lunes, 3 de julio de 2017

A vueltas con las vacaciones: ¿somos los juglares de nuestros hijos?

Me veo aquí, iniciando las vacaciones, teniendo una conversación maravillosa con uno de mis primos, al que amo profundamente. Tiene dos hijos, gemelos, y "tiene suerte" porque su mujer es profesora y por lo tanto, tiene casi las mismas vacaciones que los peques. Hablamos de sus hijos, igual que hablamos de las mías, y toca aquello de "es que sobre todo X es muy, muy inquieto y muy dependiente. No sabe jugar solo". Y ¡zas! espoleta para darle vueltas.

Porque no sólo es mi primo. Desde que han dado las vacaciones, y sólo hace unos días, no dejo de ver hilos en distintos grupos de Facebook, de madres desesperadas pidiendo consejo, juegos, manualidades, cosas para entretener a sus hijos. Conozco a madres del cole (oye, sí, que me hablo con algunas) que se ponen de los nervios de pensar en la cantidad de horas que van a pasar los niños en casa, agobiadas porque no saben qué inventarse con ellos.

Y yo aquí, tan pichi.

Para mi, las vacaciones escolares significan levantarme más tarde, porque la mayor no va al instituto, la posibilidad de que ellas me acompañen algún día, y despedirme de ellas más tarde. Todo relax. Por supuesto, no siempre ha sido así.

Voy a obviar el tema bebés, porque el recurrente "es que el mío es súper dependiente, porque sólo quiere brazos y cuando lo voy a poner en la cuna se pone a llorar", es cansino; y es que hijas mías, es así y punto. Hablo de cuando el nene tiene ya una edad; concretamente, la escolar. Y pronto empiezan, porque casi todos a los 3 añitos ya están  dando el callo en el cole.

Laura con 3 años era Chicho terremoto. Y no me jodáis aquí los padres de niños con que los nenes son más inquietos que las nenas, porque cojo la máquina del tiempo y os embrisco a mi niña con 3 años. Tú la dejabas en su habitación medio segundo para atender el portero automático, y de repente ya había sacado todos los cacharros que estaban a su altura en la cocina. Empezó a andar con 6 meses (sí, no es una errata) así que a los 3 años tenía el tema dominado, y no paraba bajo ninguna circunstancia. Justo el verano antes de cumplir los 3, se abrió una brecha en la boca en un parque y se rompió el brazo en otro parque. Yo no sabía qué hacer con ella, así que cuando se acercaban las vacaciones escolares, me ponía a temblar.
Cuando llegó Diana yo ya estaba curtida en esto de los juegos y tal, y todo me lo empecé a tomar de otra manera. Bueno, no sé si se trata de que estaba curtida, o fue simplemente la vida.

Por supuesto, la lactancia y el porteo, me facilitaron mucho las cosas al principio, pero cuando la cosa se empezó a poner intensa, fue cuando abrí la tienda. Llegaba a casa tan cansada la mayoría de los días que simplemente no jugaba con ellas. A veces es que simplemente estaba ahí mirando y nada más. Y oye, no pasó nada.

Ahora mismo, reconozco que soy un monstruo. Llego a casa y después de recoger la cocina no las hago ni caso en un par de horas. Pero ni puñetero caso. Me tumbo en el sofá y ellas están a su bola. Por supuesto, durante la comida charlamos, nos contamos cómo nos ha ido el día, las cosas buenas, las malas, las regulares... Y por la tarde, cuando vuelvo al mundo de los vivos, Diana me cuenta todas sus aventuras (de las que os confieso que me entero poco) y me pregunta si vamos al parque, o no hace falta porque sale a jugar con algún vecino.

Y es que por alguna extraña razón, creemos que debemos ser los responsables de entretener a nuestros hijos. Que no tengan un momento libre, que no se aburran. Y hacemos manualidades, inventamos juegos, les apuntamos a más actividades. Pero sobre todo dos cosas: que no vean la tele que me han dicho que es malo malísimo (y mucho peor el ordenador o similar) y QUE NO SE ABURRAN, POR DIOS, QUE NO SE ABURRAN.

Y yo pienso en esos maravillosos Phineas y Ferb, con esos padres casi ausentes que
maravillosamente no se enteran de nada, que los abandonan todos los días por la mañana después del desayuno en el jardín de su casa hasta la cena. Pienso en que nadie les ha comprado juegos, ni libros, ni manualidades; que nadie se pone resignadamente a entretenerles; que no ven las caras de fastidio o de impaciencia de sus padres al no saber qué hacer con ellos en esos casi 3 meses de vacaciones. Y entonces Phineas simplemente dice "¡Ya sé lo que vamos a hacer hoy, Ferb!" Y ahí se lía la cuestión.

Y el caso es que no sé por qué narices nos tenemos que ir a personajes de ficción, por mucho que me molen.
Por favor, que levante la mano alguien de mi generación o anteriores, cuyos padres se dedicaran a ser nuestros juglares, los entretenedores de la infancia en vacaciones. Yo me pasaba el verano en la calle, jugando. Y cuando iba a pasar unos días al pueblo de mi padre, la cosa iba así:
- Me levanto a una hora, la que sea, me aseo, me visto, desayuno, ayudo a hacer mi cama
- Me largo a la calle con alguien hasta que me dé el hambre
- Me hacen un bocata de chocolate
- Me largo a la calle hasta que me vuelta a entrar el hambre
- Voy a comer. Ahí ya me jodo, porque "hay que hacer la siesta" y "ahora hace demasiado calor"
- Leo todos los cómics chulos de Asterix y Obelix y de Tintín
- Me hacen un bocata de chorizo
-Me voy a la calle hasta la hora de la cena
- Ceno
- Me voy a la calle hasta que mi abuela dice "Hale, padentro".

