sábado, 24 de diciembre de 2016

Feliz Noche.

Pues un año más, llegamos a este punto. Y este año felicito por aquí, si os parece bien. Una felicitación para todos. Para los que creen en uno o en varios. O en ninguno.


No sé en qué momento nació Jesús. No sé si hubo un niño llamado Jesús, pero nacen miles y todos son un milagro.
No sé en qué momento parió María. No sé si hubo una María, pero paren miles y todos esos partos son sagrados.


Pero recordad algo. Especialmente, los que creen. Recordad que hubo un día en que una mujer escuchó a su cuerpo, supo cuándo sucedería todo, se entregó a ello. Se apartó de todos, buscó un lugar caliente y oscuro, y ella sola demostró de lo que una mujer es capaz. Demostró que somos poderosas, que nada se puede poner en nuestro camino, que no nos pueden decir que somos menos o que no podemos, porque dentro de nosotras hay una fuerza inconmesurable. Y eso, mis bellas mujeres, todas vosotras, creáis en lo que creáis, llevadlo con vosotras.


Y recordad también que si lo celebramos un 25 de diciembre, 3 días después del solsticio de invierno, es porque en ese momento la luz empieza a ganar a la oscuridad. Es Saturnalia, el Sol victorioso.  Los días vuelven a ser más largos que la noche; la oscuridad se repliega, poco a poco, mientras la luz vuelve a ganar camino.
Así que en este día especial, recordad que por negro que lo veamos todo, la llama más pequeña acaba con la oscuridad más profunda. Por eso os deseo mucha luz para el resto del año, y que el sol, en su renacimiento, os llene de dones.


¡Ah! Y para mis leoneses. Especialmente este año en que vemos cómo se apaga la luz de la oscura mina, no dejéis de luchar nunca. Ojalá La Vieja os traiga todo lo que necesitáis!


Besos y Mucho Amor.


PD: ¿veis? Se puede ser atea y felicitar la Navidad. ;)

miércoles, 21 de diciembre de 2016

A vueltas con el buenismo y el buen rollo

Hace unos años a mi hija mayor alguien le regaló "El Secreto para jóvenes".
Se trata de una versión para adolescentes, del libro El Secreto, de Rhonda Byrne.
Os pongo lo que dice de él su entrada de la wikipedia, para que veáis de qué palo va.
 Los proponentes afirman que los resultados deseables, como una mejor salud, riqueza y felicidad, pueden ser atraídos simplemente cambiando los pensamientos y sentimientos de uno. Por ejemplo, algunos proponentes creen que usar "el secreto" puede curar el cáncer. Sin embargo, no hay ninguna justificación científica para tal afirmación.
Por supuesto que no hay justificación científica, nos ha jodido.


La corriente de pensamiento de la que se nutre El Secreto, como tantas otras teorías del palo, tiene su raíz en la filosofía de los primeros protestantes europeos. La nueva burguesía adinerada del norte de Europa propugnaba que el status económico que una persona alcanzaba en la tierra era la demostración divina del favor de Dios. Así pues, los burgueses ricos sabían ya de antemano que iban a ir al cielo, mientras que los pobres estaban viviendo su propio purgatorio. Vamos, que algo habrían hecho.
Ahora mismo, se trata de corrientes que están plenamente insertadas en el capitalismo más salvaje, defendiendo la inagotabilidad de los recursos del planeta. Es decir: los recursos naturales y económicos que la humanidad tiene a su alcance son infinitos, y para poder sacar todo su potencial sólo hay que desearlo mucho (tener mucha ambición) y trabajar muy duro. Además, si consigues, a través del pensamiento positivo, una buena conexión con el universo, también tendrás una salud que te cagas, porque las enfermedades son todas, toditas, todas, consecuencias del mal rollo que tienes tú en tu cabeza.
La suerte, el azar, la vida independiente de nosotros, como veis, no existe.


Inciso, que ya sabéis que a mi los incisos me gustan mucho:
Por supuesto, si quieres algo, lo mejor es que te pongas a ello, porque muy pocas cosas en la vida pasan porque sí. Hasta para que te toque la lotería tienes que empezar por comprar un billete. Si tienes un trabajo, tu obligación no sólo laboral, sino ética, es llevarlo a cabo lo mejor posible, y desde luego, si quieres ascender tendrás que demostrar tu potencial (o lamerle el culo al jefe, pero algo), y si no haces tu trabajo, es posible que te despidan. Vamos, que no estoy diciendo aquí que hay que esperar a que te llueva la fortuna, porque no funciona así.


Vale.


¿Qué consecuencias tiene entonces creerse a pies juntillas este buen rollito de las energías positivas?


Pues para empezar, desde ya te digo que a base de buen rollo, si tienes un cáncer, no te curas. A veces no te curas ni con el tratamiento. Y para un enfermo de cáncer (por poner el ejemplo de la wikipedia) oír un día sí y otro también lo de la "batalla contra la enfermedad" o "perdió/ganó la batalla" jode que no veas. Porque parece ya, a base de estas cosas, que el que se muere de cáncer es porque no ha deseado suficientemente o no ha luchado con todas sus fuerzas para curarse. Y mira, no. Es que hay veces que todo se conjuga para que lo peor que pueda pasar, pase.
En cuanto al éxito personal, pues depende de en qué lado estés. Si estás en el lado del que observa, quizás habiendo triunfado, al que se estrella, pensarás que o no es lo suficientemente ambicioso, o no es lo suficientemente trabajador. Vamos, que o es un triste o un vago. Porque si fuera ambicioso y trabajador lo hubiera conseguido. Y se lo harás saber, eso seguro. De una forma u otra. Porque el juicio se ve en los ojos que te observan.
Y si estás en el lado del que lo intenta y fracasa, te sentirás aún peor, y no podrás analizar objetivamente qué ha ocurrido, porque simplemente la culpa es tuya, que eres tonto o vago; o un flojo, porque estás reventado y aún así está claro que no has trabajado lo suficientemente duro.
Y lo que ocurre, sin más, es que unas veces ganas y otras pierdes, pero hay que intentarlo. Y de las veces que pierdes, si eres consciente de que no todo depende de ti, podrás sacar información suficiente para poder volver a intentarlo.


Y otra cosa que me jode del buenismo este del buen rollo y la conexión religiosa con el universo:
Soy borde, tengo derecho a serlo, no tengo por qué estar en modo zen todo el puto día, y mi puto mal humor cuando me frustro o me enfado no va a hacer que las cosas me salgan aún peor.
Porque otra cara de la moneda de este buen rollismo absurdo, es la aparente obligación que tenemos todos de estar permanentemente de buen humor, no enfadarnos nunca para que el universo no se enfade y no deje de enviarnos cositas buenas. Y entonces nos negamos a nosotros mismos la posibilidad de sentir todo un abanico de sentimientos no positivos, pero que son nuestros: el duelo, la tristeza, la rabia, son sentimientos humanos y debemos poder vivirlos. Y al universo que le den.
Porque la parte más turbia del buen rollismo, es la de culpar también al que está deprimido de su propia depresión. La de no poder vivir nuestros procesos de duelo, o nuestras frustraciones.


Y queridos, estos que todavía pensáis que las enfermedades son mala vibra corporal que tenemos, no os podéis imaginar la de úlceras de estómago que se evitarían si la peña pudiera mandar a la mierda a alguno por ahí libremente.


Por cierto, que mi hija, con muy buen tino, lo primero que mandó a la mierda fue el puto libro.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

A vueltas con las caridades y otros juicios

Hace unos meses, cuando empezábamos la andadura con esto del cuidado de la demencia tipo Alzheimer, escribí un post en Facebook que me salió redondo. Ahora es imposible encontrarlo, claro. Soy una persona muy activa en la red social, y no lo encontraría; pero prometo que si alguna vez el señor del caralibro me lo recuerda, lo compartiré desde esta misma entrada.
Veréis. En ese post escribía lo que NO decirle a un enfermo de demencia cuando te lo encuentras por la calle. En las pocas semanas que en aquel momento llevaba mi padre en casa, cada vez que salíamos por la calle teníamos que oír cosas de bombero retirado, que a él le machacaban la moral. Porque, no sé si os habréis dado cuenta, pero la peña se cree que si tienes una demencia es que no te enteras de nada o que te has vuelto tonto de repente y no comprendes lo que se te dice; así que la gente tiende a hacer juicios de valor sobre el estado o el pronóstico de la enfermedad delante del paciente como si éste no le entendiera. O a hablarle como si fuera un bebé, o un imbécil (tendemos a hablarles a los bebés como si fueran imbéciles, así que esto viene a ser lo mismo), y así termina él sintiéndose.
Ahora, año y medio más tarde, y en un soporte mucho más recuperable, me apetece hacer una lista de lo que NO decir a quien cuida. O por lo menos, no me lo digáis a mi si me veis por la calle.


1.- Ya sabéis que tiene Alzheimer. Guay. No me preguntes si nos reconoce. Claro que nos reconoce. Todavía queda mucho para que no sepa quiénes somos nosotros; probablemente sepa hasta quién eres tú, aunque ya no sea capaz de expresarlo con palabras. Además, cuando ya no nos reconozca, lo más seguro es que no me apetezca contártelo a ti. Ni a  nadie. Eso es lo más doloroso de la enfermedad.


2.- Si me preguntas cómo está, espero que quieras saber cómo está. Si lo que quieres es iniciar una conversación vacía, habla del tiempo. Si no quieres oír que está mal, que ya no quiere salir porque se desequilibra, porque ya no puede seguir una conversación, porque se desubica, no me preguntes. De verdad, no pasa nada. Entiendo que no quieras tener esa imagen de alguien a quien aprecias. Pero no esperes que yo te diga "mejor". No hay "mejor" en una enfermedad degenerativa. Porque degenera. Por definición.


3.- Una muy buena: si ya te he dicho que tiene Alzheimer, no me digas que no es cierto, que hace un mes sabía quién eras y dónde estaba. A no ser que tengas las pruebas clínicas que rebatan el diagnóstico, y una formación que te permita interpretarlas. Entonces sí te dejo. Para lo demás, me remito al punto 2.


4.- No me trates como una heroína. Ni yo ni nadie de mi familia somos héroes. Somos su familia. Punto. Me encanta que tengas palabras de ánimo hacia mi o hacia mi hermano, madre, marido o cuñada, pero no te pases. Es muy triste encontrarme con reacciones de sorpresa y admiración exagerada, porque lo que pienso es que no todos hacemos lo que creemos que debemos hacer en situaciones así, y quiero creer que la mayoría de los seres humanos somos decentes y empáticos, principalmente con nuestros padres.


5.- No me digas que lo que tenemos que hacer es llevarle a tal o cual sitio. No me salves la vida. A no ser, claro, que tengamos mucha confianza y te haya preguntado primero. Hace poco alguien le dijo a mi marido que todos los familiares que conocían de enfermos de Alzheimer, habían terminado llevando a sus familiares a una residencia, que nos teníamos que hacer a la idea y hacerlo. No sabéis lo que nosotros hemos hablado, cuál es nuestra situación familiar, ni la situación concreta de "nuestro" enfermo de Alzheimer. Somos una familia unida y preparada, con un montón de recursos; si no nos conocemos lo suficiente, y si no te hemos preguntado, me pones en la tesitura de o bien darte la razón como a los locos, o bien contarte partes de mi (nuestra) vida que a lo mejor no te importan.


