jueves, 16 de marzo de 2017

En dos palabras

Si me ves por la calle con un enfermo dependiente...


- No me mires con compasión: no la quiero
- No le mires con compasión: no la necesita
- No le digas "qué bien te veo": sabe que mientes
- No le digas "qué mal te veo": no jodas...
- No me digas "buff, la que se os avecina": lo sé
- No me des consejos que no te he pedido: Sabemos lo que tenemos que hacer, y si creemos que nos puedes ayudar, ya te lo diremos
Y entonces, ¿qué puedes hacer?
Habla con nosotros si quieres hacerlo, abrázale, así sabrá que le aprecias, que te acuerdas de él, pero que no te da pena.
Danos la mano. A los familiares nos hace la misma falta saber que estás ahí para lo que nosotros necesitemos.
Si eres muy cercano y quieres saber cómo está realmente, pregunta sin rodeos. Lo que podamos responderte, te lo responderemos y lo que no, pues ya nos tomaremos un café.
¿Por qué escribo esto? Pues porque creo que era necesario.


(Mini entrada rescatada de mi muro de Facebook de hace dos años, cuando empezó todo)

miércoles, 15 de marzo de 2017

A vueltas con las evaluaciones y los estereotipos

Llevo unos días dándole vueltas a este tema, y preguntándome si le debería dar vueltas aquí, o debería seguir en mi cabeza. Más que nada porque es un tema recurrente en este blog, y me vais a decir que soy una pesada.
Pero una vez más, queridas y queridos, el blog es mío, así que seré pesada.

Desde el principio de este blog hablaba de que mi hija mayor tiene una evaluación positiva en Altas Capacidades Intelectuales; siempre pensé que era ella la única, y que me iba a librar de otro viaje en este mundo de los niños superdotados. Pero no. A mi hija pequeña le ha llegado esa misma valoración hace unas pocas semanas.
Tengo que confesar que "no lo vi". La evaluación se pidió porque quien sí lo vio fue mi hija mayor, y bueno, dado que sin lugar a dudas, ella sabe más, por intuición y afinidad, que yo de estos temas, le hicimos caso.

Es curioso que cuando un padre (bueno, voy a hablar de nuestro caso concreto, claro) pide una evaluación al equipo de orientación de un colegio, venga por donde venga el aire, por la derecha o por la izquierda, no lo hace por nada. Los padres de un niño con dificultades que se deciden a pedir una evaluación al respecto, no lo hacen para que les nombren la dificultad, ni para despertar las simpatías o la conmiseración de los otros padres en el parque. Lo hacen para que, una vez descubierta y nombrada la situación, se puedan llevar a cabo todas las actuaciones posibles encaminadas a que su hijo desarrolle su máximo potencial. Cuando quien pide la valoración es un padre que sospecha que su hijo pudiera ser superdotado, creedme, lo hace por lo mismo. De hecho, (e insisto, sigo hablando por mi) se suele tardar en hablar del tema, y se siente cierta vergüenza al decirlo en público. La conversación en nuestra cabeza, es algo así:

- Pues mi niña es superdotada
- Piis mi niñi is sipirditidi. Ñiñiñiñiñi

No sé si me explico.

Y desde luego, no pedimos una evaluación para que el equipo docente exija más a nuestros hijos. Y ahí empezamos con los estereotipos.
Porque entre nosotros, y hacia fuera, hablamos mucho y nos quejamos de los profesores que "no lo ven" y te hacen la vida imposible porque como ellos "no lo ven", es que no es y tú eres una exagerada ("Piis mi niñi is sipirditidi. Ñiñiñiñiñi"). De eso hace no mucho escribí, solidarizándome con una compañera de fatigas que quebró en una conversación con un profesor. La frustración cuando tú sólo quieres que tu hijo sea feliz y pueda acabar sus estudios de manera satisfactoria, y la cerrazón de algunos con los puñeteros estereotipos hacen que todo se vaya a la mierda.

Pero hay otro tipo de profesores que tienen también tela, y que hacen a los niños víctimas de los mismos estereotipos pero en otro sentido. En lugar de decir que los padres, el psicólogo, el orientador y todo el mundo están equivocados, tratan de hacer encajar a golpe de castigo, riña o voz, a ese niño rebelde, en el puto estereotipo. Es el profesor de matemáticas de 2º de Secundaria que le dijo a mi hija Laura que si suspendía su asignatura, con la evaluación hecha de AACC, era porque quería suspender. No importa que la niña le preguntase en qué universo conocido o por conocer, si alguien puede elegir entre un aprobado y un suspenso, elige un suspenso.
Y esta semana, ha vuelto a pasar, pero no con la mayor, que ya los tiene a todos más o menos "domados", sino con la peque. Que a alguien le costaba que la niña no encajara en el perfil. Que tiene que ser brillante, y hacerlo todo, no de 10, sino de 15, y hacer unos cuadernos que ya querría para si María Moliner.
Lo positivo del caso: una vez explicado, ha admitido que "pensaba que un niño tan capaz era así", pero ha reconsiderado la cuestión, ha entendido que precisamente estos niños "tan capaces" tienen dificultades. A veces, incluso, de comprensión.

