martes, 10 de abril de 2018

Y ahora, ¿qué?

No creo ser la única a la que le pasa esto.
Cuando te pasas 3 años de tu vida estructurando tu tiempo en función de las necesidades de una persona, todos tus huecos los llena esa persona, incluso cuando no estás con ella.
Durante 1000 días, mi padre ocupaba mis mañanas y mi mente. Los cuidados a mis hijas, o incluso los míos, se colocaban en la agenda en función de las necesidades de mi padre. Y ahora que ya no está, de repente, me enfrento a una situación a la que ya no estaba acostumbrada.
Y ahora, ¿qué?

Por supuesto, queda mi madre. No podemos dejarla de lado, porque ahora está sola. Pero ya no es igual, porque ella no nos necesita.

Echo un vistazo a mis páginas, a mis blogs, que tengo totalmente abandonados, y me siento tan lejos de aquella persona...
El caso es que no quiero cerrar La Teta y Más. Fue un proyecto que me absorbió totalmente y en el que puse toda mi alma. Pero ahora me planteo que no podría volver a hacer lo mismo.


Y no es que no quiera el contacto con las mujeres y sus hijos. Es que creo que el acompañamiento cercano ya no está entre las cosas que ahora mismo podría hacer.

Sin embargo, desde hace ya tiempo he estado dando vueltas en la cabeza a algo. Es algo inconsciente, no planeado. No es que me haya puesto a pensar, es que ha ido saliendo solo.

Soy periodista. Deseé serlo siempre, desde que tengo memoria.
Mi padre quería que hubiera estudiado derecho, pero siempre he sido muy burra, igual que él, y en lo que tocó a mi formación, me salí con la mía. Descubrí que la práctica del periodismo como tal no me satisfacía, porque me vi inmersa en la política mercantilista que está ahogando el oficio en este país nuestro tan de ahogar verdades. Pero acompañando mujeres, dirigiendo reuniones del grupo de apoyo, dando charlas, también he descubierto que me apasiona la divulgación, que no he dejado nunca de ser periodista ni aún cuando era doula.

Hace unos meses, en un rato perdido, me puse a retocar mi web. Trataba de decidir si la borraba o si la transformaba. En realidad, trataba de juntar valor para cerrarla. Me puse a escribir, tal y como estoy haciendo ahora, y empezaron a salir cosas.

No sé si habéis ido alguna vez al psicólogo. Todos deberíamos hacerlo de vez en cuando, así que os animo. El caso es que muchos psicólogos sugieren escribir a ver qué sale. Y salen cosas alucinantes. Igual que me está saliendo ahora.

El caso es que escribiendo, me di cuenta de que he cambiado, pero no tanto. Me di cuenta de la cantidad de información que tengo ahora sobre temas médicos y de salud. Me di cuenta de que necesito seguir contando cosas, y que en realidad, hace falta que alguien cuente cosas. Me di cuenta de que sin información, o con información sesgada, no se pueden tomar decisiones, y las familias con un ser querido enfermo se ven obligadas a tomar decisiones permanentemente.

Cuidando de mi padre en las últimas semanas, me he dado cuenta de otra cosa. De repente, en cuanto el personal sanitario habla conmigo dos veces, me preguntan si soy "de la profesión", y hablan conmigo mucho más sinceramente y ofreciéndome mucha más información que al principio. Y un día, dos antes de que mi padre muriera, me encontré con una maravillosa enfermera que me hacía la misma pregunta para explicarme lo jodida que estaba la situación, y me encontré a mi misma respondiendo "no, no soy enfermera; soy periodista pero me he especializado en comunicación y divulgación sanitaria". La mujer me miró fijamente y me habló durante 15 minutos sobre todos los procesos que estaban abiertos, sobre lo que estaba yendo mal y las expectativas que ella, como enfermera, tenía de la situación, y me dijo que hablaría con el médico sobre mi para que charlásemos un rato.

Así que en este momento, mientras me planteo volver a estudiar para preparar oposiciones, no sólo le estoy dando vueltas a las teclas, sino a mis verdades y mis deseos personales.

lunes, 26 de marzo de 2018

Nano Peluquero

El día 21 de marzo murió mi padre. Fueron 3 años de un Alzheimer acelerado por un coma diabético, y complicado además por un montón de patologías, que hicieron, probablemente, que todo avanzara a velocidad de vértigo. Tres años en los que nosotros, "Los 4 mosqueteros" (mi hermano, mi cuñada, mi marido y yo) remamos todos a una con un propósito firme que hemos logrado: que mi padre no pisara una residencia. Tres meses, los últimos, duros de cojones, en los que el que le tocaba, debía levantar a mi padre a pulso, cambiarlo, asearlo y sentarlo en su silla de ruedas; en los que fuimos testigos de cómo se iba; en los que tuvimos que recuperarle, en casa, para no ingresarlo en ningún sitio. Hasta que hubo un momento, el pasado 11 de marzo, en que recuperarlo en casa fue imposible y decidimos ingresarle en el hospital donde murió 10 días después, agotado ya de tanta lucha.
El caso es que estamos todos un poco así; tranquilos y agotados, y casi ni nos manifestamos. Y de repente, un parroquiano cariñoso, le escribe esto a mi padre.