Una infancia guay en la que ningún adulto, NINGÚN ADULTO, se dedicó a entretenerme. Ni a mi ni a mis amigos. Igual que la infancia de mis padres, sólo que la mía fue más larga, afortunadamente.

"Es que ahora no se puede jugar en la calle, pasan muchas más cosas que antes".
Mira, esta afirmación es mitad verdad. No pasan más cosas que antes. Hay ahora la misma proporción de enfermos hijos de puta que antes. La diferencia entre "antes" y "ahora" es que ahora nos enteramos, y antes se convertían en cuentos asusta niños (a ver si no, de dónde sale el Hombre del Saco, o más castizo, "El Sacamantecas").
Sí es cierto que cada vez hay menos espacios donde los niños puedan dedicarse a ser niños. Es espeluznante lo que molesta un niño jugando a quienes, cuando fueron niños, jugaron en la calle.
Prometo que este va a ser motivo de otro post.
Pero es que cuando encontramos un parque, también hay que ver al personal. Que en cuanto tiene más de un hijo en edades distintas, ya se agobia, y si va a un parque un poco grande, y pierde de vista al mayor hiperventila. Y los nenes ahí, en mini parques para niños pequeños, o en parques para pasear y donde les están diciendo que molestan, para que la madre o la abuela no puedan perder de vista al niño.
Yo al parque voy a leer. Ahora. Cuando Diana era muy pequeña, obviamente tenía que estar más pendiente de ella; pero Laura corría libre. Y ahora que Laura ya no va, yo voy a leer. Y Diana corre libre.
Hay unas pocas normas de seguridad: no se puede salir del entorno del parque, si va de un juego a otro (vamos a un parque muy grande) tiene que avisar, y cuando digo "nos vamos" no hay ninguna discusión. Y si alguien pretende llevársela tiene que gritar y dar patadas.
Así que yo estoy en un banco con mi móvil o mi libro, a mi bola. Diana no tiene la necesidad de "mami mira".

Pero en general, reivindico, y ya lo he hecho muchas veces en este blog, el derecho y LA NECESIDAD de mis hijas de aburrirse soberanamente, y el mío a no ser su juglar.
Y por supuesto que hacemos cosas juntos los 4. Hoy hemos echado una partida al Mah Jong. Y otras veces paseamos juntas, o leemos juntas, o vemos tele juntas. Pero porque a ambas nos apetece, no porque yo tenga la obligación de entretenerla.

Así que, cuando alguien, atacado de los nervios, me dice que yo no les entiendo, porque tengo la suerte de que mis hijas se entretienen muy bien solas, me planteo si es que en mi casa han podido aprender a hacerlo.
O quizás no.

miércoles, 28 de junio de 2017

A vueltas con los regalos y esas gratificaciones extraordinarias

Termina el curso, y muchos niños de infantil y primaria finalizan, además, su ciclo. En teoría todo normal. Cuando yo era pequeña, terminaba un ciclo y empezaba el siguiente y en principio, la que recibía las gratificaciones era yo; bueno, en realidad yo no recibía nada, porque mis padres eran de los que pensaban que ir pasando de curso era mi obligación, igual que la de mis profesores era darme clase, o la de ellos ir cada día a su trabajo. Pero como yo era de esos alumnos que van sacando las cosas a trancas y barrancas, cuando pasaba de curso, y más aún de ciclo, mis padres me mostraban su satisfacción y alegría.

Cuando mi hija mayor empezó el colegio, mi expectativa era la misma: alegrarme mucho y felicitar mucho y con muchos besos a mi hija al subir de curso y/o de ciclo. Pero hete aquí que cuando la nena terminó infantil me vi inmersa en un ritual con el que yo no contaba para nada. Voy a aclarar que la maestra de infantil de mi hija mayor me caía como el culo. Siempre me pareció una clasista que trataba a los niños no sólo con condescendencia y exigencias de más (supongo que estaba traumatizada por no ser catedrática de universidad) que se dedicaba a dividir a los niños en "la mesa de los listos", "la mesa de los vagos", "la mesa de los torpes"; cuestión que, por cierto y como ya he relatado alguna vez, facilitó el camino para que todas las clases en las que esta mujer sentó las bases de la relación entre compañeros, tuvieran problemas graves de bullying.
El caso es que cuando llegó junio, un grupo de madres empezaron la "Campaña regalo de la profe"; ¿la razón? Que terminaban el ciclo, y había que despedirse de la profesora, que había hecho mucho por nuestros niños. ¿Perdona? ¿Por quién? 
Pero me callé. Yo en aquel entonces no era tan "la rara", y se suponía que tenía casi "amigas" entre las otras madres del cole, así que sí, cedí a la presión del grupo. Porque presión hay. No lo neguéis.
En aquel momento se decidió regalar a la susodicha cabr....maestra un álbum hecho a mano por un artesano de imprenta de León, con tapas de cuero y un papel chachi y tal. Casi 200€ de vellón más el trabajito de ir recopilando fotos y haciendo montajes chulos para el librito. ¡Y ojo! Que el que no participaba, no ponía foto. Vamos que la profe supo inmediatamente quién había apoquinado y quién no. Y yo apoquiné.