Mi hija mayor lo llama "neurodivergencias". Si empleas caminos neuronales distintos a los de la mayoría para adquirir conocimientos, hay veces que encajar en las exigencias de un determinado sistema, cuesta mucho. Vamos a entender que tal y como están las cosas, es muy complicado para un profesor con la carga de alumnos y de singularidades que tiene en el aula, dejar que cada uno de esos niños investigue sus caminos neuronales para que aprenda a su ritmo y a su manera. Pero si eso no es posible, entonces lo que sí tiene que serlo es prestar ayuda para que entiendan el camino correcto, cuál es el lugar al que tienen que llegar; ayudarles a establecer prioridades, a que entiendan por qué esa prioridad que les marcas es la que deben establecer en ese momento y no otra.

Porque hay una cosa que sé de primera mano (no vivo sólo con dos hijas superdotadas, sino que hay más de esos en mi vida): el niño con unas altas capacidades que es capaz de integrarlas en su vida y usarlas para su propio desarrollo, se convierte en un adulto eficiente y brillante; pero el que ha vivido su niñez y su adolescencia pensando que su cabeza no estaba bien porque no veía lo que para otros era obvio, entre toda la maraña de pensamientos y opciones que se planteaban en su mente, puede terminar siendo un adulto con dificultades para desenvolverse.
Y mira, como madre, mi única función en el mundo, es dar a mis hijas las herramientas adecuadas para que se desarrollen en adultas felices y capaces. Y para eso, necesito que sus profesores entiendan esto.

Espero conseguirlo algún día.

viernes, 10 de marzo de 2017

A vueltas con los "fanes" y los locos

Hace unas semanas, el teléfono móvil de mi hija mayor apareció en una página de información telefónica, en la que un usuario (anónimo) aseguraba que ese era el número de ElRubiusOMG. Desde entonces, y ya digo que son SEMANAS, raro es el día que recibe menos de 3 ó 4 mensajes por Whatsapp de "fanes" del famoso youtuber.


Desde luego, es para plantearse el nivel de estupidez humana, para que tanta gente se crea a pies juntillas que un número de teléfono que aparece en una página de vete tú a saber quién, a través de un usuario anónimo, es el de alguien famoso.
Pero bueno, te paras, y piensas en la edad media de la gente que sigue a ElRubius, y a fin de cuentas no tienen años como para plantearse si es lógico o no lo es. Ven la oportunidad inmediata de tener un contacto con su admirado Rubius y lo aprovechan.
Lo que me lleva a la reflexión es la peña que va más allá de "fanes" y se comportan como locos. Los que llaman sin importar la hora para ver si lo consiguen. Los que tras escuchar una voz femenina que asegura que ni es ni tiene nada que  ver con él, insisten en que "si lo niega es que es". Los que cuando reciben negativa tras negativa se enfadan y le juran que nunca más volverán a ver sus videos porque "les ha decepcionado".

Y luego, hay otra categoría, pero esa no sé qué nombre ponerla. Los que, una vez que se dan cuenta de que han hecho el canelo, y que están hablando con una mujer, le dicen
"Ah, bueno. Mándame un nude". Así. Mi hija ha recibido en las últimas semanas más "ofertas" de sexo de las que recibirá en los próximos años. Seguro. Y lo mejor, cuando contesta un "que te den", los insultos, los improperios. Unas niñas argentinas la estuvieron horas enviando audios llamándola "maricona de mierda", porque Laura ya, harta de tonterías, y después de hacer notar que su foto de perfil no correspondía a ElRubius, empezó a vacilar diciendo que era un hombre y era gay.

Así que ahora me pregunto. Rubius, hijo mío, si lees esto, ¿qué nivel tienen los que te siguen? Intelectual, poco, desde luego. Pero ¿moral?
Niños que acosan sexualmente, pidiendo fotos de alguien a quien no conocen desnuda y se ofenden cuando se les niega, que llegan incluso a enviar fotos de parte de su anatomía. Niñas que se muestran totalmente homófobas e insultan a alguien sólo por el hecho de ser homosexual... Espero que les saques la pasta, corazón. Porque por lo menos servirán para algo.

miércoles, 8 de marzo de 2017

A vueltas con las celebraciones y las conmemoraciones

Otro año más, 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora ( o sea, todas).
No me da tiempo para una entrada, pero echando un vistazo matutino al Face, me trae mis recuerdos de otros años por estas fechas, y así, de repente, me ha apetecido recordar este post que comparto, y que me parece tan valioso que creo que merece la pena conservar aquí:

