión que había tomado ella y la de matemáticas, y nadie las iba a sacar de ahí. Empezó de nuevo el acoso y la solución fue intentar convencerla de que no se hiciese notar. No hables, no te muestres, permanece oculta.
Y pasamos al instituto, y fue el estallido definitivo. La depresión, los ataques de ansiedad, el pánico en los servicios, y las auto lesiones. No dormía por la noche, y no era capaz de hacer nada. El tutor dijo que la niña "lee demasiado, y claro, hay que estar más en la tierra". Lee demasiado. Ahí estamos.
Después de más de un año viendo cómo nos quedábamos sin hija, nos dicen que es posible que sea superdotada, y que la falta de atención a su diversidad, el menos precio, la falta de defensa de los adultos a cargo durante años, han minado su autoestima. Su particular manera de ver las cosas la hacen ver constantemente que es diferente, pero no mejor, sino peor. Quiere ser como los demás y no puede, y además, recibe ataques por esa forma de ser, y la solución que dan "los que saben" es que disimule para que no se note la diferencia.
Después de semanas de pruebas, ahí está la evaluación. Por cierto, mal hecha, pero entre todos hemos decidido dejarlo estar. Laura tiene Altas Capacidades Intelectuales, con un perfil general muy alto, y una serie de talentos en determinadas áreas en las que los percentiles se salen de las curvas.
¿Qué se va a hacer? NADA
Como es tan inteligente, tiene menos problemas que los niños que no lo son tanto.
¿No hemos entendido nada? ¿De qué coño han servido las entrevistas? ¿No os dais cuenta de que sí pasa?
Afortunadamente, a Laura algo sí le ha valido: ha entendido su diferencia, le ha puesto nombre. Ya no está loca, no es menos que los demás, es sólo distinta, y hay otros niños como ella. Aunque se la ha negado subirla de curso, como todos sus amigos son mayores, ella se ve a sí misma como una alumna de 4º que está en 3º y toda su vida social la hace con los del curso superior. Y entre eso y una terapia psicológica especializada, está saliendo adelante. Afortunadamente, instito.

Con la entrada de hoy quiero mostrar dos cosas.
Por un lado, que todos tenemos derecho a ser diferentes, y a ser tratados en función de esas diferencias. No se puede priorizar unas diferencias sobre otras, porque los niños no van a racionalizar como nosotros, simplemente se van a sentir desatendidos por quienes deben procurarles una educación y protección a su persona. Y no me vale la excusa de los recortes, de la mierda de sistema. Estoy hasta los cojones de que me hablen de lo mal que está todo mientras los mismos que me venden esa moto están tan tranquilos en su sillones sin moverse. Si sabes que algo está mal, lucha para que deje de estarlo o apártate para que otros luchen, pero no te quedes ahí en medio, lamentándote de lo poco que tienes sin hacer nada y además entorpeciendo.

Por otro lado, repaso mi vida como "madre de alumna", y con mi hija mayor, en 11 años de vida escolar no nos hemos topado con ningún tutor o tutora que estuviera a la altura de las circunstancias, NINGUNO. Hemos pasado por el que dice "no pasa nada", por el que nos asegura que es todo un invento, por los que te ofrecen soluciones que no lo son, o por el que responsabiliza al exceso de libros el problema de la niña. Bueno, y por el que participa o fomenta el acoso, que eso ya es capítulo aparte.
Con la pequeña, hemos tenido algo más de suerte, aunque en fin. En infantil, una profe amorosa que la cuidó como pudo, en primaria una estresada, una insegura y una para echarla de comer aparte. Y este año... ¡por fin! una profesora interesada, que ya está intentando informarse sobre todas las diversidades, y no sobre las que están a la izquierda de la campana.
Es decir: en 11 años como madre de alumnas, me he topado con una profesora cariñosa y otra que además de ser cariñosa se toma en serio su trabajo y quiere seguir aprendiendo.

¿Y cómo lucho yo? Pues así. Escribiendo, discutiendo con algunos y ofreciendo información a otros. Y cada vez más cansada con todo, porque una va cumpliendo años y ya no lucha igual, claro.
Pero bueno, mientras los dedos me funcionen, le seguiré dando vueltas a las teclas.