Hale, que ya me he puesto borde. Ya sabéis: en mi línea.

lunes, 5 de diciembre de 2016

A vueltas con el dolor y la pérdida

Hace unos días me encontré con mi antigua profesora de Lengua. Hemos mantenido el contacto, primero porque es casi vecina de mis padres, y luego porque fue una mujer muy importante en mi vida; yo diría que parte fundamental en la decisión de ganarme la vida escribiendo.
Esta maravillosa maestra convivió toda su vida con una compañera, maestra también. Eran "amigas del alma", compañeras de vida.
A su compañera le diagnosticaron Alzheimer unas semanas antes que a mi padre, y ella, claro, se hizo cargo. La cuidó durante meses, la leía, la sacaba a pasear, ... Se hizo a la idea de que esto iba a ser una carrera de fondo, años de cuidados. Se llenó de amor y lo afrontó como no todo el mundo lo hace. Pero la vida se ha llevado a su compañera; una leucemia aguda la mató en 15 días. Algo para lo que mi querida maestra no estaba en absoluto preparada. Y aún lo estaba menos para no estar al lado de su compañera en el momento en que se fue.

Ella y yo hablamos de pérdidas durante un rato largo. Las suyas, las mías...
Me decía "no sé por qué estoy así; era mayor, había vivido bien. Una vida plena y feliz, de verdad. Lo sé, porque es la mía".
Pero las pérdidas no le duelen al que se va. No lloramos por ellos. Nuestro vacío no es el suyo.
Lloramos por nosotros, porque nos quedamos aquí mientras el otro se va. Porque nos sentimos solos y desamparados. Porque ese puñetero vacío es nuestro y sólo nuestro. Por eso no hay dolores diferentes. Es todo el mismo dolor.
Da igual si quien se va tiene 40 o tiene 90. Duele. Mucho. Porque el hueco está ahí.
Hablamos de intensidad del dolor, porque el hueco es más grande cuanto mayor es el vínculo. Pero el tipo de dolor es el mismo.

Y allí estuvimos un rato. Mi vieja maestra y yo. Con nuestros dolores. Y lo que me dolió a mi en ese momento, fue ver cómo esta valiente y hermosa mujer siente que su dolor es menos válido que el mío, o que el de otros.
Me joden los armarios, porque quitan el derecho hasta de sentirte viuda.

viernes, 2 de diciembre de 2016

A vueltas con las etiquetas

Etiquetas.
Es eso que se le pone a los tarros para saber qué hay dentro. O la información de la bolsa de las albóndigas que congelas para saber cuándo las hiciste.
Las etiquetas nos dan mucha información si eres alérgico o sufres alguna intolerancia, sobre los ingredientes que no ves y te pueden hacer daño.
En general, las etiquetas nos ayudan, cuando lo etiquetado es una cosa, un alimento, algo que almacenas o compras.


Cuando empezamos con la evaluación de nuestra hija mayor, mucha gente, tanto del mundo educativo como de nuestro entorno inmediato y familia, nos dijo que era mala idea. "Etiquetar a un niño es malo", nos decían.
Al parecer, etiquetar la mermelada sí, pero a un niño, no. A ver, que sé que no es lo mismo. Pero es para darle vueltas.


A los niños se les etiqueta. Mucho. Y es curioso, pero justo las mismas personas (o casi) que nos echaron en cara querer etiquetar a Laura, emplean un montón de etiquetas. El problema es esas etiquetas que emplean no son del tipo "vamos a saber lo que hay dentro para saber a qué atenernos", sino del tipo "impongo una característica y te trato en función de ella". Y esas características no son buenas.


Me explico: etiquetar a un niño (a una persona) es también decidir que es un vago, o un indisciplinado, o un rebelde. Se le pone la etiqueta así, en la frente, para que todo el mundo sepa que hay que tratarlo como un vago, o displicente o un rebelde. Y eso, claro está, es malo. Yo no quiero etiquetas que limiten, sino que posibiliten.


Cuando nos enfrentamos como padres a la realidad de un niño con problemas, buscamos esa etiqueta, una valoración, un diagnóstico, que posibilite dar a nuestro hijo una atención adecuada a todos los niveles. Si no sabemos lo que le pasa no podemos actuar. Buscamos una etiqueta, una que defina para poder marcar una hoja de ruta y ayudarle.
Pues esto es así con todas las diferencias, y con todas las neurodivergencias.


Para nosotros como padres era muy difícil entender a Laura, sus necesidades. Veíamos que entendía el mundo de otra manera. Siempre veía más aristas que los demás. Siempre hay más posibilidades para todo, muchas soluciones para un problema. Un arbusto enmarañado de cosas que hay que ayudar a desentrañar. Tuvimos muchas etiquetas, muchas: "es que vive en los mundos de Yupi", "es que es una vaga", "es que nos reta como profesores", "no hace ni caso", "molesta"... Y muchos profesores que actuaron con ella en función de esas etiquetas.
Cuando nos llegó la etiqueta de las valoraciones, esa nos ayudó a todos, empezando por ella misma. Habíamos puesto un nombre a todo, y podíamos empezar de cero, ya con el cuadro completo. Las alergias, las intolerancias, y los azúcares ocultos. Todo.


El problema es que la mayoría de la gente huye de esa etiqueta, pero sigue con las suyas propias. Da igual. Son el tipo de personas que no se mueven ni aunque se les caiga la realidad encima.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

A vueltas con los "Maternajes"

Sabéis que estoy recuperando post antiguos. Ya comenté en alguna ocasión que no quiero que se pierdan por estar en otros lugares mucho menos frecuentados y trabajados ahora, sobre todo si siguen teniendo validez. La mayoría de esos post que comparto ahora, los dejo tal cual, o como mucho, borro el encabezado o alguna frase en medio.
El caso es que me encontré con este, Maternajes, se titula, en mi muro de Facebook el otro día, como recuerdo. Lo escribí hace 3 años y lo edité al mes para incorporar una fecha que no quería olvidar nunca. Hoy quiero traerlo, pero este lo voy a rehacer. Quiero decir lo mismo, pero creo que de otra manera. He crecido y he visto otros maternajes, y lo quiero incorporar.

Antes de nada quiero decir que me encanta la palabra “maternar”. Es un verbo que el diccionario de la RAE no recoge, pero afortunadamente, este idioma nuestro que es el español, es una lengua viva que se nutre de los modos de muchos lugares del mundo. Y en lugares de Hispanoamérica el verbo existe, igual que otra palabra que también me gusta mucho: “maternaje”.
Pues maternar es algo así como criar con atención y cariño; se emplea sobre todo para indicar la forma de criar de las comadres, las que no son madres en sí mismas, pero rodean a la madre, “maternan” con ella.

Mi madre para mi es muy importante. Siempre he hablado mucho con ella, hemos discutido de todo lo que se mueve bajo el sol, hemos cedido a los chantajes madre-hija y luego hemos vuelto a nuestro ser. Se mueve mal, así que es raro que ella venga, y ahora cada vez menos. Aunque su cabeza ya no es lo que era, se lo cuento casi todo, y lloramos mucho juntas (también reímos). Nunca me planteé hasta qué punto había otras mujeres que hubieran ejercido una influencia derivada de una cierta crianza, mujeres que me hubieran “maternado”, junto con mi madre. Yo ya pertenezco a la generación en la que las familias nucleares se convirtieron en la seña de nuestra sociedad, las familias en las que ya no estaban las abuelas, sino que vivíamos en un lugar distinto al de origen de mis padres.
Cuando hace 4 años, y tras casi 7 de lucha intensa contra el cáncer, falleció mi madrina, me empecé a plantear esto del maternaje. Porque me sentí un poco huérfana, sin serlo. Era una sensación muy rara, difícil de encajar, porque realmente tengo la suerte de tener una relación maravillosa con mi madre, así que sabía, y sé, que el sentimiento no era porque yo hubiera sustituido ninguna figura materna en ningún momento. De hecho, mi amada madrina era casi como una hermana más que como una madre.
Me di cuenta entonces, y lo he madurado en este tiempo, de que ella estuvo siempre presente. Que sus historias y experiencias han estado a la vera de mi camino, apenas perceptibles, pero siempre señalando la linde. Las cosas que decía, las que hacía. Los regalos que me traía de sus viajes, su forma de ver la vida en su juventud, el hecho de que mi hermano y yo fuéramos siempre antes que ella. Ya estando muy enferma, se fue con mi madre de compras porque las niñas necesitaban ropa. Se mareó en una gran superficie, pero no soltaba las bolsas a pesar de tener que sentarse en la sección de calzado infantil.
Por eso me sentí huérfana.
Hay más mujeres que me han “maternado”, y las iré descubriendo. De hecho, tengo claro quienes son las que lo hacen ahora, mis comadres. Las que tengo físicamente aquí, conmigo, las que comparten maternidad conmigo, son mis ángeles y me enseñan siempre, como mi Raquel, o mi Evita, o mi Mary. Las que se reparten por el territorio nacional, con las que aprendo a las que refiero ante las dudas, Esme, Nohemi, Trini, …
Y en mi familia, de las que me maternaron, forjaron mi camino en mi niñez y adolescencia, sin saberlo… creo que sólo hay una, y de ella también me tuve que despedir hace dos años.
Muchas de quienes habéis estado en el embarazo conmigo, me habéis oído hablar de ella, porque era mi “tía la comadrona”, que a mi padre tanta gracia le hacía que después de tantos años y una carrera que nada tiene que ver, yo terminara lindando “el negocio familiar”.
Siempre fui  “su niña”, porque siempre me lo dijo, sin pudor, delante de quien fuera, porque ella es madre de 3 hombres, y siempre echó de menos una mujer al lado. Y sé, porque me miro en el espejo todos los días, que cada vez me parezco más a ella, sobre todo desde que decidí que yo tampoco quería teñirme, y salieron mis canas a la luz.
Tuvimos largas (larguísimas) conversaciones por teléfono, hasta que el alzheimer, esa condena familiar, hizo muy complicada la comunicación telefónica. Le contaba mis cosas, y jamás me sentí juzgada, quizás porque ella fue pionera en su tiempo, de mujer que buscó y consiguió la libertad para decidir sobre su vida. Siempre se alegraba por mi, incluso en aquellas cosas en las que no estaba de acuerdo.
Hemos discutido amorosamente sobre las formas tan distintas de ver los partos, las lactancias… Una generación de distancia es mucho en esto. Pero al final, ella acompañó y yo he acompañado. Ella desde su papel de comadrona, y yo desde el mío de doula.
Hoy la pienso, la recuerdo y siento. Porque cuando murió, me sentí de nuevo huérfana.

El caso es que estos son mis maternajes. Y como siempre en mi vida, poco me planteé yo sobre hasta qué punto he maternado yo y a quién. Espero que igual que me han maternado mis comadres, ellas sientan que yo las he maternado. Pero hay algo que ha salido de mi alma desde que estoy a este lado de los cuidados. Y es que ahora estoy maternando a mi madre.
Es como una espiral. Un ciclo que no se puede terminar del todo porque tampoco tiene un comienzo claro. Ella me maternó,claro está. Es mi madre. Y ahora la materno yo.