No sé quién eres, Alberto Fidalgo, pero gracias. Gracias por tus sentires, y por querer que todo el mundo supiera que se fue un hombre bueno. Hoy voy a dar yo la puntilla, a enseñaros cosas que muchos de vosotros no sabíais de mi padre.

Nano, el peluquero era un currante, un trabajador incansable. Abrió la peluquería en el año 1969 y luchó por ella, como luchó por todo, desde el primer momento.
Se pasaba las noches haciendo postizos en la época en que los postizos se llevaban. Cuando llegaba la hora del cierre, bajaba su trapa y se ponía el café, el tabaco y la labor, y le daba el amanecer currando. Así levantó su negocio y empezó a perder la salud.

Cuando conoció a mi madre y llegamos nosotros se dio cuenta de algo que a la peña ahora todavía le cuesta: conciliar no es conseguir que te abran guarderías en domingo; conciliar es no trabajar en domingo.

Y con esa premisa, juntó a los peluqueros, que hasta ese momento eran un oficio, pero no un gremio, y promovió la sección de peluqueros de la Federación Leonesa de Empresarios, entidad, por cierto, que hemos echado de menos estos días.
Esta sección unificó horquillas de precios, para que hubiera unos estándares por debajo de los cuales se considerase "competencia desleal", y consiguió que se cerrara los domingos y festivos en León.
Y así, todos los domingos los dedicaba a llevar a sus hijos a tomar un butano al Barrio Húmedo y dar una vuelta por el Rastro.

Nano, el peluquero, era además, un hombre sociable y cariñoso, que tenía un mapa mental de todos los vecinos de su barrio. Sabía a quién le iba bien y a quién no tanto. Siempre tenía una palabra amable, una mano tendida para quien lo necesitaba. Y eso, mira tú, no lo perdió jamás. Por eso había mucha gente que no se creía que tenía Alzheimer, porque cuando se lo encontraba por la calle le preguntaba por el padre enfermo o tenía un recuerdo cariñoso para el hermano fallecido.

Nano, el peluquero, fue un maestro cariñoso y entregado, que consiguió que sus aprendices, luego convertidos en trabajadores, pudieran labrarse un futuro como peluqueros independientes, y ya de paso, que le quisieran como hijos. De hecho, la relación que tenemos con su primer aprendiz, que desde hace años tiene su propia peluquería, Miguel del Ser, es de hermanos.

Nano, el peluquero, fue un padre cojonudo de más de dos niños (los suyos). Recuerdo hace mil años, una conversación con mi primo/hermano mayor y ahijado suyo, que me decía que si había tenido un padre, ese era el mío.
Mi padre trabajaba como un mulo, un montón de horas seguidas. Y sin embargo, los recuerdos de niñez que yo tengo es de mi padre a cuatro patas en el salón haciéndonos a mi hermano y a mi de caballito. Recuerdo las salidas al campo en cuanto empezaba a hacer bueno. Las visitas al rastro.

Nano, el peluquero, tenía un carácter endemoniado, como el mío. Un pronto que puede ser bueno a veces, pero otras no trae más que inconvenientes.

Nano, el peluquero, fue un hombre bueno, y así me lo ha dicho cada una de las personas (y fueron muchas) que acudieron a su funeral el jueves.

Gracias

jueves, 15 de febrero de 2018

La realidad de las cosas

Necesito escribir esto. Hace ya tiempo que le doy vueltas y vueltas. En realidad, la entrada ya está escrita, en mi cabeza, como tantas otras. Otro día le daré vueltas a eso.
Pero antes tengo que hacer algunas aclaraciones. Desde que escribo en blogs y redes (hace un tiempito, ya ) he ido aprendiendo que antes de escribir determinadas cosas hay que aclarar contextos e intenciones. El lenguaje escrito es lo que tiene: que se pierden matices y eso lleva a malentendidos; y si el lenguaje no sólo es escrito, sino unilateral, sin contexto de conversación ni intenciones, entonces apaga y vámonos.
El caso es que estas líneas llevan tiempo dando vueltas en mi cabeza por muchas conversaciones que he mantenido desde hace 3 años. Conversaciones más o menos cortas, más o menos de compromiso, con personas que me importaban... o no. Lógicamente las frases inspiradas por personas que no me importan no necesitan aclaración; pero no quiero que aquellas a quienes quiero se sientan ofendidas porque reconozcan alguna conversación que hemos tenido. No escribo nada con ánimo de desahogarme, ni para echar a nadie en cara sus modos de ver las cosas o su falta de información, sino que esas charlas, siempre bienintencionadas, me han hecho reflexionar sobre la necesidad de hacer pedagogía sobre un tema que le toca especialmente a mi familia y que, aunque parezca imposible, se ha romantizado.