Quizás por lo que ha ocupado mi vida en los últimos años, la defensa de la mujer en sus desigualdades, incluso en este occidente nuestro tan "Mundos de Yupi" y tan alejado de la realidad de la mayor parte de la población mundial, estoy especialmente sensible con el tema de las "felicitaciones" en un día como hoy.
Hoy es el Día Internacional de la Mujer. Me gustaría que la gente entendiera que un "Día Internacional" no es una fiesta. El "Día Internacional del SIDA" no es la fiesta de los enfermos de SIDA y a nadie se le ocurre ir a felicitar a un enfermo porque "es su día". Sería absurdo y se podrían llevar una bofetada, y con razón. Me gustaría que la gente entendiera que cuando se propone un Día Internacional de lo que sea, lo que se pretende es visibilizar una situación, una enfermedad o un colectivo para concienciar a la gente del problema que supone padecer la situación o la enfermedad o pertenecer a un colectivo. El hecho de que aún tenga que existir un Día Internacional de la Mujer es un puto drama. Significa que aún queda lucha, que millones de mujeres padecen violencia en cualquier grado por el hecho de ser mujer, que millones de mujeres en todo el mundo trabajan más horas por cobrar menos, que millones de mujeres en todo el mundo no tienen acceso a coberturas sociales mínimas por el hecho de ser mujer... Significa que a pesar de la sensación (errónea, por cierto, falaz del todo) de haber conseguido la igualdad en nuestro pequeño mundo occidental, aún falta muchísimo por luchar por las mujeres. Y que me venga alguien a regalar flores o a felicitarme me saca la bilis. Y si además es una mujer, me dan ganas de gritar hasta quedarme afónica.
Creo de verdad que el mejor invento del patriarcado es hacernos creer que el Dia de la Mujer es una fiesta. Regalarnos ramitos de violetas como en la canción, y felicitarnos, y hacer de esto una puta fiesta, es la forma de volver a hacer invisible lo que el día pretende hacer visible.
Y sí, ya lo sé. Para la mayoría de nosotros todo esto que escribo no tiene sentido. A mi madre también le regalaban rosas y le hacían creer que era una fiesta. Tal vez la cuestión esté en darnos la vuelta y no mirar hacia nosotros, sino hacia, como he dicho antes, la mayor parte de la población mundial. Porque nuestras violencias las tenemos tan asimiladas que no las vemos; las tenemos tan escondidas entre cuestiones aparentemente normales y hasta deseables, que son aún más invisibles. Y son esas las que, si se empezara a comentar, quizás levantarían ampollas porque están en nuestro cerebro más irracional. Basta con entender que en el resto del mundo, aquél que llamamos "menos civilizado", la mujer es la más desprotegida, la víctima, la protagonista de horrores. Y felicitarnos a nosotras por ser mujer, puede ser un insulto para quienes ser mujer es aún una pesadilla. El día internacional de la mujer no es una fiesta, ni una celebración; ni siquiera una conmemoración. Es una reivindicación. Por favor, reivindicad conmigo.

viernes, 3 de febrero de 2017

A vueltas con la eficacia y la eficiencia. Redondeando entradas.

 Mola escribir una entrada con la que estás segura de que te van a linchar y que de repente se convierta en una de las que más apoyos suscita. Es el caso del último post que publiqué sobre la responsabilidad que tenemos los padres sobre la excelencia y la calidad de quienes enseñan a nuestros hijos.
El caso es que a mi personalmente, llámame masoca, lo que más me motiva a la hora de escribir, o de pensar, no son los mensajes complacientes de "cuánta razón tienes", sino los otros, los de "hombre, mira yo creo que". Los de linchamiento no me gustan nada, y paso de ellos, porque no construyen nada.
Bueno, pues uno de esos mensajes ha venido de la madre de una amiga de mi hija pequeña; una niña a la que quiero, porque es de esas niñas que sacan lo mejor de sus amigas, y así ha hecho con mi hija. Es una cría muy especial, una pequeña cebrita que tiene que salir aún de su caparazón, pero que se va a convertir en una jovencita con un señor cerebro. El caso es que su madre escribe esto en el muro de facebook:


"Mi humilde opinión es q los niños necesitan "trabajar" un poco para conseguir algo en la vida, tarde o temprano se les exigirá x una vía o x otra, pero claro lo difícil es el termino medio, no pasarse x supuesto pero tampoco quedarse en el camino y mas cuando el sistema nos viene achuchando x detrás, tengo la gran suerte de q a mi hija le gusta mucho estudiar trabajar, desde pequeñita ya en infantil...entonces a veces no la requiere un esfuerzo especial. Y por supuesto q con o sin deberes ( si son pocos mejor q mejor)los niños tienen q tener su tiempo libre eso esta claro."