Desde que a mi padre le diagnosticaron el alzheimer, he escrito mucho, sobre todo en mi muro, sobre lo que está siendo la experiencia de cuidados con un enfermo como él. He luchado por aprender sobre esa enfermedad y todas las que él padece, que son unas cuantas, para poder ejercer mejor mi labor. He llorado, he sentido miedo, impotencia, ... Estoy tan metida en ello, que a veces no me doy cuenta de que está ahí mi madre. Que es ella quien está todo el día y la noche con él, que ella no descansa. Que aunque estoy (estamos) para quitar lo gordo, para coger las responsabilidades más cansadas y penosas, lo más cansado y penoso de estar con un enfermo de Alzheimer es estar con un enfermo de Alzheimer.
Su cabeza empieza a fallar, pero no le pasa nada, salvo la convivencia con esta enfermedad. Y por eso ahora yo materno a mi madre. Y sigo siendo huérfana de otras mujeres que me han maternado, pero me toca coger ese camino, ese que me han dejado ellas, y ponerlo a disposición de mi madre.

lunes, 28 de noviembre de 2016

A vueltas con "lo nuestro" o sobre por qué las mujeres deberíamos recuperar el control


¿Por qué las mujeres somos "ciudadanas de segunda" en este mundo? ¿Qué hemos hecho o no, para generar tanto odio hacia nosotras? ¿Por qué tienen tanto miedo de que seamos libres e independientes? ¿Tanto queremos agradar al sexo opuesto que nos ponemos zancadillas entre nosotras? ¿ En realidad necesitamos que "nos cuiden"?
Este es el mensaje que me envía a través de mi muro, una amiga que responde a mi pregunta sobre qué escribo ahora. Son muchas preguntas, pero un sólo tema. Y es difícil, amiga. Mucho.


Hay una teoría sobre el origen de las culturas, muy seguida por antropólogos y psicólogos, que dice que en el principio las sociedades se constituían como matriarcados. No se había establecido la relación entre sexo y procreación, y se consideraba a las mujeres seres mágicos que se comunicaban con los dioses y eran capaces de crear vida. Los hijos eran de la tribu, y las mujeres eran veneradas. De estas creencias quedaron luego las figuras de las hechiceras, las mujeres medicina, las brujas, ...


Con el paso del tiempo, el ser humano se asienta, descubre la agricultura, y se empieza de dar cuenta de que sí que hay una relación entre sexo y embarazo. Con los asentamientos llega un concepto que hasta ese momento no existía: el de propiedad; y con la propiedad, llega la herencia. ¿A quién dejamos esas propiedades? Y con el descubrimiento de la paternidad, llega el cuestionamiento sobre si me tengo  que cuidar al hijo de otro. Todo esto llega más o menos al tiempo, y ahí empieza la desdicha de las mujeres.


Primero, el asegurarse de que el hijo es de uno y no de otro, es decir, el control de la natalidad de la prole propia, y luego, con los primeros conceptos de Estado, el control de la natalidad del conjunto de la sociedad.


En nuestros vientres y en nuestras manos está el futuro. Para saber eso no hace falta ser filósofo ni experto en física cuántica o en economía mundial. Si nosotras estamos controladas, el futuro está controlado. Entonces y ahora. Por eso los gobiernos más liberales (empleo el término económico, que suele coincidir con los menos liberales en lo político, aclaro), son los que tienen legislaciones más duras en cuanto al aborto, por ejemplo.


Con la idea de la paternidad única y de la propiedad, empieza a entrar algo en el subconsciente de todos: si el hijo es mío, y quiero asegurarme de que lo sea, entonces la mujer que me lo da, también tiene que ser mía. Y en ese concepto de posesión está todo: si es mía, puedo hacer lo que me dé la gana con ella. Si es mía puedo ponerle precio. Si es mía, puedo disponer de su cuerpo cuando me plazca. En las sociedades neolíticas, esas que tanto nos escandalizan porque fíjate tú qué malos son y qué machistas, perviven prácticas que ahora vemos como aberrantes, aunque en nuestra historia tampoco están tan lejos cuestiones parecidas: la compra de la mujer, la ablación como forma de control (una mujer que no siente placer no se va a ir a buscar sexo con otro), los burkas, ...
En la nuestra, mucho más avanzada, dónde va a parar, son otras cuestiones. Las que ahora vemos con reprobación (afortunadamente) son las que terminan en el telediario. Pero hay otras cuestiones de control, y donde más se ven es en el momento de la maternidad. Porque es ese hecho, la maternidad, la natalidad, el que está en el fondo de todo, aunque no lo sepamos. Son como el gato de Sócrates, que nadie sabía al final por qué había que atarlo. Pero lo ataban.

Sabéis que me gusta compartir post antiguos, darles una vuelta, o no. Y de todas estas cuestiones hablaba yo hace años en un proyecto que al final no cuajó, que se llamaba "La Magia de las Mamás":

La magia de la Diosa




Hace miles de años las mujeres se reunían formando Círculos, en lugares mágicos para sus tribus. Solían hacerlo a la luz de la luna llena, conscientes de que sus cuerpos se regían, más o menos, con los mismos ciclos que el astro, a quien adoraban como una Diosa de la que emanaba el poder, la magia de la vida.


Algunas de esas noches se señalaban en las tribus; solsticios, equinoccios, quizás algún eclipse, alguna luna roja. Entonces a esas reuniones se unían los hombres de las aldeas y se ofrecía a la luna una fiesta basada en ritos sexuales; se pedía a la Diosa fertilidad, que las mujeres concibieran.
Naturalmente, a ninguno de los presentes en aquellas fiestas se les pasaba por la cabeza pensar que era precisamente el sexo lo que hacía que las mujeres quedasen preñadas, sino que era la Diosa quien, agradecida por los ritos, les concedía el don de la vida.
Era un tiempo en que ellas eran veneradas, escuchadas y a veces temidas; eran consideradas seres mágicos, tocadas por la luna con el don de dar vida, y gracias a ellas las culturas pervivían.
Pero con el tiempo, se descubrió el secreto; no era la Diosa Luna quien regalaba vida en los vientres de las mujeres, sino la unión sexual hombre-mujer. Todo mucho más prosaico. Se plantean entonces toda una serie de problemas: los hijos ya no son de la aldea, sino de los hombres, que empiezan a tener posesiones, y que quieren asegurarse de que pasan a sus hijos legítimos, y no a otros.

Es curioso que uno de mis profesores en la facultad, el de psicología, intentaba explicar esto, pero sin sexo por medio; decía simplemente que en un momento dado los hombres se dieron cuenta de que era importante mantener la herencia, y por eso se pasó del matriarcado al patriarcado.
Y con eso, se acabó con la Diosa. ¿O no?
El caso es que siempre ha habido hechiceras, incluso en sociedades claramente patriarcales; siempre parece haber una figura, que en la mayoría de los casos, por cierto, es maligna (la bruja, la hechicera, la perdición…). Es como si esas sociedades fueran conscientes de que es imposible arrebatar la magia femenina, y por eso se transforma en algo pernicioso. No imaginéis sólo una tribu africana con su hechicera medio desnuda y llena de tatuajes y abalorios, que no. Pensad en Eva, que con su “magia” embaucó a Adán para que se enfrentase a Dios; en la serpiente (Ella, la Serpiente) que convence a Eva de que incumplan la ley del paraíso; en María Magdalena (esta da para capítulo aparte, porque se la identifica con la prostituta, y resulta que no lo es ), una “mala mujer” salvada por un hombre. Durante la inquisición, se quemó a muchas mujeres bajo la acusación de “brujas”, muchas de ellas, matronas, mujeres sabias, conocedoras de remedios naturales y, sobre todo, sabedoras de los dones mágicos femeninos.

Y pensad ahora en el hoy, en cada vez que alguien os hace de menos. En la época de la igualdad, ¿cuándo se menosprecia a las mujeres? ¿Cuándo se las ignora, infantiliza, manipula? ¿Cuándo se las silencia?
Pensad en vosotras. Habrá de todo entre las que me leéis: periodistas, abogadas, ingenieras, médicos, juezas, banqueras, economistas, vendedoras, limpiadoras,…
Pensad ahora en vuestro día a día, en el trabajo, con vuestros compañeros, vuestros jefes; quizás incluso seáis vosotras las jefas…
Pensad en las decisiones que tomáis en vuestra vida y en vuestro trabajo, cuáles son, de qué calibre, con qué alcance.
Pensad en lo que os dice vuestro entorno de esas decisiones, cómo se valoran, cómo se critican, de qué manera se rebaten se aceptan.
Dejadlo ahí un momento. Sostenedlo en vuestra mente, recrear las situaciones.
Bien.
Ahora recordad el momento en que os enterasteis de que estabais embarazadas. Ese momento mágico (porque se trata de magia) en que veis el positivo en el test de embarazo. Probablemente sentisteis una mezcla de miedo y emoción, una especie de “no hay vuelta atrás, pero bien por ello”. ¿Lo tenéis? Sostenedlo también un momento.
Pensad en las decisiones que tomasteis en ese momento, en a quién acudisteis, cuáles fueron vuestras palabras.
Pensad en lo que dijeron en vuestro entorno de esas decisiones, cómo se valoraron, cómo se criticaron, de qué manera se rebatieron o se aceptaron.
Haced lo mismo con la crianza de ese hijo una vez fuera de vuestro vientre, con su educación cuando creció un poco.
¿Hay diferencias?
Ojalá no. De verdad, ojalá cuando lo analicéis, hayáis sentido el mismo respeto por vosotras como madres que por vosotras como profesionales. Ojalá vuestro entorno os valore y respete.
Pero desgraciadamente la mayoría de vosotras habréis notado diferencias.
Probablemente os hayáis sentido cuestionadas, incluso presionadas para abandonar vuestras decisiones. Probablemente os hayáis sentido infantilizadas, menospreciadas, …
¿Por qué?
¿Por qué mujeres capaces, grandes profesionales, que toman cada día importantes decisiones que nadie cuestiona, se convierten, durante su embarazo-maternidad en una especie de muñecas idiotas incapaces de distinguir entre el bien y el mal, poniendo así constantemente su vida y la de su hijo (y su futuro) en riesgo constantemente?
Yo tengo una teoría:
Hemos conseguido la igualdad jurídica (quede claro que me estoy refiriendo a nosotras, las mujeres del llamado “primer mundo”); estamos próximas a conseguir la igualdad laboral (sí, ya sé que todavía queda, no me seáis quisquillosas; pero lo cierto es que cada vez más mujeres que ocupan cargos de responsabilidad en grandes empresas). ¿Cuándo no somos iguales? ¿En qué momento queda patente e irrenunciable nuestra condición de mujeres? Pues es en ese preciso momento cuando todo el mundo deja claro que estamos en inferioridad de condiciones, que no podemos decidir de manera consciente, nos convertimos en imbéciles.
Y es que, salvo deshonrosas excepciones, cuando alguien busca un abogado, le importa un pito que sea hombre y mujer, lo que quiere es que sea eficiente; pero si una MUJER se atreve a decidir qué es mejor para su cuerpo, para sus hijos, entonces ahí debemos actuar con cuidado: si la decisión va acorde con lo que opina la mayoría, con lo socialmente aceptado, bien, estamos siendo “buenas chicas”; pero si se nos ocurre plantear una alternativa… Pues eso, que la Santa Inquisición, nos quema. A la hoguera. Por brujas.
Y lo más gracioso del tema es que lo “socialmente aceptado” va, muchas veces, en contra de toda lógica y sentido común. JE
Porque vamos a ver, ¿qué lógica tiene asegurar que un niño que va en brazos se cría mal, y que se cría mejor el que es llevado en un carricoche? ¿Cuánto hace que hay carricoches? ¿Cómo iban los niños que no sabían andar antes de que se inventasen los carricoches? ¿Arrastras? ¿Qué forma había entonces para criar bien a un niño? ¿Mantenerlo encerrado en casa, sin salir de la cuna? ¿Y cuando no había casas? ¿Se dejaba al bebé solo en una cueva para criarlo bien? A no, espera, que igual así el niño moría. Adiós especie.
Otra. ¿Qué lógica tiene asegurar que es mejor que, a partir de cierta edad, un niño crece más y/o mejor a base de leche artificial? ¿Qué se hacía con un bebé antes de que Nestlé naciera? ¿Se le ponía bajo las ubres de una vaca? ¿Una loba, tal vez, como Rómulo y Remo? Señores, que eso es un mito. Desgraciadamente, hasta hace no tanto, los niños que no contaban con una teta cerca tenían muchas posibilidades de morir. De nuevo, adiós especie.
Más. ¿Qué lógica tiene asegurar que un niño a partir de 5 meses debe tomar 2 cucharadas de cereales por cada 200 ml. de leche, a partir de los 5 meses y medio debe tomar la papilla de media pera, media manzana, 1 plátano y el zumo de dos naranjas, a partir de los 6 meses empezar con las verduras con 200 gramos de patata, 150 de judías verdes y 50 de zanahoria, a los 6 y medio meter 80 gramos de pollo, altérnalo con otros tantos de ternera a partir de los 7, ponerle 30 gramos de garbanzos a los 8, los miércoles a partir de los 9 meter 100 gramos de merluza, media clara de huevo a los 10, y ¼ de yema a los 11 para ir subiendo la cantidad de huevo hasta conseguir un huevo entero a los 12? ¿Pero es que nadie ve nada absurdo aquí? ¿Soy yo la única? ¿Qué le pasa al niño que su madre se confunde y le pone 35 gramos de garbanzos en lugar de 30? ¿Muere por la irresponsabilidad de la madre?
Podemos hacernos las mismas preguntas con “pecados” tales como el colecho (esta es buena, que si no colecho con mi marido tengo problemas en mi matrimonio, y si colecho con mi hijo, tengo problemas en mi matrimonio. Conclusión: tengo problemas en mi matrimonio. O con el cenutrio que se inventó semejante estupidez. Más con el segundo que con el primero, seguro), o con la disciplina, o con los mimos, …
Pero si a alguna se le ocurre saltarse estas absurdas normas a la torera, y hacer lo que les sale de su útero (en otra ocasión hablaremos de la magia de este maravilloso y energético órgano), son tachadas de irresponsables, hippies (sí, eso es ahora un insulto), cabezas locas y poco menos que malas madres.
Pero ojo, porque si la misma mujer, convertida ahora en ingeniero, propusiera una novedosa manera de hacer un puente, que conservase la seguridad abaratando los costes, por lo menos, se la escucharía, y probablemente si hubiera algo que rebatir se haría desde el respeto, de profesional a profesional y aportando datos técnicos. Y si no fuese así, la mujer podría denunciar por mobbing, que probablemente ganaría y el resto de la sociedad tacharía al compañero y/o jefe de, por lo menos, gilipollas. Si hablas de tus hijos, igual hasta te los quitan.