Voy a escribir sobre la realidad de la enfermedad de Alzheimer.

Hace ya un tiempo publiqué esta entrada sobre los encuentros incómodos por la calle, porque creí que era necesario. Entonces estábamos (y lo digo bien, en primera del plural) en una fase "temprana" de la enfermedad; no tan temprana como para ser sólo despistes, pero lo suficiente como para que hubiera intercambio de miradas y risas. Y aún así creí que era necesario. Pero ahora creo que es fundamental que la gente empiece a entender qué es realmente, qué supone, la enfermedad de Alzheimer, o cualquier demencia del mismo tipo, porque de verdad que tengo la impresión de que son afecciones que se han "romantizado". Me explico.

Veo desde hace años (bueno, desde siempre, pero desde hace 3 años más conscientemente) campañas de "sensibilización" impulsadas por asociaciones e instituciones en las que aparece un abuelo sonriente con su nieto; o un perfil en el que la parte de la cabeza es un puzle del que se escapan piezas. Leo la "carta del enfermo de Alzheimer a su mujer"; o frases inspiradoras en Facebook; o poesías preciosas sobre la pérdida de la memoria. Es todo muy triste, pero bonito, no sé si me explico. Pero es lo único que le llega a la gente. Y no, queridos. El Alzheimer no es la pérdida de memoria. No sólo es la pérdida de memoria. Ojalá.

En primer lugar, el Alzheimer no va poco a poco hacia abajo. No es una pendiente más o menos pronunciada. No es que vayan perdiendo memoria primero reciente y luego más lejana. Bueno sí, pero no. El Alzheimer es más como una cordillera agreste, llena de picos y abismos. Digamos que a medida que pasa el tiempo el enfermo recuerda menos cosas durante más tiempo. Pero no significa que algo que aparentemente haya olvidado no vuelva en algún momento. Es un poco desesperante, precisamente porque da esperanzas; porque de repente le ves bien, recordando, charlando, y al minuto siguiente ya ni te mira. Y tienen esas ventanas hasta el final. Y si no, buscad aquel video de una mujer en la cama con su madre enferma terminal de Alzheimer que después de semanas sin interacción alguna, la miró y la reconoció. Ya os digo que es devastador para los familiares, pero también lo es para los enfermos. Hace un tiempo, un conocido de mis padres me dijo en la calle que si él pudiera elegir de qué morir, elegiría el Alzheimer, porque te vas sin enterarte. Amigos míos: te enteras.

En segundo lugar, deberíamos analizar la palabra "Demencia", para entender por qué es absolutamente reduccionista el limitar el Alzheimer a un simple caso de pérdida de memoria. "Demencia" proviene del latín "De-mentis", que significa "sin mente". Y es que es así: los enfermos de cualquier demencia tipo Alzheimer se quedan sin mente. Y una de las primeras manifestaciones son las conductas erráticas. Ejemplos de conductas erráticas:
- Es muy común entre los enfermos de Alzheimer los tics con la ropa. De repente se levantan de donde estén y se van a cambiar de ropa; el problema es que suelen venir con las prendas descolocadas. Alguna vez hemos visto a mi padre con toda la ropa (TODA LA ROPA) puesta en la parte superior de su cuerpo, y en pelotas de cintura para abajo.
-Hacer "sus cosas" en sitios inesperados. Como dice mi cuñada de una manera muy gráfica, "en la guerra, todo agujero es trinchera"; así que si hay ganas de hacer pis hay las mismas posibilidades de que vaya al baño, que de que lo haga en una terraza, en una papelera, la bolsa de basura o el juguetero de las niñas. Las mismas. Y si en lugar de hablar de pis, hablamos de otra cosa... pues una vez se empeñó en que el váter era la silla de la habitación de mi hermano, así que se bajó los pantalones, se sentó en la silla, y obró. Creo que vale la pena decir que la silla era de asiento de mimbre, así que luego hubo que recoger encima, debajo y entre la silla. Una cosa: esto es conducta errática, no pérdida del control de los esfínteres. Lo digo porque para aquellos que piensen que la solución es el pañal, les diré que si se les ha puesto en las narices que tienen que mear en el jarrón de la abuela, se quitarán el pañal y mearán en el jarrón de la abuela. Punto. Y más te vale no discutir; primero, porque ellos no creen que esté mal, no hay que convencerlos de nada, YA ESTÁN CONVENCIDOS. Si empiezas una discusión, es probable que la cuestión acabe o en delirio o en ataque de ansiedad.