Y he pensado que esto merece una entrada.




Veréis. Los sistemas educativos forjan a los trabajadores del futuro. Es así; en esto no hay discusión. Esta premisa es la que hace que los gobiernos de este país, en lugar de hacer un pacto de estado por la educación (uno de verdad se entiende, no uno de chichinabo como el que pretenden hacer) se pugne por ideologizarla. Durante la Revolución Industrial aparecen las primeras escuelas para los hijos de los obreros, y en ellas se utilizaba exactamente el mismo sistema de enseñanza-aprendizaje que tenemos ahora, unos cuantos añitos más tarde. De esta forma se perpetuaba el sistema productivo y se preparaba a los obreros de la siguiente generación.
¿Qué pasa en España?
Hace unos años, unos señores europeos decidieron hacer un estudio sobre los trabajadores de este invento que es la UE. Los españoles ya sabéis que tenemos fama de vagos, así que imaginaos la cara de sorpresa de esta gente cuando se encuentran con que los obreros de esta nuestra piel de toro somos los que más horas pasamos trabajando. Y que trabajamos, no dormimos la siesta ni nos tocamos las narices. ¿Qué pasa entonces? Porque en cuanto a productividad estamos en la cola. Pues que hace generaciones que nos enseñan a ser eficaces, pero no tenemos ni puta idea de ser eficientes.


Imaginaos hace 100 (espera que estamos en España) 60 años en el campo, un agricultor. Se levanta al amanecer, engancha su mula a un arado, se ata la soga, hinca los brazos, y se pone a trabajar. Suda como un burro, y no te digo nada la pobre mula. Después de 18 horas en las que sólo ha parado para rezar el ángelus, ha conseguido arar, más o menos superficialmente, el par de hectáreas que quiere sembrar ese año con regadío. Al día siguiente, cogerá la azada y removerá la tierra, cuestión que le llevará otras 18 horas. Es encomiable. Un trabajador como dios manda. Totalmente eficaz.
Ahora mismo, ese mismo agricultor se levanta cuando ya han puesto las calles, coge su tractor, le engancha el arado, y en un par de horas habrá arado completamente (hecho los surcos y removido) las dos hectáreas de terreno. Ha sudado, eso seguro, porque los tractores acumulan un calor del carajo. También diré que ahora con un par de hectáreas te comes los mocos, así que probablemente tenga que arar unas cuantas más, pero el ejemplo tiene que ser la misma cantidad. Este agricultor no hace una labor menos encomiable, ni es un vago, ni es que no sepa trabajar. De hecho sí sabe, muy bien. Se ha convertido en un trabajador eficiente.
Si nos vamos al sector servicios, que es como mucho más cercano a casi todos nosotros, vamos a quedarnos con que en la mayor parte de los países desarrollados (y me vais a permitir, pero no voy a meter a España en el mismo saco, por razones obvias) es de muy mal tono trabajar como un gilipollas. El primero que se va de la oficina es el jefe, para dar ejemplo, y se considera que el trabajador que hace demasiadas horas extras es un trabajador poco eficiente, así que se juega el puesto. Sin embargo, en España, el jefe se queda hasta que se va el último de sus trabajadores, entre otras cosas, para ver quién ha estado allí más tiempo, y pagando horas como un imbécil, por cierto. Y luego quieren bajar los salarios, porque hay que ser competitivos. ¡Qué coño sabrán de lo que es la competitividad! Pero es que somos exactamente lo que estudiamos, para lo que nos preparamos, el resultado de nuestro sistema educativo, que nos enseña que el trabajo es importantísimo, pero no en calidad, sino en cantidad.


Cuando yo en la otra entrada hablo de que parece que el niño no hace nada si no está hasta arriba de deberes, me refiero exactamente a eso.