Desde hace miles de años nos han ido robando la magia, y la hemos ido cediendo. Esa magia creadora, intuitiva, instintiva, que hacía que estuviéramos conectadas con nuestro yo más animal, con la Madre Naturaleza, que nos iba dictando qué hacer en cada momento. Esa magia que nos permitía ver sin mirar, a ojos cerrados, qué era lo mejor y qué no. Esa magia que hacía que el resto nos respetase, que nunca fuéramos cuestionadas, porque habíamos sido tocadas por un don, regalo de la Diosa Luna. Hemos renunciado a él, y ahora deberíamos recuperarlo. 


Tiene años esta entrada. Pero sigue siendo válida así, tal cual.
¿Por qué se nos considera ciudadanas de segunda? Pues porque tiene que ser así. Porque si nos diéramos cuenta de que no somos imperfectas, sino absolutamente perfectas e igual de dignas que los hombres, habría que replantearse muchas cosas. Y no me refiero sólo a burradas que salen de ojo.
Si admitiésemos que una mujer de parto tiene los mismos derechos a ser informada punto por punto que un hombre al que se le va a extirpar una hernia, habría muchas cosas que ocurren a todas horas en las maternidades que no podrían ocurrir. No habría control sobre los productos de nuestros vientres, y lo mismo la cosa empezaba a cambiar. No hubo mejor invento, desde el punto de vista del control de las mujeres en el parto, que decidir que una mujer pariendo está "enajenada" y por lo tanto, no se puede recabar su consentimiento. Eso, y acabar con la partería, oficio eminentemente femenino, y llevarnos a todas al hospital a ser controladas por hombres que practican un oficio inventado por hombres para controlar a las mujeres.
Por otra parte, en este momento las mujeres nos hemos convertido en una base fundamental del sistema capitalista. Mucho del dinero que se mueve en productos absurdos que suponen miles de millones, se mueven "para nosotras": somos feas, imperfectas, envejecemos, las canas nos sientan mal, los michelines son un pecado, nuestra regla huele mal, tenemos pelos en el cuerpo y en nosotras es falta de higiene, ... Si hablamos de nuestra maternidad, es aún más evidente: si no amamantamos gastamos millones en agua embotellada, leche artificial, biberones y tetinas  y todos los derivados. Compramos pañales, ropa que ni estrenamos, cochecitos, cunas, bañeritas, bañeras más grandes, redes antiahogo...


¿Os imagináis que de repente recuperásemos el poder sobre nuestros cuerpos? ¿Os imagináis que nos librásemos de complejos y de problemas? ¿Os imagináis que tuviéramos el control?


Pues eso. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

Respiraciones

- Mami, tengo frío. ¿Te quedas un ratito y me das calor?



Hace más de un año que mi hija pequeña se fue de la cama familiar. Hasta que ella se fue, la cama había estado ocupada siempre por tres o cuatro cuerpos, durante 13 años. Una cama grande, para que cupiésemos todos.


Reconozco que hubo un momento, cuando estábamos los cuatro y las niñas ya eran mayores, que tuve un agobio. Somos dos adultos grandes (muy grandes) y cuando Laura tenía 11 años y Diana 6, no importaba lo que midiera la cama: yo dormía de lado en un escorzo imposible, así que fue un cierto alivio que la mayor dijera "ahí os quedáis que yo me largo". Pero cuando Diana decidió, con 8 años, que ella también se iba, me di cuenta de lo enorme que es nuestra cama.


-Nenita Nana, ¿así? ¿Te duermes?
- Un ratito más, mami.


Dormir con los hijos es una elección personal. No es ni bueno ni malo hacerlo o dejarlo de hacer. Para mi no fue nada poético lo de dormir con ellas. No se trataba de hacer de madre amorosa que da la espalda al marido para centrarse en las crías. Se trataba de supervivencia. De toda la familia.
Laura se despertaba casi cada hora por la noche. Javi y yo nos turnábamos: él hasta las 4 de la mañana y yo de ahí en adelante, porque él trabajaba por la mañana, y yo podía dormir un poco al ritmo que ella marcaba. Aún así, era agotador.
Y un día, después de un intento horrible de "estivilizar" a la niña, decidimos meterla en la cama con nosotros. O eso o la muerte por falta de sueño. Y de repente... ¡dormimos todos!
Con Diana ni me lo planteé, claro. A la cama de mamá y papá desde el principio. Una cama que, ya con 4 miembros de la familia en ella, pasó a llamarse "familiar", para siempre.

- Nenita Nana, ¿ya está?
Respiraciones


Estábamos tan pendientes de dormir y descansar todos, nos hemos acostado siempre tan cansados por la vida y por las niñas, que nunca nos hemos parado a disfrutar realmente de su presencia. Es triste que yo me diera cuenta de lo que eran mis hijas en mi cama cuando se han ido y la cama me ha parecido tan grande.
Pero antes de anoche, estaba ahí, en la cama de abajo de la litera, compartiendo el nórdico con la peque, haciendo las veces de "calienta cama", y me he quedado en la oscuridad de su dormitorio, sin querer ni poder dormir, simplemente escuchando.


La respiración fuerte de Laura en la cama de arriba. Acompasada y tranquila, de sueño plácido. Pero fuerte. El asma. El frío. 
Y la respiración suave e igualmente acompasada y tranquila de Diana, a mi lado.


He estado un rato largo simplemente escuchando sus respiraciones.


Y he sido feliz.
 
 
 

miércoles, 23 de noviembre de 2016

A vueltas con las diferencias

Hace un año, la psicóloga de salud mental infanto juvenil envió una solicitud formal al instituto donde mi hija mayor cursaba 2º de la ESO para que le hicieran unas pruebas para ver si podía tener Altas Capacidades Intelectuales.
Hasta ese momento, yo había oído campanas, pero no me había parado mucho a informarme, porque esto de tener una niña inteligente da como un pelin de vergüenza. Así, tal cual. Además de la preocupación porque ves que la nena es "rara", la peña te hace sentir mal porque la ves inteligente. Por otra parte, es que no entendía que aquella inteligencia pudiera causar la terrible devastación emocional que veíamos en ella.


Recuerdo el primer año de infantil. Su profesora se quejaba porque Laura no la hacía caso y se iba de clase, porque la conserje del colegio era mucho más interesante que su profesora. La puso en la mesa de los tontos, no porque no llegase a los objetivos, que los pasaba con mucho, sino por indisciplinada. Dos cosas: la división entre "mesa de los listos" y "mesa de los tontos" fue el germen de una clase con un intenso problema de bulying (adivinad quién acosaba a quién), y se pedía a bebés de 3 años que fueran "disciplinados". Cuando le dijimos que a lo mejor la niña se aburría porque leía desde los 2 años, y contaba hasta muuucho más de 10 e incluso era capaz de visualizar sumas sencillas, nos riñó por "estimularla demasiado"; cuando le pregunté si no había alguna manera de intentar que la niña estuviera más cómoda su respuesta fue de traca: "superdotada es la que tiene un CI de 130 o más. ¿Qué pasa si le digo a los orientadores que le hagan las pruebas y luego la niña tiene 129? ¿Te imaginas el trauma?". Que sí. Que soy gilipollas. Que el argumento es como para hacerle una evaluación a ella pero por si está en el otro extremo. Pero qué queréis que os diga. Mi desconfianza hacia los profesores llegó más tarde; en ese momento, me fiaba ciegamente.
Cuando pasó a primaria, empezó el horror. El acoso, la violencia. Cuando iba a quejarme me decían que yo exageraba, y que la niña también lo hacía. Que decía que la pegaban y  la insultaban, pero luego jugaba con los supuestos agresores, y que eso no es así. Que eran ganas de llamar la atención.
En 2º de primaria una profesora la tomó con ella. No soportaba a aquella niña que siempre tenía una puntilla para todo. La castigaba de pie, y la ridiculizaba. Cuando hablamos con ella desacreditó todo lo que Laura decía.
En 3º y 4º la cosa fue peor: tuvo una profesora guay que decía que todos los niños y las niñas tienen que ser amigos. Así que cuando vio que había problemas con un niño (problemas es "te insulto, te pego, voy a buscar a tu hermana para decirle lo imbécil que eres") entonces les sentó juntos para que se llevaran bien. Y como decidió que era vaga porque era muy lista y se lo sacaba todo con la gorra, nos mandaba para casa (y digo bien, "NOS", a todos) listas interminables de cuentas.
En 5º fue el primer estallido: el asma no daba tregua, era ingreso tras ingreso, respirador tras respirador. Por fin una profesora parecía hacernos caso, pero era un espejismo: nadie puso el caso en manos de la orientadora del centro, en ninguno de los años. El profesor de inglés la cogió tirria, porque sabía más inglés que él, y como niña de sólo 10 años, no sabía cómo hacer para que no se notase.
En 6º cambiamos de colegio. Tutora nueva, a ver si aquí... Nop. Me llegó a decir que no la suspendía porque no podía, pero que al menor resquicio, lo haría. Así, tal cual. ¿Por qué? Pues porque es muy inteligente, así que se toca las narices. No importaba que no fuera cierto, era una decisión que había tomado ella y la de matemáticas, y nadie las iba a sacar de ahí. Empezó de nuevo el acoso y la solución fue intentar convencerla de que no se hiciese notar. No hables, no te muestres, permanece oculta.
Y pasamos al instituto, y fue el estallido definitivo. La depresión, los ataques de ansiedad, el pánico en los servicios, y las auto lesiones. No dormía por la noche, y no era capaz de hacer nada. El tutor dijo que la niña "lee demasiado, y claro, hay que estar más en la tierra". Lee demasiado. Ahí estamos.
Después de más de un año viendo cómo nos quedábamos sin hija, nos dicen que es posible que sea superdotada, y que la falta de atención a su diversidad, el menos precio, la falta de defensa de los adultos a cargo durante años, han minado su autoestima. Su particular manera de ver las cosas la hacen ver constantemente que es diferente, pero no mejor, sino peor. Quiere ser como los demás y no puede, y además, recibe ataques por esa forma de ser, y la solución que dan "los que saben" es que disimule para que no se note la diferencia.
Después de semanas de pruebas, ahí está la evaluación. Por cierto, mal hecha, pero entre todos hemos decidido dejarlo estar. Laura tiene Altas Capacidades Intelectuales, con un perfil general muy alto, y una serie de talentos en determinadas áreas en las que los percentiles se salen de las curvas.
¿Qué se va a hacer? NADA
Como es tan inteligente, tiene menos problemas que los niños que no lo son tanto.
¿No hemos entendido nada? ¿De qué coño han servido las entrevistas? ¿No os dais cuenta de que sí pasa?
Afortunadamente, a Laura algo sí le ha valido: ha entendido su diferencia, le ha puesto nombre. Ya no está loca, no es menos que los demás, es sólo distinta, y hay otros niños como ella. Aunque se la ha negado subirla de curso, como todos sus amigos son mayores, ella se ve a sí misma como una alumna de 4º que está en 3º y toda su vida social la hace con los del curso superior. Y entre eso y una terapia psicológica especializada, está saliendo adelante. Afortunadamente, instito.