Justo el último año en que mis hijas estuvieron en aquel colegio coincidió con el final del ciclo de infantil de mi hija pequeña. Había estado 3 años con una profe amorosísima que quedó tan hasta los cojones de lidiar con todo el mundo (incluida la del párrafo anterior) que después de eso pidió quedarse como profe de apoyo y que se escalabrasen otros. Llegado el mes de junio, una vez más, llegaron las hordas de madres en pos del regalo al profesor. Yo adoraba a aquella maestra. Pero ya tenía el culo pelao con las tonterías, y dije "No, lo siento, pero no". Aquella maravillosa maestra no sólo había cumplido con su obligación para con mi hija, sino que me ayudó en un momento muy duro, que fue la muerte de mi madrina, que tenía una relación cercanísima con mis hijas y que además murió en casa de mis padres, y ellas fueron testigos. Conchi, que así se llama la maestra, estuvo pendiente de Diana, contestó a todas sus preguntas, le dio espacio y me mantuvo informada. Y por eso, a título personal, le di un detalle. Un detalle de mierda, he de admitir. Un pin de La Teta y Más, algo que no costaba más de unos céntimos. Pero quería que tuviera algo que le recordase a mi, a nosotras. Y le dije que no participaba en el regalo de padres porque no estoy de acuerdo. Y ya os digo, que cuando toque dar el regalo de fin de ciclo a la tutora de Diana mucha gente se sorprenderá mucho porque yo diré NO.

A ver. ¿Qué coño es eso de regalar nada a los profesores? ¡Pero si ya hay packs de Mr. Patataful para ello! Esto es como en tiempos pretéritamente rancios, cuando se le ofrecía el jamón (a lo que un profesor de mi madre, por cierto, decía con sorna "señores, que los cerdos no son cojos, denme dos.") NO. Los profesores de nuestros hijos hacen su trabajo. Una labor encomiable que desarrollan, la mayor parte de las veces, e independientemente de nuestra opinión, de la mejor manera que pueden y saben. Y por eso precisamente, se les paga un sueldo; más bajo de lo que debería a pesar de que los mismos que juntan dinero para los regalitos digan que es un chollo porque cobran una pasta y se pasan 3 meses de vacaciones. A mi si me pasan una hoja de firmas para que se les suba el sueldo para que los 3 meses de vacaciones sean reales y no a costa de una parte de sus emolumentos,  firmo pero ya. Pero no voy a participar en la tontería de los regalitos.

Porque, ¿por qué se regala nada a un profesor? ¿Cuál es el motivo? ¿Que se ha portado bien con los alumnos? Pues faltaría más que se portase mal; vamos eso no es que vaya en el sueldo es que va en la categoría de la persona.
¿Porque es un buen profesor?  ¿Para quién? ¿Lo ha sido para todos, o sólo para los hijos de los padres que promueven el regalo? ¿Quién determina qué profesor es bueno y cuál es una mierda? ¿Dónde está el baremo? ¿Sólo es para Infantil y Primaria? ¿Los profesores de Secundaria ganan más y por eso no merecen el regalo?

Que no. Que yo no he recibido nunca un regalo de mis jefes por hacer bien mi trabajo; sí una felicitación (poquitas, por cierto) y por supuesto, mi sueldo.
Y que hay muchas maneras mejores de mostrar gratitud, como por ejemplo, ir a hablar, estrechar su mano y dar las gracias.

lunes, 26 de junio de 2017

A vueltas con reacciones, cargas emocionales y otras limitaciones

Estoy en el parque. La bruja tiene 3 añitos. Estoy sentada sola, leyendo, mientras la bruja juega con otros niños a veces, y sola otras veces. Hay una señora mayor a mi lado. Diana, después de echar una carrera, viene pitando, tira de mi camiseta hacia abajo, me saco la teta y mama. La señora que hasta entonces no había dicho ni palabra, se queda mirando y le dice a la nena
- Uy, eso ya no, ¿eh? Que eres mayor. Teta caca.
- Oiga, no sé la suya, señora, pero la mía de caca, nada.

Unos meses más tarde, en la iglesia mientras estamos con una sesión conjunta de padres y niños en catequesis. Yo no sé ni dónde ponerme, porque para empezar, estoy ahí por Laura, porque se ha empeñado, pero ya de entrada yo no estoy cómoda. Me llevo a Diana, porque tampoco tengo en ese momento con quién dejarla. Como se aburre como una ostra, me pide teta. Una señora, poco más o menos, como yo, la increpa:
- Pero eso ya es un vicio, ¿no? De ahí no saldrá nada
- (La bruja, chorreando leche por la comisura del labio) Sí sale.
La otra madre me mira raro, y se cambia de banco.

De nuevo en el parque (y luego me preguntarán por qué voy poco). Diana ya tiene unos 4 años. Otra madre con un niño de una edad similar está a mi lado. Estamos hablando sobre lo bien que juegan solos ya a esa edad (solos, se refiere a sin adultos, pero jugando entre ellos). Parece que hemos establecido una conversación agradable entre madres, para variar. Diana tiene calor, y viene corriendo a pedir teta. Sigo hablando con la madre mientras le doy dos chupadas.
- Pero, ¿todavía le das?
- Bueno, ella sigue queriendo y a mi no me importa seguir dándole cuando me pide. Llevo dos años sin ofrecerle, pero no se da por aludida, jeje.
- Pero, ¿come?
- Si te refieres a si come sólidos, sí. Bocadillos de chorizo, jeje.
Ya no hay más conversación. Al cabo de un ratito, así, como quien no quiere la cosa, se levanta para atender a su nene y luego se sienta en otro banco.

Pasan los meses. En una situación de varios padres, en un cumple con la mayor, Diana me pide teta mientras sujeta con la otra mano un trozo de jamón.
- Yo no tuve leche. Como a los 3 meses, tuve que empezar a darle el biberón, y como es de mucho comer, ya no quiso más el pecho.
- Bueno, muchas mujeres destetan sin querer en torno a los 3 meses. Suele ser falta de información veraz, que hace que crean que tienen menos leche porque demandan más, y al empezar con los biberones, pues se va perdiendo producción.
- Ya. Lo que tú digas. Os pensáis a veces que sabéis más que nadie.