Yo tengo una teoría. Y esto sí que es totalmente personal, para nada basado en evidencias salvo las mías, de mi vida; y reconozco que bueno, mi experiencia está un pelín mediatizada por la forma que tienen mis hijas de aprender.
Los niños tienen una capacidad innata de aprender, y un gusto por hacerlo. Es alucinante ver a un bebé (y hablo de un bebé de menos de 3 años) cómo usa el método científico para aprender... y ellos creen que están jugando. Se lo pasan pipa. Me refiero al juego libre, no a poner a Fisher Price a dirigir la creatividad de los críos.
Cuando llegan al colegio, a los 3 años, les ponen a ¡hacer fichas! ¡Pero si ellos ya sabían cómo aprender, cómo experimentar, cómo hacer para que cada paso dado no se les olvidase jamás! Y les sientan, les dicen que sólo pueden jugar cuando terminen las tareas, cuando la tarea es el juego.
El año pasado Diana tuvo un problema para aprender a restar con llevadas. Mi niña tendrá Altas Capacidades, pero si no ve de dónde sale y adónde va eso que se lleva, pues se pierde. Así que le compré un ábaco y le enseñé a hacer operaciones con él. El caso es que una vez aprendió, cuando volvió a clase al día siguiente, la pobrecita mía le pidió el ábaco a su profesora de mates (por cierto, un puto ábaco para toda la clase, que ya se podía invertir más en ábacos, con lo útiles que son); y ahí entraron en un círculo vicioso: la profe le decía que si quería jugar con el ábaco primero tendría que terminar las restas, y ella le decía que para terminar las restas necesitaba el ábaco.
Pues en infantil igual. Si los bebés aprenden jugando, ¿qué lógica tiene decirles que pueden jugar cuando hayan terminado de aprender?
Y otra cosa: ¿cuándo se deja de ser un bebé? O mejor: ¿cuándo se deja de aprender jugando?
En la Grecia Antigua, Aristóteles creó una escuela a la que se le llamó Peripatética, que, lejos de lo que pueda parecer, no significa que rodease patéticos, sino que eran "los que caminan"; la cuestión era que en la escuela había unos jardines chulísimos, y al maestro se le ocurrió que los discípulos aprendían mejor caminando; que caminando se "piensa" mejor, el cerebro sigue a las piernas y se llega a razonamientos más elaborados.
Por supuesto, los discípulos de Aristóteles no eran niños, precisamente. Pero sí hay un hecho cierto: los niños necesitan el movimiento casi para sobrevivir. Neurológicamente, están preparados para moverse mucho, porque a través del movimiento se llega al descubrimiento. Quizás era eso lo que quería decir Aristóteles al empeñarse en tener a todo el mundo dando vueltas a aquel jardín. Nadie allí necesitaba cuadernos (y menos mal, porque oxford todavía no había inventado la manera de esperrarnos), pero aprendían, que no veas.
Sin embargo, nos empeñamos en que los niños estén sentados 5 horas al día desde los 3 años, llenando fichas y fichas inservibles. Gastando papel, pinturas, lápices, ... Y aprendiendo poquito. Pero muy poquito. Vamos, lo fundamental: a ser los trabajadores menos eficientes de la Unión Europea. Y los más gilipollas también, porque somos los que más tiempo en familia sacrificamos.
¿De verdad queremos que nuestros hijos sean igual de tristes? ¿Queremos que sigan como ejemplo de cómo no se hacen las cosas?
La gente brillante, preparada y eficiente de nuestro país, se larga. ¿No es mejor que haya una mayoría de gente brillante, preparada y eficiente que se quede, y los tristes y eficaces que se larguen a boicotear las empresas alemanas?


Me dice la madre de la amiga de mi hija que el sistema es el que es. Cambiémoslo. ¿Cómo? Pues desde la pequeña porción de él que depende de nosotros. Exijamos compromiso real por parte de la escuela. Exijamos a los profesores que se empeñan en "lo de siempre" que sean valientes y se atrevan a otras cosas. Y apoyemos a los profesores que lo intentan con ahínco, porque a esos lo peor que les puede pasar es que se encuentren con más palos en las ruedas.
No importan las leyes, de verdad. Por supuesto, debemos luchar porque sean justas. Porque por fin se alcance un pacto de Estado real, que suponga un marco legal que no cambie cada 4 años. Pero eso se hace en otros foros. Eso se hace militando en la calle, manifestándonos para paralizar medidas que deben ser paralizadas. Y votando cuando toque.
Pero en este ágora, en el de la escuela, somos los padres. Nuestro compromiso cuenta si queremos que cuente. Sólo tenemos que dar un paso adelante. Yo te cojo la mano. ¿Te atreves a darlo conmigo?


PD: a mi amiga Bea. ¿Ves? También puedo ser positiva.



jueves, 2 de febrero de 2017

A vueltas con la educación, y nuestra responsabilidad en ella

Escribo un montón sobre esto. Es un tema que me preocupa, y lo hace desde hace mucho, pero especialmente desde que soy madre. En este blog, sin ir más lejos, he escrito muchas veces sobre la necesidad de que el sistema educativo cambie, y me he quejado amargamente de los profesores que están ahí porque se han sacado una oposición y nada más; que no tienen motivación porque ni siquiera les gusta su trabajo, sino las condiciones laborales. Me quejo también del que no se plantea nada, del que se enroca en el "siempre se ha hecho así" y no avanza. A diario comento que para conseguir la excelencia educativa hay que empezar por conseguir unos profesores excelentes.
Pero, ¿qué pasa con los que hay? ¿Qué pasa con esos profesores que hay en todos los centros, que adoran su trabajo, que siempre quisieron estar donde están, que luchan cada día por ser mejores y hacer mejor el sistema? Pues mira, a riesgo de hacer una reducción al absurdo, diré que lo que pasa es que, o se convierten en César Bona, o las pasan más putas que en vendimias. Y algunos (o quizás todos, con el paso del tiempo) acaban por rendirse de puro cansancio.