Me voy a parar en los ataques de ansiedad, porque son muy comunes, por varias razones. Puede ser un pico de ansiedad sin más; no pueden gestionar su estrés, porque para eso hace falta tener un control sobre su comportamiento que, dependiendo de la fase en la que estén, no tienen en absoluto. Puede ser un recuerdo que les viene y no pueden contextualizar, como recordar la muerte de un ser querido como que hubiera ocurrido en ese mismo momento. Puede ser que les lleves la contraria y todo su esquema mental (que está mal, pero es el suyo) se va a la mierda. O puede ser el preludio de un delirio, que es lo más divertido del Alzheimer.

Como es muy divertido, me voy a parar en ellos. Los delirios son pues las locuras. La mayoría de las veces se trata de una manía persecutoria. Como nos empeñamos en que hagan las cosas de manera totalmente diferente a lo que están convencidos que debe ser (si le digo que la sopa no se toma con tenedor, por ejemplo) pues se creen que queremos hacerles daño. Pasa sobre todo con el tema medicación, y es una putada, porque como este tipo de demencias suele afectar a personas de más de 65 años, es fácil que se tengan que tomar varias pastillas al día; pues si no quieren tomarse las pastillas y tú insistes en que se las tomen, pueden deducir que lo que quieres es envenenarles. Y ahí se monta el belén, pero fijo. Los delirios les llevan a veces a conductas violentas. Gente que jamás de los jamases levantó la mano a nadie, de repente coge el bastón y te lo estampa en la cabeza. O se pone a dar puñetazos en una puerta. O sale corriendo entre el tráfico. O te grita y te llama sinvergüenza. Naturalmente, este tipo de enfermos tiene entre su medicación específica antipsicóticos. Pero eso no hace que los delirios desaparezcan, sino que no sean frecuentes y sea fácil de controlar. Punto.

Por supuesto, hay muchas más cosas: la depresión, los llantos, los desmayos, ... En nuestro caso una cuestión interesante es cómo interactúa el Alzheimer con otras patologías, especialmente metabolopatías. Mi padre es diabético, así que os imaginaréis que si digo que el Alzheimer influye, lo hará para mal. Su diabetes es más difícil de controlar, y además, tenemos que controlarla nosotros, incluso cuando él no quiere pincharse, o le duele tanto el cuerpo que no soporta más agujas, o si está dormido todo el tiempo y no quiere comer.

Todas estas circunstancias conforman la realidad del enfermo y su entorno. Los compañeros suelen caer en lo que se llama "síndrome del cuidador", que es un término muy chulo pero que poca gente sabe realmente lo que implica. En nuestro caso, la única que está las 24 horas con mi padre es mi madre, que ya tiene un diagnóstico de "Pseudodemencia por estrés", que por muy "pseudo" que sea, no deja de ser demencia; es decir: hace 3 años teníamos un demente que cuidar y ahora tenemos 2. Esa es la razón por la que nosotros no queremos hacer más horas, ni se nos ocurre mudarnos a casa con ellos para poder cuidarlos todo el tiempo; porque tenemos que sobrevivir, y nuestras familias también. Es duro, pero es así. Por eso la mayoría de la gente en cuanto empiezan a manifestarse con más asiduidad y complejidad tanto los delirios como las conductas erráticas, optan por ingresar a su familiar en una residencia: porque requiere toda tu energía, aunque vayas "solo" 4 ó 5 horas al día. Nosotros también lo haremos, aunque esperamos poder alargar el tema hasta que mi padre no sea del todo consciente. Y no ingresaremos a mi madre con él, porque esperamos poder recuperarla algo. Porque, amigos, no se trata sólo de amor; por mucho que quieras a tu enfermo, emocionalmente TIENES QUE SEPARARTE.

¿Qué por qué escribo esto? Pues sobre todo por lo que dije al principio: pedagogía. Y no sólo a posibles futuros familiares de enfermos de Alzheimer. Sino porque entre los propios sanitarios (excepción hecha, claro de los especialistas que tratan la enfermedad) tampoco tienen del todo claro lo que significa. Nos hemos encontrado varios médicos que no entienden que prefiramos no trasladarle a urgencias sólo para estabilizarle, porque no comprenden que eso que ellos llaman "desorientación" se traduce en un pozo de semanas de delirios al llegar a casa tras solo unas horas ingresado. O con alguno ya en urgencias que insistía en preguntarle a él "¿dónde le duele, Terenciano?" Como que Terenciano fuera a saber dónde le duele o fuera capaz de señalarlo.

No quiero miles de mensajes de apoyo, ni emoticonos con la lagrimita. No lo necesito. Lo que os he contado no responde a una necesidad de exhibicionismo, ni de despertar la compasión de nadie. Es que realmente creo que la verdad tiene que ser contada como es, sin medias tintas ni "cosas bonitas".