Con la entrada de hoy quiero mostrar dos cosas.
Por un lado, que todos tenemos derecho a ser diferentes, y a ser tratados en función de esas diferencias. No se puede priorizar unas diferencias sobre otras, porque los niños no van a racionalizar como nosotros, simplemente se van a sentir desatendidos por quienes deben procurarles una educación y protección a su persona. Y no me vale la excusa de los recortes, de la mierda de sistema. Estoy hasta los cojones de que me hablen de lo mal que está todo mientras los mismos que me venden esa moto están tan tranquilos en su sillones sin moverse. Si sabes que algo está mal, lucha para que deje de estarlo o apártate para que otros luchen, pero no te quedes ahí en medio, lamentándote de lo poco que tienes sin hacer nada y además entorpeciendo.

Por otro lado, repaso mi vida como "madre de alumna", y con mi hija mayor, en 11 años de vida escolar no nos hemos topado con ningún tutor o tutora que estuviera a la altura de las circunstancias, NINGUNO. Hemos pasado por el que dice "no pasa nada", por el que nos asegura que es todo un invento, por los que te ofrecen soluciones que no lo son, o por el que responsabiliza al exceso de libros el problema de la niña. Bueno, y por el que participa o fomenta el acoso, que eso ya es capítulo aparte.
Con la pequeña, hemos tenido algo más de suerte, aunque en fin. En infantil, una profe amorosa que la cuidó como pudo, en primaria una estresada, una insegura y una para echarla de comer aparte. Y este año... ¡por fin! una profesora interesada, que ya está intentando informarse sobre todas las diversidades, y no sobre las que están a la izquierda de la campana.
Es decir: en 11 años como madre de alumnas, me he topado con una profesora cariñosa y otra que además de ser cariñosa se toma en serio su trabajo y quiere seguir aprendiendo.

¿Y cómo lucho yo? Pues así. Escribiendo, discutiendo con algunos y ofreciendo información a otros. Y cada vez más cansada con todo, porque una va cumpliendo años y ya no lucha igual, claro.
Pero bueno, mientras los dedos me funcionen, le seguiré dando vueltas a las teclas.

lunes, 21 de noviembre de 2016

La mirada

Hoy me he levantado con prisa. Más que habitualmente, quiero decir. Tocaba ratito en el banco, y como no se puede predecir el tema colas, quise tener todo a punto a las 9, que es la hora del cole.
A las 9 menos cinco, miramos por la terraza, y ahí estaba: el final de un arcoiris. Lo miramos durante un minuto y Diana me preguntó si se vería desde la calle. Seguro. Y bajamos.


El arcoiris de hoy era perfecto. Durante unos minutos, desde la calle se veía el arco entero, con todos sus colores definidos y brillantes. Y justo por encima, después de una nube gris, otro arcoiris más oscuro, como si fuera un eco del primero, o una sombra.


Los niños iban al cole a trompicones, sin querer dejar de mirar el arcoiris, pero azuzados por los padres, las prisas, el vamos que no llegamos.
Es curioso que la mayoría de los adultos ven perfectamente las cacas de los perros (ajenos) en el suelo, pero si les preguntas cómo era el arcoiris de hoy, ni se habrán dado cuenta de que estaba ahí.
De repente, una mirada amiga: "¿Lo habéis visto?. Por supuesto, jeje." Pero también hay prisa. Yo también tengo prisa.


De vuelta del colegio, de camino al banco, lo tengo de frente. Nunca he visto un arcoiris tan perfecto, tan de libro. Pero nadie lo está mirando.


¿Sabéis por qué hoy no hay foto? Pues porque, aunque pude pararme y hacerla, y mostraros aquí lo alucinante de lo que he visto, no me he atrevido. Entre tanta mirada adulta, ciega a los colores, me ha dado vergüenza que me vieran así, niña y sorprendida.


He continuado mi camino hacia el banco, mirado de reojo y disimuladamente el arcoiris más alucinante que he visto jamás.

viernes, 18 de noviembre de 2016

A vueltas con trabajos y cuidados

7:00 AM.- Javi me despierta con cariño. Odio esta hora. No puedo...
7:15 AM.- Ducha rápida. Hay que sacarse el sueño de encima. Javi se va.
7:30 AM.- Preparar el desayuno para Laura, recordarla el inhalador. Esta hija mía tarda una vida en     prepararse.
8:00 AM.- Habitación hecha, ventilada y limpia. Mochila de Diana supervisada. Almuerzo preparado.
8:10 AM.- Diana que se niega a levantarse. Madre mía, lo que llevo respirado hoy y todavía no hemos empezado.
8:20AM.- Vale, ya estamos desayunando. Hay que empezar a preparar la comida o no me va a dar tiempo.
8:30 AM.- Pero, ¿por qué mis hijas se visten tan despacio? Camas de las petardas hechas.
8:45 AM.- Con el pelo de Diana no hay quien pueda. Yo que hago coletas a la velocidad de la luz, pero con ella es imposible. Entre sus gritos y mis encomiendas esto parece Guantánamo.
8:58 AM.- Otra vez llego por los pelos. Ahora a ver si Linda caga deprisa o no me da tiempo.
9:15 AM.- Polvo, escoba, fregona y Fairy. Hay que tender la ropa y poner otra lavadora. ¡Y la comida sin terminar!
9:45 AM.- Me concentro en la comida. Espero no perder el autobús.
10:00 AM.- Llego al bus. Ahora hace falta que el bus llegue a mi.
10:08 AM.- Ya llega tarde el cabrón. Me quedo sin poder coger el otro bus en el centro.
10:31 AM.- Ahí está mi segundo bus alejándose. Toca ir corriendo.
10:50 AM.- Llego a casa de mis padres. Bajón. Cuando ves a tu padre, un hombre grande y enérgico, así, tan pequeñito en el sofá, con el pijama, dos camisetas, los zapatos y el abrigo, cuesta poner la sonrisa y coger fuerzas para el resto de la mañana.
10:55 AM.- Glucemia: bien. Hay que hacer la cama. Toca cambio de sábanas. Superviso lo fregado de la cena de ayer y el desayuno; guay: hay que volver a fregarlo.
11:15 AM.- Lista de la compra. Es curioso lo divertido que es comprar para personas mayores, aunque sean tus padres. Yo me meto en el super y compro todo y punto. Aquí, al super se va a por unas cosas, el jamón y el queso es de una carnicería, los filetes a otra, que son mejores, la fruta en la frutería del barrio. Ya soy la "niña del carrito". En hora y media de compras me recorro 5 kilómetros.
12:45 AM.- Subo el carro y me encuentro a mi padre vestido (más o menos) discutiendo con mi madre porque quiere ir a "ver enfermos". Respiro, tranquilizo a mi madre e intento averiguar qué narices es eso de "ver enfermos". No lo consigo. Ya le tengo cabreado, pero por lo menos ahora dice que no sale. Dice que no va a salir en la vida ya. Mi madre se disgusta, pero yo tengo claro que esta tarde ya ni se acuerda. Lo bueno del Alzheimer.
1:00 PM.- Hale, ya estamos. He convencido a mi padre de que se afeite y se ponga la dentadura, que así no puede ver enfermos ni a nadie, y en el camino, se ha olvidado de lo que quería hacer y del enfado. Lo que yo decía.
1:15 PM.- Me pongo con la comida. Algo sencillito, y que les quede algo para la cena. Pongo la mesa. Tienen melón, pero no lo van a poder partir, así que les dejo el melón cortado.
1:45 PM.- Sentaditos los dos, cambio las agujas de las plumas de insulina de mi padre. Se supone que hay que cambiarlas cada vez que se usan, pero bueno. Yo las cambio y así sé fijo que se cambian una vez al día. Hago la glucemia de mi padre. Por las mañanas al desayuno, se la hace mi madre y siempre montan un número, porque él se impacienta. Yo voy rápido. Estoy contenta. Lleva unos días con la glucemia bastante estable, y eso también nos falicita la vida a los demás, porque está más tranquilo. Calculo la insulina y se la pincho. Es alucinante, porque yo jamás había cogido una jeringa, y el otro día les puse yo las vacunas; me enseñó su enfermera de cupo y la verdad es que no me pareció difícil. El trago de pinchar, pero a eso ya me he acostumbrado.
1:50 PM.- Sirvo la comida y me pongo a fregar. Mi madre tiene una artritis reumatoide bastante limitante, así que procuro fregar los cacharros más grandes y dejarlos recogidos en sus estanterías, para que ella no tenga que hacer el esfuerzo, o no le tenga que pedir ayuda a mi padre. Ya he tenido que buscar sartenes como una loca y han aparecido en la terraza, o el nescafé del desayuno en el armario de los vasos.
2:00 PM.- Dejo las encimeras fregadas y miro que mi padre se tome todas las pastillas. Tengo que salir pitando, porque no quiero perder otra vez el bus.
2:15 PM.- ¡Bien! ¡Primer bus cogido! El siguiente lo comparto con mi hija... y la mitad de los estudiantes de su instituto
2:30 PM.- ¡Madremiademivida! En este autobús no hay quien pare. Va a retaque, sin que quepa ni un solo alfiler. Se tarda tanto en que suban y bajen pasajeros, que un viaje de 20 minutos tarda 30 en hacerse. Diana tiene que salir sola del cole, con sus llaves, y nos espera en casa hasta que lleguemos.
3:00 PM.- No hay descanso. Laura saca a la perra, mientras yo pongo la mesa y caliento la comida. Hay un arroz con verduras que hay que terminar de hacer. Mientras se calienta el aceite me cambio de ropa.
3:15 PM.- Javi llega y nos ponemos a comer. Por fin me siento, aunque sea un momento. Javi tiene dos trabajos. Uno de mañana, en una oficina, jornada completa, hasta las 3 de la tarde. Luego, a partir de las 4, tiene talleres musicales de Primaria, Secundaria y Bachillerato. Tiene como 20 minutos para comer y se tiene que marchar otra vez pitando. Vuelve como a las 8:30-9:00. Y vamos a darle gracias a la vida y que no falte.
3:40 PM.- Javi se va corriendo y yo me quedo fregando. Creo que es lo que peor llevo: fregar. Debe ser porque lo hago como unas cuarentamil veces al día.
4:00 PM.- Las niñas quieren contarme todo, y es todo muy importante, claro. Me siento en el sofá, pero me da igual. Termino con una tía de 14 años, una niña de 9 y una perra encima de mi. ¡Ay, mi siesta!
4:30 PM.- A ver, niñas, no quiero ser árbitro de lucha libre. Se termina la discusión, el drama y lo que sea, y antes de empezar a oír portazos, vamos a ver qué hay que hacer esta tarde. Toca teatro. Chachi.
4:55 PM.- Pitando a teatro. Luego voy al super. No me ha dado tiempo a hacer la compra para nosotros, así que...
5:45 PM.- Laura ya está en la biblioteca. Coloco la compra y saco a la perra otra vez. Vamos a un descampado justo detrás del colegio, y así cuando empiecen a salir de teatro, recojo a Diana.
6:00 PM.- Diana ha decidido ir a la biblioteca también. Debo ser muy mala madre, porque con lo poco que la veo últimamente, me debería apetecer estar con ella todo el rato, pero lo cierto es que ese rato de biblioteca lo agradezco enormemente.
6:15 PM.- Hay costura. Llevo cosiendo unos bolsillos de un pantalón de Javi como media vida. Yo creo que me sale más a cuenta comprar un pantalón nuevo, pero es que tampoco me salen las cuentas. Hay que coser también un jersey de Laura, unos calcetines de Diana y un pantalón de pijama mío. Se jodió la hora tranquila de la biblioteca.
7:00 PM.- Ducha y vuelta a lidiar con el pelo de Diana. Joé, se me ha hecho tardísimo, y dice que tiene hambre. Merienda tardía, verás tú la cena.
8:00 PM.- Me pongo a hacer la cena y a decidir la comida de mañana. Laura se nos ha hecho vegetariana y esto es una coña marinera. Tengo que darle mil vueltas a las cosas para que todos podamos comer de todo y yo no tenga que hacer cien menús diferentes.
9:00 PM.- Llega Javi. Me ayuda a poner la mesa y nos sentamos todos a cenar. Al terminar, entre los dos recogemos la cocina. Un rato para charlar, joé, cómo se agradece. Aunque sea entre platos y trapos.
10:30 PM.- Toca cuentos, arropes y hasta mañanas. Me siento. Mi jornada de hoy ha sido de 15 horas. Echan una peli que me apetece un montón, pero mi cuerpo dice que narices. Javi saca a la perra y se pone a preparar las clases de mañana. A las 11:30 me desconecto.