Por Internet, en MI muro de facebook.
- YO amamanto, y NOSOTROS  hemos decidido colechar hasta que ellas mismas decidan irse a su cama.
- Las que sois como tú os creéis mejores madres, como que las demás valemos menos.
- Lo que tienes que hacer es CUIDAR DE TU MARIDO
- ¿Te crees que eres mejor madre que yo?

En el parque, de nuevo. Hemos cambiado de casa, estamos en un sitio nuevo en el que no conozco a nadie. Mi hija me dice que en lugar de sentarme sola, como hago casi siempre, me siente donde están las madres de sus compañeros del nuevo cole. Me dice, la bruja, con 6 añitos, que tengo que socializar. Una madre se me acerca. Empezamos a charlar, y descubrimos que tenemos una amiga común, con la que yo tengo relación a través de La Liga de la Leche. Con ese vínculo en común, empieza a contarme su experiencia con la lactancia de su hijo, y entonces empiezo a hablarle de la lactancia de la mía, a la que acabo de destetar.
Al cabo de un tiempo, me entero de que otra madre, que escuchó la conversación, pero que no participó en ella, le dijo que yo le caigo mal, porque parece que sólo soy madre yo.

De estas anécdotas tengo muchas, propias y ajenas. Aún no sé por qué la peña juzga de manera brutal, y se siente juzgada aun sin serlo. Bueno, tengo mi teoría sobre por qué, pero creo que me la voy a guardar para mi.
Porque eso sí que lo he aprendido: en el parque estoy sola, no empiezo yo una conversación sobre ningún tema, me guardo para mi mis divergentes opiniones en cuanto veo el percal.
Mucha gente cree que soy simplemente asocial, o que me doy importancia y por eso no me rebajo... Simplemente quiero estar tranquila. Y como no puedo evitar que me juzguen por todo, que me critiquen y me pongan verde, al menos no quiero estar presente para escucharlo.

viernes, 23 de junio de 2017

A vueltas con mis brujas: La Magia de la Noche de San Juan

Esta noche, en el momento en que, unos días después del Solsticio de verano, la noche vuelve a ganar terreno, yo parí a una bruja hace 10 años. Hoy, recupero un post muy especial, en el que compartí su nacimiento, que fue el inicio de mi sanación como madre.


Por eso la llamo “mi bruja”, porque eligió una noche mágica para venir al mundo. Esperó dos semanas para coincidir con el solsticio, y me enseñó a luchar, ya desde ese momento.


El lunes antes tuve monitores; una vez más estaba “muy verde”, y me dijeron que si no me había puesto de parto el miércoles, que debería ingresar para inducción, porque según el protocolo (41+6) no se podía esperar más. Al salir de allí supe que no volvería salvo para dar a luz.
Y eso no sucedió el miércoles, claro. San Juan era sábado, y mi bruja quería nacer esa noche y no otra.
Hoy escribo esta historia porque se lo debo. Porque me costó media vida escribir la de su hermana, y la suya es mucho más feliz. Porque desde hace 4 años (10) no sólo celebro su cumpleaños, sino mi parto, mi descubrimiento: soy mujer, capaz y valiosa. Como todas. Como vosotras.
Ese sábado (nadie de la familia sabía que debía haber parido el miércoles, claro) fuimos a comer a casa de los padres de Javi. ¡Lo que me costó ir, madre! Pero es que era la comida de su aniversario, que es el día 26, y no quedó otra. Sin embargo, a mi me apetecía la soledad y la intimidad de mi casa. Todo estaba muy cerca.