Porque el Alzheimer no es la ternura de la pérdida de memoria. Ni el cáncer es rosa o nos llena de energía positiva. Ni el Autismo es Rain Man. Porque tenemos que sacar a las enfermedades del armario y mirarlas y describirlas sin miedo, para que quienes nos preguntan de verdad, con interés porque nos quieren, sepan lo que hay, lo que es mejor no decir, lo que deben hacer. Y porque cuando nos toca siempre está bien saber qué nos espera y no darnos la hostia por el camino.

viernes, 1 de diciembre de 2017

Obligados al abandono

Hace unos días (muchos, lo reconozco, porque últimamente escribo menos) escribía yo esto sobre el grosor de la piel que debía tener mi hija. Lo escribí desde las tripas, en pleno subidón de cabreo, y salió lo que salió. Ojo, que no me arrepiento ni de una coma, y lo suscribo. De hecho, agradezco mi momento de cabreo porque así lo he escrito, y con las mismas escribí la queja a Inspección Educativa, que por cierto, ha surtido un efecto muy positivo.
Pero todo lo vivido, después de una reunión con el Inspector Jefe de la Dirección Provincial de León, y de otra con el tutor de Laura (que puestos a decir nombres, se llama Ángel, y puestos decir verdades, se ha portado genial en todo el proceso y ha colaborado en que Laura se sienta mucho mejor ahora), me ha ayudado a reflexionar más desde la calma.

Cuando llegó la hora de escolarizar a Laura, no conocíamos otras opciones. Para nosotros, como para la mayoría, era lógico que a los 3 años un bebé  comenzara el colegio, y dado que el centro estaba justo al lado de casa, tampoco había mucha más discusión sobre dónde iría la niña al cole. Con los años fuimos leyendo y aprendiendo sobre otras opciones de formación académica (me vais a permitir aquí que me refiera al colegio como una institución de formación académica para diferenciarlo de "educación", que para mi es algo mucho más personal y que se adquiere sobre todo en el entorno del hogar). Supimos, por ejemplo, que en España hay el mismo -exactamente- porcentaje de padres que optan por llevar a sus hijos a un internado que de padres que optan por enseñar en casa. Supimos que, de entrada, la escolarización no es obligatoria, no hay ninguna ley que obligue a que la formación académica esté institucionalizada, y que lo que han de hacer los padres que optan por enseñar en casa es acreditar ante asuntos sociales que sus hijos no están en situación de abandono, sino que su derecho a recibir la enseñanza obligatoria hasta los 16 años se está cumpliendo en casa.

El problema es que, aunque hay muchos padres que consiguen hacer esto de una manera más o menos tranquila, lo cierto es que hay otros muchos que se tienen que enfrentar a denuncias por abandono que pueden llegar, incluso, de los propios centros de referencia. Y hay más: muchos políticos o responsables de Direcciones Provinciales, ante la solicitud de familias de educar en casa, les informan de que eso es absolutamente ilegal, cosa que como ya digo, no es cierta. Lo que sí es verdad es que la inmensa mayoría de las familias están firmemente convencidas de que no es posible elegir otro tipo de formación más que la que se ofrece desde un colegio, y que lo único que pueden elegir es si es público o privado, concertado o no. Y que elijan lo que elijan, la consecuencia primera es que su hijo, con sólo 3 años, estará durante al menos 5 horas en un lugar que no es su casa, atendido por una veinteava parte de cuidador (aclaro que la fracción me la saco de dividir al profe de infantil por el ratio de alumnos por clase). Vamos, que si están en casa, un entorno seguro y conocido, con un cuidador por cada niño (su madre), o como mucho, el cuidador dividido por el número de hermanos menores de 16 años que, en todo caso, no serán 20, entonces están "abandonados", pero en el colegio no.

Bueno, pues yo sí he sentido que dejaba abandonadas a mis hijas en el colegio. Sin posibilidad de vigilarlas, al cuidado de adultos que ni de coña en el caso de mi hija mayor, han ejercido las funciones mínimas de un cuidador de garantizar su seguridad y además,  juzgada por estar demasiado presente.
Y respecto a la formación académica, espera que me río.
 Ya está.
A mi hija pequeña tenemos que enseñarla matemáticas en casa; hemos estado horas con ambas, pero más con la mayor, haciendo interminables tareas en casa, y ahora que Laura está en secundaria, pagando una profesora particular de matemáticas, porque atención, la profesora que tiene no es capaz de que una niña superdotada entienda matemáticas. Que ya es delito.

Laura se pasó gran parte de la primaria en casa. Enfermaba (vete tú a saber por qué -nótese la ironía-) y con los libros y Google, sacaba las mejores notas de su clase. Y ahora, de 3 profesores de mates que ha tenido, ha necesitado que otro le explicase las asignaturas con 2 de ellos.
Vamos, que yo a mi hija mayor concretamente, la he abandonado a su suerte, sin protección de ningún adulto "responsable", para nada, porque lo que sabe lo ha aprendido en casa por su cuenta.