Escribo todo esto porque hace unas semanas, en un hilo de facebook sobre el hecho de que las mujeres no reciben remuneración por los trabajos del hogar, después de quejarme de que se hablase de "mujeres trabajadoras" como aquellas que trabajan fuera de casa, una de esas mujeres dijo algo así como "nosotras hacemos lo mismo que tú, pero trabajando además fuera de casa". No respondí a aquel comentario, y supongo que esa mujer se quedó muy ufana por haberme puesto en mi sitio y haberse reivindicado a sí misma. Lo cierto es que no quiero discutir.


Y una cosa: soy consciente de que no soy la persona con la vida más cansada ni estresante del universo. Hay mujeres que se levantan antes, que no tienen ayuda para nada, que se ven superadas por situaciones personales que los demás no conocen, aunque las juzguen.


Es verdad que yo podía haber tomado otras decisiones en mi vida. Es verdad que yo podría estar ahora trabajando (bueno, no sé yo tal y como está el percal, pero estamos teorizando). Si yo trabajase fuera de mi casa, habría un montón de cosas que tendría que contratar a otro para que las hiciera. Y otras que aunque otro trabajase para mi, tendría que hacerlas igualmente.
En ese horario de locos de arriba, no está el día complicado en el que hay que ir al médico con mis padres, o con alguna de mis hijas; eso lo tendría que hacer yo igualmente.
Y soy afortunada, porque no sólo es que no sea hija única, sino que tengo un hermano y una cuñada que valen un Potosí; somos una tribu y nos apoyamos. Nos turnamos en muchas cosas, intentamos tirar del carro todos, pero según las posibilidades de cada uno.
Pero cuando pedimos la ayuda a la dependencia, lo que se nos concedió fue la posibilidad de tener un dinero para que otra persona cuidara de mi padre. Otra que no fuese yo. Porque si estoy yo, entonces no hay dinero. Y si decidimos que haya otra persona, son como unos 100 € al mes. Eso es lo que valen los cuidados. O poco o nada.


Hace un tiempo escribí en el otro blog algo sobre los voluntariados y los trabajos no remunerados.
Hablaba de otras cosas, y su último párrafo es este:
Y una cosa más: se hace daño a la voluntaria, porque no se pone en valor, o mejor, se quita el valor de lo que hace. Porque no es lo mismo decir que lo que haces sólo lo puedes hacer de forma voluntaria, y que por lo tanto, tu trabajo no vale nada, que decir que tu trabajo vale un dinero, pero que tú en ese momento, lo quieres regalar. No es lo mismo ser “una mamá con experiencia”, que como no hace otra cosa, apoya a otras mamás, que ser una mujer formada (y muy bien formada, he de decir), que tiene la generosidad de compartir esos conocimientos con otras mujeres que la necesitan. No es lo mismo.


Y en el tema que me ocupa hoy es exactamente así: asumiendo que los trabajos en el hogar no se pagan, sino que se hacen y punto, estamos asumiendo que no tienen valor. Por eso, las personas que cobran por hacerlo son, al parecer, el último escalafón de la cadena. Sus sueldos son bajos y sus situaciones, especialmente precarias. Cuando la administración me dice: "si te encargas tú, la hija, entonces no te damos un duro", está diciendo que si lo hago yo es porque quiero y porque puedo, y no merezco remuneración alguna. Y cuando además me dice que me da "100 € al mes" para que pueda pagar a otra persona por estar entre 3 horas y media y 4 al día, está dejando claro lo que valen, institucionalmente, esos cuidados.
Reivindicar para que las "amas de casa", las mujeres (porque somos mujeres en nuestra mayoría) cobren un sueldo y/o coticen a la seguridad social, es reivindicar un trato justo a las tareas del hogar y de cuidados, reivindicar un valor para ellas que se transforme en una remuneración justa para aquellas personas que las llevan a cabo.


Y ya que estamos de acuerdo, seguro, en que la mayor parte de estas tareas las hacemos las mujeres, no nos pongamos palitos en las ruedas, ni convirtamos esto en un conflicto las unas contra las otras.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

A vueltas con post antiguos

Pues eso, que tengo otro blog al que he abandonado, todavía no sé si temporal o definitivamente.
En todo caso, lo que no me apetecía nada de nada era hacer un copia pega de post antiguos así, sin más. Eso ya lo he hecho otras veces, como cuando me hackearon y tuve que rehacer todo lo hecho. Pero tampoco me apetece que se pierdan. Porque los hay que siguen teniendo validez, aunque haya que actualizarlos un poco. Y mira, este que traigo hoy, es de esos.


En este momento, la autónoma no soy yo, sino mi marido. Pero aunque han pasado más de 5 años desde que lo escribí, está para museo. Así que ahí va:







El OT más grande jamás escrito.



Pues eso, que va de Off Topic. Vamos que no voy a hablar hoy ni de teta, ni de partos, ni de artículos interesantes, ni de portabebés… Hoy soy una emprendedora con un negocio. Sí.
Casi tiene un año, y me dedico a ella (la tienda) casi como si fuera otra hija: la cuido, la mimo, estoy con ella, no me separo… Pero no soy excepcional, sino como cualquier otro autónomo.
En mi caso, estoy aquí para poder estar. No sé si me explico. Quiero estar estas 8 horas al día para quienes necesiten de mi. Pero también tengo que comer (mala costumbre, unas 3 ó 4 veces al día). Así que para poder estar y comer, me inventé una tienda. Ojo, que no quiero engañar a nadie, que es un negocio; pero igual que el resto de vecinos de mi barrio. Ni más ni menos.
Abrí la tienda en plena crisis. Sí, esa palabra que debería estar prohibido pronunciar, porque cada vez que se menciona los pocos brotes verdes que se han atrevido a salir, se acojonan y vuelven a hundirse en la tierra.
Pensé que siempre hay niños, y que todos queremos lo mejor para nuestros hijos. A mi me hubiera encantado poder recurrir a un sitio como La Teta cuando fui mamá, sobre todo, mamá de la primera. Pero es que no hay manera.
Cada vez que sale el sol, viene alguien y nos recuerda que llueve. Y así no hay quien pueda, oiga.
Hoy me quiero quejar de los políticos. Esos que viajan en Primera y se niegan a hacerlo en Turista, aunque haya crisis. Esos que se suben sueldos, que votan (yo también quiero) que podrán recibir su pensión máxima tras “trabajar” 8 años, al mismo tiempo que aprietan el botón sin que el pulso les tiemble, para que el resto de ciudadanos tengamos que cotizar 20 años y jubilarnos con 67 para tener el 100% de nuestra cotización. Esos a lo que yo pago, y vosotros también, cada vez que pago un impuesto (y cada vez son más).
Y me quejo porque estoy hasta el tejido blando de esos señores a los que, digan lo digan y a mi que no me vendan motos, les importa tres narices si yo puedo o no puedo mantener mi negocio abierto; o si nos da para cogernos una excedencia, o si podemos comer ternera o vamos a tener que engrosar el guiso con patatas belgas.
Cuando empezó esta crisis todo el mundo estaba de acuerdo en su carácter financiero, y un montón de economistas nos decía que la cosa iría menos mal si el dinero seguía moviéndose. ¿Os acordáis? Vale, pues lo primero que hacen es subir el IVA, gravar el consumo, freírnos a impuestos y retirar subvenciones. Es que hay que quedar bien con la Merkel, y para eso las cuentas le tienen que cuadrar en alemán. Vale, pues contengamos el gasto e incrementemos los ingresos; es decir: más impuestos y menos gaitas sociales, que no hay para todos. Y mientras pagamos los de siempre.
Y rematamos el otro día cuando el de las barbas dijo que todos nos teníamos que apretar el cinturón, que ahorremos y no gastemos. Pues muy bien, hijo. Uno la coloca y el otro tira a gol.
Os diré lo que va a pasar: si no salimos y gastamos en las tiendas de nuestro barrio, veremos cómo van cerrando una tras otra. Esas personas que nos atendían detrás del mostrador de su pequeño negocio, dejará de pagar a la Seguridad Social, mínimo, 254 € (edito en enero de 2014, para decir que ahora esa cotización obligatoria es de 314€) cada mes; también dejará de pagar su IRPF trimestral. Tampoco tendrá derecho a paro (los autónomos somos empresarios y trabajadores, según, nos llevamos lo peor de cada parte), así que tendrá que recurrir a ayudas sociales, pero habrá dejado de contribuir, no lo olvidemos. Si se declara en quiebra, a los bancos les va a dar igual que les deban 3 que 3000, no lo podrá pagar, aunque le dejen sin patrimonio.
Y vosotros, los que antes comprabais en esas tiendas, tendréis que coger el coche para ir a los grandes centros comerciales que será lo que quede, y que además podrán poner los precios que les dé la gana. Y os atenderá una muchacha con un contrato temporal que no tendrá ni idea de qué coño está vendiendo, porque ha llegado ayer y probablemente se marche mañana.
Y los 4 millones y medio se convertirán en más de 6 millones.
¿Y quién demonios nos va a sacar después de ahí? ¿La Merkel?