Por la noche, nos empezamos a preparar para ir a ver los fuegos artificiales y la hoguera. En León es fiesta grande, y nunca nos la perdemos. Pero yo no podía, no tenía ganas más que de estar tranquila y sola, así que Javi se fue con Laura, y el encargo de traerme churros.
Yo me quedé en casa, en el sillón reclinable, comiéndome un helado de chocolate y viendo una cutrísima película de ciencia ficción. Estaba muy tranquila y muy a gusto.
Oí el petardeo de los fuegos artificiales, y el resplandor que se colaba por la ventana. De repente, tranquilidad, oscuridad… ¡Ploffff! Aguas fuera. Claritas, calientes y seguidas por contracciones rítmicas que desde el comienzo fueron cada 5 minutos.
Llamé a Javi. Eran las 12 y cuarto de la noche, y sabía que me había quedado sin churros; también sabía que no encontraría taxi.
Por un momento me entristecí, porque sabía que las cosas no iban a ser para Laura como habíamos planeado. En un principio pensamos que mis padres vinieran a dormir a casa y se quedaran con ella esos 2 días. Que su vida no se alterara por el nacimiento de su hermana. Pero mi madre estaba pachucha, así que finalmente se quedaría con mis suegros, y ellos no se iban a quedar en casa. A pesar de todo, mientras llegaba todo el mundo, me puse a cambiar la cama, por si acaso podía convencerles para que se quedaran. Era un poco raro, porque el líquido seguía saliendo en cada contracción.
Es extraño. Estas contracciones no dolían; me llenaban de felicidad. Estaba plena, contenta. Sabía que esta vez todo iba a ser distinto.
Llegó Javi con Laura. Habían llamado a los abuelos por el camino, y yo había llamado a mi padre, porque seguro que no íbamos a encontrar taxi. Este rato, hasta que llegamos al hospital, lo tengo un poco nublado; mezclo cosas y confundo tiempos. Es normal.
Cuando llegamos a urgencias, tuve que poner el “modo on”. Sabía que a partir de ese momento me iba a tocar luchar, y que tenía que estar mentalmente fuerte, porque iba a estar sola.
En urgencias no dejan pasar a nadie con la mujer, y te valora un obstetra. Yo iba con bolsa rota, y no quería antibióticos intraparto, así que me negué al tacto. Al señor le sentó como una patada, porque decía que había que valorar si estaba de parto o no, si sólo eran pródomos. Al final, ante mi lógica aplastante, tuvo que ceder: sean o no pródomos, vengo con bolsa rota, así que quedarme, me quedo, y no quiero un tacto.
Advierto que me dio igual, porque me subieron y me llevaron a monitores, de nuevo sola, con la matrona, y al final, hubo tacto, al parecer era innegociable. Cuando volví a la habitación me tomé dócilmente los antibióticos, que luego facilitaron unas mastitis de repetición, de las que ya hablaré en otro post.
El caso es que volví con sentencia: sólo de 1 cm y cuello duro, para toda la noche. Dio igual que advirtiera que soy de sprint final. Nadie te cree cuando estás de parto. Eran casi las 3 de la mañana.
En la habitación, las contracciones eran muy intensas, pero llevaderas mirando a la cara a Javi. Me sentía muy acompañada y feliz. Me gustaba sentirlas así, como olas, y pensando “me abro, queda una menos”; y era cierto: notaba cómo cada una de esas olas iba abriendo mi cuerpo para que pasara mi bruja.
Una hora más tarde, Javi me dijo que mi cara era distinta, y mi forma de respirar también, que tenía que llamar. Sin saberlo, hizo lo que tantas doulas y matronas experimentadas en la fisiología del parto: observar-me. Sin tactos, sin violencia ni fuerza, él sabía que la cosa se estaba acelerando.
De nuevo a monitores, de nuevo sola. Ahora ya no puedo luchar, mi cabeza no podía fabricar frases, sólo monosílabos.
Con el tiempo me he dado cuenta de que aquella matrona (no sé su nombre, ella no se presentó, y yo tampoco le pregunté) realmente estaba intentando empezar a confiar, pero la pillé al principio de su camino. Desgraciadamente, no sé si ha llegado al final o se quedó antes.
El caso es que me dio la oportunidad de negarme a todo, excepto al suero, pero me juró que no me iba a poner nada, y yo la creo. No quise enema, ni rasurado, nada. No hubo discusión, no intentó convencerme, y se lo agradezco.
Pero no sabía acompañar.
Hubo un momento que recuerdo especialmente malo. Mi cuerpo se revelaba contra la horizontalidad impuesta por los monitores, y se levantaba solo; entonces, obviamente, se perdía el latido de la bruja. En ese momento, entre la matrona y una auxiliar empujaban mis hombros hacia la cama para que no se descolocasen las correas. Es una imagen que se repite muy a menudo en mi mente, y que es de las cosas que empañaron un poco el parto.
Al poco de llegar a monitores, yo sentí que no podía más. La matrona me hizo un tacto y dijo que “sólo” estaba de 4 cm. Grité “ya no puedo más, me parto”. Y ella interpreto “llama al anestesista y ponme la epidural”; cualquiera sabe que lo que se necesita es decir “No te preocupes que eso significa que ya está, que queda poco”, pero claro, “sólo” estaba de 4, así que me faltaba bastante (una media hora, más o menos).
Otra discusión al llegar el anestesista.
Javi dice que desde fuera se me oía gritar, yo no lo recuerdo. Sí me acuerdo de que le dije insistentemente al señor anestesista que se largase de allí. Sentía a mi bruja apoyando su cabeza, el aro de fuego y mi cuerpo haciendo fuerza para abrir camino a la nena.
Pero era imposible, porque “sólo” estaba de 4.
Después de mucho discutir, de gritar que mi hija estaba ya ahí y que mi marido se lo iba a perder, y decir con convencimiento que si no se largaba aquel señor impresentable le iba a denunciar por acoso o lo que se me ocurriera, la matrona se dignó a hacerme otro tacto (yo creo que era para poder decirme “¿ves? Si todavía te queda”), se quedó ojiplática, cuando sintió la cabeza de Diana ya en último plano, a punto de salir.
Corriendo a paritorio, y otra concesión más: al potro, a parir en litotomía. A cambio, la bandeja del instrumental tuvo que volar a la otra punta de la habitación, o yo no me subía.
Ahí llega Javi, abre la puerta y (¡oh, intimidad!) lo primero que ve es mi entrepierna con la cabeza de la bruja asomando. Ya está todo el trabajo hecho. Todo el trabajo discutiendo, pero mío. Nadie lo hizo por mí.
Nadie me cortó ni manipuló mis genitales. Nadie me anestesió ni se llevó a mi hija.
Esta vez pude olerla, y verla. Cató la teta antes de que la limpiaran, y eso lo hicieron delante de mí.
Esta vez, casi 5 años después del nacimiento de mi hija mayor, el parto fue mío.

miércoles, 21 de junio de 2017

A vueltas con las agendas y sus notas (rojas)

Todos los que tenéis hijos en edad escolar, habéis comprado una agenda de esas que se supone que son imprescindibles para que vuestros nenes aprendan a organizarse. De esas que el colegio te recomienda (impone) pero que nadie enseña a usar. De esas que te cuestan un dinero, pero cuyos recursos rara vez se utilizan del todo, y en las que al final, tampoco caben todos los deberes que el niño tiene que apuntar cada día.
Mis hijas, tienen agenda.
La primera en tenerla, claro, fue mi hija mayor. Laura  llega 5 años antes que la pequeña, y nos pilla... pues como nos pilla.
Era una agenda que hacía el propio colegio. Tenía un planning anual, uno mensual, uno semanal y el diario, y al final, había unas notas para comunicaciones con los profesores, justificante de faltas, etc.
El caso es que las notas para las comunicaciones no se usaban, porque esas comunicaciones se hacían en el hueco del día, y los justificantes de faltas, se arrancaban, así que si en cada página se suponia que había 4 (dos en el anverso y dos en el reverso), al final tenías que imprimir los justificantes descargados de la secretaría del centro.
Ya en aquel momento, que yo veía a Laura a veces con pocas ganas de ir al cole, empecé a escribir algunas notas en su agenda. Daba para poco, porque el sitio estaba muy restringido, pero bueno, al menos para un "me acuerdo de ti", o "estoy contigo aun cuando no me ves"... Pero dejé de usarlo, porque aunque había veces que el hueco del día estaba vacío, otras apenas cabía lo que tenía que escribir. Así que ante la duda, pues esas cosas intentaba decírselas de palabra. Que ya os digo yo que no es igual.