No soy ninguna exagerada. He hablado con madres cuyos hijos han padecido la mala educación de compañeros ante la inactividad del centro, y se han sentido igual que yo: impotentes por verse y sentirse obligadas a dejar abandonados a sus hijos durante la mitad del día en un centro "educativo". Y esto seguirá así, porque hay muchos profesores, esos que se hacen llamar a sí mismos "patanegras", que seguirán creyendo que "son cosas de niños", o que los críos tienen "que hacerse la piel más gruesa". Profesores que creen que sólo hay una forma de hacer las cosas y que es la suya. Adultos que no han integrado su niñez ni su adolescencia y tienen la madurez emocional de un melón, pero que, por las horas que pasan con ellos, nuestros hijos los tienen como referentes de actuación adulta. Profesores que creen que los adolescentes están ahí para joderles la vida y que todos son sospechosos de vagos y maleantes. Gente que no tiene ni puta idea de enseñar pero echa la culpa del suspenso al alumno.

Hoy voy a terminar con una frase que le cojo a Laura, que dijo ayer y me encantó.
"Si yo consigo ser profesora de secundaria y me entero de que uno solo de mis alumnos tiene que acudir a un profesor particular para comprender mi asignatura, me muero de la vergüenza".

Pues eso.

viernes, 17 de noviembre de 2017

El grosor de la piel

No sé muy bien cómo empezar esta entrada. Me indigna tanto, que las ideas, las palabras, las emociones, se me agolpan en el cerebro y me cuesta ordenar las frases.
Voy a empezar por el principio. Un principio que he repetido muchas veces aquí y en otras ágoras, pero que creo que es necesario para contextualizar y para denunciar. Y hoy voy a poner nombres.

Hace 12 años inició su vida escolar mi hija mayor. La matriculamos en Las Anejas, un colegio público que nos pillaba al ladito de casa, y donde había impartido clase mi suegro y asistido como alumnos mi marido y sus hermanos. La tutora de infantil que le tocó a mi hija era Choni (con los años cambió su nombre a Asun), una profe que era la delicia de algunos padres pero que hizo desgraciados a muchos niños. Esta profesora dividía su clase en mesas de trabajo a las que ponía nombre: la Mesa de los Listos, la Mesa de los Torpes, la Mesa de los Vagos, y así. No sé si os sorprenderá saber que uno de cada 3 cursos de primaria tenía serios problemas de acoso; problemas que, por otra parte, se cuidaban muy bien de que no llegasen ni siquiera a orientación, porque, no os lo he dicho, Las Anejas es un colegio de "fama" en León. El caso es que, al pasar a primaria, fíjate tú, los que habían integrado la Mesa de los Listos solían someter a acoso a uno o varios compañeros de las otras mesas. Y a mi hija le tocó.
 Quienes conocéis a Laura y lo que es, os extrañaréis de que no estuviera en la "Mesa de los Listos", si cuando llegó a Infantil ya sabía leer y escribir, y tenía una idea clara de las cantidades hasta 100. Como se aburría como las ostras, estaba en la "Mesa de los Vagos". Eso, y su carácter, típico de los niños de Altas Capacidades, le hizo objeto de bullying desde 1º de Primaria. Hablamos con todos los tutores que tuvo, pero hasta 5º, no sé muy bien por qué, no hablamos con Jefatura. Bueno, sí sé por qué. Un ataque de asma que acojonó a los profesores. Fue ese curso la primera vez que oí hablar sobre el grosor de la piel de mi hija. "Muy fina", según Mari Cruz, directora del lugar. La culpa, claro, la teníamos nosotros, que no habíamos educado a una niña fuerte, sino pusilánime y demasiado sensible. Que la pegaran, la insultaran, le quitaran el inhalador, o fueran a insultar a su hermana al patio de los de Infantil, no tenía nada que ver en el tema.

Al año siguiente, cuando Laura iba a cursar 6º de Primaria, nos mudamos a un pueblo al lado de León, a Trobajo del Camino. Laura lo vio como una oportunidad, y prefirió hacer el último curso en cole nuevo antes que terminar en Las Anejas. Ella misma comentó que había sufrido acoso en una clase de tutoría, y nos mandaron con la orientadora. El problema era que tenía verdadero pánico a bajar al patio durante el recreo, hasta el punto de tener algún ataque de ansiedad al oír la sirena. Y cuando llegamos a Orientación, Javi y yo alucinamos colorines. Resulta que, de todas las quejas, entrevistas y situaciones peliagudas vividas en las Anejas, no había ninguna constancia en el Servicio de Orientación. Nunca se activó el protocolo de acoso, porque nunca se informó oficialmente de nada.