Hace un tiempo leí que cuando algo no nos gusta, o no nos sale bien, tenemos que buscar nuestra responsabilidad en ello. No se trata del buenismo ese que detesto de "buen rollito, y tu pensamiento atraerá todo lo bueno"; se trata de que en toda circunstancia hay una parte que no depende en absoluto de ti, y por lo tanto no puedes hacer nada por cambiarla, y si lo intentas sólo vas a agotarte, pero hay otra parte, aunque sea muy pequeña, que sí depende de ti, y es en esa en la que debemos concentrarnos.
Bueno, pues aplicado al sistema, hoy voy a reconocer la responsabilidad que tenemos los padres en el sistema educativo de mierda que tenemos. Y os aseguro que tenemos mucha responsabilidad. Sobre todo porque hay muchos que no quieren saber que el sistema educativo en el que están inmersos sus hijos es eso: una puta mierda. Y no lo quieren saber porque es mucho más fácil estar en el "siempre ha sido así", "pues a mi también me lo hicieron", que en el cambio. El cambio supone un esfuerzo, y somos unos putos vagos.


Cuando nos dicen que las familias y el centro deben colaborar por el bien de la educación de los niños, tienen razón. O al menos en parte. Digo en parte, porque la colaboración debería ser bilateral: no sólo los padres debemos colaborar con el centro, sino que el centro, a través de los profesores, deberían colaborar con los padres. Y esto es así cuando un profesor escucha a unos padres sin prejuicios, sin pensar que como el es profesor sabe más que los padres sobre su hijo; porque así llegará a un conocimiento mucho más profundo de las necesidades del niño.
Pero los padres también debemos escuchar al profesor, sobre todo cuando plantea cosas nuevas. Es cierto que la novedad no tiene por qué ser siempre buena, pero al menos debemos dar la oportunidad del cambio. Porque hay una cosa que está demostrada: las cosas, como siempre se han hecho, no funcionan. Con nosotros, queridos, no han funcionado. Que no. Que no os engañéis. Que hemos salido mal.


Somos los obreros que nos negamos a reconocernos como tales. Somos los inventores (o los facilitadores de la invención, porque nos la hemos creído) de la "nueva clase media", que ni siente ni padece. Somos los que damos de comer a Belén Esteban y a toda su recua. Somos los padres de los chavales que salen en "Hermano Mayor", los que llamamos a la "Súper Nany" y compramos libros a Estivil. Madre mía, ¡somos los que hemos votado la mayor contra reforma económica, laboral y educativa desde el franquismo! ´
Así que admitámoslo:


HEMOS SALIDO TONTOS DEL CULO. Unos tontos del culo egocéntricos y egoístas, además. Que queremos vengarnos en nuestros hijos de lo mal que lo pasamos nosotros en el colegio. Vamos, la teoría de las novatadas: como a mi me jodió, cuando lleguen los novatos me voy a ensañar con ellos igual que se ensañaron conmigo.
Y como además buscamos la recompensa inmediata, y queremos creernos guays nos encantan los profesores que hacen lo de siempre, porque así lo hicieron con nosotros, pero que también nos pongan a nosotros de protas de la educación de nuestros hijos. Bienvenido Onán.
Pongo un ejemplo de esto último.
El año pasado mi hija pequeña tuvo una tutora chachi piruli. Era lo que todo padre quiere para sus hijos: ponía un montón de deberes, de forma que los críos, al llegar a casa, estaban ocupadísimos y no molestaban (¡ay, no, perdón! Que es que así llegarán todos a presidentes, porque se harán mucho más listos, igual que nosotros), estableció un estándar de comportamiento y de rendimiento y así todos los niños eran iguales (pero los "más iguales" eran mejores) y sobre todo, sobre todo, lo más guay de todo: nos mandaba cada mes unas carpetas mega geniales de trabajos que obviamente los niños de 7 y 8 años hacen de manera natural y les sale de escaparate.
Hicieron un trabajo sobre William Shakespeare (a ver hoy quién de esos niños, o de sus padres, recuerdan algo), sobre El Quijote (vienen juntos, porque se murieron el mismo año, que no es verdad, pero tampoco vamos a llevar la contraria), cuentos sobre perros y gatos y mil cosas más. Eso era a mayores de sus deberes. Con una plantilla que ella daba, para que todas las páginas quedasen mega guays. Y luego ella hacía una portada chulísima, con brillantitos y cosas chulis, y la pasaba por todas las casas para que nosotros viéramos lo mega maja de profesora que era.
Y eso es que nos encanta.
Otro ejemplo práctico.
Cuando mi hija estaba en infantil, recuerdo una función escolar. En nuestra clase, con una tutora amorosa y maravillosa, la obrita era muy visual, con poco texto; la profe iba corriendo de un lado para otro para que no se le desmandase ninguno. Para mi era todo ternura ver a aquellos casi bebés de 5 años atropellándose unos a otros, mirando a un lado del escenario por sus frases. El otro curso, con una profe mega chuli, hizo una representación que ni la Compañía Nacional. Yo veía a aquellos niños recitar frases y más frases, sin equivocarse, yendo y viniendo por el escenario sin perderse ni una sola vez, y me invadió una pena inmensa. Inmediatamente pensé en las horas y las riñas que habían pasado esos niños ensayando la perfección, y supe que no lo habían disfrutado nada. Pero los padres... ¡con qué orgullo miraban! Y los de la clase de mi hija, con envidia. Porque claro, eso sí es sacar lo mejor de un niño. No, señores, eso es tortura.