Cuando Laura llegó a 1º de Secundaria, entre todo el descontrol emocional de aquel año, cuando descubrió el concepto "Altas Capacidades", y lo que ello suponía, se puso a buscar herramientas que la ayudasen a ordenar la maraña que pensamientos e ideas que la apabullaban en su día a día, y que le impedían llegar "del punto A al punto B sin perderme por todo el puto abecedario en medio". Y encontró varios métodos para construirse una agenda. Entonces me pidió un cuaderno en blanco, mejor con líneas, donde ella pudiera escribir, organizar, dibujar... Probó varias configuraciones, hasta que vio lo que mejor le funcionaba: un calendario pequeño, en el que estuvieran sólo los días lectivos, y en el que poner fechas de entrega de trabajos o exámenes, o excursiones, con un código de color para distinguirlos de un vistazo. Y luego el diario, donde apunta, con un código de signos, deberes, recordatorios, frases que se le ocurren, y si le apetece dibujar, pues dibuja. El diario es flexible, por lo que unos días le ocupa una línea, y otros, dos páginas.
El caso es que este método me moló mucho para que Diana, la pequeña, empezase a aprender, no sólo a organizarse, sino a escribir más pequeño y más cuidado. Y además, me permitía volver a escribir frases.

Al principio, eran frases cortas, en un cuaderno pequeñito de pauta, un experimento. Tipo esta:
 
 
Como vimos que funcionaba, que se organizaba mejor, y que para ella era una buena herramienta, el nuevo año trajo nueva agenda, mucho más chula. Y los mensajes empezaron a ser más concretos, a decir más cosas. Reconozco que a veces me paso, porque dependiendo del día, puedo escribir parrafadas enormes.
 
El caso es que empezó una nueva costumbre.
Cada mañana, justo antes de que Diana se vaya por la puerta, le reviso la agenda, y pongo la nueva fecha... y algo para ella. Y he descubierto que es muy útil en nuestra comunicación y en sus aprendizajes.
Primero, porque siente que su madre está aun cuando no está. Si le pasa algo, si se siente mal, sólo tiene que abrir su agenda y ver mi letra. Soy yo.
Segundo, porque no hay mejor premio que un elogio. Cuando ha conseguido escribir mejor, organizarse mejor; cuando se esfuerza y la ves crecer; cuando recoge sin que se lo diga; cuando nos regala sus sonrisas.
Tercero, porque cuando hay un enfado y nos decimos cosas "feas", doy oportunidad a la noche a colocarlo, y a expresar lo ocurrido de manera más racional y menos visceral al día siguiente; y ella ve que "organizarse" no es sólo organizar el trabajo, u ordenar un cuaderno; organizarse es también restablecer el orden interno.
Cuarto, porque cuando a veces pasa algo malo en el cole, ver escrito al día siguiente, con menos carga emocional, lo que hemos intentado enseñarla "en caliente", hace que entienda mejor lo que ha de aprender.

Y hay una cosa más.

Siempre, cada día, le escriba algo serio o alegre, colocando enfados o enhorabuenas, siempre, termino mi frase con un "Te amo".
Porque siempre, haga lo que haga, pase lo que pase en el colegio, discuta o no, la riñan o la elogien, sea brillante o meta la pata; siempre, puede abrir la agenda sea en el día que sea y ver esas dos palabras escritas. En rojo brillante, destacando del resto de cosas, resaltado por encima de deberes, notas de profes, resultados de exámenes, firmas de padres. Por encima de todo, está un Te amo.

lunes, 19 de junio de 2017

A vueltas con las palabras: de cuando empecé a decirles a mis hijas "Te amo"

Siempre les he dicho que las quiero. Un "Te quiero" en cada rato. Pero un día cambié el "Te quiero" por el ¨"Te amo". Y con esa frase, cambiaron un montón de cosas y mejoró su relación conmigo.

Laura estaba colocando cosas. Su depresión acababa de estallarnos a todos en la cara, y empezaba a hablarnos y a preguntarnos. Y nos sorprendió diciéndonos que ella sabía que "había sido un accidente, una niña no deseada". Nos quedamos como piedras. ¿Cómo nuestra hija, a la que tantas y tantas veces habíamos dicho que la queríamos "de aquí a la luna y vuelta" podía pensar eso?
Le estuvimos explicando que había sido una niña "no esperada", pero que deseada fue desde que tuvimos el positivo en las manos. Que hay accidentes maravillosos, y que ella había sido uno de ellos.
Parecía que se había convencido, pero en su interior, ella seguía dudando.

Y un día, en plena crisis de llanto, me preguntó de nuevo ¿de verdad me quieres?. Y ahí todo cambió.
Me encaramé a su litera, y le dije "No te quiero, mi niña. Te amo"

Es una tontería, pero las palabras cuentan. Cuentan mucho, y dicen más de lo que creemos.