Antes de meterme en más contenido, porque la entrada de hoy se prevé larga de cojones, quiero apuntar aquí un hecho: Laura tiene Síndrome de Estrés Post Traumático; revive momentos de esas agresiones, sueña con ellas, ve pautas en otras relaciones que nada tienen que ver. Su autoestima quedó tan lesionada que ha desarrollado un Trastorno Alimentario que le cuesta mucha energía controlar. A pesar de la terapia, en la que lleva ya 2 años, hay días en que le cuesta mucho salir de casa por la mañana, y hay momentos en el Instituto en que se rompe y tiene ataques de ansiedad y pánico. Eso hace el acoso, y sobre todo, la indefensión ante ello, el sentir que no puedes fiarte de los adultos que te rodean, que al final siempre es todo culpa tuya.

Hace un año escribí una entrada sobre los dobles raseros. Me motivó sobre todo algo que me dijo Laura, que ella estaba viviendo, y ponía el foco en los profesores. Ya sé que esto es la Biblia, pero por favor, leedla. Por si no os apetece, os voy a citar el último párrafo:
"Pero de todos los dobles raseros, los que más me molan de todos son los de los abusos. Me flipa el tema de las mediaciones. Y ahora no os echéis encima, ¿eh? En el mundo adulto, ese para el que se supone que les preparamos, si a mi alguien me agrede, no hay mediación que valga. No se junta a víctima y agresor en torno a un mediador para "acercar posturas", y por supuesto, no es voluntario. Yo voy por la calle y un tipo me agrede, y después de poner la consabida denuncia, se procede a la investigación de los hechos, la detención del presunto y las actuaciones judiciales que deriven de ello. Y, salvo deshonrosas excepciones, el agresor paga su delito.
Bueno, pues en un  instituto (no voy a coger el colegio de ejemplo, aunque en fin, pero es que en el instituto son ya mayores, se supone) si alguien te agrede o te insulta, se "abre una mediación", a la que el agresor puede negarse SIN CONSECUENCIAS. Y si no se niega, ambos, agresor y agredido, se sientan a la misma mesa para acercar posturas y llegar a compromisos (ambos) y que la situación no vuelva a repetirse. Hale. Buen rollito y tal. Para que haya consecuencias, la cosa tiene que repetirse y ser muy, pero que muy grave; y eso si son agresiones físicas. Si la agresión es verbal, no hay nada que hacer."
 Este curso hemos empezado jodidos. Después de un año medio tranquilo, ha vuelto a coincidir con compañeros de otros años (alguno, incluso, de Las Anejas) y el acoso ha vuelto. Uno de ellos, además, futuro miembro de alguna manada, ya le ha dicho que si sigue yendo sin sujetador, no se va a poder controlar. Hemos vuelto a los ataques de ansiedad y al pánico. Ha pasado de sobresalientes a suspensos, y cuando hemos querido hablar con orientación, nos han dicho que ellos no están para cuidar de la salud mental de los alumnos, sino para conseguir que aprueben.
Y lo mejor de lo mejor de lo mejor. Una jefa de estudios de Juan del Enzina, Eugenia, le ha dicho que tiene que hacerse la "Piel más gruesa". No sé si habéis oído hablar, sobre todo estos días, del término "Victim Blaming", pero por si no os queréis leer la definición, este párrafo resume muy bien el concepto.
El caso es que cuando me he hartado ya mucho y he escrito una nota al servicio de Orientación quejándome de cómo se están llevando las cosas, pidiendo justificante por escrito de todo lo que dicen y dejando claro que ya se está tramitando una queja ante Inspección Educativa contra el centro, Orientadora, PT, jefatura... todos han puesto el grito en el cielo. La orientadora sacó a Laura de clase para hablar y decirle que no debía preocuparme (a mi) y se han puesto todos de los cohetes, como decimos en León.
Y yo me pregunto, ¿quién tiene la piel más fina?

viernes, 27 de octubre de 2017

Que no me quites años

Que no, que no quiero. Que no quiero aparentar 30. Ni 40. Que tengo 44 y los quiero todos. Que son míos.

La prima de mi madre no cumplió los 34. Mi primo no llegó a los 40. Mi mejor amiga se quedó sin sus 44. ¿Y tú quieres que yo aparente menos años?

Mis estrías dicen que tengo una relación con la comida un poquito especial. Y que he tenido dos hermosos embarazos.
Mis tetas dicen que he parido dos veces, y que una de ellas culminó en una gloriosa lactancia de 6 años.
Mis ojos y boca dicen que he llorado, que he reído, que me he enfadado, que he gritado, que he sido mucho, muchas veces.
Mis canas dicen que llevo 44 años en el mundo, ni uno menos.

¿Y qué quieres tú que me quite?

¿Las estrías, y entonces olvido mi preñez?
¿Las tetas caídas, y entonces olvido mis partos?
¿Los pezones rotos, y entonces olvido el frenillo y su solución?
¿Las arrugas, y entonces olvido lo llorado, lo reído, lo enfadado, lo gritado, lo sido?
¿Las canas, y entonces olvido mis años?