Pero, ¿qué pasa cuando tenemos delante de nuestras narices un pedazo de profesor? De los de verdad, de esos que algunos tuvimos la suerte de tener pero la mayoría ni los olieron. ¿Qué ocurre cuando damos con un profesor que intenta que nuestros hijos aprendar a estudiar, y no a repetir como loros? ¿Qué pensamos cuando un profesor no quiere que nuestros hijos se pasen la tarde igual que se pasaron la mañana, repitiendo materia como gilipollas para vaciar sus mentes de espíritu crítico? ¿Qué hacemos ante alguien que nos propone una manera nueva de hacer las cosas y nos asegura que funciona? Pues que se jodió la colaboración con el centro. Porque a ver qué va a pasar si las notas de toda la clase suben, y luego mi hijo no es el único con sobresalientes. Y qué coño es esto de que el nene a las 4 haya terminado los deberes; ¿qué se supone que tengo que hacer yo ahora? ¿Y esto de leer con él? A ver, que Rajoy sólo lee el Marca, y ha llegado a presidente. Y lo que es peor: ¿qué hacen mis hijos, que no me traen mariconadas, y los de la clase de al lado ya llevan 3 cuentos para casa, con lo mono que me queda a mi ese trabajo?


No voy a hablar aquí de las trabas que esos profesores encuentran en sus compañeros de trabajo, porque eso es harina de otro costal, y además a mi no me compete. Soy madre, no maestra. Pero que supeditemos el éxito futuro de nuestros hijos, su felicidad como adultos, a nuestro propio onanismo me parece grave.
Porque a fin de cuentas, nosotros ya hemos tomado nuestras decisiones. Decidimos vivir como una generación de incultos amargados y autocomplacientes. Vale. Pero nuestros hijos no tienen la culpa. Así que, igual que escribí hace poco sobre los profesores, apártate y deja a otros trabajar en paz.

martes, 31 de enero de 2017

A vueltas con las maternidades y las expectativas

Pues está la blogosfera maternal alterada por el último "21 días" (en realidad, 12 meses) de Samantha Villar: el de su propia maternidad. Así que aun a riesgo de ser pesada ya con el temita, me vais a permitir que me explaye un poquitín, porque se han dicho muchas cosas sobre esas declaraciones suyas de la pérdida de calidad de vida cuando llega un ro ro a casa. Ni que hubiera sido la primera en decir o sentir algo así.




En primer lugar, voy a decir algo que he repetido siempre hasta la saciedad. ¡Cómo me joden los juicios! A ver, que no digo que la mujer no haya estado desafortunada. Que es cierto que si va a escribir un libro sobre lo malo que es ser madre y luego ese libro cae en manos de sus hijos dentro de unos años, estos críos van a necesitar un buen psicoterapeuta. Pero tampoco hay que llevar a la chica a la hoguera porque, por favor, ahora que no os ve nadie, que estáis solas frente al ordenador, que levante la mano quien no haya sentido eso en el puerperio de su primera maternidad. O de la segunda. O cuando el tercero llega a la adolescencia.


La cuestión no es que lo diga Samantha Villar. La cuestión es que es un sentimiento recurrente que tenemos muchas y que las que lo superamos lo hacemos con mucho trabajo interior y con el ajuste de algo muy importante para la vida: nuestras expectativas.
Tener una idea clara de lo que va a ocurrir ante una determinada circunstancia disminuye la ansiedad y contribuye a que encajemos mejor ese hecho en nuestra vida. Con todo. Cuando yo me mataba con los médicos pidiendo explicaciones sobre qué podíamos esperar después del coma de mi padre, nadie entendía que eso es necesario para poder afrontar lo que viene. Y no obtuve respuesta, porque para la mayoría de la gente es mejor no enterarse de nada, sin darse cuenta de que después viene el zurriagazo.