Dices "Te quiero" y quieres, claro. Quieres tener, poseer. Es tuya, soy tuya. Queremos una manzana, dinero, arroz para comer, buenas notas... Y hacemos cosas para tenerlo. Queremos a las personas porque es más fácil querer que amar, porque querer implica poseer y amar implica regalarse. Lo uno significa que esperas que el otro se entregue, y lo otro es entregarte tú. Por eso no les he vuelto a decir "Te quiero" a mis hijas.

Dices "Te amo" y significa que no importa lo que hagas, digas, sientas. Te amo. Mi corazón, mi alma, todo mi yo, son tuyos. Puedo dejar de amarte, por supuesto; pero mientras lo hago no espero nada de ti, ni espero que me pertenezcas, porque la relación de amor no va de posesiones, sino de libertades.

¿Puedo dejar de amarte? No puedo dejar de amar a mis hijas. Forman parte de lo más íntimo de mi persona. Dejar de amarlas es imposible. Las he amado desde el principio de sus tiempos, y lo haré hasta el final de los míos.
Pero no son mías, no me pertenecen. No quiero que me pertenezcan. No las quiero.

Las amo porque quiero que sean libres, porque no importa si lloran, si ríen, si meten la pata, si hacen algo que me duela, si consiguen acabar con mi paciencia. No las exijo nada, porque las amo, no las quiero.

Ese día, el día que le dije a Laura "Te amo", ella se quedó en silencio, y supo de verdad que había sido deseada, que no esperábamos nada y no deseábamos nada sino su felicidad.

Y ese día fue el día que empezó de nuevo a confiar en nosotros.

viernes, 16 de junio de 2017

A vueltas con las mentiras 2. De Papá Noel y las expectativas ajenas.

Me ha encantado. Escribo un post sobre mentiras y se me arma un debate chulísimo en mi Facebook.
No sé si todo aquel que ha comentado ha leído el post, pero si hay que ser honesto, sólo los comentarios y reflexiones me han dado unas ganas irrefrenables de escribir otro.

Antes de empezar, voy a dejar claro clarísimo que lo que yo escribo aquí no es palabra de diosa. Son sólo reflexiones propias. Cuando hablo de la mentira, hablo de lo que yo pienso sobre que yo mienta. No pretendo pontificar, sino explicar cuál es mi opción personal que de entrada sé que no tiene por qué ser la mejor opción ni si quiera, la de la mayoría.

Vale, una vez aclarado el tema, voy a desgranar los temas que surgieron en el apasionado debate feisbuquero:

¿Y mentir para no hacer sufrir a alguien? Lo que viene siendo las mentiras piadosas.

Esto tiene tela, porque claro, son cuestiones muy personales. Os voy a contar una historia.
Hace 4 años, mi tía se moría. Claramente. No era capaz ya de tragar y estaba totalmente postrada en la cama. El equipo de Cuidados Paliativos Domiciliarios (que hacen una labor a-lu-ci-nan-te y que no reciben dinero de ningún rico para hacerla mejor) nos dijeron que había que tomar la decisión de sedar o no sedar en aquel momento a mi tía. Entonces, ella dormía en la cama de mi niñez, igual que yo había dormido (y duermo) en la cama de la suya. Fue un momento durísimo. Yo sabía que su mayor fuente de ansiedad era esperar su propia muerte.
La cuestión era decidir si le decíamos que lo que le iban a poner era la bolsa de morfina que significaba el final de su vida, o engañarla. Y la engañé.
Me acerqué a su cara, le di un beso y le dije que la enfermera iba a ponerle la medicación en una vía, con una bolsa que íbamos a colocar bajo su almohada. Le dije que le estaba costando mucho tragar las pastillas, y que así estaría más cómoda. Me sonrió y me dio las gracias. Fue lo último que hablé con ella. Murió a los dos días.

Mucha gente ahora estará pensando que hice bien. Yo sé que hice bien. Lo sé, porque si yo me viera en la misma situación querría que se actuase así. De hecho, cuando he hablado con Javi de estas cosas, de la posibilidad de que esto me pase a mi, le he dicho que actúe de la misma manera. La diferencia es que mi tía nunca dijo que quería que actuásemos así. Nunca dijo que quería que la mintieran. Y os puedo asegurar que esta mentira me persigue. La recuerdo mucho, y siento desazón por ella. No me arrepiento, pero me siento culpable.

Este es un caso muy, muy extremo. Lamentablemente, no es el primer caso extremo que vivo, ni la primera decisión sobre contar o no la verdad en un caso semejante. Pero la otra historia, en que la decisión fue la verdad, no es sólo mía. Y como no me pertenece me la guardo.

Lógicamente, en esta mentira piadosa, mi tía no pudo sentirse víctima. Ella murió y punto.
El problema de las mentiras piadosas es cuando la persona a la que mientes piadosamente no muere, y tiene que enfrentarse a la verdad (porque lo hará en algún momento, me reafirmo en la idea de que las mentiras siempre se descubren). Entonces no sólo descubre aquello de lo que la estábamos protegiendo, sino que además tiene que lidiar con el sentimiento de inferioridad que le causa esa mentira. Alguien la ha infantilizado, presuponiendo que no iba a poder afrontar una determinada situación, y se ha arrogado el derecho de decidir por ella. Yo me pongo en el lugar y no me mola nada, de nada. Pero luego hablaremos más sobre eso, porque mis hijas opinan lo mismo.

Conclusión: las mentiras piadosas, salvo excepciones muy trágicas, no salen a cuento.