Pues mira, mi preñez me hizo más fuerte, más sabia. Mis partos me hicieron más consciente. Mi lactancia me cambió la vida y así ayudé a cambiar otras vidas. Mis risas, enfados, llantos y gritos son mi vida. Sí, esa vida de 44 años que se ve reflejada en mis canas.

No quiero ser otra, quiero ser yo. Y quiero ser yo con mis años y mi vida. Recordar a las personas que amo y no están, y no pudieron vivir lo que yo he vivido. Recordar que soy afortunada por haber vivido todo, incluso lo malo. Admitir que cada año vivido, cada segundo, es un aprendizaje, una fortaleza.
Y mira, aparentar no haber vivido todo eso, no me haría peor. Ni mejor. Sólo me haría menos yo. Y eso sí que no.
No quiero.

viernes, 20 de octubre de 2017

Haciendo excepciones

Hoy la vida me ha dado una pequeña tregua, y me veo con tiempo de echar un vistazo desde el ordenador a mis redes. Esto, que antes hacía de forma rutinaria todas las mañanas, se ha convertido en un imposible diario.
El caso, es que soy administradora del grupo de Facebook que recoge la actividad del grupo de apoyo a la lactancia en el que ejerzo mi voluntariado. Ante el caso reciente de una madre que ha sido expulsada de un lugar público por amamantar, una de mis compañeras en la administración ha compartido en ese grupo un artículo fantástico. Fíjate si será fantástico, que me voy a comer aquí mi regla de no compartir de lugares ajenos, porque este merece la pena. Y de paso voy a dar las gracias a Lorena Moncholi, abogada y lactivista, por esta perla. Se trata de una guía de actuación en el caso de que te recriminen por amamantar en público o te conminen a abandonar un lugar . Imperdible.

Bueno, pues me levanto hoy, voy a mirar mis cositas con el culo aposentado en buen asiento, y no como siempre, y me encuentro con que alguien ha reportado esa publicación a la administración.
Por supuesto, yo he aceptado el enlace y me he pasado por el arco de triunfo el reporte, faltaría más. No sólo no incumple ningún punto de la filosofía del grupo, sino que me parece una guía absolutamente imprescindible dada la cantidad de gilipuertas que andan por el mundo alante.

Y es que no lo entiendo. ¿Qué tiene este artículo de reportable? Absolutamente nada. Leedlo, por favor, porque yo lo he hecho dos veces esta mañana para encontrar el pero.

Sé que mi compañera está intentando averiguar de la persona que lo reportó la razón de que le incomode que, en un grupo de apoyo a la lactancia, se informe sobre cómo poner una queja y denuncia ante los organismos competentes contra personas y gerentes que se creen con derecho de intimidar a una mujer y prohibirle que amamante. Pero es que creo que no hay justificación, salvo que a alguien le moleste que las mujeres tengan herramientas para defenderse y además sepan utilizarlas. O eso, o esta persona se equivocó y quería hacer otra cosa y de repente hizo "ups, se me ha ido el dedo", en cuyo caso, mis disculpas.

Pero esto no sólo pasa con algo tan nimio como lo que describo.
 Desde que me quedé embarazada la primera vez (y de eso hace casi 16 años) he oído muchas veces cómo quienes deberían facilitarnos toda la información nos dicen que dejemos de buscar y nos dejemos hacer. Cuando somos madres perdemos el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo, sobre nuestras cosas, y ya lo hacen otros por nosotras; y el primer punto para ello es privatizar la información, decir quién debe darla y a través de qué medios, demonizar a quienes publican a través de otros medios y canales esa información. Y si estamos hablando de redes sociales, pues darle a un botón, que es mucho más higiénico y no hay que mojarse.

Porque esa es otra: Facebook se ha convertido en un festival de denuncias y reportes ante informaciones que implican sólo al cuerpo femenino. Aclaro que implican al cuerpo femenino que no pertenece a un hombre, al que pertenece al niño y a ella misma. Si pones una foto de una mujer pariendo o amamantando hordas salvajes de puritanos de mierda denunciarán la foto o el reportaje a facebook como "contenido inapropiado", mientras tíos babosos de mierda siguen compartiendo en páginas del caralibro fotos de mujeres desnudas como objetos de sexo para otros tíos babosos de mierda, que nunca parecen ser "contenido inapropiado". Y se hace desde la impunidad que da el anonimato de quien denuncia.

Pero igual que yo he hecho dos excepciones contando lo que pasa en mi grupo de apoyo a la lactancia y compartiendo un enlace ajeno, Facebook también hace una excepción al anonimato: cuando reportas una publicación al administrador de un grupo, lo haces con nombre, apellidos y perfil.

Y aquí tenéis: una foto de una teta, que es la mía, siendo claramente propiedad de un bebé. Ahora vas, y la denuncias.