Bueno, pues este tema de las expectativas, cuando se trata de la maternidad es la pera. Porque no es ya que nos hayan vendido una idea de la maternidad idealizada. Es que la idea es de una maternidad para disfrute del adulto, sin tener en cuenta que a quien has llamado (que no ha venido solo, querida, que lo has llamado tú) es un ser vivo con unas necesidades muy concretas, no un muñeco. Así las cosas, la peña, desde que empieza a leer el "Ser padres", hasta que se lo dicen en los "cursos de preparación al parto", se cree que cuando tengan a su hijo en un parto orgásmico (pero con la epidural), va a vivir embelesada de amor por una criatura que no llorará jamás, que comerá cuando el adulto diga y dormirá cuando sea más conveniente para nosotros. Y ahí llega el tema. Y te das de bruces con la realidad de un ser vivo que TE NECESITA PARA SOBREVIVIR EN TODOS LOS ASPECTOS QUE TE PUEDAS IMAGINAR. Te necesita como alimento, como cuna, como nido, como todo. Por primera vez eres absolutamente responsable de la felicidad y el bienestar de otro ser humano. Y eso es muy complicado. Porque para que tu hijo esté bien, o cambias tus prioridades y las ajustas a la realidad, o la sensación que vas a tener es de permanente sacrificio, de tener que renunciar a tu persona, a lo que tú hacías y eras. Es decir: pierdes calidad de vida.


A mi me pasó en mi primera maternidad. Y no me importa que mi hija lea esto, porque va acompañado de una reflexión sobre el sentimiento y el proceso. Y porque si ella alguna vez decide ser madre, espero que en estas palabras encuentre el principio de ese proceso antes de encontrarse con su hijo en brazos.
Yo delegué mi parto, y las cuestiones primeras sobre salud y crianza en los "profesionales de la salud". Mi parto fue una pesadilla de separación y dolor, y la crianza derivó en una no-lactancia y en una depresión pos parto que empecé a colocar cuando Laura tenía casi 2 años. Y encima la coloqué mal. Me convertí en una persona huraña que sólo sabía reñir y decir "No".
Hasta que no decidimos tener a nuestra hija pequeña, cuando yo inicié otro camino, no me di cuenta de dónde estaba el fallo.
Cuando llegó Diana yo tenía claro lo que venía, y lo que yo quería. Es curioso, porque para la mayor parte de mi entorno, yo me sacrifiqué mucho por ella, mucho más que por Laura. Y lo cierto es que yo no lo viví así. Para mi la maternidad con Laura la he empezado a disfrutar hace relativamente poco (y conste que estoy aprovechándome todo lo que puedo ahora); y sin embargo,  tener la teta disponible, dormir con ella y adecuar mis horarios a los suyos, no fue un sacrificio, sino una liberación. Y no perdí calidad de vida, porque mi vida cambió, para buscar calidad.



A todo esto hay que añadir otra cosa: la presión para ser madre, o la decisión tomada por razones equivocadas. Ya bastante tienes que lidiar si piensas que ser madre es seguir con tu vida igual, pero con un botecito de amor, como para que además tengas que cambiar tu vida sin estar convencida de ello.
Hay mujeres que deciden ser madres porque "es lo que toca", a determinada edad o en determinado momento de su relación de pareja; como si no ser madre fuera un paso atrás o un parón en su relación. Hay mujeres que creen que un hijo será un pegamento para unir una pareja que falla, o la aspirina para arreglar una relación enferma. Y eso sigue siendo un tema de expectativas. Tu vida no puede seguir como antes, porque ya no es la vida que era antes, ni puedes aspirar a seguir siendo la persona que eras, porque esa persona desapareció. Tampoco puedes responsabilizar a un bebé de tu felicidad de pareja. No funciona así. Lo primer que tienes que hacer es SER MADRE PORQUE QUIERES SER MADRE. Punto. Y si no quieres ser madre, pues pásate por el forro los convencionalismos, y simplemente no lo seas. No vas a convertirte en más o mejor mujer o más completa por tener un hijo.




Volviendo al tema que nos ocupa. ¿Qué hubiera pasado si los maravillosos expertos que ayudaron a Samantha a concebir, si los que ella consultó para todo, la hubieran preparado de verdad? ¿Qué hubiera pasado si Samantha hubiera trabajado sobre todo sus expectativas de cara a la crianza de sus hijos y hubiera tenido tiempo para adaptarse a si misma y toda su vida a su llegada? Pues que probablemente ahora no creería que ha perdido en calidad de vida, sino que hubiera cambiado su vida y lo hubiera hecho con naturalidad. Igual que hice yo con mi hija pequeña. Igual que he conseguido hacer con mi adolescente favorita.