Mentir para evitar conflictos

Supongo que funcionará a veces. Pero no estoy segura de que sea por lo que la peña se piensa. Tú mientes, y evitas el conflicto a corto plazo. Cuando la persona a la que mientes se entere (que se enterará) pueden pasar dos cosas:
  1. Hay conflicto, y además, elevado al cuadrado, porque encima te podrá echar en cara que la has mentido
  2. Deja de confiar en ti, y ya no habrá más conflictos ni más nada.
En resumen: dependiendo de lo que la otra persona te importe, puede ser que te merezca la pena, por si se da la opción dos, porque en el fondo pasas de ella, o puede ser que al final estés más jodida que en un principio.
Mi respuesta en Facebook creo que lo resume muy bien: "Yo puedo tener un conflicto con alguien, discutir y volver a ser amiga de ese alguien. Pero es difícil que vuelva a ser amiga de una persona con la que no he discutido, pero que me ha mentido. Y al final, insisto, quien queda mal es quien ha mentido"

La verdad a veces puede hacer mucho daño

Eso es totalmente cierto. Pero dado que la persona a la que mientes para protegerla, terminará enterándose de la mentira, lo único que estás haciendo es posponer lo inevitable. Así que me remito al punto primero, de las mentiras piadosas.

Hay veces que la gente te pregunta algo directamente que es personal y sobre lo que no quieres hablar y no se dan por vencidos

Yo personalmente creo que me importa un pito lo que sienta un maleducado. Así que un contundente y respetuoso "Váyase usted un poquito a la mierda", viene muy bien en estos casos. No hace falta mentir.
Hay otra variante: la del que te pregunta ¿qué tal? pero le importa una puta mierda. En este caso, el consabido "bien, ya sabes, poquito a poco", no es mentir. Es una fórmula social construida para hacerte más fácil una conversación banal y absurda. Es como el "parece que va a llover" aunque brille un sol de aúpa.

Hay gente que dice que quiere saber la verdad y luego te la monta cuando la dices.

Entonces, esa gente, no quiere saber la verdad. Así que una de dos: o le dices la verdad y que se joda por empezar mintiendo él, o le mientes con su permiso implícito. Yo de estos, he de decir, que me alejo. Me dan pereza y mucho por saco. Pero entiendo que a veces los tienes en la familia y te tienes que joder. Así que en este caso lo pongo como única excepción. Y porque, insisto, lo que quieren, en realidad, es que les mientas.

Mentir para proteger a los niños

Esta la pongo en grande, porque es la estrella.

¿Debemos mentir a los niños?

Os voy a contar muchas cosas, pero como la entrada está siendo larga, voy a poneros un vídeo aquí, y luego sigo escribiendo. Para que conste, y que luego no digáis que os he mentido, es cutre, de mi móvil, con la mano temblorosa de Javi descojonado, y mis hijas con sus cosas.


 

 






Empiezo diciendo que nosotros hemos mentido a nuestras hijas.
La primera, la mentira más común, más inocua y suavecita: los reyes magos existen.
Cuando decidimos que ya era hora de que Laura supiera la verdad, intentamos suavizarle el tema. Le contamos un cuento precioso sobre los reyes magos, que piden a los padres que sean sus pajes, y le piden a los hermanos mayores que ayuden. Y Laura, como veis, de lo único que se acuerda es de la decepción y del trauma. Lloró durante mucho rato, y terminó "vengándose" en su hermana, que como era muy pequeña, no se enteró.
Lo cierto es que cuando Diana decidió terminar con la farsa, nos dimos cuenta todos de que nos hacía más ilusión salir juntos a comprar, separarnos por parejas para comprar los regalos, y esconderlos todos, manteniendo la ilusión de todos. La mentira fue absurda, y si ahora tuviera otro hijo, le diría desde el primer momento que los reyes somos la familia entera.

¿Y otro tipo de mentiras? Las que se refieren a realidades más gruesas.

Voy a hablar de nuevo de mi tía, perdonadme. Pero es que fueron muchos años de enfermedad, y da para mucho.
La primera vez que a Bego le diagnosticaron el cáncer, Laura tenía 4 añitos. Con el tratamiento perdió el pelo. Yo quería contárselo, pero mi madre y mi tía me dijeron que no. Íbamos a mentirla, y a decirle que aquella frondosa melena era toda suya.
El caso es que un día, después de un ciclo, Begoña estaba durmiendo la siesta en casa de mis padres, en la misma cama en la que murió años más tarde. Para dormir, se quitó la peluca y dejó su calva al viento. Y Laura entró en la habitación jugando y para pedirle a Begoña que saliera ya a jugar con ella. Mi tía se asustó, y se incorporó de un salto, y lo que vio mi hija fue a una señora calva saliendo de mi cama. Le dio un susto de muerte. Tanto es así, que tardó mucho tiempo en volver a acercarse tranquila a su tía, y estuvo meses sin querer ir a dormir a casa de sus abuelos.
Cuando, muchos años más tarde, teniendo Diana los mismos que Laura, mi tía recayó con una metástasis, les dije muy seria que a ella no la íbamos a mentir. Que había que decirle que las medicinas iban a hacer que a Bego se le cayese el pelo, y tenía que verlo. La niña, simplemente, se lo tomó como un juego. Le tocaba la cabeza y se reía. No hubo dramas.

Conclusión

Mi opción sigue siendo la misma: mentir es una estupidez que sólo produce estrés en quien miente, y rara vez produce beneficios. Siempre hay una manera diplomática de salir de situaciones difíciles (o nada diplomática, dependiendo de lo difícil de la situación), y de hecho, en la mayor parte de las ocasiones, en mi historia personal, en el medio plazo la mentira ha terminado liándola aún más.

Así que, haced lo que queráis, lo que os dicte el corazón o vuestra historia o la situación. Yo seguiré intentando no mentir.

 

Edito para decir que finalmente, y ante la imposibilidad de subir el vídeo directamente al blog, he decidido compartirlo en youtube