Cinco años más tarde, estoy aquí, viendo cómo realmente los parados han llegado a ser 6, y ahora que volvemos a rondar los 4, tenemos una tasa de trabajadores pobres de los que nadie quiere hablar, que trabajar, trabajan, pero no les da para vivir. Nuestras vidas son ahora sustancialmente peores, y en el barrio donde estaba La Teta hay locales vacíos, que nadie quiere porque nadie se va a arriesgar, al menos por ahora.


Pero estamos en el mismo punto, amigos. Votando a los mismos, pero sin botar a nadie, y permitiendo que nos digan que encima la culpa es nuestra.



lunes, 14 de noviembre de 2016

A vueltas con los dobles raseros

Nos encantan. Bueno, no nos gustan nada, pero los empleamos que no veas. Es aquello de la ley del embudo: lo ancho pa mi, y lo estrecho pa los demás. Reconozco que mola, porque es la manera de tener razón, poder sentar cátedra y no mover tu culo ni un centímetro. Pero no son justos, y dependiendo de quién los use, o de si tú estás en el lado estrecho del embudo, joden.


Pues eso es lo que les pasa a nuestros hijos, sobre todo cuando llegan al instituto.






Recuerdo el primer día de Laura, que iba súper contenta. El colegio había sido una mierda, y ella confiaba en que el instituto estuviera ya "a otro nivel". Aquello de que les empezaran a tratar "como adultos" le molaba, y le hacía confiar en que muchas de las injusticias que había vivido, no se repetirían.
El caso es que en la toma de contacto, y así como para tranquilizar, profesores y alumnos de otros cursos superiores, les dijeron que no había que tener miedo. Primero era casi como 6º de Primaria. Y los padres respiramos. No hay que olvidar que nosotros, a su edad, estábamos en 7º en el colegio, que como que acojona menos.
Ahí quedó el tema. Al día siguiente, la mayoría de los profesores mostraban su peor cara y comenzaba una retahíla diaria: "¡Esto ya no es Primaria! ¡Estáis en 1º de Secundaria!" ¡Es la fama, y la fama cuesta, y aquí vais a aprender a sudar!. Igual pero sin bailes en el pasillo ni salas de música. Vamos, que igual pero peor.


El caso es que a los niños en el colegio o en el instituto se les piden cosas que, en general, no se nos piden a nosotros. Se les pide estar 5 horas sentados (o 6 en el instituto) sin moverse, cuando a nosotros se nos recomienda levantarnos cada cierto tiempo para que no nos dé una trombosis. Se les pide silencio monacal y respeto reverencial al maestro, pero en las oficinas las conversaciones son a voces y los memes se inventaron para poner a parir al jefe.
A mi hija la han llegado a amonestar por llegar 3 minutos tarde, sin importar que el autobús se había retrasado. Pero mi marido, el mismo día, llegó casi 20 minutos tarde y cuando avisó de que había un problema con la ronda de Carrefour todo el mundo se solidarizó con él. Un niño le puede decir a un compañero homosexual que todos los maricones deberían morir y nadie puede darse por ofendido porque "hay que aprender a que cada uno tiene su opinión", pero si alguien me lo dice a mi en mi trabajo le meto un puro que le cuesta sacarse del culo. Un profesor puede llamar imbéciles a sus alumnos, pero si mi jefe me llama imbécil reparto otro puro.

Es decir: se piden más responsabilidades, más compromiso, más respeto que a un adulto, pero se concede menos consideración. Vamos, lo que viene siendo un doble rasero de toda la vida.

Paro aquí para señalar que todas y cada una de las cosas, hasta las más bárbaras, son reales como la vida misma, no son licencias literarias. Quede claro.

Hace un tiempo, leyendo sobre los castigos físicos, caí en una cita de Carlos González, que luego he repetido mucho. Cuando tengas alguna duda sobre si lo que dices es adecuado o no, cámbiale el sujeto. Si dices "se portó mal, y por eso le dí un cachete; para educarle"; entonces inmediatamente piensas en un niño. Pero si le cambias el sujeto, tienes algo así: "mi mujer se portó mal, y por eso le di un cachete; para educarla". Suena que te cagas lorito. Y suena mal, porque pegar, en si mismo, está mal. Es algo objetivo. No se pega, punto. Pues si haces el mismo ejercicio con las cuestiones de arriba, la cosa debería estar clara:

"Me dijo que su autobús se había retrasado y por eso llegó 3 minutos tarde". De entrada si son 3 minutos, piensa: si esto fuera una oficina y yo supervisara, ¿le diría algo a algún empleado por 3 minutos? ¿Consideraría que 3 minutos sobre su horario es una falta de respeto hacia mi o hacia el resto de personal? Entiendo que hay una hora de entrada (y de salida), no se trata de permitir que cada uno llegue a la hora que le dé la gana, pero ¿3 minutos? En el mundo adulto, aquel para el que se supone que les preparamos, ¿son 3 minutos algo que recriminar?


" En una reunión para un proyecto le dije a mi jefe que creía que estaba equivocado y le di mi punto de vista, y me echó". Si estás en un trabajo donde se hacen reuniones de proyecto, imagino que tu jefe no será tan gilipollas como para no mirar al menos, si esa equivocación es cierta o no. Pero si durante una clase un profesor da un dato equivocado (que puede ser, que no son máquinas), ¿por qué al que se amonesta es al niño? ¿Tan poca seguridad hay en uno mismo como para ver peligrar tu hombría si un alumno te dice que igual te has equivocado? ¿No puedes aprovechar la oportunidad para que la clase crezca y aprendáis todos?.


Pero de todos los dobles raseros, los que más me molan de todos son los de los abusos. Me flipa el tema de las mediaciones. Y ahora no os echéis encima, ¿eh?
En el mundo adulto, ese para el que se supone que les preparamos, si a mi alguien me agrede, no hay mediación que valga. No se junta a víctima y agresor en torno a un mediador para "acercar posturas", y por supuesto, no es voluntario. Yo voy por la calle y un tipo me agrede, y después de poner la consabida denuncia, se procede a la investigación de los hechos, la detención del presunto y las actuaciones judiciales que deriven de ello. Y, salvo deshonrosas excepciones, el agresor paga su delito.
Bueno, pues en un  instituto (no voy a coger el colegio de ejemplo, aunque en fin, pero es que en el instituto son ya mayores, se supone) si alguien te agrede o te insulta, se "abre una mediación", a la que el agresor puede negarse SIN CONSECUENCIAS. Y si no se niega, ambos, agresor y agredido, se sientan a la misma mesa para acercar posturas y llegar a compromisos (ambos) y que la situación no vuelva a repetirse. Hale. Buen rollito y tal. Para que haya consecuencias, la cosa tiene que repetirse y ser muy, pero que muy grave; y eso si son agresiones físicas. Si la agresión es verbal, no hay nada que hacer.


Y es que en esto de los dobles raseros, los niños también tienen la peor parte. Porque cuando yo, adulta, empleo la ley del embudo, unas veces estaré en la parte ancha, y otras en la estrecha. Pero no sé muy bien por qué, si todavía no has llegado a adulto, siempre te toca la estrecha.

viernes, 11 de noviembre de 2016

A vueltas con lo de Trump

Bueno, pues a pesar de que está visto que no os gustan nada las entradas sobre política (que miro las estadísticas, y vamos no hay color entre lo que habéis leído mi triste historia y lo que habéis leído las vueltas que di a las elecciones), no podía evitar darle un par de vueltas al tema Trump.
Porque es que nos hemos quedado locos con el tema. ¿Cómo un bufón ha podido ganar las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos de América?



Para empezar os diré algo: Donald Trump, en realidad, no ha ganado las elecciones. De hecho, en cuanto a voto directo, ha ganado, por muy poquito, doña Hilaria. Supongo que el problema ha sido que la mayor parte de quienes la han votado a ella no lo han hecho por convicción, sino para evitar lo que finalmente ha sucedido. Bueno, eso y el sistema de recuento electoral americano.


Os voy a remitir de nuevo a la entrada que escribí sobre las nuestras, en A vueltas con las elecciones y la democracia, más que para que os volváis a leer la entrada, para recomendaros de nuevo el vídeo que compartí en ella, porque explica muy bien el tipo de método que se usa en cada caso para contabilizar los votos, y por qué.
Por si no os apetece verlo, yo os cuento por encima que en Estados Unidos se usa lo que llaman un sistema de "compromisarios". Cada estado, en función de una serie de factores, tiene asignado un número de compromisarios, que son, algo así como el número de votos que aporta al final cada uno de ellos; la característica que hay que tener en cuenta es que todos los compromisarios votan en el mismo sentido.
Pensemos por ejemplo que un determinado estado tiene asignados 10 compromisarios. Si estuviésemos en España, se contarían los votos en función del sistema d'Hont, y se hallaría la proporción de cada uno de ellos que aporta cada partido; pues por ejemplo, 5 para el partido azul, 3 para el rojo y 2 para el morado. Y esos serían los diputados que estarían en el Congreso de los Diputados, que votarían al presidente del gobierno. En Estados Unidos, si, por ejemplo, salen 5 para el partido rojo, 4 para el azul y 1 para el verde, todos ellos contarán para el ganador.
Y eso es exactamente lo que ha pasado. El señor Trump ha ganado por la mínima en estados que, por otra parte, eran tradicionalmente partidarios de dar victorias a los demócratas, y entonces ha contabilizado la victoria completa.

Pero, ¿y por qué ha ganado en estados tradicionalmente demócratas? Pues hay muchas teorías al respecto. Yo estoy con Michael Moore en muchos aspectos. Está claro que Hillary Clinton no era una alternativa real a partido republicano en estas elecciones. Probablemente de haber ganado las primarias el candidato socialista, la diferencia no hubiera sido tan escasa; lo que no tengo tan claro es que esa diferencia hubiera sido en el sentido en el que la peña cree. Pero aún así estamos flipando. Hay que recordar que Trump era un candidato que no querían los republicanos. Ojo, que si no le querían no es porque sea "demasiado radical", o porque "es un bufón". Es que tenían miedo de que no ganara las elecciones. Y ahí se han equivocado hasta ellos.

Pero resulta que, a mi modo de ver, lo que ha ocurrido no es tan distinto de lo que ocurre aquí cada cuatro años.
Los votantes de Hillary, gente con estudios superiores en su mayoría, cultos y preparados, han visto esa falta de alternativa real, no se han sentido representados, y como era imposible que ganara un tío como Donald Trump, pues se han quedado en casa. Sin embargo, una gran masa social rural, inculta, sin estudios, y acuciada por una crisis que dura demasiado y que les ha llevado a pensar que no importan una mierda a nadie, cuando han escuchado las premisas del magnate, han salido de sus casas, y han hecho algo que no solían hacer: votar. ¿Y por qué? Pues porque las personas con pocos estudios son más fáciles de manipular, sin más. Es más fácil que tú a un señor de la América profunda, que dejó sus estudios en una mala escuela pública a los 10 años y que no ha leído un libro en su vida le digas: "los responsables de todos tus males son los mexicanos, así que para que no vengan más, voy a construir un muro, y como sé que no tienes dinero y ya te he dicho que voy a bajar los impuestos, ese muro lo va a pagar México", y se lo crea. Si tú esto mismo se lo dices a un señor licenciado en literatura con un doctorado cum laude por literatura inglesa, te dice, sí hombre sí; lo pagará la señora madre de usted.

Esta es la razón por la que las élites políticas (que coinciden o sirven a las élites económicas) no harán jamás un pacto de estado por la educación, por mucho que digan que lo harán; esas élites, en Estados Unidos, en España y en todas partes, lucharán para que la educación no sea de calidad, para que los chavales crezcan sin conocimientos claros de cómo funciona realmente su país ni los de alrededor, sin capacidad de análisis crítico. Sólo para poder participar en cadenas de producción. Y para poder manipularles y perpetuar así un sistema en el que se está muy cómodo.


¿Cómo evitar que algo como lo de Trump vuelva a ocurrir? Pues primero, la política debe volver al pueblo. Las élites políticas no pueden seguir perteneciendo a las élites económicas. Los políticos deben representar realmente a los ciudadanos, a la mayoría de ellos, y trabajar de verdad por los derechos. Esa es la manera de terminar con la desafección de hoy en día, para que la gente deje de preferir vendedores de humo a "lo de siempre". Y luego preparar a los chavales para lo que serán en breve: ciudadanos de pleno derecho que tienen que saber ejercerlo de manera consciente.

Porque lo de Trump es un chiste, pero como sigamos así, da miedo pensar qué será lo siguiente.

sábado, 5 de noviembre de 2016

A vueltas con las extraescolares

Hablo hoy de las famosas "actividades extraescolares", justo después de dedicar una entrada a darle vueltas a los deberes; al parecer, cuando hablamos de la inconveniencia de los deberes, siempre hay alguien que se empeña en decir que la culpa de la falta de tiempo de los chavales no son, en realidad, las tareas escolares, sino la cantidad de extraescolares que tienen casi todos los chavales. A mi, personalmente, me parece el tema del tipo falso silogismo, o cómo me saco de encima un tema y hago que parezca que en realidad la razón la tengo yo aunque no sea así ni de coña.
Pero como este blog trata, fundamentalmente, de darle vueltas a las cosas, vamos a lo propio con las actividades extraescolares.


¿Qué es eso de actividades extraescolares?
Pues como su propio nombre indica, son las actividades que tienen lugar fuera del horario escolar, pero que están reguladas tanto en la actividad como en el horario. Vamos, que no se tiene por actividad extraescolar comerte el bocadillo viendo Barrio Sésamo, que es básicamente, lo que hacía yo con 6 años.
Eso así, para todos, pero claro, hay distintos usos, más que del término, de las propias actividades.


¿Son buenas las actividades extraescolares?

 

 

Pues mira, no sé. Supongo que depende del color, como siempre. En esta casa los ingresos regulares que pagan, más o menos y como se puede, gastos, comida y libros, vienen de las actividades extraescolares. Mi señor marido es profe-monitor de guitarra, música, rock. Así que, y por aquello de no tirar piedras contra el propio tejado, las actividades extraescolares son cojonudas. O no.
Como madre, no me gustan las extraescolares. Creo que los niños deben tener tiempo para NO HACER NADA. Por mal que suene. No entiendo la necesidad de que niños de 7 años tengan una agenda más completa que la de un político en campaña. De verdad que no. Y para mi, que soy vaga y llego cansada a casa por las tardes, tener que volver a ponerme los zapatos para llevar a la niña a las extraescolares, es un engorro. Pero tengo hijas, y a ellas LES ENCANTAN SUS EXTRAESCOLARES. Es verdad que no van a muchas. La peque va a una sola por esa insidiosa manía que ya digo que tengo de que se aburra cual ostra, que no tenéis ni idea de las aventuras que vive en esta casa, subiéndose a camas y sofás varios, gracias (o por culpa, según si eres sofá o no) de ese maldito tiempo libre y aburrimiento. Y la mayor, lamentablemente, porque sus obligaciones escolares de 3º de Secundaria no le permiten tiempo para vivir. Luego volveré sobre ello, porque ha sido una frase de Laura la que me ha motivado a escribir esta entrada.


Sin embargo, hay muchos chavales, sobre todo en primaria, que van a dos horas diarias de extraescolares de lunes a sábado. Y yo creo que esto es como todo. El uso está bien. El abuso va a ser que no.


Pero, ¿por qué hay niños que van a tal cantidad de extraescolares?
Pues mira, por sus padres. Que sí. Que somos nosotros y sólo nosotros los que al final, por pesado que se ponga el niño, decidimos a cuántas va y a cuáles va. Así que somos nosotros los que encontramos y dejamos de encontrar los motivos para esas actividades.


Yo me he encontrado con padres que creen firmemente que cuantas más cosas sepan sus hijos, mejor. Así que ahí tenemos niños que van a dos o tres actividades deportivas, para que no tengan obesidad (luego les compramos el tigretón, pero da igual), y salen y estudian música, teatro, chino y luego refuerzo para hacer los deberes con un profe. No importa si el niño no coordina ni al saltar a la comba, o si el chino se la repampinfla. El chino es el idioma del futuro. Esos niños llegan al domingo que ni ven. Y les da igual no tener tiempo para hacer deberes, porque una de sus extraescolares es, sin duda, refuerzo educativo.
Aquí voy a hacer un inciso, y voy a utilizar la experiencia de casi 15 años de extraescolares.
Hace, no sé, como 8 años, un cole de León canceló una actividad chulísima que daba Javi de Periodismo en la escuela en la que los chavales sacaban una publicación, para ofrecer una actividad de "estudio dirigido" En otro colegio, hace algo menos, se canceló otra actividad de inglés para niños porque Javi no daba inglés ni repasaba los deberes de inglés, sino que les enseñaba juegos y canciones. Y ya la traca, en un instituto, la excusa para coger a otro profesor es que Javi no enseña partituras.
Por favor. ¿No tienen los niños suficientes horas de "estudio dirigido" o de "deberes de lo que sea" o de "aprendizaje reglado de partituras o de otra cosa", como para amargarles la vida también en lo que se supone que es su tiempo libre?


Otro tipo de padres de los que llevan a su hijo a todo lo que hay son los de la "conciliación". De este tema hablaremos en otro momento, ya lo he dicho. Porque cuando la "conciliación" la paga el niño con más horas fuera de casa, creo que hay que hacer un alto para plantearnos muy seriamente hacia dónde vamos como sociedad.
El caso es que hay niños que entran en el colegio a las 8 menos cuarto de la mañana, en "madrugadores", y salen a las 6 de la tarde cuando acaban las extraescolares. Y a mi me salen 10 horas, no 8.  Así que tenemos niños que pasan más tiempo en el colegio que sus padres en el trabajo.
Y entonces nos encontramos con situaciones como la que viví yo hace un par de años con un padre que se quejaba de una profe de una extraescolar porque había anulado la clase un par de días por motivos personales, y aclaró que lo recuperaría. El señor se quejaba porque a él no le solucionaba nada que recuperaran la hora, que él pagaba para que su hija pasase allí la hora a la semana que duraba esa actividad. Yo, esposa abnegada de profe de extraescolares, le dije que no, que él pagaba porque a su hija le impartieran la actividad en cuestión, y que si necesitaba un guardaniños que podía llevarla a un parque de bolas y pagar por las horas que estuviera allí; que es algo que se hace y está muy bien. Por que, señores, LAS ACTIVIDADES EXTRAESCOLARES NO SON GUARDANIÑOS.
Vale, que me voy. Que esos niños también están agotados, y esos llegarán agotados a casa a hacer los deberes, que no tendrán ni puñeteras ganas ni de deberes ni de na de na.


¿Y los niños? ¿Qué piensan los niños?
Pues no sé lo que piensan la mayoría de los niños. Me consta que los hay que les encantaría hacer alguna extraescolar, pero no pueden por lo que sea. Puede haber motivos económicos de la familia, o porque sobre todo son los deberes. Y esa segunda me jode, mira.
Yo sólo puedo hablar por mis hijas.


Mi hija pequeña va a Teatro. Lo imparte en el colegio una gran profesional, Yolanda. Es una mujer dulce, amable y firme, que les enseña a tener verdadero amor por el teatro. Les enseña cómo se escribe una obra, cómo se construyen personajes, y les enseña a defenderlos. Y cuando vamos a verlos, nos encontramos a nuestros hijos de verdad, con sus limitaciones y todo su esfuerzo, defendiendo una obra con mucho amor. Sólo va a esa actividad, pero no va a renunciar a ella. Le encanta. Le hace feliz. Y yo, personalmente, los miércoles, entre los deberes y el Teatro... Es que no hay color. En teatro ha aprendido a ponerse en la piel de otro, a colaborar para que salga bien; ha gestionado su timidez, y ahora habla más alto y se defiende mejor. Teatro es igual de importante que las mates.


Y mi hija mayor... bueno.
Mi hija mayor es una mujer increíble. Y perdonad que lo diga yo, que soy su madre. Tiene 14 años en un cerebro de adulto (a veces, no siempre, que adolecer..adolece). Y ha sido una conversación con ella la que me puso la semilla para escribir sobre este tema de las extraescolares.
Laura hace 3º de Secundaria, y es una buena estudiante. Con sus cosas, pero en general, bastante buena. Es delegada de su clase, y es de las guerreras, así que su curso está contento; bueno, los alumnos, los profesores no lo tengo tan claro. El caso es que tiene muchas inquietudes, sobre todo musicales. Pero esas las trabaja en casa, tiene esa suerte. Pero tiene otra, que es el aprendizaje de idiomas. Es muy buena en ello.
Este año nos pidió matricularse en la Escuela Oficial de Idiomas para estudiar Italiano. Empezó con muchas ganas, pero apenas ha podido asistir a la mitad de las clases. Sus deberes se lo impiden.
Hace dos días, nos dijo que no podía entender por qué el sistema se empeña en que para los niños y jóvenes EL ESTUDIO SE CONVIERTA EN TODA SU VIDA. En el Instituto se pasa 6 horas al día, pero a casa llega con deberes y estudio para otras 3 horas diarias. El Instituto fagocita su vida y la impide buscar otros intereses y explotar otras aptitudes y talentos.


Y para eso, señores, sirven las extraescolares.
Los niños necesitan saber para qué sirven, y cómo hacer aquello que realmente les interesa. Necesitan tiempo para explorar conocimientos no reglados, o reglar conocimientos que descubrieron en ese tiempo. Los niños y los jóvenes necesitan aprender arte, música, idiomas. Tener acceso real a aquello que les interesa. Pero lo que les interesa a ellos, no a nosotros. Porque tienen que explorar-se. Y si de repente les interesan mil cosas, estamos nosotros para encontrarle un sentido y ayudarles a decidir cuál de esas cosas le interesa más. Pero sin condiciones. Sin "si no estudias te borro de guitarra". Porque a lo mejor ese niño es el próximo Brian May, si le dejas. Y que luego vuelvan a casa y sigan teniendo tiempo para aburrirse, inventarse historias o encontrar intereses nuevos en los libros de las estanterías.


Hace más de 20 años, los padres de mi marido le dijeron que sí, que la música molaba mucho, pero que estudiase una carrera, que eso era lo importante. Ahora toda la familia vive de su amor por la música y no de su título universitario.
Quiero decir que los conocimientos reglados son importantes, sin duda; pero no sabes por dónde te va a llevar la vida; a lo mejor tienes suerte y terminas viviendo de tu pasión, si es que tu infancia te ha dejado tiempo para encontrarla.